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Laura Schenquer

 lalauri79@hotmail.com

 

La Multitud, clave del proyecto político nacional[1]

Introducción:

 

Ciertos hechos sirven para destapar “cosas” que el lenguaje es hasta ese exacto momento incapaz de nombrar. En algunos casos, necesitamos palabras que permitan relevar los datos observados con científica veracidad. Y es ahí cuando nos encontramos enredados, utilizando términos con ingenuidad; no descubriendo que en ellos radica un significante y una tradición que va mucho más allá de lo que pensábamos estar diciendo.

Los acontecimientos del 19 y 20 Diciembre del 2001, el estado de movilización popular y la caída del gobierno constitucional, despertaron la necesidad de encontrar conceptos capaces de dar sonido a lo que de hecho se estaba viviendo. Multitud, titulaban a esa masa deforme de ciudadanos que había irrumpido en las calles, como hacía tiempo que no ocurría, incluso sin tener del todo claro el objeto ni las consecuencias últimas de lo que estaban haciendo.

Nombrar a esa desconocida masa de intrusos, requirió un real esfuerzo por encontrar en el lenguaje, algún concepto que lograse clasificar lo que no había tenido necesidad de ser dicho. Más allá de esto, quizás costaba reconocer el cuestionamiento a lo conocido como cotidiano - normal y por lo tanto moralmente correcto. Se evidenciaba el cambio de una tradición de prescindencia del colectivo por una “nueva” participación a través de la presencia. Y así, la misma necesidad de nombrar se convertía en causa y no consecuencia de que nada había de nuevo: ni en la práctica ni en el término. Sin duda, se trataba de la utilización de un concepto por demás frecuentado por los teóricos nacionales, y por lo tanto marcado por nuestras propias particularidades.

 

En estas Jornadas de Pensamiento Argentino, en las que se busca recuperar los grandes dilemas del pasado y vincularlos con la complejidad de nuestro presente; intentaré desarrollar un tema que se volvió ineludible para los principales exponentes del pensamiento político cultural de principios de siglo XX: el fenómeno de la multitud. El tener que reflejar que era lo que provocó el fracaso del progreso inevitable pronosticado por la generación del ’80. Llevó a la respuesta más inmediata, la afluencia de los males había sido introducidos por los inmigrantes. Si en un primer momento la consigna era civilizar al nativo por medio del contagio del europeo, luego la cuestión pasó a ser: cómo hacer para gobernar a esa inquieta masa de inmigrantes. De allí la importancia que adquiere el tema de la dominación de las multitudes en el desarrollo del proyecto político nacional.

Sin duda el “desconocimiento” de las propias teorizaciones o el “reconocimiento” de lo que en otros lugares se produce (ambos verdaderos ejemplos de “pedagogía colonialista”), permitió que el primer encuentro con el término “multitud”, haya venido del libro de Hardt y Negri. Imperio fue utilizado para dar explicación a esa masa de ciudadanos que había salido a ocupar las calles con cacerolas en mano o con el objeto de participar de las asambleas barriales. Sin embargo, la multitud no había sido inventado para estos pagos. Tampoco nos cabía con justa medida para dar cuenta de lo que acontecía, ¿era lo mismo lo que se estaba transmitiendo?, y además ¿qué características compartían las nuevas multitudes con las descriptas por Ramos Mejía?.

 

El tema era encontrar qué había despertado tanto revuelo. ¿Por qué no nos daba lo mismo pensar en término de multitud, masa o pueblo?. De hecho, incluso sí lográbamos ponernos de acuerdo refiriéndonos a la cosa como multitud, ¿qué estabamos diciendo?. Un fenómeno inédito en la Argentina de los últimos tiempos, permitió que fragmentos se encontraran sin pensar en las diferencias, ya que en esos instantes sólo se veía el embanderamiento tras una voluntad en común. Y sin embargo, aún nada implicaba, ¿cómo saber sí había algo de acción premeditada o si sólo se trataba del puro afloramiento del inconsciente colectivo?. 

