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Manuel Gálvez, el incómodo

 

Eduardo Toniolli

edutoniolli@arnet.com.ar

 

 

     Sujeta a los caprichos del análisis que cada período histórico le imprime a los precedentes, la lectura del  fenómeno “nacionalista” en la Argentina, aún carga con la pesada mochila que la década del ’80, y su corte de académicos-políticos, le impuso.

    El ascetismo republicano hegemónico, respuesta a las disensiones violentas del pasado reciente, construyó una lectura de la historia política argentina a imagen y semejanza de la necesidad que la hora imponía: la reinstauración de una institucionalidad democrática, o mejor, la invención de una tradición republicana aparentemente ajena a la cultura política argentina, o presente en dosis mínimas.

Así “autoritarismo y democracia”, se convirtieron en cristales de análisis de las pasiones que habían atravesado el cuerpo político argentino hasta desgarrarlo, y hallaban referencia ejemplificadora en el derrotero de los conflictos nacionales y en las ideas que los habían encarnado. El “nacionalismo” no fue ajeno a esta lectura.

Onda influencia produjo la obra de David Rock (por citar una de las más difundidas del período) sobre el “nacionalismo”, obra que reproduce esta lectura básica,  donde una corriente político-cultural multiforme se conforma a partir de la instalación en el imaginario de ciertos sectores sociales, de un núcleo de ideas fundamentales, que pueden ser definidas a partir de rasgos caracterizados genéricamente como “autoritarios”, continente que abarca las mas variadas expresiones del mundo de las ideas y de la lucha política desde el hispanismo católico hasta el antiimperialismo.

Basta adentrarse en el reciente debate entablado en suplementos culturales dominicales, a partir de la afirmación de José Nun acerca de la necesidad de “volver a un nacionalismo sano” como solución a los problemas argentinos, para dar cuenta de la vigencia de esta lectura en la intelectualidad académica de nuestra país. Tónico revulsivo, semejante afirmación en boca de Nun provocó escozor en aquellas “almas bellas” poco afectas a ensuciar curriculums en arriesgadas especulaciones sobre tan desgarradoras temáticas.

Corriente político-cultural multiforme, pero parida a partir de un núcleo duro e unívoco de ideas-madres todas ellas reprobables y destinadas a ser abandonadas cual lastre por los sujetos políticos llamados a producir la purificación de la cultura política argentina, lo “nacional” dejó de ser objeto de vibrante debate por corrientes ideológicas o tradiciones políticas enfrentadas en disputa por su sentido (disputa de la que la ensayística de la segunda mitad de los ’50 en adelante supo dar cuenta en toda su extensión), para cristalizarse en referencia de un corpus de ideas rígidas, cuyas ocasionales diferencias representaban excrecencias o desviaciones del tronco común.

 

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Si el joven Gálvez fue el objeto de estudio de Roquie, que en sendos trabajos de principios de la década de los ’70 (no casualmente reeditados en los ’80 bajo el rótulo de “Autoritarismo y democracia”),  le permitió realizar una lectura fundante de esta línea de análisis en torno  al nacionalismo como emergente determinante, en sentido negativo, de la cultura política argentina en general; será el joven Gálvez el que nos permitirá, al menos, provocar un debate sobre afirmaciones tan rotundas. 

Nos preguntamos como leer a Gálvez luego de su condena al desván de los trastos viejos, lúgubre reducto al que han sido empujado destellos del pensar argentino  que no han logrado franquear los umbrales de lo políticamente correcto que la transición democrática impuso.

Convendría, para tamaña empresa, esto es, leer el Gálvez del Centenario, hacerse de la categoría de “invención”, para transfigurarla, es decir, ya no para denunciar férreos dispositivos de control social, no porque no los hubiera, sino porque la decidida búsqueda de lazos primarios de unidad para un conglomerado humano tan dinámico como heterogéneo, el de los “argentinos” del Centenario, puede ser aprehendido en sus contornos épicos, los de una epopeya cultural capaz de dotar de sentido transcendente y catalizador al avance arrollador del progreso indefinido.

