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Feroces de lengua y pluma: política, sexualidad y escritura en el anarquismo.

Autoras: Claudia Bacci, Laura Fernández

Facultad de Ciencias Sociales, UBA

 cbacci@hotmail.com

 

 

La que habla no sabe quién es ella (…) pero ella habla, ella es la que habla y quiere ser oída en lo que ella dice.

François Collin

El dilema de la política acerca del sujeto universal de la revolución y del cambio social se mantiene en la forma de una pregunta nunca resuelta satisfactoriamente por las diversas organizaciones y expresiones de la izquierda vernácula: ¿liberación de las mujeres y los hombres o liberación de la “humanidad”? Este interrogante no es nuevo ni responde solamente a la complejización de la categoría “sujeto” propia de las filosofías más actuales; fue planteado por algunas mujeres al interior del anarquismo local de fines del siglo XIX. Respondiendo la convocatoria masculina comprometida con la emancipación de la mujer, las anarquistas sostienen un diálogo en el que se evidencia la construcción de un sujeto de la política ineludiblemente generizado. Los términos de ese debate continúan siendo inquietantemente actuales.

A fines del siglo XIX el anarquismo se supone una expresión de cambio radical. Sin reformas ni atenuantes propone la destrucción general del capitalismo y todas sus expresiones, desde la economía a las formas de relación afectiva. Los teóricos y propagandistas piensan en las mujeres y su necesaria emancipación de los roles a los que la crueldad del sistema las ha condenado: la prostituta, la esposa burguesa, la jovencita seducida, la devota violentada en su buena fe, la obrera sobreexplotada, la madre soltera. A esos modelos le oponen la mujer anarquista y para eso la llaman a la lucha, a criar sus hijos en la esperanza, a convencer a sus maridos si no están convencidos o a apoyarlos si sufren los desvelos de la lucha y la persecución.

A partir de las más recientes críticas al pensamiento de la filosofía política clásica se vuelve difícil pensar un sujeto esencial de la historia, anterior a su entrada a la cultura, y ni siquiera un cuerpo biológico en espera de su significación social o, dicho en términos lacanianos,  no habría posibilidad de su constitución pre-discursiva.[1]  En este sentido, la identidad es una práctica significante en un campo cultural determinado a partir de ciertas reglas, en parte derivadas de una matriz jerárquica que asocia diferenciaciones de género y heterosexualidad obligatoria. Esta asociación explicaría la centralidad de las discusiones acerca de la procreación, las relaciones afectivas o el ejercicio de la sexualidad tanto en el viejo anarquismo como en las más recientes expresiones anticapitalistas.

La identidad supone, entonces, una inestabilidad radical, ya que sin sustancia previa se encuentra sometida a repeticiones imperfectas y a efectos inesperados. Ese es el resquicio para producir variaciones identitarias subversivas propiciadas por las mismas normas que las regulan y reprimen.  Sin sujeto anterior al campo de disputa que lo constituye, la política se expande por sobre la representación o la búsqueda de reconocimiento y de derechos. En este sentido, una actividad política posible sería identificar las estrategias de repetición subversiva válidas para un campo determinado que provoquen desestabilización y desplazamientos.

Sostenemos que la escritura por parte de las mujeres en la Argentina del siglo XIX constituye una estrategia de este tipo, un ejercicio propiciado por un campo cultural específico en el cual la prensa anarquista es el medio de difusión, concientización y llamado a la acción por excelencia. En ese contexto, el lenguaje escrito no es un instrumento más de la práctica constitutiva, sino el espacio privilegiado en el cual el ejercicio de la escritura por parte de las mujeres se revela como una práctica subversiva potenciada por el estilo revulsivo del discurso. Sin esa práctica, el debate sobre la construcción de un sujeto político ineludiblemente generizado se hubiera perdido, otra vez, en la falsa estabilidad de un sujeto universal.