 

Queda así establecida una primer problemática con la que se buscará abordar a dos autores claves del pensamiento político argentino: Ramos Mejía e Ingenieros. No se trata de un tema menor si tomamos conciencia que en los términos masa, pueblo, nación, muchedumbre o multitud, radica la diferencia de intencionalidad con la que los autores categorizan a una misma materia. Podrían convertirse en puntas del ovillo que buscan develar el sentir de una determinada época con respecto a las masas. Hecha dicha salvedad podremos llevar a cabo una investigación que de cuenta de la falta de purismo que existe en las apreciaciones. Éstas dejan traslucir la propia escala de valores de los autores, traspasando así el límite de cientificidad con el que pretenden dar a conocer sus investigaciones. Poder hacer un análisis de la convicción de los teóricos que fueron guías al menos de las elites cultas de la época, nos llevará a observar los aspectos condenables y destacables con los que se normaliza la realidad.

Y éste es el segundo elemento abordable: identificar los discursos criminalizantes, los que adjudican a sectores de la sociedad prácticas que llevan al estallido del orden. Pensar en términos de una ley de los comportamientos capaz de caracterizar a los sujetos más plausibles de convertirse en peligrosos. Los autores reconocen transformaciones en la materia prima, los individuos, de los que las masas se nutren, ¿qué implicancias tiene esto con respecto a las acciones que en conjunto son capaces de llevar a cabo?. El tema que llama la atención es la celebración de las prácticas normalizadas de las multitudes y su condenan frente al cualquier ejercicio que carezca de regulación. Y por lo tanto, no es que sí la teoría logra poner en orden y prevenir, entonces se reconocerá en los autores un juicio positivo del accionar de la multitud. La condena tiene que ver con la falta de repetición y de continuismo responsable ante las decisiones. Sin embargo, en la búsqueda científica de explicación de los comportamientos de las masas, parecería haber un intento por justificar sus actos heroicos y desdeñar los destructivos y bárbaros. ¿Qué elementos sirven para calificar en una u otra categoría?, ¿tendrá que ver con la necesidad de prácticas previas que autoricen los usos de las masas?. Intento abordar un aspecto que podría tener absoluta actualidad, al observar las jornadas del 19 y 20, cuando la opinión generalizaba no cuestionó a la multitud que se había reunido en Plaza de Mayo, aun qué sí condenó los hechos de saqueo a los comercios en los mayores centros urbanos del país. Tal vez, reeditando la crítica de Ingenieros a Ramos Mejía: “…mezclando de tal modo las cosas que la idea de multitud acaba condescendiendo a contenidos tan diversos como contradictorios…”[2], logremos entender esta doble concepción de multitud. Para luego, realizar el esfuerzo por situar, cuáles son los componentes de las mismas. ¿Quiénes son los hombres que integran esta entidad?,  ¿delirantes, inadaptados sociales o tal vez se trate del "hombre-carbono" que describe Ramos Mejía?. Y si fuera alguno o todos ellos a la vez, ¿qué los motivó a movilizarse?.

El observar el comportamiento colectivo inevitablemente implica tener en cuenta al individuo. Freud en el Malestar de la Cultura, analiza los aspectos de represión cultural a los impulsos naturales, mencionando los sacrificios individuales en pos de los beneficios que se obtienen como ser social; destacando así las razones que generan las conductas de agresión y violencia. ¿Qué piensan los autores nacionales al respecto?. No hay lugar para la represión de la que habla el psicoanálisis, sino que prima el estado delirante en las acciones violentas de estos hombres. De allí el temor que representan la sustitución del estado consciente individual por el inconsciente del colectivo. Sin embargo la solución, para Ramos, no tiene que ver con la eliminación de dicha entidad, sino con el encuentro del estado ideal anterior a la modernización, y la recuperación de la inminencia moral de las multitudes. Mientras que Ingenieros mostrando debida desconfianza, (en definitiva se trata del cuestionamiento al evolucionismo de la especie) tendrá en cuenta otros aspectos como la constricción, adaptabilidad y exclusión de los inmigrantes, para encontrar el equilibrio social buscado.

