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SOCIALISMO REVOLUCIONARIO, MODERNISMO Y DIONISISMO EN EL JOVEN JOSÉ INGENIEROS 1894-1898

 

Roy Williams.

juanmanuelderosas@hotmail.com

 

                Cabe pensar que un análisis que intente por distintos medios acercarse al pensamiento político de José Ingenieros, a lo largo de sus sucesivas evoluciones y trasmutaciones en el tiempo, necesariamente debe establecer como punto de partida el complejo entrelazamiento existente entre la obra, el pensador y su época.

                Cada periodo histórico, en particular, configura su propia capa de intelectuales, constituyendo su mirada y sus perspectivas, de acuerdo al ritmo y la dirección que toman las grandes tendencias históricas, y encuadrando dentro de los límites de su pensamiento, lo que Spengler denominó el Alma de su época.

                En este caso en particular podemos decir que Ingenieros no escapa a esta cualidad y que más específicamente puede ser identificable como uno de los filósofos, que mejor supo reflejar, las disyuntivas políticas a las que se encontraba sometida la sociedad argentina, de fines del Siglo XIX y comienzos del XX.

                En el origen mismo de su elaboración teórica, es decir, a partir de la aparición de sus escritos de juventud, sus proyecciones y perspectivas, fueron circunscribiéndose alrededor de los temas centrales de la sociedad de su época.

                Podemos ubicar al joven Ingenieros, como un pensador que emerge a la vida intelectual a mediados de la década del 90, en el momento mismo en cual se encontraba fuertemente cuestionado el modelo de desarrollo impulsado por la oligarquía.

                Desde su primer trabajo “¿Qué es el socialismo?”, pasando por los artículos de “La Montaña” o en la última etapa de este periodo juvenil junto a Rubén Darío en la Syringa, la constelación de ideas ingenierianas, estuvo fuertemente influenciada por las corrientes de oposición al régimen que emergían como fruto de la agudización de la crisis económica y  de la exclusión de amplios sectores sociales del modelo oligárquico creado por la Generación del 80.

                Bajo la conducción estratégica oligárquica, se habían producido en la Argentina, en el último cuarto del siglo, la estructuración de toda una serie de modificaciones económicas y políticas destinadas a renovar la estructura interna del país.

                Se lograron unificar las tendencias divergentes representadas por las fuerzas del Interior y las que se encontraban nucleadas alrededor del gobierno de Buenos Aires, las cuales se habían mantenido en pugna desde el periodo de independencia del dominio colonial, manifestando en dicha unión la aceptación por parte de las clases dominantes nacionales de un modelo económico-social determinado.

“La absorción del poder por la oligarquía que vendrá a dirigirlo todo, prevista por Alem, satisfacía la exigencia de paz y administración de los comerciantes extranjeros. Por primera vez gobernaba al país una oligarquía no meramente porteña (como la unitaria), ni meramente bonaerense (como la rosista), sino nacional (en el sentido geográfico de la palabra)”[1]

Los grupos dominantes que simbolizaban esta unión, tomaban como una certeza compartida la idea de insertar a la Argentina, dentro del complejo proceso de expansión del mercado mundial capitalista que a través  del comercio y la navegación destruía los antiguos modos de producción precapitalistas, reemplazándolos por otros cualitativamente superiores.

Inglaterra, Estados Unidos o Francia eran los ejemplos a emular en tanto estos países representaban para los ideólogos del 80, las tendencias más marcadas y las fases más importantes, en relación con el desarrollo histórico universal que la humanidad estaba encarando.

Para lograrlo, se requerían dos condiciones: en primer lugar el ordenamiento interno de las oligarquías nativas en torno a una estructura jurídica acatada en su totalidad; y en segunda instancia la necesidad de recibir grandes flujos de inversiones de capital y de mano de obra provenientes del exterior con el objeto de darle impulso al modelo de desarrollo económico agorexportador.

                El respeto por parte de las clases dominantes regionales, de un sistema jurídico compartido, constituía el punto central por el cual había que empezar para lograr ordenar y unificar las distintas tendencias que hasta ese momento se habían enfrentado en el territorio argentino desde la independencia del dominio peninsular hasta mediados del siglo XIX con la derrota del gobierno de Juan Manuel de Rosas.

                El proceso posterior a la Batalla de Caseros, que se extiende desde la promulgación de la Constitución Nacional de 1853 hasta la federalización de la ciudad de Buenos Aires, muestra el esfuerzo realizado para lograr un orden jurídico estable.

                Tan solo logrando este primer objetivo, se podía avanzar hacia el segundo que consistía en ser capaces de atraer el interés de los países europeos en realizar inversiones en la Argentina.

                Como destaca Rodolfo Puiggrós, este segundo objetivo se pudo lograr, en gran parte, gracias a que el periodo de consolidación institucional, coincidió con el mismo momento en el cual Inglaterra, Francia, Estados Unidos y el resto de los países más avanzados estaban dando los primeros pasos de su expansión capitalista, representado con el desarrollo del capital financiero y de los monopolios.

                En un escenario de estas características, el despliegue de las fuerzas productivas, del capital financiero y la necesidad de obtener fuentes de materias primas, llevaron a Inglaterra y a Francia principalmente a dirigir sus inversiones hacia el Río de la Plata.

                Paralelamente esta idea de la Generación del 80, de lograr el crecimiento interno por intermedio de la atracción del capital europeo, se vio complementada por una política estructural de fomento de la inmigración, con la cual se intentaba acrecentar la mano de obra con miras de poder  multiplicar la producción.

                Pobladores sumidos en la pobreza de origen italiano, español, francés y de otras regiones de Europa, se transformaron en los inmigrantes que constituirían esa mano de obra, acentuándose principalmente en el litoral argentino para luego extenderse con menor intensidad hacia provincias más alejadas.

                En resumen, podemos citar como aristas más destacadas de este periodo: la fuerte centralización del Estado, el desarrollo de una fuerte política inmigratoria, la inserción de Argentina dentro de la división internacional del trabajo como exportadora de productos agropecuarios, financiación del desarrollo económico del país y de las obras públicas por el capital extranjero, absoluta libertad de empresa, y la prescindencia del Estado en cuanto a lo referente a las inversiones y ganancias siendo únicamente necesaria su regulación con respecto a la protección y a la estimulación de la inversión de capital.

                Sin embargo a partir de la crisis económica mundial de 1890, que repercute poderosamente sobre la Argentina, es que comenzaron a cuestionarse los presupuestos materiales centrales que configuraban el modelo oligárquico, precisamente por los sectores sociales que habían quedado excluidos desde un primer momento.

                Esta crisis la podríamos identificar como un producto que emerge como fruto de las contradicciones acumuladas durante toda la década anterior: Sobreendeudamiento con el exterior, especulación desenfrenada con la tierra.

                El salario de los trabajadores había reducido drásticamente su poder adquisitivo fruto de la fuerte inflación, lo que de manera casi directa condujo a la implementación de huelgas y manifestaciones de disconformidad.

                Se acrecentaba, cada vez más, la brecha existente los trabajadores y agricultores de un lado, frente a los grupos de especuladores beneficiados con la crisis generándose progresivamente las condiciones propicias para el estallido social.

“No podía prolongarse por mucho tiempo un tipo de relaciones económicas que en un extremo provocaba la ruina de los agricultores (cosechas pagadas con dinero despreciado) y la miseria de los trabajadores (descenso continuo del valor real de los salarios y sueldos) y en el otro extremo inflaba e inflaba los precios de los bienes de consumo.”[2]

                El gobierno de Juárez Celman se hallaba en el más completo aislamiento. Había roto con su mentor Roca y tenía como opositores a un variopinto espectro político que abarcaba desde socialistas hasta católicos ultramontanos.

