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“El Matadero” de Echeverría y el retrato de la violencia.

 

José Gabriel Giavedoni

Faculta de Ciencia Política Y RRII

Universidad Nacional de Rosario

Octubre, 2003

 josegiavedoni@hotmail.com

 

“Esta inseguridad de la vida, que es

habitual y permanente en las campañas,

imprime, a mi parecer, en el carácter argentino

cierta resignación estoica para la muerte

violenta. [...] indiferencia con que dan o reciben

la muerte, sin dejar en los que sobreviven

impresiones profundas y duraderas.”

Domingo F. Sarmiento, Facundo

 

 

“El matadero”, escrito por Esteban Echeverría alrededor de 1838 y 1839, y que recién ve la luz en 1871, año en que Juan María Gutiérrez lo publica en la Revista del Río de la Plata, posee algunos rasgos característicos de lo que se dio en llamar el romanticismo literario en el Río de la Plata. Pueden encontrarse en él características que definieron a aquel movimiento artístico en este horizonte cultural, ya que es posible apreciar en el relato la realidad geográfica, histórica y cultural que lo define y le da sentido, la exaltación de lo popular sobre los aristocrático y una prosa que da cuenta de un libre ejercicio de la escritura más que de un seguimiento estricto de las reglas y normas que señalaron la forma de escribir hasta ese momento.

El Matadero comienza narrando ciertas circunstancias precisas que constituirán el marco a partir del cuales se desarrollará el transcurso del relato. Estas circunstancias que aparecen como el marco y límite del relato son principalmente, la carencia de carne en un Buenos Aires en vísperas o en el transcurso de la cuaresma, ya que la Iglesia instaba a la abstinencia de los estómagos durante el transcurso de dicho rito. Esta carencia de carne se  ve empeorada por una temible lluvia (veremos más adelante porqué “temible”) que inunda gran parte de la ciudad y dificulta la llegada de los pocos contingentes de animales, destinados solo a niños y enfermos en esa fecha. Es a partir de estos elementos que Echeverría construirá el resto del relato, ya que en ellos se encuentran contemplados la figura del rito, la idea de carne y la noción de temibilidad como componentes estructuradores del relato.

Como acabamos de decir, uno de los asuntos que se encuentra presente en El Matadero, si bien no perfectamente tematizado pero sí localizable en los márgenes del relato y que lo atraviesa del comienzo al final, lo cual indica que es uno de los elementos que va dotando de forma a dicho relato, es el de la carne como componente que estructura la narración. Aproximadamente un año antes de la escritura de El Matadero, Echeverría ya había dado cuenta de este asunto, de la cuestión de la carne, en un pequeño escrito titulado “Apología del matambre”, lo que indica ciertamente que era un asunto que no pasaba desapercibido para el joven Echeverría, ni adquiría tampoco connotaciones meramente descriptivas de unas prácticas ordinarias de este terruño. Ocurre que las líneas trazadas en cada uno de estos relatos, de El Matadero y Apología, permiten hacer una particular lectura que los situaría a cada uno en las antípodas con respecto al otro. Es decir, la carne asume en ambos relatos cierta centralidad, no pasa inadvertida, pero en cada relato adquiere significados diferentes, en uno es la ponderación, engrandecimiento, aplauso, bandera nacional, en otro defenestración, ignominia, barbarie y símbolo antipatria. En uno asume cierto carácter virtuoso, en el otro una clara identificación con lo pecaminoso. En su Apología, Echeverría construye la figura del matambre como símbolo de identificación nacional y de diferenciación con lo de afuera, es decir, como un claro elemento identitario. Esta construcción aparece claramente cuando Echeverría expresa: “Griten en buena hora cuanto quieran  los taciturnos ingleses, roast-beef, plum pudding: chillen los italianos, maccaroni, y váyanse quedando tan delgados como una I o la aguja de una torre gótica. Voceen los franceses omelette soufflé, omelette au sucre, omelette au diable; digan los españoles con sorna, chorizos, olla podrida, y más podrida y rancia que su ilustración secular. Griten en buena hora todos juntos, que nosotros, apretándonos los flancos soltaremos zumbando el palabrón, matambre,  y taparemos de cabo a rabo su descomedida boca”. Es sumamente interesante observar cómo Echeverría, con la apelación a este elemento de carácter estrictamente culinario, construye un elemento de identificación nacional, es decir, el intento de crear y difundir símbolos, valores y sentimientos de pertenencia en una comunidad a través de una operación cultural que se produce en el plano de lo gastronómico. Esta percepción que Echeverría tiene sobre la carne, específicamente sobre el matambre, se verá absolutamente desplazada en el otro relato. En la percepción que construye en El Matadero, le retira todo carácter virtuoso, sensual y nacional para dotarla de todos sus contrarios, lo pecaminoso, lo insoportable, el sanguinario de la patria. Es en este marco de El Matadero, en donde la violencia irrumpirá fuertemente en la escena, asumirá determinadas formas y será retratada de una manera particular.