Ambos comparten la idea de que existen capacidades naturales de los individuos que hacen posible la adaptación y convivencia, haciendo referencia a la superioridad e inferioridad de los mismos según la graduación malthusiana. Lejos están  de pensar que los delitos y el malvivir tienen que ver con condiciones de la vida en sociedad sino más bien se trata de las insuficiencias patológicas con las que llega cada sujeto a la sociedad. Por lo tanto, todo queda reducido a una cuestión de identificación y medicalización de la enfermedad.

 

Necesitaremos del análisis entorno a la disciplina social y cultural que condiciona a los individuos para terminar de comprender temas que a los autores les quedan abiertos sin llegar a definir. ¿Por qué no dar cuenta de estos aspectos a través de un relato histórico que busque destacar la exigencia de comportamientos sociales reconocidos como normales?. La necesidad de dar un significado al presente nos lleva a hurgar en el pasado para advertir la artificialidad de ciertos usos que hemos dejado de cuestionar, con la convicción con que naturalmente son utilizados. En última instancia qué anuncian o qué denuncian las categorías de normalidad o histeria que califican a los individuos en sociedad. Se trata de entablar un diálogo con los usos del pasado para poder observar las características que se les imprimen en cada época. Porque el impresentable, el actor – autor de los hechos condenables, va adquiriendo matices particulares según un tiempo y una época determinada.

 

 

I.                   Lo normal de lo patológico: clasificación cientificista

 

            La interpretación de la sociedad argentina a partir de las disciplinas médicas, permitió clasificar los aspectos considerados como normales y separarlos de los que no lo eran, tal como si se tratara de la determinación de los síntomas de una enfermedad en la que se busca evitar su propagación. Así es como nos topamos con las características de las multitudes que Ramos Mejía (desde el departamento de Higiene y la Cátedra de Neuropatología), nos presenta para comprender y luego bloquear las instancias de organización. Es un método sumamente innovador, que busca dar cuenta de los comportamientos sociales a partir de combinaciones neurológicas. Por lo tanto, los hombres humildes, de inteligencia vaga y sistema nervioso rudimentario, serán los principales componentes de las Multitudes Argentinas.

Ramos Mejía compara la combinación entre moléculas para formar distintos cuerpos con la de “los hombres que también se combinan para formar la multitud”[3] determinando así, que habrá “infinitas variedades de multitudes”. Se trata de hombres de cuerpos simples que necesitan de la instrucción del grupo para  dejar de ser un nadie. Al igual que los átomos, el hombre-carbono, debe formar parte de una entidad mayor para convertirse en un sólo ser, a partir del cual actuar homogéneamente. ¿Qué nos pretende decir con esta analogía recubierta de cientificismo?. Resalta la hostilidad hacia el extranjero y la necesidad de nacionalizado, porque entiende que se trata de lograr el beneficio de la mezcla de razas: europeos con nativos. Vemos que el desdén ya no sólo recae sobre el gaucho calificado de vago, sino sobre el burgués extranjero que busca enriquecerse lo más rápido posible y sin ningún escrúpulo. Ambos marcan el límite del universo de hombres detestables. “En esta paleontología social Ramos Mejía describirá entonces los tipos desviados del guarango, el canalla, el huaso o le compadre, para detenerse nuevamente en la denuncia del burgués que se enriquece con la usura y permanece obstinadamente impermeable a las virtudes de la caridad y el patriotismo”[4]. Ramos Mejía es capaz de dar directos saltos entre sus conclusiones sociológicas y su conocimiento de la medicina patológica, reconociendo que las características que la multitud adquiera dependerán de la “inminencia moral” con la que se formen las futuras generaciones de argentinos. Este hecho le permitirá dar un carácter peyorativo a las multitudes en la etapa de modernización nacional, distinguiendo dos momentos de heroísmo anteriores como fueron las movilizaciones en las Invasiones Inglesas y la Revolución de liberación de 1810.