                Personalidades de identidades políticas tan disímiles como Leandro Alem, Bernardo e Hipólito Irigoyen, Aristóbulo del Valle, Bartolomé Mitre, líderes católicos de la talla de José Manuel Estrada, Pedro Goyena, reflejaron el grado de rechazo que había concitado el gobierno de Juárez Celman

                En esta oposición se reprocesaba el descontento de grupos como los terratenientes vinculados al mercado interno, la pequeña burguesía urbana, los primeros representantes del movimiento obrero todavía en constitución, los agricultores,  todos los cuales se encontraron sensiblemente perjudicados frente a la evolución y consolidación del Modelo agroexportador.

“Era el primer reflejo en lo político de una nueva contradicción social que se expresaba en el choque de dos fuerzas: a) las oligarquías terratenientes congregadas en torno del programa roquista de inversiones del capital extranjero; y b) los sectores nacionales, incluidos sectores terratenientes, que reclamaban la reforma de las prácticas electorales, la efectividad de las normas constitucionales, el saneamiento del Estado y la defensa de la producción y del trabajo esquilmados por las empresas imperialistas, las oligarquías terratenientes y las bandas de especuladores.”[3]

                Sobre la base de lo expuesto, podemos comenzar a comprender la emergencia del pensamiento del Joven Ingenieros, como un fiel producto de la situación generada a partir de esta crisis histórica del modelo oligárquico de la Generación del 80.

Más precisamente, podríamos intentar vincularla con la aparición de una pequeño burguesía de raigambre profesional que, aún en conformación, se hallaba vulnerada por las políticas económicas y sociales del Unicato Juarista.

                Funcionarios administrativos, médicos, abogados, jóvenes profesionales, constituían fracciones sociales, las cuales no encontraban un lugar de importancia dentro de un esquema de país, hegemonizado por el grupo de intelectuales estrechamente vinculados con los grupos tradicionales.

                En este sentido, resultaría permisible interpretar, los escritos de José Ingenieros, no como los de un heredero y continuador de las doctrinas del 80, sino todo lo contrario, es decir como una expresión crítica de tal proyecto político.                

                “...la configuración de un primer “sistema” está mediada por un momento en el que se entrecruzan complejamente un conjunto de ideologías contestatarias que articulan una negación inmediata (en el sentido hegeliano de esta noción) con respecto al país programado por el liberalismo oligárquico argentino. Dicha negación opera sobre la base de un hecho crítico real de la historia argentina: la crisis del 90. Como resultas de ello, Ingenieros no sólo no emergerá al pensamiento como un hijo del 80, sino como heredero legítimo de la crisis parcial  de aquel proyecto oligárquico.”[4]

                Debemos destacar que este no parecería ser un caso aislado, sino que se constituiría como un eslabón dentro de un espectro mucho más amplio de tendencias oposicionistas.

                En general, estas expresiones de rechazo al esquema económico delineado por la oligarquía argentina, parecen haber influenciado de manera determinante sobre gran parte de la intelectualidad de la época favoreciendo la emergencia de toda una constelación de pensadores que mantuvieron una actitud crítica del modelo oligárquico.

 

Esta crítica, se comienza a estructurar en el joven Ingenieros a partir de una apelación permanente en el plano discursivo a aspectos directamente relacionados por la “cuestión social” .

                Frente a la “crisis” económica, el planteamiento de la “cuestión social” aparecía como la respuesta dada por los sectores opositores al régimen, con el fin de desarrollar una acusación integral del modelo agroexportador.

                En la imagen de “lo social” insatisfecho, se encontraba la posibilidad de ubicar en el centro del debate, la necesidad de una transformación social capaz de asimilar e integrar a las distintas fracciones sociales excluidas.

                Paralelamente, esta interpretación se completaba, de acuerdo a una progresiva identificación con una serie de consideraciones eticistas, que veían en la problemática social, la manifestación de un degeneramiento moral.

“La cuestión social (núcleo estructurador de la problemática) es visualizada a través del concepto de la crisis, cuyas causas son interpretadas en términos moralistas y cuyas consecuencias aparecen como profundas, vertiginosas e irreversibles.”[5]

                En la interpretación de estas corrientes contestatarias, y de manera más acentuada en Ingenieros, la oligarquía había cimentado su hegemonía política y social sobre la base de un esquema de desarrollo esencialmente “inmoral”.

                Tanto para los intelectuales que enjuiciaban, más directamente el modelo de la generación del 80, como para quienes como Ingenieros, desde una apariencia más universalista atacaban al sistema capitalista en general, las causas principales de la crisis, se encontraban fundadas, en el abandono de ciertos parámetros éticos, llevado a cabo por la oligarquía.

                Precisamente, esta carencia moral se encontraba fuertemente identificada, con las distintas mutaciones y desestabilizaciones a las que se veía sujeto el capitalismo, el cual era entendido como un sistema eminentemente negativo para la sociedad.

“Estas caracterizaciones acarrean y se apoyan a la vez en un efecto teórico determinante en el primer discurso ingenieriano: la concepción del capitalismo como un sistema radicalmente negativo, entendido como un enorme mecanismo productor de  miseria y parasitismo.”[6]     

                Conceptos como los de “crisis”, “miseria”, “materialismo”, “parasitismo” eran partes actuantes que aparecían como fallas intrínsecas al fenómeno capitalista y no como producto del particular ordenamiento económico nacional.

                Para lograr demostrar que el problema central del capitalismo, se hallaba en su carácter intrínsecamente contrario a la ética, Ingenieros, estableció una asociación entre los dos pares de términos moral/inmoral, productor/parásito.

                Desde esta perspectiva, la sociedad estaría dividida de acuerdo a dos clivajes principales: los poseedores de los medios de producción (clase parasitaria) y los proletarios (clase productora).

                La Clase Poseedora, afianzaba su dominio de manera parasitaria usufructuado los beneficios materiales generados por la Clase Productora, gracias a su propiedad de los medios de trabajo.

                Bajo este mecanismo, se hacia dueña de un Producto por el cual no había trabajado, es decir se apoderaba del Producto en razón de un trabajo que a todas luces se mostraba como inexistente.

A partir de esta sinrazón fijaba su función esencialmente parasitaria dentro de cualquier sociedad histórica.

“¿Cuál es en este caso el trabajo efectuado por un capitalista para tener derecho a esa parte de productos? Ese trabajo, en el caso de existir, ¿por qué producto esta representado? Indiscutiblemente por ninguno; luego no ha habido trabajo pues no puede racionalmente admitirse un trabajo improductivo. En esa forma el capital reduce su misión a apropiarse indebidamente de una parte de los productos del trabajo de la clase obrera.”[7]

                El carácter inmoral era entendido, como la ausencia de producción de un estrato de la sociedad, que se apropiaba injustamente del trabajo realizado por la clase productora.

                La inmoralidad se encuentra personificada por la clase poseedora, la cual mediante su apropiación de los medios de trabajo se adueñaba del plustrabajo generado por los estratos productores.

                En la medida en que el capitalismo favorecía dentro de su lógica de funcionamiento interno el afianzamiento y predominio de tendencias económicamente  parasitarias, por encima de las que ponían mayor acento en la producción, no hacía otra cosa que acentuar la supremacía de consideraciones completamente inmorales.

