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Jornadas de Pensamiento Argentino

Rosario, 20 a 22 de noviembre de 2003

Sede de Gobierno de la Universidad Nacional de Rosario

 

 

 

Abstract

 

 

Héroe y Antihéroe en el Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal.

 

“En París (...) empecé a releer la epopeya clásica ‑aclara L. Marechal (1900-1970)‑. A releerlas, porque las había leído yo siendo estudiante (...) Las releí con mucho interés, con mucha atención, y sobre todo leyendo todos los estudios que habían hecho los comentaristas acerca del género épico y sobre todo de la epopeya. En conclusión, me di cuenta de que la novela no era otra cosa que el sucedáneo de la antigua epopeya clásica (...)”

Así nació Adán Buenosayres, epopeya que refleja “bajo los símbolos convencionales de los personajes y a través de las hazañas que cumplen un viaje espiritual metafísico ‑un periplo heroico‑ que en definitiva es el de la aventura humana”.

En ese recorrido hay héroes y antihéroes. Héroes que se realizan en el simbolismo del viaje ‑como Ulises, y en este caso, Adán Buenosayres‑; héroes que se realizan en el simbolismo de la guerra ‑Aquiles, por ejemplo‑. Pero también hay antihéroes, que enfrentarán con sarcasmo la ficcionalidad del otro.

En este trabajo nos proponemos realizar una glosa subjetiva de la descripción del quimono/escudo de Samuel Tesler ‑un antihéroe de Adán Buenosayres‑, comparándola con la descripción del Escudo de Aquiles que Homero explicita en el Canto XVIII de la Ilíada, a fin de desentrañar el significado que Marechal dio al relato a partir de sus propias palabras: “El quimono de Samuel Tesler, por ejemplo, está descripto con la técnica y la intención que Homero al pintar el escudo de Aquiles en su Ilíada (Rapsodia XVIII); las figuras que adornan el quimono traducen un simbolismo claramente inteligible, sobre todo las de la cara ventral [sic] de la prenda, que obedecen a la noción de los “dos Narcisos” ya explicada por mí en mi Descenso y Ascenso del Alma por la Belleza.

 


 

 

 

“Héroe y Antihéroe en el Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal”

 

 

 

 

Por Adriana B. Martino

Docente de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires

 

 

Jornadas de Pensamiento Argentino - Rosario, 20 a 22 de noviembre de 2003

Sede de Gobierno de la Universidad Nacional de Rosario


 

 

 

 

Sumario:

 

 

1.        Introducción.

2.        Samuel Tesler, el filósofo.

3.        Escudo/quimono de Samuel Tesler.

4.        El Escudo de Aquiles.

5.        Conclusión.

6.        Fuentes utilizadas.


 

1. Introducción

 

“En París (...) empecé a releer la epopeya clásica ‑aclara Leopoldo Marechal (1900-1970)‑.[1] A releerlas, porque las había leído yo siendo estudiante (...) Las releí con mucho interés, con mucha atención, y sobre todo leyendo todos los estudios que habían hecho los comentaristas acerca del género épico y sobre todo de la epopeya. En conclusión, me di cuenta de que la novela no era otra cosa que el sucedáneo de la antigua epopeya clásica (...)”.[2]

Así nació Adán Buenosayres, epopeya que refleja bajo los símbolos convencionales de los personajes y a través de las hazañas que cumplen un viaje espiritual metafísico ‑un periplo heroico‑ que en definitiva es el de la aventura humana.

En ese recorrido hay héroes y antihéroes. Héroes que se realizan en el simbolismo del viaje ‑como Ulises, y en este caso, Adán Buenosayres‑; héroes que lo logran en el simbolismo de la guerra ‑Aquiles, por ejemplo‑.[3] Pero también hay antihéroes, que enfrentarán con sarcasmo la ficcionalidad del otro.