 

 

POLÍTICA, SEXUALIDAD Y ESCRITURA

 

En su relato autobiográfico, Historia de un ideal vivido por una mujer (1964), Juana Rouco Buela narra las vicisitudes de su participación en el anarquismo de principios del siglo XX en la Argentina. Su crónica es una historia de militancia sin género ni marcas de una diferencia “femenina”:

"En este relato trataré de excluir mi vida particular, en lo máximo posible, dando un detalle de mi actuación ideológica (…) Comprendiendo esto es que yo he dedicado toda mi vida, con mi actuación, mi pluma y mi palabra, a esclarecer la mentalidad de los hombres y de los pueblos…"

  En cuanto a estas experiencias no difiere de las de cualquier militante varón de la época. Sin embargo, Rouco Buela desarrolla una actividad anclada en su experiencia como mujer anarquista, como trabajadora e inmigrante, como madre a cargo de la prole.

Pasado ya ese momento de fervor activista, a los 75 años de edad, Juana rememora en algunos pasajes (breves) del libro las dificultades que debió afrontar cuando su compañero, de acuerdo a los principios de la unión libre, abandonó el hogar de improviso, desentendiéndose de ella y de sus hijos, los hijos de ambos (90-91, 106). Se configura así una forma particular del “pecado” anarquista: la unión libre no resguarda a las mujeres anarquistas de los sufrimientos y vaivenes del amor, ni las libra de imposiciones sociales tales como el cuidado de la prole.

En este sentido, decimos que el discurso eugenésico y la unión libre no se contraponen, más bien se retroalimentan. Limitar los embarazos y los hijos, y sostener una familia aunque sea fuera de la legalidad burguesa, son cuestiones de vital importancia para las mujeres anarquistas de los sectores populares que, aunque obreras, encuentran serias dificultades para sostener sus hogares sin el aporte de un varón. Las amargas quejas de Rouco Buela tras el abandono, son elocuentes al respecto.

El periódico anarco-socialista La Questione Sociale nos acerca un relato titulado “Un episodio de amor en la Colonia Socialista Cecilia” (1896). El relato es atribuido a Juan Rossi, y nos cuenta lo referido por un tal Cardias, acerca de su experiencia en una comunidad anarquista en Palmeira, Estado de Paraná  (Brasil) a comienzos de la década de 1890. El cuento es simple: Cardias se enamora de Élide, quien vive en unión libre con Aníbal. Cardias le pide a Élide que se enamore de él y abandone a Aníbal durante un viaje  de éste. La mujer, sumisa o voluble, abandona a Aníbal (en ausencia) y se muda a vivir con Cardias. El comprensivo Aníbal queda destrozado: ha perdido a la mujer que ama y a su mejor amigo. Al final del relato los dos hombres hablan acerca de sus sentimientos, de Elide y de la amistad interrumpida que los había unido. Cardias rescata la hombría de Aníbal que a pesar de amar a Elide la deja partir “voluntariamente”. Elide, actriz central de este drama romántico, muda de amor, calla, elide su voz. La libertad de circulación de las mujeres anarquistas gracias a la unión libre no reditúa beneficios para nadie, y así la comunidad libertaria permanece lejana.

El mismo periódico publica en 1895 varios folletos destinados a la propaganda anarquista entre las mujeres. El folleto N° 1 escrito por Ana Mozzoni “A las hijas del pueblo” sostiene que las mujeres están sometidas a la triple dominación económica, política y religiosa. El folleto N° 2 no indica autoría pero por continuidad de estilo podría ser atribuido a Mozzoni, está dedicado  “A las muchachas que estudian". Allí se recalca el carácter social de la opresión femenina y su enmascaramiento dentro del orden de los asuntos privados. Según el/la autor/a, las sujeciones “privadas” sobre las mujeres proceden de la misma matriz autoritaria que oprime a los hombres, y la revolución anarquista liberará a ambos. Luego de la rigurosa profesión de fe en los valores de la libertad, la independencia económica y la felicidad de las mujeres en el futuro orden social, instituido por la “distribución armónica de funciones diversas y equivalentes”, llama a sus interlocutoras a la tarea revolucionaria:

“Ven con nosotros y sé la madre de las generaciones del porvenir”

La portavoz anarquista, ha devenido “nosotros”, “Las muchachas” son ahora interpeladas a favor de los hombres nuevos, “sus” hijos, que son el porvenir de la anarquía. Entonces…¿la rebelión de las mujeres será siempre una utopía?

