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Invariante y Transfiguración en Ezequiel Martínez Estrada

 Darío Dawyd

dawydario@hotmail.com

 

En una nota de cierta edición de Facundo, se dice que los porteños de la primera mitad del siglo XIX, consideraban que la Argentina por ellos encabezada, terminaba en el Arroyo del Medio, es decir, en el límite de Buenos Aires con Santa Fe. Hoy por hoy la Argentina de ellos se encogió, y los límites son el Riachuelo y la General Paz; pero ni ese espacio, ni el tiempo, en cuyo devenir los límites varían, dejan de jugar. Los límites marcan territorialidad, espacialidad y cada delimitación particular está enmarcada en cada época, en cada tiempo; entre esos conceptos están los sujetos, en este caso se hacen llamar porteños.

 

La Argentina entre el espacio y el tiempo. Del espacio ya dijo Sarmiento, cuando este país era más chico que hoy, que “el mal que aqueja a la República Argentina, es la extensión”[1]. Ni la guerra interna, ni la herencia española ni otras cuestiones por él en otras ocasiones mencionadas. El espacio es la causa principal de los males argentinos; de allí se derivan los “caracteres, hábitos e ideas”[2] de los nativos, y así comienza su libro. A trueque de no resolverse este esencial problema se agravó, con la incorporación de tierras posterior al genocidio aborigen.

 

Por otro lado, los argentinos, como seres humanos que somos, nos vemos sometidos a aquella sentencia de Borges, según la cual “el tiempo es un problema para nosotros, un tembloroso y exigente problema, acaso el más vital de la metafísica”[3]. Quizá por eso, tiempo después, emprende su “nueva refutación del tiempo”[4], donde lo niega como sucesión de eventos, pues “cada instante es autónomo”, pues nada puede cambiar al “invulnerable pasado” y donde ni siquiera se justifica la esperanza o el miedo, que refieren al futuro, “a hechos que no nos ocurrirán a nosotros, que somos el minucioso presente”[5]. Borges, cuando niega al tiempo, al espacio y al sujeto, admite que es difícil comprender intelectualmente esa negación, pues el intelecto necesita de la sucesión, como el lenguaje.

 

Para pensar necesitamos del tiempo, sucesiones, hechos entre los cuales establecer relaciones. Así nace la historia y la prehistoria, el futuro, el presente, el progreso, el sujeto y todo lo demás. El tiempo, una idea en general rechazada por el pensamiento político, mientras que el espacio sí suele aparecer, ya sea en forma de disciplina como la geopolítica, ya como concepto relevante para diversas teorías (por ejemplo, está incluido en la definición de Max Weber del estado).

 

En Ezequiel Martínez Estrada, figura el tiempo en dos niveles, colectivo e individual: el invariante y la transfiguración. En lo que sigue expondré mi interpretación de ambos conceptos.

 

La invariante es un concepto con el cual Martínez Estrada trabaja el tiempo; la invariante es la repetición de algo, es lo que no varía, lo que persiste. No la entiendo como un destino del cual es imposible escapar, sino como algo en lo cual se reincide por el hecho de repetir historias, de no mirar (por ceguera, pereza o aprobación) al pasado para ver allí algo de lo cual queremos salir.

Lo que persiste puede ser, basándonos en una dicotomía esquemática, persistencia de lo bueno o persistencia de lo malo. La persistencia de lo bueno, es vista por los optimistas, por los inspectores de positividades y rápidos declamadores del fin de la historia. Ahora bien, no es con ellos precisamente con quien se entiende nuestro autor; ubicado en la vaga corriente de los pesimistas, solo le es posible ver la persistencia de lo malo. Entonces las invariantes son vistas solo por el crítico, que quiere cambiar algo. En Muerte y Transfiguración leemos que el libro Martín Fierro “trasciende su sentido literal  dentro de su misma realidad, en cuanto los personajes y los episodios son significativos, además, de un status de dimensión social y nacional en el mismo sentido en que el Facundo de Sarmiento trasciende lo efímero y ocasional hacia un tipo de historia que, con distintos actores, circunstancias y lugares es susceptible de repetirse indefinidamente”[6].