En este trabajo nos propusimos realizar una glosa subjetiva de la descripción del quimono-escudo de Samuel Tesler ‑un antihéroe de Adán Buenosayres‑, comparándola con la descripción del Escudo de Aquiles que Homero explicita en el Canto XVIII de la Ilíada, a fin de desentrañar la significación que Marechal dio al relato a partir de sus propias palabras: “El quimono de Samuel Tesler, por ejemplo, está descripto con la técnica y la intención que Homero al pintar el escudo de Aquiles en su Ilíada (Rapsodia XVIII); las figuras que adornan el quimono traducen un simbolismo claramente inteligible, sobre todo las de la cara ventral [sic][4] de la prenda, que obedecen a la noción de los “dos Narcisos”, ya explicada por mí en mi Descenso y Ascenso del Alma por la Belleza [5] en donde “por el camino de la belleza creada, el alma puede descender primero y volver a ascender después por el mismo camino”.[6]

Indudablemente, el conocimiento de los clásicos griegos fue uno de los baluartes de la obra narrativa y política de Marechal, expuesto en numerosos tramos de la misma.[7] En todos los casos es factible desentrañar un trabajo hermenéutico que expone su filosofía “esencialista” desde la cual sus personajes buscan conservar dignidad espiritual y una esperanza metafísica como alternativa a la realidad presente. Hasta que ésta troque el dolor y el miedo por la felicidad.

Mensaje que subyace en la representación de los dos Narcisos, instancia que sólo alcanzará el hombre nuevo tras la superación del drama de vivir en un mundo devastado. Mensaje que transmite un antihéroe [Samuel Tesler] a través de las prosaicas representaciones de la cotidianeidad que emergen de su Escudo/quimono, que contrastan con la altisonancia descriptiva que Homero imprime al Escudo de un héroe batallador y casi invulnerable [Aquiles] que le fuera confeccionado por un dios olímpico [Hefesto] para reflejar las bondades de un orden natural inmutable y eterno cuya armonía conlleva la plenitud.

Existe en la consideración de Marechal un arquetipo, un paradigma integrado por valores trascendentes, es decir, imagen de una suprarrealidad a la que quedan referidos sus personajes para dar paso a un concepto definido: el hombre como eslabón necesario de la Cadena del Ser.[8] Es decir, el Absoluto no es un destino a construir sino un ser existente desde la eternidad al cual tiende espontáneamente el espíritu humano. Con ello, Marechal deja de lado la concepción nihilista y desgajada del hombre, tan común en los escritos literarios e históricos de finales del siglo XX. Precisamente éste es el fundamento de la búsqueda de Adán Buenosayres, novela que con aires de “sátira menipea” combina varios subgéneros narrativos con una suerte de amalgama secreta que muchos han criticado y otros exaltado.[9] Pero lo innegable es que Adán Buenosayres se integra plenamente con la nueva novela hispanoamericana, entre otras cosas, por el uso, muy frecuente hoy, del material mitológico empleado.

Ciertamente, el mundo espiritual de Adán restableció una comunicación con el orden de la creación[10] al recuperar la conciencia de un estado edénico y cuya mejor aproximación se da en las memorias de la infancia y en los sueños metafísicos.[11] Los mitos clásicos protagonizados por Ulises, Aquiles, Circe, Las Sirenas, etc., son rescatados por Marechal para enriquecer su versión ‑no exenta de ironía‑ de la experiencia humana.

 

 

2. Samuel Tesler, el  filósofo

Samuel Tesler, el filósofo, es un antihéroe, correlato invertido del homérico Aquiles, con quien, sin embargo, puede comparársele, no sólo por portar un “escudo protector” (en este caso, un quimono o bata de dormir) tal como el que Hefesto fabricó para Aquiles a pedido de su madre Tetis, sino también por su innato orgullo (una suerte de areté), que teñía todas sus acciones.

Tesler, en realidad, era Jacobo Fijman, compañero de ruta de Marechal, ligados por los caminos del martinfierrismo. En las páginas de Adán Buenosayres, Tesler aflora como un “paladín sin historia, que a falta de corcel jineteó una cama de dos plazas y cuya sola caballería fue un sueño tenaz con que se defendió siempre del mundo y sus rigores” (p/52).