Con la presencia y la paulatina consolidación cada vez mayor del Estado en Argentina, las diferentes manifestaciones de la violencia irán abandonando el centro de la escena y se trasladarán hacia sus bordes, hacia sus márgenes. Con una delimitación precisa de las fronteras, demarcación clara del territorio y su respectiva pacificación, la violencia difusa e intestina que le dio forma hasta este momento, se retira hacia los confines. El aplacamiento de los enfrentamientos regionales, levantamientos de caudillos locales y las luchas entre diferentes facciones políticas contribuye al reconocimiento de la soberanía del estado argentino. En este momento, la difusión de las violencias esparcidas por el seno de la sociedad se retiran hacia sus orillas y se concentran en determinadas manos que la monopolizan. Es en este gesto de monopolización que produce la transformación de la violencia esparcida en una violencia estatalizada, lo que recompone en un centro aquello que antes se encontraba desperdigado, disipado y se difundía fácilmente, a condición de verse la violencia gobernada por el Estado. Esa violencia evidente en el centro y en los márgenes de la sociedad desaparece, esas escenas magníficamente representadas en El Matadero de Esteban Echeverría, no se hallarán más en la vida de la sociedad argentina, salvo casos excepcionales, que justamente asumirán ese carácter de excepcionalidad.

Una de las características trascendentales de la violencia y que dará acto de presencia en el relato, es la de su rápida diseminación y difícil caducidad que posee en el seno de una sociedad. Una vez que la violencia irrumpe y hace aparición, una vez que da muestra de su presencia, comienza a expandirse rápidamente, se propaga velozmente por los intersticios menos pensados, llegando a convertirse en un fenómeno sumamente dificultoso para ponerle freno, sujetarlo, obstaculizar su desenvolvimiento. Con respecto a esta característica, René Girard en su libro “La violencia y lo sagrado”, señala que “una vez que se ha despertado, el deseo de violencia provoca unos cambios corporales que preparan a los hombres al combate. Esta disposición violenta tiene una determinada duración. No hay que verla como un simple reflejo que interrumpiría sus efectos tan pronto como el estímulo deje de actuar.” Esta es la violencia intestina, la que se encuentra apaciguada, latente y que ante el menor roce reacciona, ante el menor estímulo muestra títulos de su manifestación. Las escenas de El Matadero despiertan la sensación de que esa violencia ha sido incitada, de que todo rincón se encuentra teñido de su color y que por tal motivo, requiere que sea inmediatamente satisfecha, ya que en su defecto continuará difundiéndose expeditivamente. La satisfacción de ello se adquiere logrando transformar esa violencia intestina, indefinida, difusa, en una violencia localizable, dirigida a algo o a alguien. Se debe transformar su carácter difuso e indefinido en algo determinado y delimitado, y esta operación de transformación se logra cuando, se hace posible localizar un objeto hacia donde vayan dirigidas todas las miradas, el objeto que asume la culpa de todos los males. Esto aparece fuertemente plasmado en las escenas de El Matadero construidas por Echeverría.  