                Como contrapartida la moralidad, aparece como fruto necesario de la influencia que ejerce la Clase Productora dentro de la organización económica capitalista.

“Al establecer esta correspondencia parasitismo-inmoralidad, la concepción de Ingenieros entroniza como contrapartida la categoría del productivismo y del trabajo como definitoria de lo ético y aún de lo humano.” [8]

                Este desfasaje existente entre moralidad/inmoralidad, Productividad/parasitismo, característico de las economías capitalistas, parecía constituirse en uno de los elementos que condenaba a las sociedades a las crisis económicas y desequilibrios sociales constantes ha que se habían visto sometidas y que afloraban de manera sistemática a lo largo de los distintos periodos.

                Frente a esta irracionalidad del sistema capitalista, una de las posibilidades que restaban, para retomar los carriles de la moralidad, consistía en la adopción de un nuevo esquema económico, capaz de completar la misión ética de unir al productor con el producto de su trabajo.

                En la visión de Ingenieros una modificación de este carácter solo podía operarse a partir de la eliminación del esquema de propiedad individual y de la posibilidad de crear un “interés” obtenido por la Clase Poseedora, condiciones sobre la base de las cuales se dislocaba generalmente todo el sistema económico.

                La irracionalidad del sistema, podía ser superada, únicamente, si se eliminaban los elementos del capitalismo que se mostraban antagónicos con el correcto funcionamiento del organismo social, siendo el acaparamiento del plustrabajo,  entendido como uno de los componentes intrínsecamente más degenerativos.

                Al impedir, la generación de un “interés”, se desestructurarían los presupuestos que hasta entonces habían sostenido la división social en clases; anulando cualquier tipo de lucha entre los distintos sectores sociales por la obtención de un plustrabajo.

“Suprimir pues ese interés es el problema que encierra la solución de la cuestión social, dejando a los productores el producto de su trabajo. Para suprimirlo una sola vía se ofrece a los economistas: la transformación de la propiedad individual de todos los medios de producción en propiedad colectiva o social.” [9]

                Pudiendo acceder cada individuo al uso de los medios de producción, resultaba imposible la búsqueda de un plustrabajo y era neutralizada la aparición de cualquier casta improductiva quedando eliminadas las condiciones que determinaban la inmoralidad y el parasitismo del sistema. 

De esta forma, al eliminar el trabajo improductivo, las actitudes de parasitismo y al abolir, en última instancia, todo tipo de explotación sujeta a condicionamientos de carácter económico, la  socialización representaba el reencuentro tan ansiado con la moralidad.

“Generalizados los medios de producción y siendo su uso accesible a todos los individuos de la especie nadie se verá obligado á dejarse apropia un interés desapareciendo por consiguiente toda explotación.”[10]

 

El paso del sistema capitalista a uno de signo socialista, garantizaba la desaparición de las clases, transformando a la humanidad en una sola de individuos con derechos iguales ante los medios de producción y con los mismos deberes ante el resto de los habitantes.

Construir una sociedad en la que...“cada hombre con derechos será al propio tiempo un productor con deberes.”_

Como también se desprende de los artículos de “La Montaña”, Ingenieros pensaba que se alcanzaría una mejor y más racional organización en función de las necesidades colectivas de los productores asegurando a todos los individuos el mayor nivel de bienestar dentro de cada sociedad determinada.

Superando el yugo económico hasta ese momento impuesto por la propiedad privada, sería posible arribar a una comunidad en la cual el individuo encontraría la “Emancipación total” de cualquier tipo de opresión moral o religiosa, desapareciendo también la delincuencia, la ignorancia, y todos los flagelos que degradaban al ser humano.

 Otorgando a cada individuo el producto íntegro de su trabajo, las desigualdades características del capitalismo moderno serían superadas y  se restablecería la armonía del Todo Social.

                En relación con esta idea de metamorfosis del modelo capitalista en uno socialista, resulta necesario señalar aquí la gran importancia que revisten las nociones del Partido de Clase, y la del Intelectual, como elementos imprescindibles para poder llevar hasta sus últimas consecuencias el proceso de transfiguración social.

En el Partido de Clase, Ingenieros observaba una de las herramientas más trascendentales, en lo referido al momento de construcción de una fuerza política lo suficientemente poderosa para derrocar al régimen capitalista.   

                Mediante el Partido de clase, los sectores excluidos por el modelo oligárquico, tendrían la posibilidad de impulsar un régimen socialista, capaz de conducir a la sociedad hacia un momento más natural y productivo.          

                Hasta ese momento habían sido encumbrados en lo más alto de la pirámide social los miembros pertenecientes a la Clase Poseedora, produciéndose lo que Ingenieros denominaba una “Selección Artificial” de los más aptos.

                Ésta representaba un momento socialmente “antinatural” al condenar a los ciudadanos más aptos a cumplir funciones secundarias dentro del organismo social, en detrimento de los poseedores.

                Obreros, empleados públicos, comerciantes empobrecidos, médicos, intelectuales, eran víctimas de un sistema económico que privilegiaba a las clases parasitarias para los cargos y funciones más importantes y para la dirección de cada sociedad, en general.

El cambio de un tipo de sociedad, por otro, requería la participación de quienes como en el caso de los asalariados se encontraban económicamente perjudicados y socialmente postergados por este tipo de selección.

“Lo que actualmente se realiza es única y exclusivamente una selección artificial con supervivencia de los más provistos de medios de lucha, como resultante de la desigualdad en las condiciones económicas. La selección natural puede solamente efectuarse entre individuos que tengan iguales medios de acción...”[11]

                Por intermedio de la socialización de los medios de producción se contrarrestaría esta tendencia para emprender la construcción de una sociedad basada en la “Selección Natural” de cada individuo de acuerdo a sus capacidades.

                Aboliendo la propiedad privada, se elegiría a los mejores de entre todos los individuos de manera afín con las leyes naturales.

                En este escenario, el “Partido de Clase”, aparecería como la construcción política por excelencia sobre la base de la cual las Clases Subalternas desplegarían su accionar revolucionario.

“...los proletarios y los explotados, sin distinción de razas, orígenes, tradiciones, ni fronteras, se unen por separados y constituyen un partido propio, un partido de clase en el cual deben militar todos los asalariados desde el ingeniero empleado de la compañía anónima hasta el obrero que vende su  existencia por el salario del taller.”[12]

                De acuerdo a la visión de Ingenieros, la acción de un partido de estas características, se desarrollaría dentro de un ámbito de distintas funciones legales e ilegales que articulándose alternativamente según las distintas situaciones que se presentasen, buscaría lograr la dirección de las clases revolucionarias.

                Sin embargo, también señalaba que, dentro de todas estas variantes, la “Lucha Política” se constituía como la instancia por excelencia, en la cual el Partido de Clase tenía que desplegar su acción revolucionaria.

                Esta idea se encontraba fundamentada, principalmente, en la importancia que cobraba el voto universal, como herramienta electoral capaz de consolidar el poder de los sectores trabajadores dentro de la dirección política de la sociedad.

                El sufragio era el arma más poderosa para que el proletariado alcanzase mayores grados de Emancipación social. Por su misma naturaleza tenía la capacidad de poner a la Clase Dominante en contradicción con sus propias instituciones estatales.