Su figura era absolutamente desproporcionada: un torso gigantesco y unas piernas cortas, robustas y arqueadas propias de un enano, hablaban de su “mudable naturaleza” [ucraniano-judío y pampeano]. Había nacido en Odesa, junto al Mar Negro, hecho que “lo consagraba ineluctablemente a los estudios clásicos”. Su nacimiento como hombre “corriente y moliente” había sido dramático pues debió recurrirse a un “forcep heroico” que dejó secuelas en las zonas temporales (p/40). Además, en lo que hace a sus orígenes familiares, su padre había sido sólo un “discreto remendón” de violines y su madre “apenas una dulce tejedora de cáñamo” (p/40).

Sin embargo, él afirmaba descender en línea recta de Abraham y Salomón y “cuando alguno ponía en duda el carácter sacerdotal de su estirpe, exhibía su frente rugosa en la que juraba y perjuraba sentir los dos cuernos de los iniciados” (p/40).

Sin embargo, y contradiciendo su tribu y sus dioses, apenas cinco años después de haber llegado al Plata “donde creció en fealdad y sabiduría, recorrió paisajes, tanteó caracteres, estudió costumbres, de tal suerte que en un proceso de asombroso mimetismo, se sintió un nativo de nuestras pampas hasta el extremo de sentirse Santos Vega” (p/41).

Inés Santa Cruz entiende que Samuel Tesler hace gala de un simbolismo moralizante cuando imagina a Buenos Aires como a dos ciudades en pugna: la del Búho (nocturna) y la de la gallina (diurna y burguesa) (p/50). En sus delirios llega al quimérico deseo de querer cambiar la imagen del espíritu Santo del escudo de Buenos Aires por el de una gallina bataraza. (p/50)[12].

Gustaba colocarse una bata de dormir ‑un quimono chino‑ que al envolverlo “manifestaba todo su esplendor” (pag. 52) y lo cubría como un escudo [porque “una bata de dormir bien puede ser un escudo” –apunta Marechal (pag. 52)]

Este, su entrañable amigo murió en la mayor humildad, rodeado de sus discípulos, a quienes exhortó a olvidar los dones efímeros de la “natura naturata” y a buscar los rastros invisibles aunque no ininteligibles de la “natura naturans” (p/ 67). Profesaba un acentuado eclecticismo. Cuando se le preguntó cuál era el método más seguro para lograr la sophrosyne [placer] respondió, en atención a la naturaleza dual del hombre: “Ir de cuerpo y de alma todos los días” (p/ 69).

“Desgraciadamente –señala Marechal- salvo los pocos fragmentos recogidos en la edición latina de Asinus Paleologo nada nos resta de sus tratados”. Sus libros, sus manuscritos, fueron vendidos como papel viejo, “verdadera catástrofe literaria que para más de un admirador sólo tiene su igual en el llorado incendio de la biblioteca de Alejandría”[13].

 

 

Aquiles, el héroe de los pies ligeros

Aquiles es el héroe por antonomasia. Semidiós, por ser hijo de la ninfa Tetis y del mortal Peleo, fue educado por el centauro Quirón que le enseñó música, medicina y el arte de combatir, infundiéndole vivacidad y fuerza al alimentarlo con entraña de leones y jabalíes y tuétano de oso. Según otra versión, lo hizo con panales de miel y tuétano de cervatillos para que pudiera correr rápidamente. Por otra parte, para hacerlo invulnerable, su madre lo sumergió en las aguas del río Estigia, quedando sólo afuera el talón por el que lo sostuvo. Otros opinan que Peleo logró rescatar al niño del fuego, al que lo había sometido su madre para quemarle sus partes mortales, reemplazando el hueso del tobillo chamuscado por otro tomado del esqueleto del gigante Damiso. (Apolodoro. Epítome, iii,9)[14].

Esta invulnerabilidad, junto a su valentía, belleza y porte (Ilíada, XXIV, 629 – 630, pág. 500) lo convirtieron en el más notable de los héroes” (Ilíada, XXIV, 437, pág. 378), es decir, “el mejor” en el combate, en el agora y en los juegos como correspondía “naturalmente” a su estirpe.