Esta obra, escrita en medio de la vorágine de la confederación rosista, pone en evidencia, a través de su fuerte presencia en el centro de la escena descripta por Echeverría, aquello que hemos denominado violencia intestina, y también, quizás con cierta audacia, finalmente logra visualizarse la forma en que esta violencia logra satisfacerse, es decir, la forma en que la violencia logra dirigirse hacia un objeto en particular, localizable y de esta manera, logrando exorcizar todos sus dotes para la propagación, el contagio y la generalización. El matadero de la Convalecencia es el lugar en donde transcurre este relato, historia cargada de carniceros, achuradores, curiosos, perros hambrientos. Pero las escenas de desconcierto, de furia, de indiferenciación violenta, son previas a la puesta en el centro del acontecimiento del matadero, y es precisamente a esto cuando hacía referencia a la noción de temibilidad que aparece atravesada en el relato. Echeverría construye un marco de desconcierto, de temor de la población a partir del narración de un descomunal diluvio que se precipitó sobre Buenos Aires en los momentos en que transcurre el relato. De tal magnitud resultó ser la lluvia caída y las inundaciones que aparecieron como correlato de ella, que se organizaron plegarias, rezos y una adjudicación colectiva de la culpa a los unitarios: “Ay de vosotros unitarios impíos  que os mofáis de la Iglesia, de los santos, y no escucháis con veneración la palabra de los ungidos del Señor”. Es decir, Echeverría escenifica un día en el matadero pero enquistándolo en una matriz más general en donde el temor, la incertidumbre y la inseguridad son los elementos que dan forma a dicha matriz. Esto permite inferir que, a pesar de que la narración se concentre en el transcurso de un día y que ello haga aparecer el relato como una excepcionalidad, como el retrato de una jornada anómala y monstruosa, permiten inferir, reitero, que los elementos que Echeverría construye para esa matriz general en donde inscribe el relato de la jornada particular en el matadero, sean fácilmente extensible más allá y más acá de dicha jornada, que aparezcan como un continuum.

El matadero asume la centralidad, no solo como espacio físico en donde se desenvuelve el relato, no solo como el sustento material de la historia narrada, sino como lugar esencial en el ejercicio de la violencia rosista. Juan María Gutiérrez, al comentar este cuente expresaba que “...el matadero fue el campo de ensayo, la cuna y la escuela de aquellos gendarmes de cuchillo que sembraban de miedo y de luto todos los lugares...”. Las escenas que describe Echeverría están cargadas de sangre, muerte, desinhibición, furia, ira, en donde se logra percibir la circularidad y difusión desenfrenada de la violencia, una violencia que está y es descubierta en todos lados y a su vez en ninguna parte específica, una violencia que se encuentra desperdigada por doquier y que por lo tanto no se logra concentrar en ningún punto determinado, y es esto precisamente lo que la convierte en peligroso. La presencia de la sangre en el relato de Echeverría es constante, permanente, todo el relato se encuentra teñido de su color y de su potencia y, recurriendo una vez más a Girard, “está claro que la sangre ilustra de manera notable toda la operación de la violencia. [...] la sangre que envejece en el mismo lugar donde ha sido derramada coincide con la sangre impura de la violencia, de la enfermedad y de la muerte.” Describiendo el momento inicial de la matanza, Echeverría refiere que “cuarenta y nueve reses estaban tendidas sobre sus cueros y cerca de doscientas personas hollaban aquel suelo de lodo regado con la sangre de sus arterias. [...] La figura más prominente de cada grupo era el carnicero con el cuchillo en mano, brazo y pecho desnudos, cabello largo y revuelto, camisa y chiripá y rostro embadurnado de sangre”, y siguiendo con la descripción de ese escenario, aparecen “...enormes mastines, olfateaban, gruñían o se daban de tarascones por la presa”. El escenario que pinta Echeverría, es el de un lugar en donde una multitud prácticamente indiferenciada se introduce en un circuito de cólera, de demencia, de impurezas, contaminaciones, rozando entre cada uno y reproduciendo esa condiciones, quizás hasta límites intolerables.