“La lucha política, es el medio más racional y el que mejores frutos pueda dar a la causa proletaria. Constituidos los socialistas en Partido con organización eminentemente democrática, con una disciplina que es la resultante de la conciencia del deber y no de la imposición, su acción en las urnas debe de ser de las más benéficas, pues al mismo tiempo que  se conquistan bancas en los congresos, se demuestra con la irreprochabilidad de los medios que el Partido Socialista sabe sostener con dignidad y altura nobles propósitos.”[13]

                En ejemplos como el del Partido Socialdemócrata Alemán o en la evolución del Laborismo Inglés, se demostraba que el proletariado podía construir su base de poder dentro de los límites de la legalidad burguesa. 

                Paralelamente, a este tema relacionado con la centralidad de la Batalla Política y con la construcción del Partido Revolucionario, también cobraba gran importancia la figura del intelectual.

El intelectual se constituía, a lo largo de esta etapa de la exégesis ingenieriana, en una de las variables más elementales, en la medida en que se mostraba como el factor que tenía como una de sus facultades la de marcar el rumbo a seguir por la organización.

En cierta forma, se erigiría como la dirección consciente del Proletariado, en tanto y en cuanto, a partir de su accionar cognitivo, podía señalar cuales eran las tareas concretas a seguir por los trabajadores y cuales debían ser las prioridades de la lucha revolucionaria.

 

Cabe destacar aquí, la similitud entre algunas de las categorías conceptuales, referidas a la función del Intelectual, sostenidas por Ingenieros en ¿Qué es el Socialismo? y otras ideas elaboradas posteriormente por Antonio Gramsci en el libro “Los Intelectuales y la Organización de la Cultura”.

En este sentido, debemos decir que esta vinculación que se intenta realizar, no aspira ni pretende cimentar una identidad forzada, ni tampoco obligar a ensayar una correspondencia conceptual desmedida, entre el legado de ambos autores.

Lo que se busca, en cierto sentido, es poder acercar en el tiempo, algunas de las ideas construidas por Gramsci e Ingenieros, marcando ciertas semejanzas y excluyendo cualquier tentativa de emparentarlas artificialmente.

En el caso particular del intelectual ingenieriano, este era pensado como un asalariado más, dentro del sistema capitalista, por lo tanto podemos decir que se lo entendía, formando parte del proletariado.   

Lo único que diferenciaba al intelectual y al proletario era el diferente equilibrio que mantenían entre el esfuerzo cerebral y el nervio muscular, a lo largo de la jornada de trabajo.

“Al esfuerzo muscular que imprime al martillo su fuerza percutoria para arrancar  del férreo yunque una luminosa chispa, nosotros sustituimos el esfuerzo vibratorio de la masa encefálica que del cerebro arranca una idea o un pensamiento.”[14]

                Una interpretación bastante aproximada resulta posible encontrarla en Gramsci, ya que también podemos observar en él una perspectiva que intenta equiparar, progresivamente, el rol del intelectual con el del obrero, en general.

                Comparemos aquel párrafo, con el siguiente pasaje del libro de Gramsci, “Los Intelectuales y la Organización de la Cultura” y podremos observar la emergencia de algunas de estas similitudes.

               

“...en verdad el obrero o proletario, por ejemplo, no se caracteriza específicamente por el trabajo manual o instrumental, sino por la situación de ese trabajo en determinadas relaciones sociales... si se puede hablar de intelectuales, no tiene sentido hablar de no-intelectuales, porque los no-intelectuales no existen. Pero la misma relación entre esfuerzo de elaboración intelectual/cerebral y esfuerzo nervioso-muscular no es siempre igual; por eso se dan diversos grados de actividad específicamente intelectual. No hay actividad humana de la que se pueda excluir toda intervención intelectual, no se puede separar el homo faber del homo sapiens.”[15]

                Como vemos, en ambos se puede percibir la continuidad de una particular interpretación que entiende una interrelación dinámica entre los conceptos de Intelectual  y Proletario.

Gramsci utiliza el mismo sustento lógico, pero lo hace con el objetivo de demostrar que “todos los proletarios son intelectuales” e Ingenieros lo hace para afirmar lo que es lo mismo, es decir que “todos los intelectuales son proletarios”.

                Ingenieros, parecería buscar, con esta identidad en última instancia, un mismo fin, que no sería otro que el de establecer un vínculo ágil, capaz de borrar las estratificaciones rígidas o cualquier jerarquización inmovilizante dentro de la construcción revolucionaria.

El intelectual no formaría parte de una casta exclusiva o de un estrato diferenciado, sino que contrariamente, aparecería como un obrero más, sin grandes diferencias cualitativas con el resto del Proletariado.

                Lo singular, se manifestaría, solamente en la distinta proporción de esfuerzo muscular e intelectual que utilizan al momento de desplegar su labor específica.

En unos predominaría la fuerza muscular, como podría ser el caso de cualquier obrero, en general y en los otros primaría la vitalidad cerebral como medio para transformar la realidad externa.

                Sin embargo este hecho de actuar como la fracción pensante los diferenciaba, en cierta manera con respecto al resto de los trabajadores y los constituía en la “dirección consciente”, en el eslabón más importante del movimiento, en camino hacia la construcción de una realidad socialista.

La precaria situación que les tocaba vivir bajo el régimen capitalista, les imponía la necesidad de pensar en un cambio cualitativo de la sociedad en su conjunto, como meta para poder emanciparse ellos mismos como filósofos. Únicamente en la redención del género humano por medio del socialismo, resultaba pensable la autodeterminación de los grupos ilustrados.

Condenado a mendigar un cargo como empleado público o dentro de la estructura de alguna de las empresas extranjeras, el intelectual era un asalariado más, incapaz de desarrollar sus aptitudes y potencialidades dentro de los estrechos márgenes de la selección artificial característica del mundo burgués.

                Ante un escenario de estas características, el intelectual se veía obligado a emplear sus esfuerzos en la tarea de la transformación social, con el fin de lograr conseguir una mejor jerarquía dentro de la nueva sociedad.

“Nosotros que consagramos nuestros mejores instantes de actividad y potencia intelectual al estudio, perdemos también el derecho a la existencia en la organización burguesa, que nos priva de la libertad individual para condenarnos a ser víctimas de las leyes inflexibles del salario; por eso debemos ser los campeones más esforzados de la agitación socialista en pro de la emancipación económica de la humanidad.”[16]

                En la socialización de la propiedad, se encontraban implícitos los gérmenes de su propia Emancipación desde el momento en el que su actividad, dentro de la futura comunidad socialista, dejaba de estar limitada por el irracional cálculo mercantilista y por la “Selección Artificial”.

                La reacción de Ingenieros ante la Selección Artificial, era característica del común de los intelectuales que cuestionaban el modelo del 80, y encontraba una de sus razones fundamentales, en el hecho de que el modelo económico impulsado por la oligarquía no permitía incorporar dentro de su construcción hegemónica a estos nuevos pensadores, provenientes, en su mayoría, de los estratos medios de la sociedad.

Esta situación conducía a una fuerte tensión “entre castas intelectuales tradicionales” y “nuevos grupos intelectuales”, en la cual los primeros no conseguían erigirse en la dirección ideológica de los más jóvenes.

                Este aspecto, también nos recuerda a otra idea semejante que fue destacada posteriormente, por Gramsci, y que señalaba a esta tensión como uno de los factores que aquejaban a los distintos contingentes de pensadores, en las organizaciones capitalistas.

                En estas sociedades, se podía observar la incapacidad de la clase dirigente que no lograba asimilar a su proyecto a los jóvenes intelectuales emergentes, condenándolos a un escenario de desocupación y exclusión prácticamente crónicas.