En otro folleto, “A las proletarias” de Soledad Gustavo, se advierte una verba filosa y clara dirigida a mujeres sin tiempo para ensoñaciones amorosas o fantasías familiares. Las proletarias ya saben de qué se trata ser una mujer en un mundo masculino. Dice Gustavo:

“Están tan avezados los hombres a mirarnos como esclavas que no pueden acostumbrarse a la idea de que algún día podamos ser consideradas como sus iguales y en todas las relaciones de la vida estar a su mismo nivel, y así, toda idea que tienda a reconocernos a nosotras también derechos, necesariamente tiene que ser una utopía.”

La forma femenina del nuevo hombre anarquista, “nosotras”, somos la utopía, dice Gustavo. Y también dice que no será una igualdad moldeada a semejanza del hombre la que libere a las mujeres, colocándose en franca oposición al feminismo burgués y socialista, sino la revolución anarquista la única causa que impedirá

 “que ni la mayor fuerza muscular ni el mayor desarrollo cerebral, sean sinónimos de mayores derechos, ni de mayores consideraciones…”

Para Gustavo la lucha de las mujeres debe articularse con la lucha anarquista, “unificarse” en ella a fin de conseguir el ansiado apoyo de los compañeros varones, y constituirse como otro eje en la lucha de todo el colectivo anarquista sin distinción de sexos.

Si en la Colonia Cecilia, Élide no habla, y si las tardías quejas de Rouco Buela apenas se hacen oír varias décadas después, las feroces columnistas y editoras de La voz de la mujer (LVM)[2] señalan los problemas de esa alegre forma del amor que intenta incluir a la causa a la mujer anarquista en tanto elemento estratégico dentro del hogar por su influjo afectivo e ideológico sobre el compañero y las generaciones futuras.[3] La diferencia principal entre los folletos publicados por diversos medios anarquistas y el periódico LVM es que los primeros responden a una iniciativa masculina o, al menos, no exclusivamente femenina. El periódico, en cambio, proviene de las mismas mujeres que vienen a incluir sus reivindicaciones específicas en la causa ácrata. Su discurso está destinado a incomodar porque conmueve los supuestos del movimiento hasta en sus versiones más progresistas. Ellas señalan irónicamente: Anarquía y libertad (y las mujeres a fregar).

Frente al mandato doméstico y maternal toman la pluma para intervenir en las discusiones que hasta ahora las han tenido como objeto. Hacen suyas las herramientas anarquistas de la pedagogía y la propaganda y sostienen ocho números del periódico que “aparece cuando puede” y comienza con el siguiente párrafo:

“Y bien: hastiadas ya de tanto llanto y miseria, hastiadas del eterno y desconsolador cuadro que nos ofrecen nuestros desgraciados hijos, los tiernos pedazos de nuestro corazón, hastiadas de pedir y suplicar, de ser el juguete, el objeto de los placeres de nuestros infames explotadores o de viles esposos, hemos decidido levantar nuestra voz en el concierto social y exigir, exigir decimos, nuestra parte de placeres en el banquete de la vida.”(43)

A pesar de la intención propagandística y concientizadora propia del anarquismo de la época, se suman prácticas transformadoras de los roles tradicionales tales como la responsabilidad en la edición del diario, las colectas de dinero, los intercambios epistolares, la toma del estrado en los actos públicos, las disputas con los varones, etc. Se presentan como “La voz de la mujer” - ingenuas respecto a la complejidad de una categoría que años más tarde provocará innumerables intervenciones y varios feminismos-  porque para ellas es claro que su voz es lo  que falta en el anarquismo. Es una aparición que viene a discutir lo más íntimo (relaciones familiares, sexualidad, maternidad) haciendo estallar su ineludible condición política. En 1896, no en los años setenta del siglo XX.