Si este trabajo pretendiera acogerse a las normas de la monografía universitaria, con su entramado de referencias bibliográficas, contaría con una batería de citas abrumadoras, capaces de presentar al “otro Gálvez” del Centenario, no ya el de Roquie, que preanuncia unívocamente, y con adusta rigidez, el nacionalismo restaurador de “La Nueva República”.

Pero este contrapunto de cita contra cita arrojaría una sola certeza: que la selección de citas. el resaltado de textos y anécdotas vitales, forman parte  de una opción, siempre política, reflejo de una disputa en torno al sentido que solo podrá ser dirimida, si cabe el término, en el ávido de respuestas acabadas, con la lectura de las fuentes originales.

Bien vale esta afirmación, al parecer rayana con el sentido común más simple, pero alejada del sentido común universitario más complejo, tan amigo de los “últimos estudios sobre” pero tan alejado del hálito vital que emana de los textos originarios, aunque más no sea bajo la ascética figura de “objetos de estudio”.

 

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Este es un intento entonces, de bosquejar un plan de lectura de las obras del joven Gálvez, en el período que se abre con la publicación de “El diario de Gabriel Quiroga” (1910), continúa con “El solar de la raza”(1912) y finaliza con la publicación de “La inseguridad en la vida obrera. Informe sobre el paro forzoso” (1913).

La aparición de algunas características que serán recurrentes en su obra posterior deben ser comprendidas no como un sustrato acabado y definido, sino como punto de partida de una búsqueda. Asimismo, aquel punto de partida, se construye a partir de posicionamientos que no pueden señalarse como unívocos: del estilo literario (él mismo se define como literato) con el que analiza la realidad que lo circunda, subyacen posicionamientos que algunos autores no dudan de calificar de “ambiguos”, y que nosotros señalaremos como grandes interrogantes abiertos sin pretensiones de convertirse en afirmaciones doctrinarias, al menos en el período que nos proponemos analizar.

Dos de estas obras (“El diario de Gabriel Quiroga” y “El solar de la raza”) pueden entenderse como el puntapié inicial de una búsqueda: la de una identidad nacional diluida en la vida material de la Argentina del “ganado y las mieses”, las grandes urbes y la inmigración creciente. Sí la primera de ellas, “El diario de Gabriel Quiroga”, expresa el planteo del problema y la aproximación primera de Gálvez, o en este caso de su alter ego Gabriel Quiroga, a esta búsqueda; la segunda, “El solar de la raza”, es el encuentro con algunas respuestas provisorias, reflejos de la experiencia vital galveziana en su viaje al viejo mundo, en particular a España.

La impronta en aquella obra de su labor como inspector de Enseñanza Secundaria y Normal (que consistió en viajar por las provincias del norte argentino en el período que va de 1907 a 1909) es explicita. Las inquietudes y reflexiones que Gálvez vuelca en “El diario...”, pueden, en parte, señalarse como inspiradas por su trajinar incesante por las provincias del interior profundo del país, región que hasta allí le había sido ajena, siendo él un hijo de litoral instalado en la capital del país.

Este es el marco donde comienza su búsqueda, búsqueda doble, en la medida que, no sólo mira al interior de la nación a la que intenta definir a partir de su sustrato original, si no que, paralelamente, se desenvuelve en la recuperación de convicciones íntimas del autor, olvidadas provisoriamente en el fluir de la vida bohemia de la ciudad cosmopolita.

Su vuelta a la fe cristiana corresponde al mismo período, tal es así que en la introducción al diario de Quiroga, cuando realiza una semblanza de su alter ego, que no es más que una descripción en clave de confesión de su propio derrotero de los años anteriores, finaliza en el refugio que le brinda el catolicismo: “Amó todas las ideas de su tiempo y apenas una doctrina lo convencía cuando ya la abandonaba por otra. En menos de cuatro años fue sucesivamente tolstoiano, socialista, anarquista, nietzschista, neomístico y católico.”