                “La vieja estructura no contiene ni consigue satisfacer las nuevas exigencias, por eso la desocupación permanente o semipermanente de los llamados intelectuales es uno de eso fenómenos típicos de esta insuficiencia, que asume para la mayoría de los jóvenes duros caracteres ya que no deja “horizontes abiertos”.”[17]

                Contrariamente a la “pintura” que ofrecía el capitalismo, en la visión de Ingenieros, bajo el nuevo régimen socialista se podría no sólo distribuir racionalmente el trabajo, sino que también por sus particulares características permitiría que los pensadores se abocaran de lleno a sus inquietudes filosóficas.

                Esta empresa, se completaba en un fin más universalista ya que, buscando conseguir la liberación individual, el intelectual contribuiría de manera decisiva en la emancipación total de la humanidad.

                En este sentido, y volviendo sobre la idea del Intelectual como dirección consciente del proletariado, debemos indicar que su mayor influencia radicaba, en que poseían el Saber, entendido por Ingenieros como la herramienta más importante, capaz de posibilitar la transformación total de la sociedad. Refiriéndose a estos grupos y a la interpretación ingenieriana Terán señala:

“Estas minorías activas, son, además y sobre todo, aquellas que están en contacto privilegiado con el Saber. Es decir, las capas intelectuales cuya tarea reside en “esgrimir las armas de la ciencia y de la razón contra los defensores de la opresión, de la fe y de la injusticia.”[18]

                En su poder se encontraba, el Saber, y este saber era contrario al sostenido por las corrientes oligárquicas.

                Las castas intelectuales, por intermedio del conocimiento se encontraban destinadas a esclarecer las ideas y nociones de los trabajadores, favoreciendo progresivamente la toma de conciencia de su situación de explotados, como así también enseñar el rumbo que estos debían tomar en la construcción política del partido.

                Como el intelectual gramsciano, el de Ingenieros, era el difusor de una particular concepción del mundo, que se presentaba afín a los intereses del proletariado, mostrando los distintos estadios en el camino hacia la Emancipación social.             

                En un mundo moldeado por los pensadores burgueses a la imagen y semejanza de la Clase Dominante, el intelectual proletario tendría como misión mostrar la senda, para derribar el sistema económico capitalista e instaurar posteriormente la nueva comunidad socialista.

“Obreros de la ciencia, al sufrir las consecuencias económicas y morales de una sociedad fundada sobre principios erróneos,... debemos ver  si el  socialismo responde satisfactoriamente a las necesidades de una sociedad libre cuyos fundamentos sean tomados de las fuentes más puras de la justicia, la igualdad, la  fraternidad y la libertad.”[19]

                Con su concurso el movimiento obrero, se servía del estrato pensante de la sociedad capaz de constituirse en la dirección ideológica del Partido de Clase.

                Los filósofos revolucionarios esclarecerían, las distintas tareas y etapas que el proletariado debería seguir dentro de los límites de la lucha revolucionaria, de acuerdo a cada coyuntura particular, otorgándole, paralelamente, un mayor grado de cohesión interna.

                Sería un rol que podríamos denominar como el de un “articulador ilustrado” de las distintas fracciones del partido de Clase.

                De esta unión entre el “elemento inteligente” y los obreros, es decir de la combinación de los sectores caracterizados por la utilización del esfuerzo cerebral y los que predominaba el uso de la fuerza muscular, surgiría la expresión política apta, para cambiar el esquema económico de explotación.

                El Partido permitiría pasar del  estado de Evolución constante de las fuerzas productivas, en relación con la dirección del Progreso, hacia un momento cualitativamente superior, caracterizado por la Revolución y la transformación del modo de producción capitalista.

                En esta lectura, la Evolución podría ser interpretada como el paso de las distintas etapas por las cuales, el Partido, debería ir conformando una serie cada vez más amplia de alianzas con los distintos sectores excluidos por el Modelo oligárquico.

                En una colectividad que avanzaba de manera natural de un orden de cosas determinado hacia otro levemente distinto, en una concatenación de pequeñas evoluciones; la Revolución simbolizaría el último eslabón de esa cadena, entendida no sólo como cambio cuantitativo sino también cualitativo.

Aparecería como la coronación final, a la cual se veía condenada irremediablemente la parasitaria sociedad burguesa, dando lugar a un nuevo modo de producción con un contenido de mayor racionalidad y afinidad con las necesidades sociales.

                La Revolución, explotaría indefectiblemente, de la contradicción insuperable entre el acentuado avance político del Proletariado y el sostenimiento por parte de la clase dominante de un orden económico que condenaba a los sectores mayoritarios a la explotación y a la exclusión.

                La particular concepción del mundo sostenida por los intelectuales, el alcance de una cantidad cada vez mayor de votos, la captación ideológica de nuevos intelectuales en las juventudes profesionales, el boycott, la huelga general, constituirían las distintas tareas hegemónicas, por medio de las cuales el partido de clase minaría progresivamente el poder del Estado.

A partir de estas distintas tácticas el proletariado iría generando las contradicciones internas del régimen al mismo tiempo que haría aparecer las condiciones propicias de un contexto revolucionario.

Ya fuese por los medios pacíficos de la Lucha Política o por intermedio de la toma  violenta del Poder, el proletariado estaría destinado a impulsar la transformación social, al posibilitar por medio del socialismo, vincular de manera natural, el orden económico con los requerimientos de la sociedad en general.

“...los grandes movimientos evolucionistas de la humanidad, sin excepción han sido realizados tras una acción revolucionaria que siempre a representado su momento crítico. Pretender que el movimiento tenga una distinta conclusión, es negar las doctrinas modernas respectos a las evoluciones que tienen en este caso en su apoyo el valioso testimonio de la historia. La acción revolucionaria debe venir y quienes la provocarán no serán los socialistas sino los actuales detentadores de los bienes sociales que se opondrán enérgicamente a la transformación de la propiedad individual de los medios de producción en propiedad colectiva.”[20]

 

                Como hemos observado hasta aquí, a lo largo de este periodo, es posible destacar, la persistencia de una estructura discursiva filiada en el Socialismo Revolucionario.

                Este posicionamiento no se limitó únicamente al primer libro de Ingenieros, “¿Qué es el Socialismo?” sino que también se extendió a los distintos artículos escritos en La Montaña, donde se repiten, los mismos tópicos, llegándose a afirmar que el único socialismo verdadero es el Socialismo revolucionario.

                “Ser o no ser. Socialistas y revolucionarios son dos cualidades inseparables; proclamémoslo bien alto, desechando falsos pudores y mezquinas conveniencias. Y con eso evitaremos confusiones perjudiciales, poniendo en evidencia que sólo son socialistas los que aceptan la revolución tal como la ha definido la sociología moderna.”[21]

                Sin embargo, si pretendemos completar el círculo que configura este periodo juvenil resulta necesario remarcar que en el último tramo de esta etapa, comienza a emerger un marcado cambio de perspectiva dentro de su imaginario.

                Para encontrar las causas de tal viraje ideológico, necesariamente deberíamos remitirnos a cierto escepticismo, que emerge en algunos  de los artículos de La Montaña, con respecto a las pocas posibilidades de cambio social que se estaban dando, en nuestro país a fines del Siglo XIX.

                En estos escritos, Ingenieros parece percibir ciertos indicadores, que progresivamente lo llevan a pensar en la imposibilidad de generar una transformación revolucionaria, por intermedio del proletariado y bajo la conducción ideológica de las castas intelectuales.