Decíamos que el ejercicio de la escritura es un desplazamiento respecto a las normas de género y que se refuerza con el estilo de los escritos. Abandonando la corrección y el recato recomendados a las mujeres se despachan con insultos tales como maricas, estúpidos, escarabajos de la idea, falsos anarquistas, demagogos tiránicos. Practican con soltura la ironía y el sarcasmo y, pese a las contrariedades, no piensan consultar sus decisiones con ningún varón.

Mientras sus detractores las bautizan como las feroces de lengua y pluma, el editorial del N° 3 los vuelve a denunciar como falsos anarquistas y las declara "firmes en la brecha". Esta intransigencia contrarresta el inevitable desgaste que tiende a sufrir cualquier estrategia de subversión del orden a la vez que resiste su incorporación a los discursos aceptables. Pese a las críticas, amenazas y reconvenciones, insisten: “Ojo, pues, macaneadores, ojo cangrejos de la idea” (58)[4]. De todas ellas rescatamos una que en su mínima expresión condensa toda la especificidad y sutileza de la subordinación femenina difícilmente resuelta por la fórmula de la triple opresión:

 “apenas llegadas a la pubertad, somos blanco de las miradas lúbricas y cínicamente sensuales del sexo fuerte. Ya sea este de la clase explotadora o explotada.” (49)[5].

Sólo una mujer puede presentir la promesa de violencia que conlleva esa mirada. Gesto masculino que la convierte en algo más que una mercancía sometida a los vaivenes del mercado de trabajo. Son obreras pero, además, objetos y máquinas de placer. Y sujetas, sí, sujetas al capricho de los hombres. De todos, por eso proclaman la trinidad “Ni Dios, ni patrón, ni marido”, como sintetiza alguien desde las suscripciones.

La doble condición -mercancía trabajo/objeto de placer- es una sola para ellas:

“La mirada lasciva y lujuriosa del que anhelando cambiar de continuo el objeto de sus impuros  placeres nos ofrecía con insinuante y artera voz, un cambio, un negocio, un billete del banco con que tapar la desnudez de nuestro cuerpo, sin más obligación que de prestarles el mismo.” (43)[6]

Difícil es pensar una alternativa de libertad sexual entre estos estereotipos.  Así, el recorrido típico de una mujer transcurre en los hogares primero como juguete del padre y luego como capricho del marido y, más tarde, es el escarnio de los hombres.[7]

Aquello que la sociedad resume como falta no tiene demasiadas palabras para ser nombrado de otro modo. El orden de los deseos y las libertades sexuales encuentra en el término amor una manera de aparecer. Sin embargo, algunas de sus reivindicaciones políticas apelan a esta "situación de las mujeres", si bien ocultas por las limitaciones del lenguaje, tales como la posibilidad de amar a distintos hombres o a más de uno a la vez, ya que

“La naturaleza te brinda los mismos placeres y las mismas libertades y el alcanzarlas sólo de ti depende…” (78)[8]

Es obvio que estos reclamos sólo aparecerían en un programa anarquista si las mujeres lograran imponerlo. Pero, si bien se percibe la oposición de las ácratas a una política de reivindicación de sus derechos, a la manera de las propuestas del feminismo liberal y del socialista, comparten con estos movimientos las miradas diagonales y contradictorias sobre el status de la mujer, tales como las reivindicaciones eugenésicas y maternales que las mueven a solicitar protecciones masculinas. Por otro lado, y como forma característica del paso a la agitación directa, su accionar específico sumaría a la tradicional bomba casera y la huelga general, el envenenamiento de una familia burguesa por parte de su cocinera, la venganza de un violador impune, la castración de un estafador de lavanderas, la exposición pública de la perversidad clerical, la huelga de vientres, etc.

 

CONCLUSIÓN

La aparición pública de las mujeres anarquistas a través de una escritura política, y su corta participación en el período de máxima proliferación de los discursos libertarios acerca de la “cuestión de la mujer”, puede ser pensada como un intento, temprano e involuntario, de poner en evidencia la conflictividad inherente a toda pretensión de sutura de una identidad política cifrada en un universal esencializado bajo el uso discursivo de la forma gramatical masculina.