Se ha criticado esta visión, por dos motivos, que son el mismo de otra manera: por verla como la anulación del tiempo y el yo, y por verla como el inevitable eterno retorno de lo mismo. Esta última crítica la podemos encontrar en Sebreli, según el cual “la concepción de la historia como eterno retorno no surge de la reflexión filosófica sino del pensamiento mítico, como expresión del miedo humano ante el inexorable transcurso del tiempo”[7]; por esto, sería posible compilar a Martínez Estrada, en el tercer modo fundamental del eterno retorno que señala Borges, después de Platón, Nietzsche, y junto a los que creen en los “ciclos similares, no idénticos”[8]. Discordante con esto, ya señalamos que entendemos la invariante como visión crítica de un comportamiento que otros repiten por ignorancia o consentimiento; no es miedo al transcurso del tiempo, sino crítica de su paso que lo hace retornar similar, que se repite. Respecto de la anulación del tiempo y el yo, diremos  que tanto el tiempo conceptualizado en la invariante, como el sujeto, son tal como antes quedó dicho, postulados a priori (como también lo es el espacio para Kant) del entendimiento, del intelecto, del lenguaje.

 

La transfiguración, es el más allá de la figura, la importancia de la acción, del valor, del motivo, que persiste sin importar el sujeto que la encarna. La transfiguración es la persistencia a escala individual de lo que en la invariante persiste a escala colectiva. Martínez Estrada no es el primero en pensar la transfiguración, que podría emparentarse con las ideas de vidas paralelas, de metamorfosis, de la repetición de un apellido primero como drama y luego como farsa, o bien con la descripción sarmientina acerca de que Facundo vivía en Rosas. Pero él es quien le da ese nombre porque necesitaba el concepto con el que enmarcarla dentro de una interpretación de la historia, que juntara esa idea con la idea de invariante. También en Muerte y transfiguración leemos que el poeta del Martín Fierro, “Hernández no solo hizo abstracción de los nombres, los lugares, las fechas, los rostros, las formas, los colores, los decorados y vestuarios [...] sino de cuanto pudo ser intransferible de un ser a otro, genuino y propio de un individuo”[9]. José Hernández relató lo invariante y lo transfigurable, pues ambos conceptos son las dos caras de la misma moneda, lo cual vemos por ejemplo en que “los hechos en que participa Martín Fierro son ‘pruebas’ de sus desdichas, y él a su vez una ‘prueba’ de la desdicha instaurada como una télesis del proceso social, que se reproduce a escala reducida en cada uno de los agonistas”[10]

 

La invariante y la transfiguración, lo que persiste colectiva o individualmente, surge de la mirada que busca interpretar al presente, y que para entenderlo lo legitima con lo externo: europa o la historia. Sarmiento y Lugones remontaron la genealogía del gaucho cantor al trovador europeo; Martinez Estrada interpretó a su presente, al peronismo, como yrigoyenismo y como rosismo, es decir, como pasado, además de los pertinentes elementos europeos que no podían faltar, pues Perón como es obvio era nazifascista.

 

Con estos conceptos martinezestradianos, podemos interpretar, o lo que es igual,  contar la historia argentina. Cada concepto, cada lectura o interpretación, conlleva en sí parte de una función estratégica. Evitar contar la historia argentina sobre la base de conceptos de progreso, avance de la libertad, etc, y hacerlo con los de invariante y transfiguración, es parte de una estrategia que busca legitimar los males que se ven hoy, con los males del ayer: El mundo fue y será una porquería, ya lo sé.

Las historias, cada una de las cuales se pretende La Historia, son relatos con pretensión de verdad, adaptadas cada una de ellas, en cada momento y lugar a los distintos criterios de verdad existentes, y con la pretensión estratégica de influir de cierta manera en el presente. Si el tiempo es una categoría a priori para entender las cosas, la historia también es una construcción para entender las cosas. La historia se construye para, como medio para determinados fines; veamos cómo la construyó Ezequiel Martínez Estrada.

 