                Ello se evidenciaba en el hecho de que los grupos más golpeados por las políticas emanadas de la oligarquía, parecían aceptar sumisamente, la explotación a que se veían condenados.

                A los altos índices de pauperización social, descenso del nivel de vida de los trabajadores, concentración de la riqueza en pocas manos, fuerte grado de especulación, etc., no correspondían como contraparte, la movilización de amplios sectores sociales hegemonizados por la clase obrera, como forma de impulsar las transformaciones económicas.

                Como señala Terán, este estado de ánimo pesimista, se trasluce en uno de  sus artículos de “La Montaña”, donde observa con gran perplejidad, el que la gente no manifieste su descontento debido a la suba injustificada del precio del pan.

                “Lo extraño, lo único extraño, es que el pueblo está mudo. Se creería que le han cortado la lengua; o que solamente la tiene para lamer las manos perfumadas del amo que lo azota y lo hambrea. ¿Cómo no protesta? ¿Por qué escucha impasible la siniestra condena? ¿Dónde están las voces? ¿Dónde los corazones? ( Y por qué no: ¿Dónde están los puños?).”[22]

                Una especie de náusea recorría el pensamiento del joven Ingenieros, al percibir la pasividad con que las masas acataban el orden establecido por la Clase Dominante.

                El proletariado, en lugar de estallar violentamente, ante las injusticias, aceptaba su rol subalterno como partenaire de la política oligárquica.

                De esta forma comenzaba a desdibujarse a los ojos de nuestro autor la potencialidad revolucionaria de la alianza entre los intelectuales y el movimiento obrero.

                No tenía sentido, pretender erigirse en dirección ideológica de núcleos sociales que carecían de voluntad para transformar el orden de explotación a que se veían sometidos.

                Paralelamente, hay que señalar que después de los cimbronazos producidos por el desequilibrio económico de 1890, el proyecto oligárquico, volvía a desplegarse en toda su potencialidad.

                Había demostrado, no solo una gran capacidad para retomar la dirección económica del país sino que a la vez, asimilaba a la mayoría de los sectores que hasta ese momento se encontraban en la oposición.

                Pivotando sobre la recuperación económica, y el aperturismo político con los grupos disidentes, el modelo de la Generación del 80, recomponía su condición hegemónica hacia el resto de la sociedad y articulaba un escenario similar al precedente a la crisis.

                Frente a ello el joven Ingenieros, comienza a elaborar una estructura discursiva, distinta de la que hasta ese momento lo había distinguido.

                La idea de una transformación revolucionaria y la capacidad de las mayorías sociales para llevar adelante una empresa de estas características se desvanecían, abriendo paso a un nuevo momento juvenil, signado por inclinaciones esencialmente estéticas.

                Ante el estupor de este desencanto, Ingenieros parece redefinir el rol del intelectual desligándolo de su función como elemento pensante de la Revolución y dando lugar a la imagen de un intelectual más introspectivo que, en su pensar constante, tiende a replegarse sobre sí mismo.

                Las dos aristas más destacadas que configuraron este periodo las podríamos ubicar en el irracionalismo elaborado en la segunda mitad del Siglo XIX por Friedrich Nietzsche juntamente con el Modernismo bajo la influencia directa de Rubén Darío.

                Siguiendo a Terán, su puede decir que a pesar de partir de supuestos sociales, económicos e históricos completamente diferentes de los socialistas, ambas tendencias se enmarcaban dentro del universo discursivo elaborado por las corrientes contestatarias de la época.

                También lo muestra así Aníbal Ponce, biógrafo y discípulo del autor, con respecto al modernismo dariano: “Los iniciadores del movimiento modernista eran, con escasas  excepciones, los mismos soldados de la transformación social, y en los alrededores de 1897, literato y socialista tenían un mismo significado.” [23]

                El modernismo que cobra vigor en nuestro país por esta época, se une a las nuevas ideas provenientes de Europa y se presenta como un elemento innovador dentro de las letras argentinas, a la vez que despliega toda una serie de elementos críticos de la sociedad oligárquica.

                Al ser apropiado por las clases medias, las que como se señaló más arriba no encontraban un lugar de importancia dentro del modelo del 80, toda su vitalidad poética y su capacidad transformadora, derivaron en un enjuiciamiento de la sociedad de fines del Siglo XIX.

                Según lo expuesto por Juan José Hernández Arregui, debemos destacar que el común de los poetas y literatos que adhirieron al modernismo, partían de un sentimiento de soledad, de aislamiento en que los había sumido la clase gobernante. Un ostracismo que emerge como reflejo de una sociedad basada en un instinto materialista exacerbado y en la que primaba una marcada hostilidad hacia las clases pensantes.

“Esta situación solitaria de los poetas es la que define el periodo. Retóricos aristocratizantes o anarquistas formales (Darío, Lugones, Almafuerte, Carriego), cada uno a su manera, a través de individualizables situaciones sociales, reflejan el creciente aplazamiento y soledad de la inteligencia argentina alienada al mundo terrenal y cuyos sufrimientos reales son transportados al mundo celestial de la poesía exquisita o rebelde. La generación modernista pasó del estrépito juvenil, al ocultismo, el alcohol o el suicidio, síntomas de una misión histórica incumplida y un desencanto trágico.”[24]

                Inmerso en este panorama de sombrío escepticismo, la conformación del grupo la Syringa, representará para Ingenieros el doble movimiento de acercamiento al modernismo y de encuentro con las vertientes provenientes del dionisismo nietzchiano.

                Esta Peña Literaria, que se encontraba bajo la guía de Rubén Darío, quien había llegado a Buenos Aires como columnista del diario “La Nación”, congregaba a todo un círculo de intelectuales empeñados en  elaborar una nueva crítica y estética literaria.

La libertad en la métrica, el estudio del idioma, la originalidad de las imágenes, la crítica a las formas del idioma español, mezcladas con cierta asiduidad por las prácticas esotéricas, juntaban a quienes como Darío, Ingenieros, Leopoldo Lugones, José Pardo y otros, constituían un momento renovador dentro de la literatura nacional.

                El lenguaje poético, la abundancia descriptiva, el simbolismo europeo, fluyen como contracara y resistencia ante el país agrícola ganadero, que vuelve a emerger en toda su energía luego de pasada la crisis.

                El modernismo literario de la Syringa, se impregnaba de un espíritu contestatario, el cual bajo el signo del eclecticismo, buscaba articular en un solo momento la crítica estética y la disconformidad social.

“La clase dirigente, desde 1890, pierde prestigio. Nuevos vientos soplan en el país. Y los intelectuales, más o menos postergados, unen sus polémicas estéticas con la democracia y el socialismo burgueses... Modernismo y anarquismo intelectual, marchan con frecuencia juntos y marcan el desacuerdo de una generación que no encuentra lugar en la patria. Las mejores inteligencias argentinas se refugian en la bohemia...”[25]

                Esta particular reunión de la bohemia porteña, nos aventuraría a pensar que la imposibilidad de cambiar la sociedad realmente existente, conducía progresivamente a Ingenieros, Rubén Dario o Lugones, hacia un estadio introspectivo en el que la crítica literaria, el arte o el esoterismo, significaban en gran medida una especie de escapismo ante lo irremediable de la situación.

                El recurso que oponían al complejo escenario social de fines de Siglo, era el de la ironía, el de la crítica lacerante de las distintas estructuraciones de la realidad cotidiana.