Los viajes de Gabriel Quiroga por el interior del país, lo alejan de la vida, y las ideas, de la ciudad puerto, y lo acercan a valores trascendentes que, resguardados del avance arrollador del progreso, sobreviven aún en los pueblos de provincia. El interior profundo expresa entonces las tradiciones nacionales, que la ciudad puerto y el litoral parecen haber olvidado en su ascenso económico y en su crecimiento demográfico acelerado, fundamentalmente, a partir de la inmigración.

Aquella “lucha heroica contra el ambiente materialista y descreído, extranjerizante y despreciador de lo argentino, indiferente hacia los valores intelectuales y espirituales” llevada adelante desde la generación de Ideas (y descripta años después en su novela “El mal metafísico”), encuentra entonces en la vida de las capitales provinciales, en la tradición incólume de las aldeas de la “patria vieja”, aun no avasalladas por el avance del progreso, un bastión resistente pleno de un espiritualismo profundo.

Y si para Gálvez “el interior ha quedado reducido en su tremenda lucha contra el cosmopolitismo de las comarcas litorales a conservar los últimos restos de la vieja alma nacional.”, esta contradicción se reproduce en su provincia adoptiva, en el contrapunto entre la Santa Fe de larga tradición histórica, y la Rosario dinámica y portuaria. Así Gálvez describe el corte que produjo la inmigración de las últimas décadas del siglo XIX, entre la “pampa gringa” y el interior precapitalista, dando cuenta de una frontera sutil, expresión de la fractura del país a partir del sur de las provincias de Córdoba y Santa Fe.

Si los hombres, como sostiene, son sólo el producto del medio social, el río, y fundamentalmente, el puerto, abierto a las novedades del mundo, habrían transformado al habitante del litoral y de la provincia de Buenos Aires. El conflicto expresado en los “tipos ideales” Rosario y Santa Fe, emergentes de la contradicción entre el interior profundo y el litoral, en última instancia, podría asimilarse, además del peso del aluvión inmigratorio, a la fractura al interior de los sectores dominantes del proceso abierto por la “generación del ‘80”.

Ahora bien, una lectura fácil de esta contradicción, implicaría inscribir al “Diario de Gabriel Quiroga”, en la emergencia de una visión puramente reaccionaria, reflejo lineal del conflicto intra-oligárquico, expresado a través de una propuesta de regresión a formas pre-capitalistas. Sin embargo, aquí y allá, junto a la apelación a la tradición, en su primer ensayo político, Manuel Gálvez, propugna, no una vuelta al pasado, sino, en lo que podemos anunciar como hipótesis para nuestro plan de lectura, una modernidad alternativa.

Progreso y tradición nacional no aparecen necesariamente como categorías antagónicas, y a pesar de su “ambigüedad” característica, Gálvez arriesga definiciones que pueden ser interpretadas como punto de partida de un programa político para la época: “Reconquistemos la vida espiritual del país, por la educación de los ciudadanos, el estudio de nuestra alma colectiva y la sugestión de los viejos ideales. Y si tal conseguimos, los hombres de las actuales generaciones habremos realizado, sobre el prodigio de las fábricas y las cosechas, el milagro de nuestro renacimiento nacional.”

Estas afirmaciones no intentan desconocer la fractura, que de hecho señalamos con anterioridad, entre los dos países que Gálvez, presiente, se encuentran y confrontan en el cruce entre norte y sur de su provincia de adopción;   sin embargo, la pertenencia de su familia a una de las viejas oligarquías provinciales que Roca pone detrás de su proyecto, no es un dato menor, en la medida que la mismas fueron socias subalternas, pero socias al fin, del proyecto del ’80. Aún la retirada de la familia Gálvez del poder político, no nos habilita a afirmar que la misma dejara de pertenecer a un estrato social con firmes lazos con el proyecto modernizador en marcha, más allá de su adhesión circunstancial al gobierno de turno.