Primeramente veamos a Buenos Aires, ciudad que contiene en sí misma diversas invariantes. Desde la segunda fundación de Garay, se cierra el espacio a la pampa y desaparece la amenaza del campo, después de la independencia y un breve lapso esperanzado de gran porvenir, desde 1880 se cierra definitivamente al interior y pasa a mirar a Europa. Aquí se sistematiza la función drenadora de Buenos Aires, y se convierte en invariante. Por otro lado, Buenos Aires es el “ejemplo magnífico de lo que puede el esfuerzo aislado, aunque no se aplique a ningún ideal”[11]. Es decir, el origen mismo de la ciudad, y ya desde su primigenio crecimiento, carece de acción colectiva. Ciudad de comerciantes y creada a tal fin, nació de la búsqueda de engrandecer al país, pero más de engrandecer a los habitantes de esa ciudad, aún a pesar del país. Ciudad irregular y sin personalidad nacional, es un caso extraño y distinto a aquellas ciudades nacidas de la coordinación de voluntades, de la solidaridad del esfuerzo, que edificaron ciudades para todos, mundiales y eternas, construidas con vistas en algún ideal supremo. Buenos Aires es el resultado de la suma de voluntades individuales, que levantaban una tienda, un local para negocio, un refugio de campaña, pero en ningún caso una ciudad. Esta edificación individual no sería problema si no es porque no tiene en vistas ningún orden trascendental, ninguna idea de comunidad, nada cohesionante. La otra invariante porteña es entonces, la imposibilidad de un tiempo común, la imposibilidad de la acción común, que ni siquiera se da durante casos de gobiernos malos, donde es preferible callarse, atenerse a lo propio, porque el trabajo de rectificar todos los males del gobierno se presenta como demasiado arduo, y retardador de las tareas individuales. Hacer algo común es hacer algo para los otros, para la inmortalidad, y no para uno mismo, pobre mortal que tiene pequeñas tareas programadas, cuadriculadas, dentro del espacio porteño, cuyo tiempo ya está prefijado. La construcción de estas y otras invariantes porteñas, es decir, la creación de esta historia de la ciudad de Buenos Aires, tenía como función estratégica el pedido que menciona en La cabeza de Goliat, y en otras oportunidades (por ejemplo, una carta al general Aramburu) de demoler esta ciudad, y trasladar la capital a otro lugar, preferentemente Bahía Blanca.

 

En Los invariantes históricos en el Facundo[12], encontramos los invariantes fundamentales que para Martínez Estrada se dan en la Argentina. Allí menciona invariantes políticos, económicos, sociales, etnológicos, del mestizaje, de España, de Buenos Aires, jurídicos, jesuíticos, del ejército. Todos esos invariantes configuran lo que podríamos denominar el invariante argentino, la persistencia de un modelo de dominación que comienza después de la revolución y la independencia, que encarna el caudillo riojano Juan Facundo Quiroga, y sistematiza el brigadier general don Juan Manuel de Rosas. En la descripción de este invariante, ya vemos la otra cara de la moneda, la transfiguración que se produce de Quiroga a Rosas.

Martínez Estrada retoma la consideración sarmientina según la cual Facundo no había muerto puesto que vivía “en Rosas, su heredero, su complemento: su alma ha pasado a este otro molde, más acabado, más perfecto”[13]. Rosas sistematiza lo que en Facundo era instinto, y pasa a convertirse de esta manera en el “dominador espectral de nuestra vida nacional, el organizador y el legislador oculto” puesto que “Rosas no era una persona sino una función pública”.[14] Facundo es la nación, es el estado, que a partir de él y Rosas queda configurado de esa manera para la República Argentina, dado que “el caudillo no ha desaparecido, sino que se ha reabsorbido en el funcionario y el magistrado”[15]. Entonces, se plasma un “invariante histórico y social” que “está dado por la fuerza inerte que mantiene en equilibrio estático el cuerpo entero de la colonia”[16]. El estado adquiera características casi-divinas, al sistematizar una forma de gobierno tiránica, que para quienes la rastrearon, se perdió en lo eventual de la figura de su creador, Rosas. No pensar en la transfiguración, en el más-allá-de-la-figura, llevó al equívoco de soslayar que no era a la persona de Rosas a quien se debía superar, sino al estado de dominación por él sistematizado en una forma de gobierno: “la máscara de Rosas se llamaba ‘la barbarie’ que no consistía, según advirtió Alberdi, en su instrumento represivo de gobierno sino en el rosismo económico y político”[17].

Este invariante argentino opera principalmente a través de un invariante psicológico fundamental como es el miedo, que todos compartimos, dado que “nuestro miedo más secreto no es a las personas, sino a las instituciones: sabemos bien que hay dentro de ellas”[18]. Se construyó a partir de ese fundamental momento de nuestra historia, el invariante argentino, el cual puede tener “cambios de grado, cambios ornamentales” pero “no estructurales”; podemos movernos en nuestra historia y solo veremos “otro momento del proceso histórico detenido”[19]. “Quien no lo vea ni lo sienta así, ofuscado por la variedad de las notas nuevas que han introducido las importaciones de artefactos y maquinaria de la más complicada industria, jamás será convencido por nadie”[20].

