Make your own free website on Tripod.com

Los comunistas y Arlt

Por Analía Capdevila

masson61@hotmail.com

Cuestiones de método

Se dice que la aparición en 1950 de la biografía escrita por Raúl Larra, Roberto Arlt, el torturado, a ocho años de la muerte del escritor, inaugura dentro de la historia de la crítica literaria arltiana una etapa de profunda revisión, no sólo de su literatura, que será sometida a un profundo análisis en función de determinar sus limitaciones y sus  alcances, sino también de su imagen de escritor, de la que se considerarán los aspectos más destacados. El libro, además, suscitó una polémica de largo alcance que comenzó dentro de las filas del PC con la recusación de Roberto Salama a su camarada Raúl Larra, pero que luego se extendió más allá del partido, cuando intervinieron en ella Ismael y David Viñas desde las páginas del segundo número de Contorno y, algún tiempo después, Oscar Masotta con su Sexo y traición en Roberto Arlt.

Dicha polémica, que se dio en el trasfondo de una confrontación de posiciones políticas, promovió una disputa entre políticas de interpretación en la que se sentaron las condiciones propicias para poder discutir cuestiones de método, constituyéndose en un factor determinante en el proceso de modernización que afectó a la crítica por esa época. A propósito de Arlt, de su literatura y de su imagen de escritor, se estaba discutiendo también qué, cómo, desde dónde leer las obras literarias, sin poner en cuestionamiento el “valor de uso” de la literatura, referido a su dimensión “ideológica”. El “mensaje” de Arlt, el sentido de su obra es,  en la disputa mantenida por los críticos de izquierda, objeto de una demanda de la que va a resultar una renovación considerable de los presupuestos de la llamada crítica ideológica, ocupada entonces en definir su método y especificar su “objeto”.

Me detendré en el primer momento de la historia de esta polémica. Particularmente, en el enfrentamiento entre Roberto Salama, un intelectual orgánico del P C y Raúl Larra, un escritor y crítico simpatizante del partido, porque creo que es el lugar propicio para considerar el proceso de profunda crisis que a partir la lectura de la obra de Arlt afecto los principios de la ortodoxia crítica del realismo estalinista.

 

¿Arlt y nosotros?

En términos generales, la discusión entre Roberto Salama y Raúl Larra es de orden “ideológico”, esto es, se centra en el signo y el valor de las ideas políticas que transmite la literatura de Arlt, planteados en función de cierto “uso” político de los contenidos para los intereses de la revolución comunista. En “El mensaje de Arlt”, publicado en el número 5 de Cuadernos de Cultura, en febrero de 1952 —revista de la que era secretario de redacción— , Roberto Salama le recrimina al autor de Los siete locos —a propósito de lo que considera son apreciaciones “apologéticas y complacientes” de la biografía de su camarada Raúl Larra—, el sentido reaccionario de su mensaje, al que califica de “anarquista” y de “fascista”, esto es, de contrarevolucionario. Alineado en el dogmatismo más estricto del realismo socialista, la teoría oficial del arte del Partido Comunista, Salama reconoce en Arlt su incapacidad para la denuncia de “la verdadera opresión oligárquica e imperialista” y la falta de auténticas propuestas revolucionarias. El “decadentismo” de Arlt —paralelo al de Joyce, al de Lawrence, al de Freud o al de Sartre — es, formulado desde los términos de una moral stalinista, un paso más atrás respecto del realismo crítico de Payró, y hace posible su alineación con Mallea, hermanados en la misma “esencia antipopular y antidemocrática”, propia del “intelectual pequeñoburgués”.

 

La respuesta de Larra en “Roberto Arlt es nuestro”, aparecida en el número siguiente de la publicación, en mayo 1952, comienza por distinguir cuestiones de orden metodológico en función de señalarle a Salama su “impresionismo”, esto es, su error de confundir las ideas de los personajes con las del autor. Larra propone entonces vincular a Arlt con el medio social, del que para él es un emergente claro. Según los parámetros de un determinismo simplificado, en tanto el autor “se formó ideológicamente y literariamente en el período de la primera postguerra”, su obra no dejará de “reflejar la desorientación de la pequeño burguesía”. Allí encuentran justificación (y disculpa) las limitaciones ideológicas de Arlt. Tratando de distanciarlo de Payró, Larra insiste en alinearlo con Boedo, grupo a quien le reconoce el mérito de “imponer el tono militante en nuestra literatura”, al mismo tiempo que vuelve a afirmar en el escritor, como lo había hecho en la biografía, cierta adhesión al partido y, consecuentemente, al pensamiento comunista.[1]