Encolerizado con Agamenón por la apropiación que éste hizo de la joven Briseida [cautiva asignada a Aquiles tras el saqueo de ciudades], cuando se vio obligado a devolver Criseida a su padre Crises, se retiró del campo de batalla. Permaneció un año entero encerrado en su tienda mientras los griegos padecían serios reveses frente a los troyanos[15].

Poco antes, su madre había rogado a Hefesto que le confeccionara “un broquel y un yelmo, unas bellas grebas (...) y una coraza “ (Ilíada, XVIII, 458 – 459, pág. 378)

-“Animo”- [respondió el dios herrero] ¡No debes preocuparte por eso en tus mientes! (...) puedo afirmar que tendrá una armadura tan bella que se maravillará de ella cualquier hombre que la vea” (Ilíada XVIII, 466-467, Pág. 378).

Aquiles murió un año antes de ser destruida Troya. Una flecha en el talón, disparada por Paris, lo hirió de muerte.

Según una tradición, Apolo ayudó a Paris a consumar el hecho. Algunos dicen que el dios, asumiendo la semejanza del hijo de Príamo, mató personalmente a Aquiles, y ésta es la versión que aceptó Neoptólemo, su hijo. Según otra tradición, Aquiles fue víctima de un complot preparado por Príamo a través de su hija Políxena, lo que permitió a Paris arrojarle la flecha envenenada. Al expirar, Aquiles pidió que después de la caída de Troya, Políxena fuera sacrificada en su tumba. (Odisea, XI, 467 a 540, pags. 183 a 185; Eurípides. Las troyanas. 262 a 268, pág. 173)[16].

 

 

3. EScudo-Quimono de Samuel Tesler

Este “nunca visto ni siquiera imaginado” quimono de Samuel Tesler, representa una cosmología utópica, es decir un sistema del mundo, un modelo de universo, un “orden” establecido por un planteo racional concreto, cuyas fuentes de inspiración son el “escudo” de Heracles cantado por Hesíodo y sobre todo, el de “Aquiles que desertaba”, descripto por Homero (p. 52)[17].

Como ya dijéramos, en los Cuadernos de Navegación Marechal se refiere específicamente a la influencia homérica, por ello nos hemos abocado a la comparación del Escudo-quimono, de Samuel Tesler con el Escudo de cinco láminas que Hefesto forjó para Aquiles, a los efectos que retomara la lucha, luego que su amigo Pastrodo, al morir a manos de Héctor, perdiera la armadura que el Pelida le había proporcionado para infundir miedo a los enemigos[18].

El quimono consta:

1.        de una cara ventral (o diurna) en la que Marechal trata de describir las notas groseras de la ciudad diurna, confundida y materialista;

2.        de una cara dorsal (o nocturna) en la que se colocan las señales de la sabiduría de la ciudad nocturna, sólo captada por los filósofos- amantes de la sabiduría- y los poetas, que son una suerte de iniciados.

3.        La cara ventral o diurna: consta de un ala derecha con dos dragones rampantes neocriollos, que se muerden rabiosamente las colas. [De acuerdo a la mitología, los dragones podían fertilizar la tierra, provocando lluvias,[19] pero éstos no lo hacen. Quizás quieran referirse también a la impotencia de la generación marechaliana por rescatar “lo nacional” sin saber dónde encontrarlo]

En el ala izquierda se muestra:

1.        Un trigal en flor [imagen agrícola de nuestro campo] “cuyas débiles cañas parecen ondular bajo el resuello de los dragones”.

2.        Sentado en el trigal “fuma un campesino de bondadosa catadura” [es decir, este hombre o habitante del campo es un “collage” donde se yuxtaponen retazos de imágenes semánticas diferentes: es un chino (apelativo criollo y reminiscencia oriental)].

3.        En la frente del campesino se lee la empresa siguiente: “El primer cuidado del hombre es defender el pellejo” [del Martín Fierro] Los bigotes del fumador bajaban como dos guías, de tal modo que dichas guías se ataban al dedo gordo de cada pie [como vemos, este hombre está atado a su propia quietud; miedosa y defensiva].