Justamente aquí radica la crítica que Ingenieros le realiza a su maestro, Ramos Mejía. La falta de coherencia en el relato de la historia nacional. La manera desarticulada con la que piensa a las Multitudes Argentinas, tiene que ver con la falta de método evolucionista y aprensión a la etapa de modernización. Vemos que sí bien ambos comparten una visión organicista de la sociedad y un interés por dar un saber normativo que permita clasificarla; las consecuencias son de lo más divergentes. Mientras que en Ramos Mejía hay una disposición intelectual por detectar cuáles son las formas de anormalidad, que puedan infectar al resto del cuerpo social; en Ingenieros se ve la precisa descripción de jerarquías sociales, denotando las formas que adquiere el criminal. No será un dato menor que Ingenieros pueda aplicar prácticamente sus conocimientos teóricos, primero desde el Servicio de Observación de Alienados de la Policía de Buenos Aires y luego, desde el Instituto de Criminología. Lo que Ingenieros realiza es la formulación de los dispositivos que en el proyecto nacional,  funcionarán como elementos de integración y segregación de los individuos. Es por eso tan interesante observar cuáles son los actores que para el autor requieren ser distanciados. Ahí vemos como lo hereditario va dando lugar a lo social, y los improductivos del período se convierten en los abominables. El lugar del vago anteriormente personificado en el gaucho de la zona rural, se traslada a la urbe en el comienzo del período de movilizaciones obreras. Así se convierte en peligro social el mendigo, el loco, el delincuente, etc… En definitiva, todos los que no terminan de adaptarse a la disciplina del mundo de trabajo capitalista.

 

Para Ingenieros el hombre medio, el normal, en definitiva el hombre domesticado. Del que no se pueden esperar grandes sobresaltos, ni siquiera incumplimiento de la ley ya que éste se adapta al medio, según la imitación de las conductas fijadas sin permitirse ningún arrebato espontáneo. Éstos son socialmente necesarios en tanto logran mantener la estabilidad, al frenar la fuerza de los hombres superiores que tienen una continua necesidad de impulsar el cambio saltándose los límites que las normas imprimen. El balance entre unos y otros es lo que en definitiva permite pensar a Ingenieros, en la continua perfectibilidad de la sociedad.

Distinguiremos al hombre mediocre del superior. Este último es capaz de imprimir sus variaciones propias, desadaptándose del medio social y sobresaliendo. Sin embargo, el autor reconocerá que uno es tan peligroso como el otro para la mentalidad colectiva. El creativo porque representa un factor de desequilibrio, al permitirse apartarse de lo establecido y “pensar con cabeza propia”. Mientras que el segundo actúa como conservador pero es útil en tanto permite la conservación de la estabilidad social.

Nos muestra la necesidad de uno y otro, el cumplimiento legítimo del papel que les toca interpretar para la continuidad de la vida en comunidad. El condenable es el hombre inferior que no logra adaptarse a la media social; que no puede crear ni tampoco seguir al resto. Nuevamente el discurso criminalizante contra los inadaptados, los criminales, los delirantes. En definitiva los improductivos, los que viven por fuera de la cultura dominante y a veces, inclusive apartados de la legalidad. Si bien no es lo deseable, el mediocre no es perjudicial para el resto. En cambio, para Ingenieros, es condenable la actitud del hipócrita, el que practica el tartufismo: el que obtiene ventajas al fingir virtuosidad. O sea, el hipócrita “artificial”, que no es fácil de detectar ya que está acostumbrado a guardar las apariencias, a respetar las formas, pero finalmente siempre está dispuesto a engañar a poderosos y miserables. No sólo miente a otros, sino que se miente así mismo creyendo que “no es pecar, pecar en silencio”, como sentencia el mito de Tartufo.

¿Qué es lo que en definitiva está condenando Ingenieros?, ¿por qué es el hipócrita moralmente inferior al mediocre?. Tal vez, lo que se encuentra en el fondo de todo esto, es el cuestionamiento a la capacidad de ciertos hombres de cometer delitos sin sentir culpa. O quizás, lo que molesta sea la imposible tarea de reconocerlos y diferenciarlos del resto. Si bien, hay una confesa aversión al delito, la condena va mucho más allá al referirse a la falta de escrúpulos del hipócrita. El poder cometer el delito sin sentir el peso de la culpa. Por lo tanto, el inválido moral es aún más decadente que el mediocre. O sea, Ingenieros puede tolerar a este último y a la mentira como simple reflejo de las actitudes comunes; pero no estará de acuerdo en permitir los actos de un hombre que a sapiencia de que son inicuos los cometa de todas maneras: “tienen la certidumbre íntima aunque inconfesa, de que sus actos son indignos, vergonzosos, nocivos… Por eso es insolvente su moral: implica siempre una simulación”[5]. Lo que no tolera es que estos “fronterizos de la infamia” como el autor los denomina, no accedan a ser domesticados bajo la moral común, y que actuando anormalmente cometan delitos.