Pero volvamos a considerar con detenimiento los términos de la polémica. En cierto sentido, la diatriba de Salama contra Arlt, contra su obra y contra su persona, es más justa con ciertos aspectos de su literatura. Salama reconoce en el mundo de Arlt, particularmente en sus personajes, la pasividad (“Cuando hablan —sin actuar— de transformar el mundo, imaginan la revolución como un motín terrorista que en pocas horas cambie totalmente los rasgos típicos de la sociedad”) y el pesimismo (“No cabe en la mente de Arlt —feroz individualista— la posibilidad de una existencia hermosa y normal, vivida en la lucha constante por el bienestar de sus semejantes”), dos rasgos de lo que identifica como “filosofía de la amargura del universo”, condenada en su momento por Stalin. Y lo hace para  reprobarlos por igual, ya que, consecuentemente, esos caracteres de los personajes de Arlt derivan en una irresponsabilidad con la lucha, en la ausencia de un compromiso coherente con la revolución. Y, lo que es más grave, terminan contrariando la supuesta teleología de la Historia, cuya meta final e ineludible sería el comunismo. De allí la condena del autor a las ideas revolucionarias del Astrólogo, “que nada tienen que ver con el marxismo y se acercan a un paso del fascismo” y a su revuelta, “aventurera” y “antipopular” (“la fuerza impulsora de la revolución es el lumpemproletariado bajo la dirección de intelectuales pequeño burgueses más o menos fracasados”), ideas que para el camarada no hacen más que confundir y desorientar a los movimientos progresistas y revolucionarios.

A diferencia de la de Larra, la lectura que hace Salama de la obra de Arlt no intenta silenciar o reprimir aspectos “ideológicos” contradictorios, por otra parte, más que evidentes. Y esto porque, frente al supuesto desorden de las ideas de Arlt —decimos supuesto porque, aún en el discurso disparatado del Astrólogo creemos que es posible encontrar cierta lógica, algo así como un movimiento regulado de las ideas—, Salama sostiene una coherencia metodológica, por llamarla de algún modo, cuyos presupuestos de base son del todo discutibles, es cierto, pero que el crítico levanta como principios de práctica rigurosa. La crítica marxista implica, para Salama, la aplicación del método dialéctico de análisis, que tiene alcance científico, en función de “valorar lo literario según refleje ‘la realidad en forma veraz e históricamente justa, combinando esto con la necesidad de crear entre las masas populares una conciencia socialista’” (Salama- Stalin). Enemiga del academicismo, esta investigación debe ir unida de modo indisoluble a una “actitud polémica en la que se enfrentan ideas justas e ideas conciliadoras —dice Salama— (...)  y se opone al enemigo la solidez de la argumentación, que es patrimonio exclusivo de la clase obrera”. Desde ese punto de partida, que se convierte en dogma, el sentido del mensaje de Arlt es para Salama irrecuperable para el comunismo, y el libro de Larra una lectura tendenciosa: “A nuestro juicio, el error del compañero Larra estriba en su afán de exaltar a Roberto Arlt sin reparar en el verdadero sentido de su ideología; en dar preferencia a hechos secundarios y ocultar los fundamentales; el defecto está en hacer obra apologética y no crítica; en justificar posiciones y no en esforzarse por emplear el método dialéctico de análisis”.

