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La mentalidad nacional y el desafío de su reinvención.

 

Mauro A. Emiliozzi

Mariel Zanuccoli

Fernando Pereyra

Mariana Heinzmann


 

§         Indice.

§         Introducción....................................................................................................... 2

§         El a priori político: la dependencia..................................................................... 3

§         ¿Qué mentalidades inspiran al actual proyecto económico?........................... 4

 


 

§         Introducción.

El presente trabajo es producto de una inquietud colectiva, que emerge sobre todo a partir del evidente incremento de las inquietudes políticas en el seno de la sociedad argentina, después de la asfixiante década menemista y de las jornadas de diciembre de 2001.

Intentamos decodificar las estructuras mentales que inspiran los proyectos que se juegan hoy día, en medio de la nueva etapa que parece irrumpir en nuestra Argentina.

Partimos de un a priori. Todo proyecto politico-social se halla atravesado por una mentalidad definida, que subsiste como una realidad tan escrutable como lo puede ser un sistema económico[1].

Pero además, este a priori está sujeto a un condicionante: la triste certeza de sabernos un país dependiente; y en ese sentido vemos el dilema de las mentalidades como un drama que deviene en tragedia. De esto hemos sido testigos en distintos momentos de nuestra historia, pasada y reciente.

Abordar el análisis de la (o las) mentalidades que inspiran el actual rumbo del país nos servirá como categoría de análisis para desarrollar el resto del trabajo, que intentará examinar desde una perspectiva interdisciplinaria la etapa que se avecina, en el conjunto de perfiles que ofrece.


 

§         El a priori político: la dependencia.

"El pensamiento latinoamericano no puede ser sino revolucionario. En cuanto deje de serlo, se niega a sí mismo, porque admite como inmutable la situación que nos oprime."

-John W. Cooke, Carta abierta al presidente Eisenhower-

La dependencia argentina -como en el resto de los pueblos presos de ese lazo- se verifica en diferentes aspectos que llegan hasta lo más íntimo de la vida misma, más allá de la pertenencia social de cada individuo.

La misma dominación, a su vez, es condición fundante de las distintas mentalidades que se elaboran a partir de la relación del sujeto -consiente o inconsciente- con sus lazos de dependencia individuales y colectivos. En este trabajo puntualmente tomamos como eje las mentalidades colectivas, en función de examinar el proyecto político que se desarrolla en la actualidad.

En un principio podemos entrever tres tipos de mentalidades, que definimos como nacional, no-nacional y anti-nacional.

La mentalidad nacional identifica como problema central los lazos de dependencia, y en función de eso opera para aflojarlos o cortarlos, aumentando así los niveles de autodeterminación y soberanía nacional, como paso previo a cualquier intento de construcción de un destino propio.

Los proyectos que descansan en una mentalidad no nacional, en cambio, no ven como determinante el problema de la dependencia, o viéndola no actúan sobre ella. Estos proyectos no-nacionales, no necesariamente excluyen intentos por lograr mayor independencia política y simbólica dentro de la dependencia estructural. Sin embargo la concentración económica no se detiene, lo que convierte a la independencia superestructural en limitada y sobre todo, coyuntural y alegórica. En estos proyectos se produce una brecha que va creciendo entre el plano simbólico, político y cultural y el plano material que los pone en crisis permanente. Por lo tanto tales proyectos, al momento de desarrollarse en el poder, terminan siendo de corto alcance y en definitiva se abortan a sí mismos.

La mentalidad antinacional en cambio es mucho más coherente en cuanto a los proyectos que inspira. No sólo entiende la dependencia como factor neurálgico del proyecto político, sino que también opera en función de su profundización, instaurando la ficción -intencionada o no- del beneficio colectivo potencial en una relación de dominación a todas luces desfavorable. Aquí el plano simbólico y el material se retroalimentan y potencian entre sí.

Tanto en la mentalidad nacional como en la antinacional, la correspondencia entre el plano simbólico y material es crucial y necesaria para su concreción. A la no-nacional la no-correspondecia entre estos dos planos le otorga su entidad, cuya característica saliente reside en la propia imposibilidad de realización concreta.

§         ¿Qué mentalidades inspiran al actual proyecto económico?

"Si uno no sabe de economía, debe preguntar. Si sigue sin entender, es porque lo están engañando."

-Raúl Scalabrini Ortiz-

Hemos expresado que la relación de dependencia se verifica en todos los ordenes de la vida de un pueblo. Sin embargo, en esta ocasión nos concentramos en escrutar el aspecto económico, convencidos de que a partir de esa faceta se derivan el resto de  los alcances de la dominación. Es impensable iniciar un debate sincero en relación al tipo de país que deseamos en tanto no seamos capaces de tomar las riendas estratégicas de los recursos que nos posibilitarán hacer una sociedad a la medida de nuestras aspiraciones como argentinos.

El eje de la dependencia argentina -por lo menos a partir de la aplicación a rajatabla del modelo neoliberal- atraviesa dos situaciones concretas: el monitoreo asfixiante de los organismos de crédito internacional y la ausencia de un modelo de desarrollo basado en las necesidades concretas de la población y el potencial productivo del país, esto último depreciado en buena medida gracias a la extranjerización estrepitosa que sufrió la economía nacional, fundamentalmente en sus sectores estratégicos.