¿Por qué los califica de anormales a estos comportamientos?. No queda del todo claro si para Ingenieros, la anormalidad es producto de la falta de disciplinamiento que les permite a los individuos actuar con consciente impunidad o en realidad los hipócritas actúan de esta manera porque ignoran el juicio del “tribunal interno”. Esta cuestión tiene que ver con la capacidad de violar la ley cuando la autoridad no vigila. Freud, dirá que ahí radica el cambio real de la modernidad, al interiorizar dicha autoridad ya no existe el temor por actuar sin ser descubierto; sino que el nuevo límite que controla la acción de los individuos tiene que ver con una continua angustia por no estar cumpliendo los mandatos culturales ideales. Esa disposición a sentirnos culpables todo el tiempo (a partir de la conciencia moral del hombre), es lo que Ingenieros no logra vislumbrar especialmente en el hipócrita, que al no arrepentirse por su modo de actuar antisocial deja en evidencia que en él no juega el ejercicio del control social interiorizado.

 

II.        La Multitud: la constitución del nuevo sujeto político

 

No todos los autores coinciden en que sea posible reconocer mecanismos de inhibición de las conductas colectivas, como ocurre a nivel de las conductas individuales. De hecho, la falta de alguna instancia de constricción (para Freud es lo realizado por la cultura) lleva a la acción instintiva y por lo tanto desdeñable de los individuos en multitud. Es el caso desarrollado por Le Bon, autor que si bien reconoce la importancia de las muchedumbres para el progreso de la historia, admite que éstas hacen que “el hombre descienda muchos grados en la escala de la civilización”[6] y que actúe como un bárbaro. Cuando lo instintivo predomina sobre lo racional, lo pasional hace que desaparezcan las actitudes de los hombres responsables y por lo tanto, da igual que sea “un gran matemático o un zapatero puede que exista un abismo desde el punto de vista intelectual pero desde el punto de vista del carácter, la diferencia es muy frecuentemente nula”[7]. Los individuos que entraron con sus propias particularidades, las pierden en la conformación del “alma colectiva” que los hace actuar homogéneamente.

¿Qué características tienen los hombres que forman ese colectivo social?. La principal es la de verse liberados de las restricciones que conscientemente ejerce su propia voluntad y desatarse así a actuar rápidamente a partir de los sentimientos que cualquier hecho pueda despertarles. “No es el individuo mismo, es un autómata, en quien no rige la voluntad”[8] sentenciará el  autor. En estos caso, se admite que los hombres movilizados por sus impulsos, no sepan del todo lo que se encuentran efectuando, ya que han perdido el sentido de discernimiento racional. Son capaces de actuar con el mayor heroísmo (como podría ser morir por el triunfo de una idea o proyecto de liberación nacional); y a la vez, son los mismos los que pueden cometer los peores crímenes cuando se reúnen en multitud, al sentirse capaces de todo y responsables de nada.

 

Ramos Mejía compartía la idea de Le Bon, de la regresión del hombre en multitud. Sin embargo, intenta generar un falso distanciamiento proponiendo que no son todos los sujetos capaces de componer dichas multitudes. Mientras que el teórico francés señala que al poseer todo hombre, el “alma de una raza” queda habilitado a verse igualado con sus semejantes, y poder convertirse en un único ser que piensa y siente de manera distinta de cuando se encuentra solo. Sin embargo, Ramos Mejía dice: “Difiero en eso de Le Bon y de otros, que piensan que puede constituirla aquel señor Todo-el-Mundo de que hablaba Bonet, cualquiera que sea su composición cerebral”[9]. Para luego desarrollar las características del hombre-carbono, que por su insignificante personalidad puede ser conquistado y convertido en un agregado del grupo.