Este invariante entonces, es acompañado por transfiguraciones, según se lee en el ¿Qué es esto?, cuando afirma que “le fue fácil a Perón conquistar la plebe rosista e yrigoyenista que forcejeaba por salir a la luz”[21], después de lo cual traza el paralelismo entre estos tres ídolos, a partir de la enumeración de las características que tienen cada uno y al mismo tiempo comparten entre ellos. Rosas, Yrigoyen y Perón, son lo mismo, la persistencia a nivel individual de las mismas características del gobernante nacional, las vidas paralelas, la transfiguración. “En la figura de Perón y en lo que él representó y sigue representando, he creído ver personalizados si no todos, la mayoría de los males difusos y proteicos que aquejan a mi país desde antes de su nacimiento”[22]. Perón personaliza la invariante argentina, como lo hizo antes Yrigoyen y como lo hizo Rosas al sistematizar a Facundo.

 

Hay en la obra de Martínez Estrada otras transfiguraciones como la del político, dado que “son muy estrechas las similitudes entre nuestro político profesional y el curandero, el brujo y la comadrona. En diferentes tiempos, diferentes nombres”[23], pero persiste el papel de hacer promesas, transmitir fe y otorgar dádivas. Hay transfiguraciones, como la que veremos del gaucho, prefigurada por otros, cuando Sarmiento menciona como invariante española en argentina, al majo, que se ve en “el compadrito de la ciudad y el gaucho de la campaña”[24]

 

Otras transfiguraciones se producen más allá de la política. Por ejemplo, el argentino típico, que mejor representa la identidad nacional, se ha transfigurado. Durante el centenario, rodeados de extranjeros extranjerizantes, se retomó la pregunta de Sarmiento acerca de la nacionalidad “¿Argentinos? Hasta dónde y desde cuándo”, y se la respondió mirando al campo, pues era fácil enaltecer al antes vilipendiado gaucho, cuando este ya no existía, y ya había transfigurado en el sí contemporáneo y execrable compadrito.

Hasta 1880 es convención poco discutible encontrarlo en el campo, en la inmensidad pampeana mal llamada desierto. Hijo de español y aborigen sometida, pero más hijo de su tierra, nace el gaucho y crece bajo el abrigo de la llanura, en la campaña, donde aprende los menesteres que exige la vida pastoril descripta por Sarmiento. Él menciona cuatro variantes del gaucho: el rastreador, el baqueano, el gaucho malo y el cantor; de entre ellos nace el caudillo, Facundo, Rosas y la invariante ya contada. Martínez Estrada relata su muerte, su “aceptación incondicionada de la realidad”[25], que es 1880, año de su defunción.

Transfigura primero, si es posible trazar esta línea, en su único hijo, el guapo, que ya no habita el campo insondable, sino el pueblo chico pero con “cercanía de campo, y el rancho de las afueras para vivir”[26]; es solitario, bravo y pobre. Representa los sentimientos antisociales reprimidos de la sociedad, por lo que esta resalta las características heroicas de su maldad.

En las ciudades más grandes transfigura en el compadre, donde “ya no es hijo del gaucho malo, sino del extranjero pobre que quiere hacer pueblo en la ciudad”[27]; esta otra figura del argentino está entre lo asocial del guapo y lo social pero incivil del tilingo. También es pobre y por eso desprecia la sociedad que en cambio va creciendo y enriqueciéndose, de entre lo cual surge la compadrada, por actitud y resentimiento, puesto que no puede adaptarse al país que rápidamente se civiliza. El compadrito es de las cuatro transfiguraciones la que junto al gaucho, es la más conocida. Borges le dedicó varias páginas, y todo el tango lo tomó por personaje esencial, incluso definitorio de los valores de ese “tango que es burlón y compadrito”. Así como se enalteció al gaucho ya muerto, también se le cantó al difunto compadrito, que ya había transfigurado en taita, macaneador, guarango, al ritmo en que crecía cada vez más Buenos Aires.

Entonces la próxima transfiguración es el guarango, llamado tilingo en La cabeza de Goliat; se lo descubre en pleno centro de la gran ciudad, donde encuentra al gran público necesario para su agresión incivil: “en su burla del prójimo hay un desprecio que tiene escozor de la propia inferioridad”[28], pues “se ha detenido a la mitad de su desarrollo, creyendo haber alcanzado la estatura media”[29]. Vive en general en todas las grandes ciudades, donde la cultura prospera, y él sabe acomodarse en los espacios de cultura con grietas.

Es posible rastrear al argentino siguiendo la línea del gaucho, guapo, compadre y tilingo, en paralelo con otra línea que siga la importancia que en la Argentina va del campo a la gran metrópoli, a la cabeza de Goliat. El argentino transfigura del campo-gaucho al Buenos Aires-tilingo. Aquí juega el tiempo repetido en lo similar de la invariante, y el espacio, pues la invariante persiste y se corre en el espacio, a medida que el espacio porteño va cobrando preeminencia irreversible sobre el espacio del resto del país. La realidad del campo subsiste en la ciudad, es una invariante: “esa realidad en sus invariantes históricos, psicológicos, económicos y políticos subsiste -naturalmente, sublimada- y los poemas gauchescos siguen conteniendo, como el Facundo, las líneas de fuerza”[30], solo que ahora trasladadas del campo a la ciudad.