                Apelaban indistintamente al sarcasmo y a un humor nuevo, acentuando todo tipo de situaciones y metáforas grotescas, dejando en el ridículo cualquiera de los temas y autores intelectualmente abordados.

                Frente al resto de los pensadores porteños, la Syringa, constituía un momento de dislocación poética, que desestructuraba todos los presupuestos literarios y estéticos de la época.

 “¿Qué había en el fondo de toda aquella farsa, con tanto empeño sostenida, con tanta insistencia prodigada? No era, sin duda, el propósito malsano de complacerse en la tortura; era, por el contrario, la confianza exaltada en las propias fuerzas; la afirmación rotunda de superioridad; el deleite del reidor que arriesga su reputación en una frase o un gesto; el peligroso  deporte de la ironía que juguetea triunfante con la incredulidad de los tontos o la petulancia de los infatuados...”[26]

               

                En este momento según coinciden sus distintos biógrafos, es cuando el joven Ingenieros, comienza a acercarse por primera vez a las obras de Nietzsche.

                Aníbal Ponce nos muestra que la imagen de Nietzsche representaba para los jóvenes intelectuales del 90, el mismo espíritu  crítico y estético que Renán y Taine para los hombres de la generación del 80.

Por aquella época nuestro autor, según afirman Ponce y Agosti, habría entrado en conocimiento de las ideas relativas al superhombre zaratrustiano, las reflexiones sobre la moral aristocrática y la afirmación de la vida por medio de la “alegría dionisiaca”.

                Asimismo, remitiéndonos a un análisis más pormenorizado se puede observar, como el pensamiento dionisiaco nietzchiano con toda su retórica irracionalista y su constante crítica hacia la modernidad, tenía la capacidad de articularse dinámicamente con las distintas actitudes contestatarias de emanaban desde La Syringa.

                Podríamos decir que dos aspectos desarrollados por Nietzsche fueron los que influyeron de manera más determinante en el joven Ingenieros:

En primer lugar “El Dionisismo”, entendido como la “afirmación de la voluntad de vivir” llevada hasta los últimos extremos y elevada como el valor individual más importante a que debe aspirar cualquier ser humano. 

En segundo término aparece la emergencia de una “concepción aristocrática de la vida”, la cual pasa a ubicar en un lugar secundario el rol socialmente transformador de las mayorías.

                Con respecto a este último punto, sería permisible afirmar que el pensamiento aristocrático nietzschiano, puede ser entendido como el puente conceptual por el cual Ingenieros, comenzaba a reinterpretar la anomia revolucionaria del pueblo.

                Al caer en el escepticismo acerca del potencial revolucionario de las masas, Ingenieros acentuaba este periodo de repliegue sobre si mismo, a partir de una valoración distinta del intelectual, en la cual la obra del filósofo de Rocken aportaba nuevos y esenciales elementos.

                El intelectual, que hasta ese momento era comprendido, en tanto elemento pensante de la Revolución, comienza a ceder el espacio a un nuevo estereotipo mucho más cercano al diletantismo aristocrático nietzchiano.

                Aristocratismo que veía en los sectores populares, rebaños inmóviles incapaces de cambiar su situación de explotación por parte de la Clase capitalista y por lo tanto imposibilitados para hacerse dueños de sí mismos mediante la construcción de una Revolución.

                Como quedó demostrado en la paradoja del “pan caro”, Ingenieros, avanza hacia una visión en la cual las masas son distinguidas negativamente, por su carácter conservador y su actitud sumisa ante la vida.

                Es posible afirmar que con esta lectura comenzaba a romperse el lazo que unía dialécticamente a los intelectuales, en tanto grupo pensante del partido, con las masas proletarias, entendidas como el sujeto capaz de llevar a cabo la transformación del sistema capitalista.

                Analizando la evolución de su itinerario intelectual vemos como su pensamiento progresivamente deja de dirigirse a esclarecer la conciencia de los proletarios, transformándose en un cavilar auto-referenciado, en una afirmación propia ante las circunstancias de la vida.

                El filósofo se encontraba obligado a reconfigurar sus perspectivas y desertar de su rol pedagógico transformador.

                Ya no pervive el intelectual de partido, sino que éste procede a afirmar su disconformidad de una manera desarticulada y heteróclita donde la ironía y el desenfado ocupan el lugar de la reflexión y la estructuración del pensamiento revolucionario.

                La alegría pasaba a ser ahora, era el vehículo por el cual Ingenieros, expresaba su diferencia con “lo externo”, era el elemento capaz de dislocar y enjuiciar estéticamente los atributos vigentes de la realidad social.

                No pudiendo cambiar las condiciones materiales del mundo externo, Ingenieros se refugiaba en un ademán dionisiaco, es decir, en un estadio que no buscaba elaborar respuestas coherentes ante los requerimientos de la realidad exterior, sino que mediante la alegría y la ironía pretende afirmar su “voluntad de vivir” de manera irracional ante el mundo.

“La afirmación de la vida aun en sus problemas más arduos y extraños; la voluntad de vivir, gozándose en sacrificar sus tipos más elevados en beneficio del propio carácter inagotable: he aquí lo que yo llamo dionisismo; he aquí donde he creído hallar el hilo que conduce a la Psicología del poeta trágico... La afirmación del agotamiento y de la destrucción, lo verdaderamente decisivo en una filosofía dionisiaca, la aprobación de la guerra y los hechos contradictorios; el llegar a ser con negación radical del mismo concepto de ser”[27]

El dionisismo, prefiguraba el momento “heroico” por medio del cual, el intelectual atestiguaba su optimismo ante un mundo juzgado críticamente.

Constituía el estadio, por el cual se imponía “La Voluntad de Querer”, es decir, la afirmación de la vida frente a todo y por encima de todo, donde su consecución cobraba más valor que la búsqueda misma de la Verdad, del Bien o del Mal.

De acuerdo con esta perspectiva, la Syringa, reflejaría de la manera más clara, este intento por afirmar la vida en todo su sentido. En ella se simbolizaría el instante sincrético en que se unían el vanguardismo literario dariano con el dionisismo vitalista.

Esta cualidad se halla fielmente delineada en la novela “El Mal Metafísico” de Manuel Gálvez. Allí el “Doctor Escribanos” personaje inspirado en Ingenieros describe a la Peña Literaria.

“La Syringa es una venerable institución de Estética y de Crítica. Preexiste, subsiste y existe. No fue fundada jamás, pues no tiene principio ni tendrá fin...  era un exponente del espíritu dionisiaco, y su origen se perdía en los tiempos. Ser syringo era ser dionisiaco, pero podría llegarse hasta ser apolíneo. No cualquiera podía ser syringo; se nacía con tal carácter, que la institución no hacia sino comprobar y reconocer.” [28]

                La prédica errante de sus miembros por la ciudad de Buenos Aires, plagada de una ironía y un humor inéditos hasta ese momento, invita a pensar en que su misión pedagógica comienza a emparentarse con la idea de “Espíritus Libres” de raigambre nietzschiana.

                El intelectual no pretendería, elaborar un conocimiento racionalmente transmisible, sino que estaría proyectando un sentimiento que sostuviese la vida de manera emotiva, de manera trágica.

                Se impone la imagen de un filósofo, que busca la trascendencia del ser humano por medio de la estética que resalta la vida heroicamente, frente a cualquier obstáculo que se presente.

                 Si la Razón se oponía a la vida, el recurso de la ironía dionisiaca ubicaba los términos de la batalla vitalista, en el terreno de lo irracional e indeterminado.