Valga esta digresión, para aprehender en su complejidad la emergencia del “nacionalismo del centenario”, donde indudablemente el factor geográfico expresado en la contradicción litoral – interior habrá de cumplir un rol (reflejado en la procedencia de la mayoría de los intelectuales que formaron parte de este proceso), pero no cómo determinante único y definitivo, equiparable en sus términos a los de modernidad - antimodernidad.

 

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Igual complejidad debería asumir el análisis de la visión de Gálvez sobre la inmigración en el “Diario de Gabriel Quiroga” y en “El solar de la raza”, para llegar a una compresión cabal  del rol que le asigna.

Pese el anatema de xenófobo con el que Roquié adorna la obra del joven Gálvez, aún en su apelación a la integración compulsiva, su visión sobre los desafíos que impone la inmigración en aquel momento, no distan demasiado de las posiciones asumidas, y sostenidas en la práctica, por el “nacionalismo oficial” de la época, si entendemos al mismo como el cuerpo de doctrinas sostenidas desde el Estado argentino, que promovían acciones homogeneizadoras tendientes a integrar a la masa de inmigrantes a la sociedad nacional.

“En la hora presente, gobernar es argentinizar” propone Gálvez, en un planteo que bien podría resumir el espíritu de las políticas de Estado del Ramos Mejía funcionario del área de educación, el de la pedagogía cívica del nacionalismo de Estado; o el no tan lejano Lugones del centenario, este Lugones que no es ya el de la Montaña, ni aún el de la “Hora de la Espada”, sino el que remite inmediatamente al nacionalismo de estado de primera década del siglo XX, teñido de todos los valores del conservadurimo-liberal de la clase dominante.

Este ultimo,  en uno de los capítulos de su libro Didáctica, dedicado a la educación patriótica (y a diferencia de Gálvez, o de Rojas, donde, por distintas vías, la idea comunidad nacional esta teñida de esencialismo, ligada a fundamentos trascendentes), intenta desustancializar la idea de nación, reduciéndola a una religión cívica plausible de ser transmitida, sutil operación que nos remite inmediatamente al Renán de “Que es una nación”.

Sin embargo, recorridos disímiles conducen a conclusiones parejas.  Así, en el mismo Rojas la educación adquiere centralidad en relación al proceso inmigratorio. Si “La restauración nacionalista” resulta una crítica feroz al cosmopolitismo imperante en las clases dominantes, y una propuesta de regeneración a través de la educación, en su libro siguiente “El blasón de plata”, resuelve este choque, entre el avance del progreso y el pasado nacional, a través de la idea de “indianismo”, idea que está definida por el espíritu de la tierra, es decir el reconocimiento de factores que modelaban un instinto territorial y un espíritu nacional. Es decir el reconocimiento de un espíritu de la tierra que habría moldeado uniformemente a los diversos grupos humanos que poblaron el territorio nacional.

La respuesta de Rojas ante la inmigración, fuertemente asimilacionista, y enmarcada en la integración de los inmigrantes a un pasado que los preexiste, se repite en el Gálvez de “El solar de la raza”, recorrido hacia los orígenes comunes de una patria, que cómo tributo al bienestar otorgado a los recienvenidos, sólo exigirá “el olvido de todas las patrias”.

Ya en “El diario...”, la asimilación del inmigrante (“fusión de razas” dirá Quiroga), también es producto de una gesta pedagógica, que, sin embargo, excede el nacionalismo de formas propuesto por el “nacionalismo oficial”: “...nada tiene de común con la divertida oratoria de las fiestas patrias ni con esa megalomanía nacional que vive en la ilusión de un grandeza estupenda.”

Dirá Quiroga en obvia crítica a la autocomplacencia de las clases dominantes en el marco de las fiestas del Centenario: “Los heraldos de nuestra grandeza proclamarán a todos los mundos, en ediciones fabulosas, virtudes y opulencias de esta tierra. Yo, más sincero que tales empresarios de gloria, me limito, en mi edición harto modesta, a decir a toda la verdad que sé.”