Pero en realidad ¿no dicen ambos lo mismo?, qué importancia puede tener si son todos o sólo algunos los que las integran, sí ambos terminan asumiendo la pérdida de las acciones premeditadas que caracterizará al nuevo ser, llámense masas o multitudes. Es fundamental comprender que ambos observan el abandono del estado consciente de los individuos que las integran, a partir de lo cual son otras las fuerzas que los predeterminarán a actuar en formas diversas. Cabe pensar que más allá de puntuales actos históricos, ambos están admitiendo el carácter peyorativo de ser parte de la multitud. O sea, la inferioridad de los hombres a partir de no poder afirmar su personalidad y subordinarse a la “ley psicológica de la unidad mental de las muchedumbres”. No admiten que los individuos puedan haber premeditado y elegido desarrollar un sentido altruista, que los lleve a actuar en masa. Con lo cual, ser conscientes de querer formar parte de la multitud organizada. Sin embargo, hay un aspecto que podría tener este significado. Ramos Mejía observa la inminencia moral como elemento de recuperación histórica de los ideales de las multitudes coloniales. Sin despegarse de lo que había concebido con el calificativo de multitudes serviles, manifiesta la posibilidad de dar un sentido libertario a las primeras multitudes revolucionarias. Entonces, la frustración de los humildes no es sólo la que se expresaría en las conductas  en masa. A demás podría crearse la “inminencia moral” de la muchedumbre tiene claramente que ver con la capacidad de actuar coordinadamente prescindiendo de los hombres “meneurs”. Así, convertirse en autoras de épicos hechos que desplacen un tradicional comportamiento irresponsable y fácilmente impresionable. Es por eso, que el autor se referirá a los diferentes tipos de multitudes, según la combinación de sus componentes.

Ingenieros responde que se trata de una idea inadmisible, porque “confunde mil veces pueblo con multitud” al condenarlas y defenderlas según la ocasión. Dirá que la falta de método con el que se escribe el texto de Las Multitudes Argentinas, provoca una confusión entre arte y ciencia. Sin embargo, estará de acuerdo con el autor en que esa entidad, es el protoplasma que puede reiniciarlo todo configurando un nuevo arquetipo político.

Habiendo hecho una clara distinción entre los términos pueblo - multitud, cabe destacar que lo que aquí se pone en evidencia es la cuestión de las concepciones divergentes en los proyectos de configuración nacional; en los que sin duda, los mecanismos de disciplinamiento de las masas ocupan un lugar de radical importancia. Para Ingenieros las elites de gobernantes son las portadoras de la excelencia moral. Por lo tanto, ni acordará con el proyecto de voto universal ni con ningún otro que permita que las decisiones sean tomadas por la fácilmente manipulable multitud. Entonces, hay que reconocer que para Ingenieros no es “el pueblo el depositario de la nación”[10], sino que en realidad, la soberanía queda reducida a un grupo de políticos capaces de tomar autónomas decisiones. Sin embargo, no descarta que tanto la multitud como las elites, sea necesarias para el ejercicio del control mutuo, como así también para el disciplinamiento social.

 

            III. A manera de alcanzar una conclusión:

Lo destacables es que se buscó reconocer cuáles eran los factores que hacían hablar a los autores de una transformación del individuo en masa. Tanto Ramos Mejía como Ingenieros coinciden en la homogeneización de las conductas a partir de la anulación de los caracteres individuales. En ambos cabe reconocer el temor de las elites de gobernantes que al ver en crisis el proyecto de la generación del ’80, pretenden dar explicaciones a partir del delirio o comportamiento inmoral de las masas.

Lo que cabe destacar es la motivación del comienzo, en la búsqueda por reconocer qué nombrábamos con el término multitud. A qué se hacía alusión cuando en Diciembre de repente había aparecido por un pase de magia este nuevo actor. Y comprendimos que si multitud para algunos daba la idea de masa amorfa, de desestructuración de las formas de representación conocidas y legitimadas; para otros, era el principio en evolución de una simple ilusión o potencial de algo que podría ser. De hecho aún hoy seguimos hablando de los acontecimientos del 19 y 20, tal vez porque creer en un quiebre, nos permite pensar en otras formas de representación. Y al afirmar esto, queda en claro que no se puede hablar de esta multitud sin su pasado. Esta es la huella de complejidad de difícil nombre, ya que depende de la formulación en nuestro presente el sentido con el que pasará a ser pensada.