4.        En el área pectoral [del campesino o del quimono] se exhibe a un elector en éxtasis que “deposita su voto en un cofre de palo de rosa lustrado a mano: un ángel gris le hablaba secretamente al oído y el elector lucía en su pecho la siguiente leyenda: Superhomo Sum! [En contraposición a la misma cree en la poderosa función de ser un ciudadano habilitado para decidir de acuerdo con la voluntad de los dioses].

5.        En el área abdominal y bordada con hebras de mil colores, “una república con gorro frigio, peplo azul, tetas ubérimas y cachetes rosados volcaba sobre una multitud delirante los dones de una gran cornucopia que llevaba en sus brazos” [imagen de la Patria tal como la pintaron los poetas nacionalistas y modernistas, así como la iconografía nacionalista].

6.        A la altura del sexo se veían las cuatro virtudes cardinales, [fortaleza, justicia, prudencia y templanza] “muertas y llevadas en sendos coches fúnebres al cementerio de la Chacarita. Los siete Pecados Capitales, [gula, lujuria, avaricia, orgullo, envidia, ira, pereza] de monóculo y fumando alegres cigarros de banqueros, formaban la comitiva detrás de los coches fúnebres”.

7.        En otros lugares de la cara ventral aparecían:

·           El preámbulo de la Constitución escrito con caracteres unciales del siglo VI [letra ilegible, presentida pero no conocida].

·           Los doce signos del Zodíaco representados por la flora y fauna del país [traducción de lo universal o lo nacional a través de un cambio de emblemas o íconos].

·           Una tabla de multiplicar y otra de sustraer que resultaban idénticas [las idas y vueltas del dinero].

·           Las 98 posiciones del Kama Sutra pintadas muy en vivo [el amor como gimnasia].

·           Un anuncio del Dr. X, especialista en males de Venus [el amor como miedo].

·           Un programa de carreras [la ilusión del jugador].

·           Un libro de cocina [el placer].

·           Un prospecto de Ventremoto, laxante de moda [el malestar].

[Estamos aquí ante pares complementarios que equilibran lo espiritual con lo material, el exceso con la prudencia, el placer y la expulsión de lo que perjudica].

8.        La cara dorsal o nocturna presenta:

·           Un árbol cuyas ramas se orientaban hacia los cuatro puntos cardinales [la vida].

·           Volvían a unirse por los extremos en la frondosidad de la copa [dispersión-unión].

·           Alrededor del tronco dos serpientes se enroscaban en espiral: una ascendía hacia la copa, la otra se hundía en las raíces. [Forman una sola figura que significa el tránsito de lo mismo a lo mismo. Posteriormente, Marechal tomará la figura de la Patria-Víbora en el sentido que así como la víbora deja su piel vieja para que aparezca la más reluciente, así debe hacerlo la Patria (Megafón). En este caso puntual  las serpientes estarían dando el sentido del cambio y su carácter de guardianas de la tierra].[20]

·           En la copa resplandecían doce soles como frutas [el renacimiento, la plenitud para los 12 meses del año y no los avatares del Zodíaco].

·           Cuatro ríos brotaban de un manantial abierto al pie del árbol y se dirigían al norte, al sur, al este y al oeste. [Las cuatro virtudes cardinales y la purificación].

·           Inclinado sobre el manantial, Narciso contemplaba el agua y se iba transformando en flor. [Este hombre miedoso, ambicioso, vanidoso, se encuentra a sí mismo en el espejo del agua que purifica. Es el hombre ahogado en su propia imagen que emerge de las aguas trocado en un hombre nuevo].[21]

 

 

4. El Escudo de Aquiles

 

Construido con “duro bronce, estaño, oro precioso y plata, poseía en su contorno “una reluciente orla de tres capas, chispeante, a la que ajustó [Hefesto] un áureo talabartete” (Ilíada, XVIII, 479 – 480, pag. 379).

Estaba compuesto de cinco láminas y en él [Hefesto] representó:

1.        La tierra, el cielo y el mar, el sol infatigable y la luna llena junto a las constelaciones que coronan el firmamento.