Desde el punto de vista de Larra, el error de Salama es un error de método, ya que sin un concepto específico que funcione en la mediación, el crítico traslada la “ideología de la obra” al autor y la rechaza conceptualmente de plano desde un conjunto de ideas y posiciones convertidas en doctrina. En sus propios términos, Salama se equivoca al “juzgar al autor en función de las ideas de sus personajes atribuyéndole a todo un sentido autobiográfico” —error en el que incurre el propio Larra en su biografía, cuando confunde a Astier o a Erdosain con la persona de Roberto Arlt—. Por el contrario, Larra se esmera en encontrar aspectos positivos de la obra de Arlt, aunque sin dejar de reconocer sus limitaciones. Así, afirma que “sus personaje rechazan la civilización capitalista, se revuelven contra ella, quieren modificarla y caen en el nihilismo”. Por eso, para Larra, Arlt se queda en el aspecto negativo, debilidad que es típica del realismo crítico. “Solamente el realismo socialista puede sugerir lo que debe ser, lo que será”. Pero esas limitaciones no son responsabilidad del autor sino determinaciones del contexto. En efecto, en la lectura de Larra, el contexto, esto es, el “medio social” como conjunto de “condiciones históricas objetivas y subjetivas” es el que explica (y excusa) a Arlt de sus errores conceptuales y de sus limitaciones ideológicas, en una valoración de su obra según una coordenada evolutiva que va de lo negativo y precario a lo positivo y pleno[2]. Son esas condiciones del medio, en las que se constituye y desarrolla el anarquismo literario–artístico que Larra reconoce en Arlt y también en Boedo, las que “determinaban en relación el grado de madurez de la ideología revolucionaria”. En este punto, para Larra el camarada Salama yerra una vez más cuando, como lo exige el marxismo, historicista y dialéctico, no apela al contexto para explicar los acontecimientos. Esto es, cuando el crítico cae en el apriorismo, en el impresionismo y en el biografismo. Su falta de perspicacia es tal que llega a tomar en serio las tesis a revolucionarais del Astrólogo, sin percibir que están situadas en “el plano de la sátira”.

“¿La obra de Arlt debe ser negada por nosotros como sostiene Salama?”, se termina preguntando Larra. Y se contesta: “Por el contrario, debemos hacerla nuestra en todo lo que tiene de positivo, de crítica a una sociedad que nosotros procuramos transformar. Sus limitaciones y sus negociaciones son, en buena parte hijas de su época.” Para Larra, la apropiación del nombre de Arlt, sustentada en su “uso” político, es coyuntural y estratégica, y terminaría por consolidar una tradición de izquierda para la novela argentina. “En momentos en que la derecha literaria —que despreció a Arlt en vida— lo quiere hacer suyo extrayendo de él los perfiles negativos, ¿es justo ofrecérselo en bandeja de plata? Negar a Arlt significa en cierto sentido rechazar, además, a la generación de Boedo, que con todos sus lunares impuso el tono militante en la literatura.”[3]

Si bien sostiene sus posiciones básicas respecto de Arlt y de su literatura, es cierto que Larra, en la segunda edición de Roberto Arlt, el torturado, aparecida en 1956, introduce una serie de apreciaciones que tienden a disculpar al autor de El juguete rabioso de sus recaídas pequeñoburguesas en el nihilismo individualista[4].

Con todo, ese gesto casi conmiserativo para con un escritor tan complejo como Roberto Arlt ya era evidente en la primera edición, y, junto con la tentativa de apropiación de su figura, es lo que más le molestará a los jóvenes denuncialistas del escritor comunista, que lo someten a una crítica lapidara en dos artículos del número homenaje de Contorno, aparecido en mayo de 1954.[5]  Por su parte, en Sexo y traición en Roberto Arlt, escrito en 1958 y publicado en 1965, Oscar Masotta dará por terminada la polémica con los comunistas —sobre todo con la biografía de Larra— logrando alcanzar con su lectura en clave sartreana del realismo de Arlt el grado más alto coherencia metodológica, este es, de adecuación de objeto de análisis / método de estudio, índice de los alcances (y también de las limitaciones) de la crítica ideológica que habría que evaluar. 

 



[1] En este punto también interviene en la polémica Juan José Sebreli cuando afirma en el artículo  “Inocencia y culpabilidad en Roberto Arlt” (Sur Nº 223, julio-agosto 1953) : “Pero yo no creo, pese a lo que aseguran los comunistas, que Arlt tuviera ideas políticas o sociales concretas, como no las tuvieron los surrealistas franceses a pesar de su adhesión al troskismo. El problema de Arlt fue siempre un problema personal, por lo tanto metafísico y no social. Estaba demasiado ocupado en pensar sus relaciones con el Mundo para ocuparse de sus relaciones en la Sociedad. En ninguno de sus libros deja traslucir que creyera en la posibilidad de una sociedad socialista. Su actitud revolucionaria se asemeja más que a la de un militante comunista a la de un profeta que anatematiza.”