Una vez tomada la suficiente distancia del clima de optimismo de la época, Gálvez, propone ir más allá de la retórica patriótica vacía y de la apelación a las formas. El programa pedagógico para la nacionalización, no sólo del extranjero, sino también del nativo cosmopolita, deberá exceder entonces la enseñanza formal, y se extenderá a campos como el de la religión, la creación literaria, y aún la acción político – militar.

La cuestión inmigratoria reaparece en articulación con la problemática obrera en “La inseguridad en la vida obrera.”, informe, que a la manera de Ricardo Rojas y su “Restauración nacionalista”, nace producto de su participación con mandato del Ministerio del Interior de la Nación, en la Conferencia Internacional contra el paro forzoso, realizada en París en 1910.

Una breve introducción, que puede ser leída cual manifiesto obrerista, en el que brega por la intervención del Estado en la materia y rescata a los sindicatos en su rol en torno a la seguridad social, precede extensas páginas dispensadas en la descripción minuciosa de las legislaciones obreras de los países de Europa. Curiosas páginas olvidadas, las inquietudes de Gálvez se inscriben en la recurrente denuncia de los males propios de la vida moderna, con punto de partida en su tesis doctoral como estudiante de Derecho, que abordaba la “trata de blancas” y sus consecuencias sociales. En su tono y en sus formas, el texto denota un franco interés, basado, no en cálculos exclusivamente policiales, es decir apuestas al equilibrio necesario para la paz social, sino fundamentalmente producto de la recurrente inquietud en torno a la unidad cultural del conglomerado humano que poblaba el territorio argentino.

En adelante, propone el Gálvez legislador social, la integración del inmigrante deberá ser producto del avance del bienestar material y de la seguridad social, de la “vida segura”, única garantía de alcance del ocio necesario para el goce de los frutos de la cultura, es decir de la tradición nacional.

 

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Mayor repercusión que aquel informe, de reducida edición, y que “El Diario de Gabriel Quiroga”, del que se editaron 500 ejemplares que tardaron varios meses en agotarse, habría de tener “El solar de la raza, ensayo en el que Gálvez proponía echar una mirada halagadora para con la tradición hispánica, reflejando su experiencia vital a través de sus viajes por el interior español.

No ignoraba Gálvez lo polémico de la apuesta, en presencia de una clase dominante que había construido su ideario en abierta oposición a aquella tradición, identificada con el período colonial.

Vale aquí una digresión. El hispanismo sostenido por Gálvez en aquel momento, nada tiene que ver con la posición integrista con amplia difusión en el nacionalismo católico de los años ’30, ni preanuncia necesariamente la futura adhesión del autor a algunos aspectos de la misma. Más aún, dan cuenta de ello los autores que funcionan como referentes en esta “vuelta a España”: Unamuno, Ganivet, y hasta Ramiro de Maeztu, que aún no es el de “Defensa de la hispanidad”.

Una vez más, el mismo posterior derrotero galveziano, habilitaría a lecturas reduccionistas, colocando su obras iniciales en fundantes de aquella tradición, y en particular, a “El solar de la raza”, como expresión de un proto-hispanismo reaccionario del que habrían de abrevar los nacionalistas católicos de la década del treinta.

Huelga precisar que el mismo responderá a un proceso político donde se entremezclarán la situación política local, y las disensiones en torno al mapa político-ideológico europeo, una vez afianzada la Revolución Rusa y en pleno ascenso de regímenes que se proponían como frenos a su desarrollo en los países del viejo continente. A partir de allí, la idea de hispanismo habrá de asociarse con las posiciones políticas que bregaban por un retorno a la España Imperial, como dechado de virtudes morales y modelo inmutable, e imitable, de gobierno de las cosa pública.

Lejos se encontraba la mirada del joven Gálvez de aquel ideario. La apelación a España, respondía en él a la misma búsqueda de lazos identitarios previos al avance inmigratorio, de una identidad nacional diluida en el aluvión “descaracterizador”.

¿Pero cuales eran las fuentes de aquel “carácter” nacional, relegado al interior del país, que había intentado describir en  “El Diario de Gabriel Quiroga” ? España sin duda. He aquí el papel del espiritualismo español: el de fuente originaria cuyo peligroso olvido habría abierto las puertas al materialismo como valor supremo en el cuerpo social.