Este hecho se vincula directamente con el razonamiento de los autores, acerca de que los normales son los individuos que respetan la ley social y los inadaptados la enfermedad venérea de toda entidad. Así la preocupación central: ¿cómo controlar a las masas?, podría ser convertida en el proyecto liberal de encontrar los elementos enfermos y proponer la terapia adecuada. A lo cual, Ingenieros le agrega un plus de complejidad que en el Hombre Mediocre denomina como “justicia en la desigualdad”, un plan de sociedad ideal a partir del equilibrio perfecto entre las dos razas cada una con su moral.

La civilización a la que se somete el individuo no es la consecuencia última de la represión a su instinto sino que la misma participación en sociedad es la que se satisface o frustra. El hombre al entrar en sociedad, al ser civilizado, al participar de una entidad superior ve amenazado su yo como individuo particular pero esto es parte del mismo proceso de individuación. La sumisión o la rebelión hacia las imposiciones en comunidad irán determinando momentos de mayor normalidad y/o neurotismo, entre los cuales la multitud irá definiendo el juego político.

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

-          Freud, S.: El Malestar en la Cultura, Tomo XXI.

-          Fromm, Erich: El miedo a la libertad, edit. Paidos, España, 1984.

-          González, Horacio: Restos Pampeanos, ediciones Colihue S.R.L., Bs.As., 1999.

-          Hardt, Michael y Negri, Antonio: Imperio, Paidós, Bs. As, 2002.

-         Ingenieros, José: Antimperialismo y Nación, Introducción de Oscar Terán, edit. Siglo XXI, colección América Nuestra, México, 1979.

-          Ingenieros, José: El Hombre Mediocre, Buro Editor S.A., Bs.As., 2000.

-          Le Bon, Psicología de las Multitudes, Ed. Albatras, Bs.As., 1978.

-          Ramos Mejía, José M.: Las Multitudes Argentinas, colección Conocimiento de la Argentina. Selección de la Cátedra.

-          Ramos Mejía, José M.: Las neurosis de los hombres célebres en la historia argentina / 1878-1882, Fuente: Segunda edición (completa en 1 volumen) con prólogo de José Ingenieros; Buenos Aires, La Cultura Argentina, 1915. www.lacapital.com

-          Ramos Mejía, José María: Los Simuladores de Talento, edit. TOR S.R.L., Bs.As., 1955.

-         Soler, Ricaurte: El positivismo Argentino. Pensamiento Filosófico y Sociológico, edit. Paidos, Bs.As.

-         Terán, Oscar: J.M. Ramos Mejía, A. Alvarez, C.O.Bunge y J. Ingenieros: Positivismo y nación en la Argentina, edit. Puntosur S.R.L., 1987.

-         Villavicencio, Susana: Filosofía de la Ciudadanía, Sujeto Político y Democrático. Compiladores Quiroga, Villavicencio y Vermeren, edit. Homo Sapiens, Rosario, 1999.

-         Virno, Paolo: Gramática de la Multitud: para un análisis de las formas de vida contemporáneas. Puñaladas ensayos de Punta, edit. Colihue, Bs.As., 2003.

 



[1] Trabajo realizado por Schenquer Laura para las JORNADAS DE PENSAMIENTO ARGENTINO”

Rosario, 20, 21 y 22 de noviembre de 2003

Sede de Gobierno de la Universidad Nacional de Rosario

 

 

[2]González, H.: Restos Pampeanos, pág. 35.

[3] Ramos Mejía, J.: Las Multitudes Argentinas,  pág. 32.

[4]Terán: Positivismo y Nación en la Argentina, pág. 25.

[5] Ingenieros, J.: ibid.,  pág 59.

[6] Le Bon: Psicología de las Multitudes, pág. 36.

[7] Le Bon: ibid., pág. 33.

[8] Le Bon: ibid., pág. 36.

[9] Ramos Mejía,  Las Multitudes Argentinas, pág. 30.

[10] Villavicencio, S.: J. Ingenieros y el imaginario positivista de la ciudadanía, en Filosofía de la ciudadanía, pág. 119.