2.        Representó también dos bellas ciudades de los hombres. En una de ellas se celebran bodas, fiestas, convites, cortejos nupciales y epitalamios. Los jóvenes danzan con vertiginosos giros al son de flautas y liras, mientras las mujeres, a las puertas de sus casas, los miran admiradas.

El pueblo se halla reunido en la plaza del mercado donde se desarrolla un litigio.

Dos hombres pleitean por la pena debida a causa de un asesinato. Los jueces se encuentran sentados sobre pulidas piedras, en círculo sagrado, los cetros en las manos, y dictan la sentencia.

La otra ciudad está situada por dos ejércitos de “tropas que brillaban por sus armas”, que quieren destruirla o saquearla. Pero sus habitantes no quieren rendirse, sino que permanecen firmes en las almenas de las murallas para proteger a las mujeres, niños y ancianos. Los hombres salen, sin embargo, secretamente, y tienden una emboscada a orillas de un río, donde hay un abrevadero para el ganado, y asaltan un rebaño. Acude el enemigo y se da una batalla en las riberas del río, “y unos y otros se arrojaban las picas, guarnecidas de bronce. Allí intervenían la Disputa y el Tumulto, y la funesta Parca” que llevaba sobre los hombros “un vestido enrojecido de sangre humana” y arrastraba por los pies a los muertos y heridos.

3.        Hay también un campo donde los labradores trazan sus surcos arando con sus yuntas de bueyes, y al llegar al confín del labrantío un hombre les sale al encuentro y les da vino en una copa para su refrigerio.

4.        Aparece un dominio real [predio del rey] en momentos de la cosecha. Los segadores llevan la hoz en la mano, caen las espigas al suelo que son atadas en gavillas. En medio de todos, de pie en un surco, silencioso y feliz estaba el rey con el cetro en la mano. Mientras, los heraldos preparan la comida para el banquete y las mujeres elaboran puches de harina para los trabajadores.

5.        Un viñedo con sus alegres vendimiadores aparece en la escena, acompañado de un soberbio rebaño de vacas de erguida cornamenta, con sus pastores y perros; una hermosa dehesa en un hondo valle, poblado de ovejas, establos, chozas y apriscos, y un lugar para la danza donde las muchachas y los mozos bailan tomados de las manos, mientras un aedo canta acompañándose con la cítara.

En torno al círculo del escudo y abrazando la totalidad de la escena, fluye el Océano.[22]

[Hay en esta descripción del escudo de Aquiles la manifestación más acabada de la concepción épica del hombre, unida a la de un cosmos tradicional, del “genos” comunitario en tránsito a la sociedad del oikos, que es en realidad la que aflora en los poemas homéricos. Sin embargo el poeta recurre a un “orden” ancestral que refleja la plenitud de la naturaleza y de la vida humana y la armonía de las leyes eternas que rigen el curso del mundo].[23]

 

5. Conclusión

 

En el orden del Escudo de Aquiles se advierte una creación sintagmática narrativa, donde las escenas pueden considerarse partes de un relato.

En el de Marechal, este orden secuencial y narrativo está sustituido por una disposición fragmentaria y paradigmática de los elementos. Es decir, las figuras están dispuestas en forma aislada; se yuxtaponen en un espectro arquitectónico para mostrarse como piezas paradigmáticas de un rompecabezas cuyo sentido hay que armar.

Podemos imaginar que hay una secuencia entre la cara dorsal y la ventral: una es el presente y la otra, el futuro utópico.

Así, Homero alimenta a Aquiles con una tradición ya asentada. El Quimono de Tesler muestra que la tradición no existe, sólo la confusión de algunas falsas certezas y de algunos deseos, que en la otra cara se planifican y alcanzan sentido. El hombre tiene que superar las dos etapas del Narciso, que florecerá ante el verdadero manantial.[24]

Éste es el mensaje que emerge del Antihéroe pues en el del Héroe ya está todo resuelto.