La influencia del arielismo se hace patente en “El solar de la raza”, la idea de la peligrosa escisión entre economía y cultura, propia de la vida moderna (civilización y cultura había sostenido Gálvez en el “Diario de ...” ) que propugna Rodó en su obra, reaparece aquí con fuerza, aunque no necesariamente como expresión de un dualismo irreconciliable.

El espiritualismo español ocupa entonces el lugar de la tradición cultural olvidada en desmedro de valores propios de otras culturas. Si volvemos a leer esto a la luz del arielismo, podríamos inferir que la guerra en la que el mundo hispano había perdido, frente al sajón, una batalla en el plano militar en la Cuba del ’98, se seguía sosteniendo esta vez en el plano de la disputa por la preeminencia de los valores inherentes a una u otra cultura.

La derrota española en Cuba, en 1898, no sólo significó el fin del otrora invencible Imperio español en América, sino, fundamentalmente, la percepción por parte de la intelectualidad española del período de encontrarse frente a un cambio epocal, a una fractura que anunciaba, o la decadencia definitiva de España, o su resurgir a partir de una epopeya regeneracionista.

Los ecos de la derrota, las imágenes del naufragio, llegaban a las costas del Río de la Plata; y si la Argentina del Centenario no parecía ofrecer, por lo menos en la visión autocomplaciente de las elites gobernantes, motivos que auguraran similar destino para un futuro cercano, la incertidumbre de estos jóvenes escritores encontraba una analogía posible entre estas dos realidades. Gálvez reconocía aquella influencia, un espejo donde mirarse para aquellos que se proponían “espiritualizar al país” a través de una batalla cultural.

 

La introspección, la reflexión sobre el origen, la búsqueda de una “psicología nacional” particular, de un sustrato único cuya revelación hiciera las veces de convocatoria a reagrupar las fuerzas dispersas de la nacionalidad, era el lei motiv compartido por aquellas dos generaciones a uno y otro lado del atlántico.

La “inquietud” será la seña en el orillo de un época, entendida por Gálvez como la expresión del malestar propio de un período de transición.

 

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Respuestas diferentes a un mismo fenómeno, producto del avance de las fuerzas productivas frente a formas de vida preexistentes, en la emergencia sutil del recurrente debate entre comunidad y sociedad. El lazo de unidad en la reflexión inaugural de una generación, sin lugar a dudas, fue la pregunta sobre la comunidad nacional, la reflexión sobre los lazos que unían a un conglomerado humano tan heterogéneo como el de la Argentina de aquel entonces, que, fundamentalmente a partir de la última década del siglo 19, había poblado estas tierras.

Podemos decir que el punto de partida de estas reflexiones comunes es la sarmientina expresión: “Argentinos, hasta donde y desde cuando”, es decir, el último sarmiento, aquel que en “Conflicto y armonía de las razas en América”, se permite dudar sobre el carácter, los alcances y las consecuencias del proyecto de la generación del ’37. Precisamente: ¿habían servido los inmigrantes al proyecto de pedagogía cívica de aquella generación?. Sí para Sarmiento esto estaba en duda, para estos jóvenes esto se hacía más patente aún en los años anteriores al centenario, en la medida que la inmensa mayoría de los inmigrantes no se nacionalizaba, es decir no participaba de la vida cívica, a la que alguna vez habían estados llamados a redimir a través de su práctica y sus costumbres.

Pero ante la crudeza de algunas reflexiones en torno a la cuestión, hemos señalado la necesidad de no caer en una análisis simplista que lo reduzca a un grito de alarma, expresión de carácter clasista y reaccionario frente a la transformaciones en marcha.

 

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El Gálvez del Centenario realiza el anuncio de una invariante que atraviesa su obra: la denuncia del cosmopolitismo, en principio y sin mayores precisiones, de la sociedad de su época, luego, de sus clases dominantes afectadas por el “mal de Europa”, enfermedad que aqueja a los torturados personajes de su novela “Hombres en soledad”.