                Probablemente uno de los sucesos más significativos, que podemos encontrar en relación a esta idea de burla, de ironía llevada al extremo, fue el conocido caso del Conde de Lautremont.

                En éste, Ingenieros y Darío, convencieron a un joven uruguayo de orígenes inciertos, de que era el hermano perdido del Conde de Lautremont.

                Rápidamente aquel muchacho comenzó a sugestionarse y conformar en su imaginación toda una historia por la cual justificaba este parentesco.

                Luego de mantenerlo enredado en ese engaño durante un tiempo decidieron contarle la verdad y proceder a curarlo haciendo que este fuese asumiendo, progresivamente, que no era tal persona.

                Lo que aquí se presenta verdaderamente destacable y que nos grafica claramente este momento de ironía y farsa, es que el método por el cual se atuvieron a desugestionarlo consistió en una terapia que se centraba en someter a la burla al enfermo.

                La sucesión de bufonadas, tenía como cometido, lograr que éste, sintiéndose completamente ridiculizado, se diese cuenta que resultaba imposible que fuera el hermano del Conde Lautremont.

                Comentando este hecho Horacio González nos refiere al respecto:

“...son las insinuaciones del simbolismo, que entre sus oscuras promesas encierra la posibilidad de un pensamiento de la cura, en su aspecto burlesco o en su coronación surrealista.”[29]

                Precisamente, en este gesto de desdén, en esta “burla de los tontos”, los syringos parecían querer desafiar las estructuraciones de la realidad y de la verdad de su tiempo, planteando otros universos, otras apariencias.

                A la opacidad del país agropecuario y frente a una existencia, que en su externalidad, se mostraba esencialmente estática, estos bohemios y más particularmente Ingenieros, se cobijaban, en la alegría dionisiaca del burlador.

                “Con esta equivalencia entre burla y cura, Ingenieros disemina su obra de semillas rebeldes, en las que el autor busca ser descubierto en la clandestinidad que él elabora, arrojando signos trastornados detrás de los propios signos de su escritura.”[30]

                En este reir burlón ingenieriano, estaría constituyendo un trazo más de su constante rebeldía con respecto al orden de la realidad externa propuesta por el régimen oligárquico.

                Mediante este grotesco mosaico, en el que se despliega el desprecio de los tontos, el sarcasmo y el esoterismo confeso, Ingenieros se transportaría directamente hacia el terreno de la maldad, de la clandestinidad, una ciénaga incapaz de ser interpretada por la sociedad argentina de fines del Siglo XIX.

                Más particularmente, podríamos inferir que estaría situándose en un estadio ubicado, por fuera, de “la moral burguesa”, pero también en un espacio manifiestamente ajeno a la “exégesis burguesa de la moral socialista”.

                La ironía, simbolizaría el momento de deserción del mundo capitalista, pero, paralelamente, tampoco constituiría un argumento asimilable a la retórica clasista.

                De esta forma, se entiende que pretendería clausurar cualquier probabilidad de encuentro con el país oligárquico, al mismo tiempo, que anularía la continuidad de un universo discursivo de semblante socialrevolucionario.

                En última instancia Ingenieros se asumiría, en un lugar donde no hay posibilidad de redención. Un sitio donde no se necesita ni se busca la redención.

                Metamorfosis, ésta que nos permite pensar en un Ingenieros intérprete de las corrientes contestatarias de su época, es decir, en un filósofo que se reconstruye en relación constante con las tendencias políticas y sociales de su tiempo.

Dicha metamorfosis también nos guía en la evolución hacia una nueva etapa signada por el positivismo y una visión diferente del estado y de las mayorías, configurando un escenario en el cual primaron nuevas estructuraciones de la dialéctica social de comienzos del siglo XX.

 

 

 

 

 

 

 


 

[1] Puiggrós, Rodolfo: Historia Crítica de los Partidos Políticos Argentinos, Tomo I, Buenos Aires, Hyspamérica pág. 133

[2] Puiggrós, Rodolfo: Historia Crítica de los Partidos Políticos Argentinos, Tomo I, Buenos Aires, Hyspamérica, pág. 115

[3] Idem Pág. 136

[4] Terán Oscar: José Ingenieros Antimperialismo y Nación, México, Siglo XXI, 1979, pág. 16.

[5] Idem pág. 21

[6] Idem pág. 20

[7] Ingenieros, José: ¿Qué es el Socialismo?, Buenos Aires, Biblioteca del Centro Socialista, 1895, pág. 24.

[8] Terán, Oscar: op cit, pág. 22.

[9] Ingenieros, José: ¿Qué es el Socialismo?, Buenos Aires, Biblioteca del Centro Socialista, 1895, pág. 25.

[10] Ingenieros, José: ¿Qué es el Socialismo?, Buenos Aires, Biblioteca del Centro Socialista, 1895, pág. 31.

[11] Ingenieros, José: ¿Qué es el Socialismo?, Buenos Aires, Biblioteca del Centro Socialista, 1895, pág. 34.

[12] Ingenieros, José: ¿Qué es el Socialismo?, Buenos Aires, Biblioteca del Centro Socialista, 1895, pág. 50.

[13]Ingenieros, José: ¿Qué es el Socialismo?, Buenos Aires, Biblioteca del Centro Socialista, 1895, pág. 16

[14] Ingenieros, José: ¿Qué es el Socialismo?, Buenos Aires, Biblioteca del Centro Socialista, 1895, pág. 84.

[15] Gramsci, Antonio: Los Intelectuales y la organización de la Cultura, Buenos Aires, Nueva Visión, 2000, Pág.13

[16] Ingenieros, José: ¿Qué es el Socialismo?, Buenos Aires, Biblioteca del Centro Socialista, 1895, pág. 75

[17] Gramsci, Antonio: Los Intelectuales y la organización de la Cultura, Buenos Aires, Nueva Visión, 2000, Pág. 54

[18] Terán, Oscar: Op cit. pág. 25.

[19] Ingenieros, José: ¿Qué es el Socialismo?, Buenos Aires, Biblioteca del Centro Socialista, 1895, pág. 84

[20] Ingenieros, José: ¿Qué es el Socialismo?, Buenos Aires, Biblioteca del Centro Socialista, 1895, pág.62

[21] Ingenieros, José: La Montaña, Buenos Aires, núm 7, Julio 1897.

[22] Ingenieros, José: La Montaña, Buenos Aires, núm 12, Septiembre 1897.

[23] Ponce, Aníbal: “José Ingenieros, su Vida y su Obra”, Axioma, Buenos Aires, 1977, pág 17.

[24] Hernández Arregui, Juan José: Imperialismo y Cultura, Buenos Aires, Plus Ultra, 1973, pág. 72

[25] Hernández Arregui, Juan José: Imperialismo y Cultura, Buenos Aires, Plus Ultra, 1973, pág. 74

[26] Ponce, Aníbal: José Ingenieros, su Vida y su Obra, Axioma, Buenos Aires, 1977, pág. 24.

[27] Nietzsche, Friedrich: Ecce Homo, Barcelona, Edicomunicación, 1997, Pág. 86.

[28] Gálvez, Manuel: El Mal Metafísico, Espasa Calpe, Buenos Aires, 1962, pág 46.

 

[29] González, Horacio: Restos Pampeanos, Buenos Aires, Editorial Colihue,1999, Pág.25

[30] González, Horacio: Restos Pampeanos, Buenos Aires, Editorial Colihue,1999, Pág.28