El relato da cuenta de un momento insostenible, ya que la violencia retratada exhibe una circulación vertiginosa, un estado en donde todos los presente se rozan con ella y al mismo tiempo la ejercen, es decir, la reciprocidad violenta se encuentra a la orden del día en el matadero, esparcida por doquier. Esta circularidad, esta difusión de la violencia aparece retratada a través del ejercicio de arrojarse pedazos de carne o entrañas del animal muerto entre los que se encontraban en el lugar: “Varios muchachos gambeteando a pie y a caballo se daban de vejigazos o se tiraban bolas de carne [...] De repente caía un bofe sangriento sobre la cabeza de alguno, que de allí pasaba a la de otro, hasta que algún deforme mastín lo hacía buena presa, y una cuadrilla de otros, por si estrujo o no estrujo, armaba una tremenda de gruñidos y mordiscones”. Pero no solo a través de esta especie de lucha, en donde se desparramaban pedazos de tripa o carne acompañados de sangre, es en donde puede apreciarse esa situación de tensión, ese momento de liberación de la agresión, sino también, a través de la manera en que Echeverría describe la forma en que las personas se apropiaban de los pedazos de carne, de las entrañas del animal e intentaban establecer un sentido de pertenencia sobre ello. Así, en el relato, mientras el carnicero se encontraba carneando la res a la vista de todos, una mujer logra apoderarse de un pedazo y emprende la retirada del tumulto; en el instante en que es descubierta le gritan: “-¡A la bruja! ¡A la bruja! –repitieron los muchachos-: ¡Se lleva la riñonada y el tongorí!- Y cayeron sobre su cabeza sendos cuajos de sangre y tremendas pelotas de barro.” También están aquellas que sí logran hacerse de algún pedazo: “...dos africanas llevaban arrastrando las entrañas de un animal; allá una mulata se alejaba con un ovillo de tripas y resbalando de repente sobre un charco de sangre, caía a plomo, cubriendo con su cuerpo la codiciada presa. Acullá se veían acurrucadas en hilera cuatrocientas negras destejiendo sobre las faldas el ovillo y arrancando uno a uno los sebitos que el avaro cuchillo del carnicero había dejado en la tripa como rezagados, al paso que otras vaciaban panzas y vejigas y las henchían de aire de sus pulmones para depositar en ellas, luego de secar, la achura.” La situación llega a un punto extremo cuando, accidentalmente y en medio de una muchedumbre que vociferaba a gritos, un niño es decapitado por un lazo que estaba sujetado a la cabeza de un toro: “...se vio rodar desde lo alto de una horqueta del corral, como si un golpe de hacha la hubiese dividido a cercén, una cabeza de niño cuyo tronco permaneció inmóvil sobre su caballo de palo, lanzando por cada arteria un largo chorro de sangre”. El derramamiento de sangre del niño, la difusión y dispersión de esa sangre en el matadero, su mezcla con la sangre animal no solo no detiene el desenfreno reinante, la cólera desatada, sino que por el contrario lo potencializa aún más. La confusión de la sangre del hombre con la sangre del animal, esa indiferenciación que se produce en el momento en que la sangre derramada de un niño se confunde con la sangre derramada de los animales, ocasiona una inusitada descarga de violencia, ya que no es posible distinguir entre la sangre de un hombre y la sangre de un animal; en consecuencia, la pérdida de esa diferencia que ocasiona la confusión violenta, introduce a los hombres en un enfrentamiento perpetuo, reproduciendo la carencia de ese carácter distintivo, y tornando indispensable reconstruir las diferencia sobre las que todo orden se asienta. De esta manera, el desenfreno continúa cuando en medio de la misma muchedumbre, “Matasiete [uno de los carniceros] se tiró al punto del caballo, cortóle el garrón de una cuchillada y gambeteando en torno de él con su enorme daga en mano, se la hundió al cabo hasta el puño en la garganta mostrándola enseguida humeante y roja a los espectadores. Brotó un torrente de la herida, exhaló algunos bramidos roncos, vaciló y cayó el soberbio animal”.  Esta situación da cuenta del carácter mimético de la violencia, ya que en el seno de la escena representada por Echeverría, aparece un gran capital acumulado de odio, rencor y desconfianza que se motoriza expeditivamente, en donde los hombres que allí se encuentran no dejan de vivir de él y de reproducirlo. En este sentido, una vez que la violencia se ha instalado en el centro de la escena con tanta fuerza, como así lo muestra Echeverría, la violencia desatada no se extingue por si sola.