La importancia absorbente que para el país todo cobra Buenos Aires, se muestra también en que de allí son hijos Yrigoyen y Perón, las transfiguraciones de Rosas, hijo de la campaña. “De la categoría del ídolo, Buenos Aires tuvo solo uno: Hipólito Yrigoyen”[31] y “el peronismo es un fenómeno genuinamente metropolitano”[32], “el peronismo, fenómeno político genuinamente porteño aunque mixturado con resacas arrojadas por el interior, es un tumor de la metrópoli”[33].

 

 

 

Al tiempo que estas personas se transfiguran dentro de la invariante argentina, es posible mencionar una figura que para Martínez Estrada encarna lo positivo y ese es Domingo Faustino Sarmiento, quien “era un ejemplo de encarnación de las cualidades positivas de su país”[34]. Así como en la transfiguración de Rosas a Perón, persisten las cualidades negativas, desde Sarmiento surgen las positivas que se transfigurarían no en otro que el propio Martínez Estrada, o más bien este transfiguraría en “el continuador del continuador de Sarmiento: Ramos Mejía”[35] según dice Horacio González. De todas formas Martínez Estrada al avocarse a escribir su “panfleto” sobre el peronismo, traza el paralelo de Sarmiento al escribir el Facundo. El ¿Qué es esto? es otra exposición de nuestros males, que comenzara con Radiografía de la Pampa, a partir de la cual se convirtiera en un “censor implacable” o como él hubiera preferido, “un ciudadano honrado”[36].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Notas:


 

[1] Sarmiento, D. F., Facundo, Buenos Aires: Estrada, 1965, p. 26.

[2] Sarmiento, op. cit., p. 25.

[3] Borges, J. L., Historia de la eternidad, Buenos Aires: Emecé, 1998, p. 13.

[4] Borges, J. L., Otras inquisiciones, Buenos Aires: Emecé, 1994, p. 270.

[5] Borges, 1994: p .281.

[6] Martínez Estrada, E., Muerte y transfiguración de Martín Fierro. Ensayo de interpretación de la vida argentina, México: F.C.E., 1948, p. 494.

[7] Sebreli, J. J., Martínez Estrada: una rebelión inútil, Buenos Aires: Jorge Alvarez, 1967, p. 45.

[8] Borges, 1998: p. 121.

[9] Martínez Estrada, 1948: p. 495.

[10] Martínez Estrada, 1948: p. 500.

[11] Martínez Estrada, 1981: p. 9.

[12] Martínez Estrada, E., Los invariantes históricos en el Facundo, Buenos Aires: Casa Pardo, 1974.

[13] Sarmiento, op. cit., p. 3.

[14] Martínez Estrada. E., 1974: p. 24.

[15] Martínez Estrada. E., 1974: p. 17.

[16] Martínez Estrada. E., 1974: p. 36.

[17] Martínez Estrada. E., 1974: p. 64.

[18] Martínez Estrada. E., 1974: p. 29.

[19] Martínez Estrada. E., 1974: p. 17.

[20] Martínez Estrada. E., 1974: p. 25.

[21] Martínez Estrada. E., ¿Qué es esto? Catilinaria, Buenos Aires: Lautaro, 1956, p. 35.

[22] Martínez Estrada. E., 1956: p. 16.

[23] Martínez Estrada, 1957: p. 271.

[24] Sarmiento, op. cit., p. 69.

[25] Martínez Estrada, E., Radiografía de la pampa, Buenos Aires: Losada, 1957, p. 48.

[26] Martínez Estrada, 1957: p. 125.

[27] Martínez Estrada, 1957: p. 125.

[28] Martínez Estrada, 1957: p. 239.

[29] Martínez Estrada, E., La cabeza de Goliat. Microscopía de Buenos Aires, Buenos Aires: CEAL, 1981, p. 150.

[30] Martínez Estrada, 1948: p. 484.

[31] Martínez Estrada, 1981: p. 130.

[32] Martínez Estrada, 1956: p. 192.

[33] Martínez Estrada, 1956: p. 193.

[34] Martínez Estrada. E., 1974: p. 18.

[35] González, H., Restos pampeanos, Buenos Aires: Colihue, 1999, p. 182.

[36] Martínez Estrada. E., 1956: p. 19.