 

 

6. Fuentes utilizadas

 

Marechal, Leopoldo. Adan Buenosayres. Sudamericana, Buenos Aires, 1971

Homero. Ilíada. Gredos, Madrid, 2000

------ Odisea. Gredos, Madrid, 2000

Eurípides. Las troyanas. Gredos, Madrid, 2000.

 


 

[1] L. Marechal. Autobiografía de un novelista. En Proa, Nº 49, Buenos Aires, setiembre/octubre 2000, pág.63.

[2] Ibídem, pág.63.

[3] L. Marechal. Cuadernos de Navegación. Emecé, Buenos Aires, 1995, págs. 172 y ss.

[4] Pensamos que se está refiriendo a la cara dorsal.

[5] L. Marechal. Cuadernos de Navegación. Op.cit., pág. 173.

[6] L. Marechal. Autobiografía es un novelista. Op.cit., pág. 64.

[7] Son numerosas las vinculaciones con el mundo clásico: por la calle Gurruchaga, Adán se enfrentará con Polifemo, Ruth/Circe y las Sirenas. “A esas marcas de fabricación homérica (...) hay que añadir otras dos cuyo significado metafísico es de la mayor importancia: a) el tema de las ‘cuatro Edades del hombre’ (...); y b) el ‘descenso a los infiernos’ (...) correspondiente al de la Odisea (Rapsodia XI) y al de la Eneida (Libro VI)”. (Vide: L. Marechal. Cuadernos de Navegación. Op.cit., pág. 174).

[8] G.Coulson- Marechal. La pasión metafísica. G.García Cambeiro, Buenos Aires, 1974, pág. 15..

[9] Adán Buenosayres presenta un nivel de complejidad tal que desorientó a más de un crítico. Esta multiplicidad mal entendida condujo a Zum Felde a hablar de “crónica novelesca”; “una novela infernal” según Rodríguez Monegal; de “falta de unidad” en la expresión de Julio Cortázar, etc. (Vide: G. Coulson. Op. Cit. pág. 67).

[10] L. Marechal. Adán Buenosayres. Sudamericana, Buenos Aires, 1971, págs. 33 a 35.

[11] Ibídem. Libros quinto y sexto, págs. 349 y ss.

[12] Inés Santa Cruz. Los diálogos implícitos en el discurso de Leopoldo Marechal. En: Juglaria. Artes y Letras, Nº 6. Rosario, junio de 1999, págs. 16-17.

[13] L. Marechal. Adán Buenosayres. Op. Cit. Pág. 69. (Vide: Adriana Martino. El Escudo de Aquiles en Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal. En: Actas de las XI Jornadas de Estudios Clásicos, Junio 2001. Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras de la U.C.A., 2002, págs. 176 a 181).

[14] R. Graves. Los mitos griegos. Alianza, Madrid, 1987, 160, pág. 354.

[15] Ibídem, 163, págs. 386 a 388.

[16] Ibídem, 164, págs. 401 a 403.

[17] G. Maturo - Marechal. El camino de la belleza. Biblos, Buenos Aires, 1998.

[18] Esta armadura, confeccionada también por Hefesto, le había sido entregada a Peleo en su momento (Ilíada). XVI, 40-41 págs. 314-315; 130 a 154, págs. 317-318; XVII, 194 a 196, pág 346; XVIII, 82 a 85, pág. 367.

[19]  Hans Biedermann. Diccionario de Símbolos. Paidós, Barcelona, 1993, pags. 158.

[20] Ibidem, pág. 420 a 423.

[21] L. Marechal. Adán Buenosayres. Op. Cit. págs. 52 a 54; Conversaciones sobre L. Marechal con Inés Santa Cruz.

[22] Homero. Ilíada. Gredos, Madrid, 2000, XVIII, 299 a 617, págs. 379 a 384; W. Jaeger. Paideia, F.C.E.. México, 1978, pags. 60-61.

[23] Ibídem. A. Fraschini. Raíces de Occidente. I. La cultura griega y nosotros. Docencia, Buenos Aires, 1991, pags. 68-69.

[24] Conversaciones sobre L. Marechal con Inés Santa Cruz.