Nos encontramos en El Matadero con el fenómeno opuesto al de la unanimidad de la violencia, como aquella que se recompone y se reunifica en algún punto determinado al cual se dirigen las miradas y la agresividad de los anteriormente involucrados. En verdad esta unanimidad de la violencia se reconstruirá en el final del relato, recién ahí logra percibirse cierta calma, puede leerse cierta resolución de la ira inicial, se logra canalizar toda esa furia hacia un objeto que se erigirá como la víctima propiciatoria, aquel sujeto de recambio que permite recomponer lo que se había descompuesto en la violencia desenfrenada, a través de la adjudicación de todos los males a un único responsable. Como dijimos anteriormente, una vez que la violencia intestina se ha instalado en el centro de la escena, difícilmente pueda disiparse, sino es a través de una transferencia, de un desplazamiento que supone convencerse que solo uno de los hombres es responsable de sus males, que solo uno debe asumir todas sus culpas, una operación que recompone y reunifica aquello que antes se encontraba diseminado y difundido. Esa operación de desplazamiento colectivo que hace recaer sobre las espaldas de un solo hombre lo que antes se encontraba desperdigado, despliega sobre la ira y el desenfreno general, sobre los odios y las rivalidades, una especie de conjuro de la violencia colectiva, logrando aplacar las agresiones recíprocas que se hubieran dispensado en caso de la ausencia de esa operación de transferencia. Es el momento del relato en que aparece en escena la víctima propiciatoria, el chivo expiatorio sobre el que caerán todas las violencias del grupo y que, de esa forma, contribuirá a retornar cierta calma ausente y a reintegrar las diferencias antes desplazadas. Es el momento de la aparición del salvaje unitario, del peligro hecho hombre, de la encarnación de todos los males y todas las desgracias ocurridas en la Confederación. Pero antes de dar cuenta de este rito sacrificial humano con el que termina el relato, debemos señalar que en la mitad de éste aparece otro rito sacrificial, pero esta vez llevado adelante a través de un animal. Seguramente, en un primer momento resulte paradójico hablar de rito sacrificial de un animal en un matadero, es decir, una ceremonia que se realiza en casos excepcionales pero en un lugar en donde matar animales es no solo corriente sino razón de ser de su existencia. Ocurre que la escena de este rito en el relato ocupa centralidad, no solo porque se encuentra en la mitad del relato (dato que puede pasar por circunstancial pero creo que no lo es), dotándolo de cierta simetría y equilibrio una vez que se termina su lectura, como punto medio a través del cual se sostiene el relato, sino también, porque Echeverría se detiene sobre ello y narra una larga escena en donde el animal, un toro, se escapa y provoca un feroz escándalo por todos los lugares en donde atraviesa; es el mismo animal que causa la muerte del niño por decapitación. Lo cierto es que, este aparente revuelo impresionante que causa el toro al escaparse, se aloja en esa excitación que se encontraba presente antes que todo ello ocurriera, en ese entramado de furia continua. Es decir, el ambiente era el propicio para que ocurra lo que ocurrió, y en cierta medida, resulta más difícil pensar que las cosas se hubieran desarrollado de otra manera que de la forma en que lo hicieron. Así, el desplazamiento colectivo opera cuando el toro es visualizado como el único culpable de todos los desmanes, el mal en presencia: “...su brío y su furia redoblaron; su lengua estirándose convulsiva arrojaba espuma, su nariz humo, sus ojos miradas encendidas”. Por ello, el animal es trasladado a un lugar para que purgue sus males, para que se purifique y con ello expíe al resto de la colectividad: “Juntáronse luego sus perseguidores que se hallaban desbandados y resolvieron llevarlo en un señuelo de bueyes para que expiase su atentado en el lugar mismo donde lo había cometido”.

Finalmente, el sacrificio humano, el que da fin al relato y al contagio de la violencia. Para este unitario no cabía otra cosa que la mazorca. Lo trascendente de esta parte del relato se encuentra en la manera en que se dispone la forma para matarlo. Una gran mesa ubicada en el centro de una casilla en el mismo matadero, rodeada de toda la gente, pero su ejecución encargada únicamente a la mazorca, únicos que pueden ensuciarse con la sangre impura del unitario, evitando de esta forma que dicha sangre se desparrame y manche a la muchedumbre que observaba cuidadosamente. Curiosamente, cuando “...un torrente de sangre brotó borbolloneando de la boca y las narices del joven [unitario]y extendiéndose empezó a caer a chorros por entrambos lados de la mesa”, esto dio lugar a la finalización del espectáculo, el mal había sido exorcizado, la metamorfosis de la sangre había operado, y lentamente la muchedumbre fue desocupando el lugar para alejarse de la impureza que su violencia había conjurado.  “A esta mala sangre inmediatamente estropeada, se opone la sangre fresca de las víctimas recién inmoladas, siempre fluida y bermeja, pues el rito sólo la utiliza en el instante mismo en que es derramada y no tardará en ser limpiada” había expresado Girard. Puede observarse como este rito sacrificial humano adquiere cierto aire festivo, ceremonia en la cual todos quieres ser parte del festejo y en cierta medida lo son ya que, gran parte de la fuerza de los verdugos mazorqueros se encuentra alrededor de ellos, es decir, en quienes observan, por lo que se terminan convirtiendo ellos mismos en verdugos.