Despunta asimismo, una recurrente y franca inquietud por la cuestión social. Cuando esta última, en el desarrollo de su obra intelectual y sus opciones políticas posteriores, consigue escapar de la pátina de nuda condena moral con el que apostrofa las consecuencias sociales de la vida moderna, y se articula con la denuncia de un cosmopolitismo, ya no exclusivamente en sus formas y excrecencias culturales, sino como producto  de una estructura económica dependiente, se traduce en adhesión ocasional a las políticas de los grandes movimientos populares que viera emerger el siglo veinte argentino. La polémica con Julio Irazusta  sobre la política obrera e internacional de Irigoyen; la biografía, no exenta de admiración, de este último que su pluma legara a la historiografía argentina; y su defensa en clave cuasi forjista de un ascendente coronel Perón, reflejan fracturas con el imaginario y el sentido común de su círculo social y familiar más cercano, que más de una vez le valieran amargos reproches.

Cuando estos destellos del ideario galveziano languidecen, abre plano al fantasma del reclamo, ya no del orden justo, sino del orden a secas, que lo atraerá al reducto de los cultores del nacionalismo restaurador y el integrismo católico, con quienes cruzará caminos y expectativas en sendas jornadas setembrinas: las del ’30 y del ’55. De ello quedan como más fiel testimonio, las páginas asumidamente reaccionarias que desplegara en La Nación de los años treinta, recopiladas luego bajo el título de “Este pueblo necesita”, quizás la única obra declaradamente política con pretensiones doctrinarias del autor.

Este último Gálvez será el que se complacerá en caracterizar Ignacio B. Anzoátegui en su “Manuel Gálvez”, recia semblanza inspirada en el intento de inscribir, de una vez y para siempre, su figura en el panteón de los ”restauradores” sin tachas. Similar objetivo perseguirán, con otros móviles, pero seguramente con menos sentido del humor, los trabajos académicos inspirados en los estudios de Roquie sobre la materia.

El otro Gálvez, el “incómodo”, el que escapa a la clasificación inmediata, no tuvo su postrer semblanza, salvo notas dispersas  de las que vale la pena rescatar las que le dedicaran Juan José Hernández Arregui en “Imperialismo y cultura”, y Jorge Abelardo Ramos en un texto que hizo las veces de prólogo de la edición Eudeba 1973 de “Vida de Hipólito Irigoyen”, una única página en la que logra intuir el espesor y la complejidad de una obra y una historia de vida, lo que plumas menos elegantes caracterizarían como contradicciones irresolubles del itinerario galveziano.

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Nos hallamos finalmente, frente a la imposibilidad manifiesta de analizar su biografía (frente a otras biografías más amables, pero quizás por ello menos interesantes), en términos de “evolución/involución”, cual si la argamaza vital con que se fundan las ideas y su derrotero pudieran medirse con la precisión, el fluir y el sentido unívoco de las agujas de un reloj.

En tren de paralelos preferimos imaginar un espejo astillado, en el que las piezas adquieren disímiles disposiciones, y donde el fluir del tiempo no implica necesariamente abandono, sino superposición de ideas y opciones pasadas. Y si hemos hecho referencia a varios Gálvez, fue bajo aquel espíritu. Esta incomodidad que sus jóvenes ensayos presentan al oficio del clasificador, se vuelve recurrente en el desarrollo de su obra posterior. Porque en ultima instancia, su Irigoyen puede ser leído como el lider providencial que los “fascistas” vernáculos no supieron (o no quisieron) intuir a tiempo; y su Perón (previo a la quema de las iglesias), el Juan B. Justo con mayor vocación nacional que reclamaba en su juventud, y que llega para fundar un “socialismo al uso de los criollos”.

El joven Gálvez preanunciará entonces un acendrado nacionalismo cultural, verdadera invariante de su profusa obra, que la sobrevolará, más allá (pero también en íntima relación) de las contingencias políticas y las opciones estéticas que marcaran su experiencia vital.