[2] En este sentido, el realismo de Arlt importaría un paso más adelante respecto del de Payró. Larra destaca en este último —para Salama, un exponente del realismo crítico en la novela argentina—, un optimismo burlón que deriva en escepticismo y cuyo aspecto positivo tiene que ver con “la presentación en forma realista del desarrollo de la vida política social que surge como una crítica a la oligarquía”. El pesimismo de los personajes de Arlt es, en cambio, profundamente positivo, porque en él se refleja la desubicación del individuo en la sociedad capitalista.

[3] La obstinación de Larra en marcar la pertenencia de Arlt al grupo de Boedo es, en cierto sentido, un modo  de excusarlo y, al mismo tiempo, de conseguir la aceptación de su literatura entre sus camaradas. En efecto, la literatura social de Boedo, que según Larra adolece de los mismos errores que la de Arlt —inmadurez política, debilidad ideológica, etc.— no sólo había sido reconocida por el comunismo argentino como la primer manifestación de una literatura de izquierda, sino que, también ella, había sido objeto de una apropiación por parte del PC, que la convirtió en algo así como su literatura oficial. 

[4] SergioPastormerlo, quien ha trabajado también esta polémica en su artículo “Roberto Arlt, nosotros mismos. Sobre las apropiaciones críticas de Arlt en la década del 50” (mimeo), cita algunos ejemplos de las modificaciones que Larra introduce en la segunda edición de su biografía: “Esa desorientación y confusión ideológica iba a abrumar a la pequeño burguesía argentina en particular. Y Arlt —su auténtico exponente literario iba a trasladarla a Los siete locos y Los Lanzallamas. Por otra parte, Arlt mismo se cuida de definir a sus personaje al titular la novela: los llama Los siete locos. El lector, pues, queda avisado.”; “Arlt caricaturiza en cierto modo a sus personajes porque casi siempre se coloca en el plano de la sátira. No lo hace con Erdosain porque en él vuelca muchas cosas personales. Llevado por la desesperación, Erdosain comete un crimen sin proponérselo. Pero lo paga con la muerte. ¿No importa acaso ese desenlace una sanción moral?; “Se ha dicho también que Arlt exalta a los desclasado, a los delincuentes, a los amorales, a los egoístas. Convengamos que muchos de los personaje de Arlt son patibularios, convengamos que su literatura tiene aspectos sórdidos. Pero Arlt nunca se solidariza con tales personajes. Públicamente proclamó su ninguna simpatía con los protagonistas de Los siete locos...”.

[5] Un año después de publicada la segunda edición de la biografía de Larra, Juan José Hernández Arregi interviene en la polémica desde las páginas de Imperialismo y cultura (La política en la inteligencia argentina). Allí, el escritor peronista considera a Roberto Arlt como un autor emergente de la pequeño burguesía urbana sin conciencia nacional, afectada por la crisis de 1929, creador de un realismo “imaginativo y siniestro” —superado en amplitud y permanencia por el de Manuel Gálvez—, en el que se refleja “un estado de desesperanza, de refugio en la propia individualidad exasperada, de escepticismo frente al país”, remedo de una conciencia política que no es más que “pura explosión sentimental”. En el párrafo que citamos a continuación, Hernández Arregi refuta por igual las posiciones de los dos intelectuales del Partido Comunista respecto de Roberto Arlt: “Su literatura no es ni progresista como lo ha pretendido Raúl Larra, ni reaccionaria, como lo ha sostenido Roberto Salama. Es el corte transversal de un sector social de Buenos Aires fotografiado en medio del desordenamiento económico y político del país que anuncia cambios revolucionarios de la sociedad en su conjunto. La literatura de Arlt no es revolucionaria, pero su desnuda brutalidad, es como la cámara subterránea de una subversión que se prepara en la oscuridad más allá de las intenciones estrechas disfrazadas de idealismo de sus personajes. Tampoco es reaccionaria, pues implica una crítica ruda a la sociedad, pero muestra la falta de solidaridad, el aislamiento aritmético de grupos urbanos cuyos individuos, en su egoísmo, deambulan fragmentados por el mundo. La obra de Roberto Arlt es indispensable para comprender la psicología de la baja clase media porteña pauperizada por la crisis e inclinada tanto a la fraseología revolucionaria como a los compromisos más abyectos.”