Los objetos sobre los cuales opera este desplazamiento al que hicimos referencia hace un momento, según Girard deben poseer para que logren su cometido dos características, características que den cuenta de cierto vínculo con la comunidad que se pretende preservar. De esta manera, nos parece que tanto el animal como el hombre, el toro como el unitario poseen esas características. El objeto al cual se transfiere la violencia esparcida y sobre el cual se unifica, no debe ser absolutamente ajeno a la comunidad ni se debe identificar plenamente con ella, no se debe dar ni una exuberante ruptura ni una excesiva continuidad, ya que con una desmedida ruptura el objeto no atraerá hacia si esa violencia difusa, el objeto aparecerá como absolutamente ajeno y no surtirá efecto, y ante una desmedida continuidad entre el objeto y la comunidad, ésta identificará consigo misma el objeto y potenciará la violencia diseminada ya existente. En el caso del toro, la diferencia es visible lo cual no hace peligrar la caída en la confusión, pero no resulta un elemento absolutamente extraño capaz de provocar la ruptura, ya que se trata de un lugar en donde se acostumbra a rozarse con los animales. Pero este roce con los animales, que aparentemente puede suponer cierta naturalización de la matanza y por lo tanto el animal como un objeto inadecuado para cumplir los objetivos que un rito sacrificial se propone, no ocurre con el toro que aparece en el relato, ya que sobre él se construye una fuerte diferenciación con el resto de los animales a través por un lado, de las desgracias descomunales que causó, y por otro, de la extrañeza y sorpresa que ocasionó la presencia de un toro en un lugar donde se encuentra prohibido su ingreso: “Un toro en el matadero era cosa muy rara, y aún vedada”. En el caso del unitario, el vínculo está en primer lugar en su condición de hombre y de miembro de la comunidad. Sin embargo, ahí mismo opera una fuerte diferenciación ya que, su condición de hombre y su pertenencia a la comunidad se encuentran supeditadas a las significaciones que sobre él recaen. Es decir, para la confederación rosista los unitarios se encuentran más cerca de parecerse a bestias que a hombres, y por este motivo, son los mismos federales los que se encargan de hacerlo parecer un tanto más a ellos pero sin llegar a la confusión, a través del corte de las patillas en U que solían portar los unitarios, operación difamante pero efectiva: “-A ver las tijeras de tusar mi cabello [dijo el juez del matadero], túsenlo a la federala. / Dos hombres le asieron, uno de la ligadura del brazo, otro de la cabeza y en un minuto cortáronle la patilla que poblaba toda su barba por bajo... / ...ya estás afeitado a la federala [volvió a decir el juez], solo te falta el bigote. Cuidado con olvidarlo.”

El relato comienza con un ritual y concluye con otro, de la cuaresma al sacrificio, del cuerpo de Jesús al cuerpo del unitario, ambos muertos por nosotros, ambos cuerpos salvadores. El relato sigue atravesado por un continuum violento que debe conjurarse a través de aquellos actos también violentos que anteriormente fueron narrados. La violencia asume la forma del phármakon, como veneno y como cura, la primera asume una forma colectiva y desenfrenada, la última una forma restringida, unificada y funcional. La violencia plasmada en el relato parecía que lo destruía todo pero terminó salvando, la muerte del unitario, el tremendo daño que se le infringe a su cuerpo indica a través de un imperceptible gesto el reacomodamiento de los elementos en esa pequeña república que era el matadero, la flagelación y muerte del unitario logra a tiempo la calma del resto. En el acto sacrificial de dar muerte, momento en que la victima sacrificial reúne alrededor de si y sobre si todas las miradas, todas los odios, todos los rencores, todas las blasfemias, es el momento de mayor concentración y potencia de la violencia. De manera que, la narración argentina del siglo XIX comienza con asesinatos, con sangre, con muerte, con confusión y finalmente con el asentamiento del carácter constructivo y fundador de la violencia. Esa violencia evidente instalada en todo el conjunto del entramado social, tanto en el centro como en los márgenes de la sociedad, desaparece, la muerte del unitario se presenta como la escena fundacional de la centralización de la violencia en el Estado. Si en la Apología la operación cultural y en cierta medida fundacional, se realiza a través de un corte de carne, en El Matadero la operación cultural y fundacional se realiza a través de un asesinato, el acto político original por excelencia.

 

Rosario

Octubre, 2003