En los '90, la Argentina -a partir de un proyecto inspirado en una mentalidad claramente antinacional- hizo depender su economía del capital externo (ya sea en forma de créditos o de inversión financiera). Sin embargo en la actualidad, la crisis generada por ese modelo derivó en el colapso definitivo de ese mecanismo: el país no recibirá créditos ni inversiones externas por lo menos en el corto o mediano plazo.

Cortado ese flujo de divisas el Estado ha resuelto solventar su funcionamiento a partir de otra estrategia. Tras la devaluación, el gobierno de Néstor Kirchner ha estructurado el aparato recaudador del Estado en función de las divisas frescas que obtiene del sector exportador. A través de esa táctica ha logrado en cierto sentido estabilizar la economía, y se ha tomado un respiro para encarar las negociaciones con los acreedores internacionales. Públicamente dichos acuerdos han sido presentados como un triunfo por parte del gobierno, incluso destacando un supuesto cambio de actitud en la postura oficial, más digna, y protectora de nuestros intereses soberanos, tal como lo promovería una mentalidad nacional.

Sin embargo, no pocos economistas han dado cuenta de los alcances de los acuerdos firmados, en un sentido bastante contrario de lo que se anuncia oficialmente. El mero hecho de la exigencia de un superávit fiscal en un país en recesión como el nuestro es un indicador de que el objetivo primordial es el de garantizar el pago a los acreedores. Los países desarrollados en recesión conviven con déficits fiscales que soportan en función de reactivar su economía real. Por otra parte, la injerencia de los organismos internacionales de crédito sobre la política monetaria y cambiaria sigue siendo la misma que se desplegó en los '90. No es el objetivo específico de este trabajo abundar sobre los datos técnicos que demuestren el perjuicio económico para el país tras la firma de los acuerdos, pero en resumen cabe preguntarse qué es lo que motiva al gobierno a continuar con acuerdos de este tipo que entorpecen las posibilidades de resurgir de la crisis en la que se ve sumida más del 50% de la población[2].

Por otra parte notamos la ausencia de un proyecto estratégico de desarrollo. En la actualidad, mientras aumentan las exportaciones de productos primarios y manufacturas de origen agrícola, bajan las de origen industrial[3]. El país se orienta hacia un esquema productivo donde predomina el monocultivo -fundamentalmente de la soja- que destruye el potencial productivo del país, en función de la ganancia coyuntural de un sector minoritario, en connivencia con el Estado que saca su tajada de ese negocio[4].

Esto ocasiona un riesgo importante, ya que el pingüe negocio que festeja ese sector por estos días está sujeto a los vaivenes de los precios internacionales de los commodities, a la vez que atentan contra las necesidades alimentarias de la población[5]. Hasta el momento, no existen políticas públicas claras que vayan en dirección de modificar esta tendencia, habida cuenta de lo que reseñábamos más arriba en relación a las metas fiscales del Estado que garanticen el puntual cumplimiento con los acreedores externos.

Creemos que si bien el nuevo rumbo en el que parece encaminarse el actual gobierno se aleja del expresado por la mentalidad anti-nacional del menemismo de los '90; los objetivos de "normalización del país" y de "reinserción en el mundo" refieren a otros objetivos diferentes a los que el conjunto de la sociedad entiende como más urgentes, tales como la reactivación del potencial ocioso y la redistribución de la riqueza.

Teniendo en cuenta que nuestro país ostenta superávit primario y carece actualmente de acceso al crédito internacional, no vemos razones para posponer una estrategia de desarrollo, que bien podría ser potenciada mediante la intensificación de las relaciones con los países latinoamericanos, visto el auspicioso panorama político regional.

Esta actitud expresa una excesiva timidez a la hora de enfrentar los desafíos planteados por la crisis estructural a la que asistimos. Es evidente que la orientación política del gobierno no va en dirección de cortar los lazos de sometimiento, sino que reedita la ficción bajo la cual intenta convencer a la sociedad que existe un margen de acción dentro de la dependencia, que nos permitiría modificar nuestra realidad en base a otros valores compartidos y consensuados democráticamente por todos los sectores de la vida interna del país. La experiencia vivida en los '80 y las políticas desarrolladas por los sectores del denominado "progresismo" -toda una categoría política autóctona- nos autorizan a afirmar lo negligente de esta postura.

La posición de fuerza potencial de países como Argentina o Brasil, en relación con el poder económico internacional no es para nada desdeñable, dado que el volumen de la deuda externa se ha convertido en un boomerang para las aspiraciones de los organismos de crédito.

En ese sentido, es imprescindible rever no sólo las políticas, sino las mentalidades que las inspiran. El desafío es plantarse desde una mirada nacional que atienda a los nuevos desafíos. Pero esto no debe ser abordado meramente desde las lecciones del pasado, sino fundamentalmente en base a las dinámicas de la experiencia actual, habida cuenta de la oportunidad única en la que nos encontramos hoy día.

 


 

[1] En relación a esto último tomamos como referencia el marco conceptual desarrollado por pensadores como Georges Duby.

[2] Existen aspectos interesantes como el Presupuesto Nacional, la política exterior, etc.

[3] Fuente: CEPAL en base a datos del INDEC.

[4] La mitad de los ingresos fiscales por retenciones se obtienen en base a la exportación de soja.

[5] Nuestro país desde hace tiempo ha llegado al absurdo de tener que importar leche, con el consiguiente impacto de precios que eso significa.