La pretensión anarquista de liberar a hombres y mujeres de las mismas cadenas de sujeción del orden social burgués, que de formas diferentes subordinaban a ambos, constituía un discurso plagado de matices hacia fines del siglo XIX. Frente al reclamo de las libertarias de tomar en serio ese postulado y cambiar también las relaciones de poder entre hombres y mujeres al interior del anarquismo, se propició la resignación de la categoría “mujer” por la de “mujer obrera”,  de acuerdo con el avance de la postura clasista dentro del movimiento desde comienzos del siglo XX. En rigor, si el anarquismo en su vertiente universalista debía aceptar la inclusión de la problemática de la mujer en el espacio público como propia, su corrimiento hacia posturas clasistas significó una reducción tanto de su concepción acerca del sujeto de la revolución, cuanto de las prioridades y jerarquías a establecer en el camino hacia el cambio social.

Para resumir, en este trabajo prescindimos del simple rescate histórico, evitamos caracterizar los escritos como feministas o protofeministas, complejizamos el concepto de identidad para explicar la búsqueda de las mujeres anarquistas, entendimos su escritura como una práctica subversiva, y verificamos en sus experiencias el encuentro ineludible de la sexualidad y la violencia de género en el campo de la política.

Hablamos del presente. Esas voces nos dicen que todavía es necesaria la denuncia del tibio progresismo. Es preciso revisar justamente aquí donde parece posible descansar: en nuestras academias, en nuestras cátedras, en las políticas de lectura y escritura, en la distribución de cargos públicos y tareas domésticas, en los giros del lenguaje, en las barras que nos incluyen en la política como “un hombre/ una mujer/ una persona = un voto”, en la presunta libertad y ausencia de violencia del ejercicio concreto de la sexualidad femenina, en la maternidad como destino, en las políticas de “salud reproductiva” inscritas sobre nuestros cuerpos, etc.

Aquellas voces nos recuerdan sobre todo la potencialidad de los discursos y acciones revulsivas, en tanto que intervenciones impredecibles y audaces, cuyo vigor incomoda lo establecido hasta hacerlo estallar.

El acercamiento a los estudios feministas provocó en algunas mujeres la inquietud de ser productos exitosos de la opresión. Paradójicamente, lo más liberador de sus apuestas es comprender la omnipresencia de la sujeción y la ausencia de un esperanzador “afuera”, que nos habilita a vivir nuestras identidades “sujetadas” a la vez como prácticas propiciadoras y creativas. Para lo mejor y para lo peor de nosotras mismas.

La mujer, su voz, es una construcción fantasmática, pero sería un error creer que por ello pierde “realidad” o sustento. Entender esa condición fantasmal, propia de todo devenir-sujeto, permite sortear el esencialismo, a la vez que jugar estratégicamente con y en el género. En algún momento es necesario acompañar una idea, sostener una consigna, establecer una identidad, tanto para escribir como para tener presencia en la lógica de las representaciones. Así, abandonar el viejo sujeto pretendidamente universal, disfrazado en masculino, blanco, adulto, heterosexual, occidental y ciudadano, no significa terminar con la política. Al contrario, supone expandirla y asumir el desafío de vivirla en las diferencias, desafío que insinúa el carácter indecidible de toda posición de sujeto para la política.


 

Bibliografía  y Fuentes

-Fuentes directas

-La voz de la mujer. Periódico comunista-anárquico. 1896-1897, UNQ, 1997, Buenos Aires.

-Historia de un ideal vivido por una mujer, Juana Rouco Buela, Edición de autor, 1964, Buenos Aires.

-“A las hijas del pueblo”, Ana María Mozzoni, Follleto N° 1, Biblioteca de La Questione Sociale, 1895, Buenos Aires.

-“A las muchachas que estudian”, ibidem, Folleto N° 2, Biblioteca de La Questione Sociale, agosto 1895, Buenos Aires.

-“A las proletarias”, Soledad Gustavo, Folleto N° 4, Biblioteca de La Questione Sociale, 1895, Buenos Aires.

-“Un episodio de amor en la Colonia Cecilia”, Juan Rossi, Folleto N° 5, traducido por J. Prat, Biblioteca de La Questione Sociale, 1895, Buenos Aires.

-“La Comuna Libre”, Alejandro Escobar y Carvallo, en ANARKOS. Literaturas libertarias de América del Sur (Argentina, Chile, Paraguay, Uruguay), J. Andreu, M. Fraysse y E. Golluscio de Montoya (comps.), Editorial Corregidor, 1990, Buenos Aires, pág. 249.

 

-Bibliografía General Consultada

Pablo Ansolabehere: “La voz de la mujer anarquista”,  en Revista Mora, Nro. 6/julio 2000, Buenos Aires.

Dora Barrancos: Anarquismo, educación y costumbres en la Argentina de principios de siglo”, Editorial Contrapunto, Buenos Aires, 1990.

Judith Butler: El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad, Editorial Paidós, 2001, México.

François Collin: “Praxis de la diferencia. Notas sobre lo trágico del sujeto”, en revista Mora, N° 1, Agosto 1995, Buenos Aires, pág. 14.

A-M. Käppeli: “Escenarios del feminismo”, en Historia de las mujeres, G. Duby y M. Perrot (comps.), Tomo 8, Editorial Taurus, 1993, Madrid, págs. 191-225.

Iaacov Oved: “El anarquismo y el movimiento obrero en Argentina”, editorial Siglo XXI, 1978, México.

Néstor Perlongher: “Los devenires minoritarios”, en “El lenguaje libertario: Filosofía de la protesta humana”, C. Ferrer (comp.), Vol. II, Editorial Norda Comunidad, 1991, Buenos Aires.

Roberto Pittaluga: “Un imaginario utópico-restaurador en el anarquismo de la Argentina”, en revista El Rodaballo, Año VI N° 11/12, Primavera/ Verano 2000, Buenos Aires, págs. 74-79.

Joan W. Scott: “La mujer trabajadora en el siglo XIX”, en Historia de las mujeres, G. Duby y M. Perrot (comps.), Tomo 8, Editorial Taurus, 1993, Madrid.

Juan Suriano: “Anarquistas. Cultura y política libertaria en Buenos Aires. 1890-1910”, Editorial Manantial, 2001, Buenos Aires.


 

[1] Ver: Butler, J., Laclau, E., y Zizek, S., Contingencia, hegemonía, universalidad. Diálogos contemporáneos en la izquierda., FCE, México, 2003.

[2] El periódico LVM fue editado entre 1896 y 1897, y ha sido reeditado por Universidad Nacional de Quilmes, en 1997, Buenos Aires. Según esta edición el número 6 se ha perdido. El número de página  aparece junto a las citas en cada caso. La ausencia de firmas y el uso habitual de seudónimos impide identificar a las redactoras de LVM. Se ha vinculado a esta publicación: Teresa Marchisio, María Calvia, Virginia Bolten, Pepita Gherra, Josefa M. R. Martínez, Carmen Lareva, Rosario de Acuña, Luisa Violeta, entre otras.

[3] D. Barrancos: “Anarquismo, educación y costumbres en la Argentina de principios de siglo”, Editorial Contrapunto, Buenos Aires, 1990, págs. 240-295.

[4] La Redacción, Año 1 N° 2, 31 de Enero de 1896.

[5] “El amor libre ¿Por qué lo queremos?”, Carmen Lareva, Año 1, N° 1, 8 de enero de 1896.

[6] La redacción, Año 1, N° 1, 8 de enero de 1896. Subrayado en el original.

[7] Firmado por “Tulio el burgués”, Año 1, N° 3, 20 de febrero de 1896.

[8] “A tí”, Tulio el Burgués, Año 1, N° 3, 20 de Febrero de 1896.