Make your own free website on Tripod.com

Los usos de la Pampa

 

El desierto como articulador del discurso

político en el “Facundo”

 

Yael Gaisiner

ygaisiner@hotmail.com

 

El texto del Facundo constituye para generaciones de argentinos un invariante histórico, eco pasado de las voces actuales al que repetidamente se vuelve en busca de una explicación que asegure, por una ilusión de continuidad, los precarios avatares de la política presente, que ennoblezca, por la inserción en una tradición nacional fundadora, los proyectos políticos futuros, en fin, paradójicamente, que denuncie el origen de nuestros padecimientos actuales mediante el denuesto de las posiciones de su autor,  no siendo ya la sombra terrible de Facundo la invocada, sino la no menos terrible de Sarmiento, su fascinado creador, su destructor.

Esta invocación no se hace, sin embargo, sin cierta incomodidad. Texto de pretensiones sociológicas claras, en cuanto se abre con el explícito propósito de “explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran la vida de un noble pueblo”[1], es curiosamente también aquel que establece uno de los anclajes más perdurables del pensamiento argentino, en cuanto lo divide en dos campos antagónicos que se reclaman eternamente sarmientinos o antisarmientinos, en contextos políticos diversos, con sentidos que van desde el progresismo liberal hasta las más recalcitrantes invocaciones del orden y la jerarquía. Lejos de cualquier pretendido objetivismo científico, este texto asume históricamente un papel de identificador de los partidos que -se- debaten en las pasiones de la historia política argentina. Nos proponemos entonces desentrañar la operación discursiva que lo vuelve -tan diversa y contradictoriamente- convocante.

   El mismo Sarmiento deplora esta doble situación en que queda suspendido el Facundo, para quien: “el Facundo adoleció de los defectos de todo fruto de la inspiración del momento, sin el auxilio de documentos a la mano, y ejecutada no bien era concebida, lejos del teatro de los sucesos y con propósitos de acción inmediata y militante”[2], aún más: “fáltales ... el hilo que ha de ligarlos en un  solo hecho”[3]. Hay sin embargo hoy para nosotros, más riqueza en este texto militante que en la obra de sociología de la que se prevalía Sarmiento al escribir su libro. En efecto, si con Nietzsche consideramos que “algo que existe (...) es interpretado una vez y otra por un poder superior a ese algo hacia nuevos objetivos; es apropiado de una forma nueva,  transformado y adaptado a una nueva utilidad”, y que “De este modo, toda la historia de una “cosa” -un órgano, un uso- puede equivaler a una ininterrumpida cadena indicativa de interpretaciones y reajustes siempre nuevos.(...) [siendo] la forma … fluida, pero aún más …el sentido”[4], podremos, siguiendo la semantización que en el Facundo adquieren pampa y desierto, mostrar algo de la acción política que guía este texto en sus operaciones, digamos, discursivas. Es que, según nuestra lectura, el Facundo no es tanto el resultado de fuerzas en lucha por establecer la interpretación y con ella el sistema valorativo de los hechos argentinos de su siglo, antes bien, el intento del hombre político Sarmiento de intervenir decisivamente d’un coup de force en la formación de los hechos que componen la temprana historia política de la nación. Esta apreciación está explícitamente sostenida por el propio Sarmiento en su “Carta Prólogo”, y en el epígrafe que abre su libro pidiéndole al historiador, a más su imparcialidad, que no permanezca indiferente al drama de los hombres. La difícil ambigüedad de este imperativo parece resolverse en el texto por la segunda opción[5]. Esta precipitación es el hilo que Sarmiento estima faltar en la concepción de la obra.

La operación interpretativa en la que nos concentraremos es la creación de significados diversos, unidos sin embargo por el mismo signo valorativo, para los significantes, repetidamente intercambiados, pampa-desierto. Habremos de tener en cuenta que esta operación se produce en dos niveles distintos, por un lado, en el nivel del texto, contraponiéndose a otros significantes con opuesto signo valorativo (ciudad, ríos navegables, campañas agrícolas, etc.) operación que es sin embargo bastante explícita, por el otro, en un nivel de discurso, creando una contraposición que sirva a la contravaloración, a la vez que creando el criterio de anclaje y así el objeto de su discurso, mediante la creación del campo cuya reflexión es el objeto[6].  Todo objeto de una problemática teórica, es, pues, en primer lugar, el síntoma apenas velado del campo en que sólo se puede situar ese objeto, de manera que lo visible del objeto define también el campo que lo constituye a la vez que muestra, en su mismo contorno, lo que se desdeña mirar. Nuestra hipótesis es entonces que la presentación del problema de las guerras civiles de la argentina posrevolucionaria que elabora Sarmiento, en su particular situación de discurso militante, es sobre todo una gigantesca operación de denegación de otros discursos, a la vez que de otras prácticas políticas, que se desarrolla al nivel del texto en el despliegue de los significantes pampa-desierto, de manera que el primer nivel de significación al que aludimos, lo comprenderemos fundamentalmente en relación al segundo, de modo de comprenderlos en relación a la oposición a discursos políticos contemporáneos y a su exclusión de la problemática política de la nación, a la vez que esto incluye la operación de establecer, desde dentro del texto, los criterios con que se han de valorar los discursos a los que se opone.

Desde el título mismo de la obra, Civilización y Barbarie, se nos anuncia la primer antinomia significativo-valorativa que ha de estructurarla. Ella es no sólo clave interpretativa de los hechos de la Argentina, sino también, de Sudamérica[7], e incluso también de España[8]. Esta antinomia tiene, según Sarmiento, su origen y explicación, junto a factores de inmigración, colonización y cultura de las poblaciones aborígenes, en la extensión del territorio que la hace por el este una parte de Europa, mientras es literalmente acechada por el desierto que se extiende hacia todo el oeste, amenazando a las ciudades, desnaturalizándolas en extraño maridaje con ellas: “El desierto las circunda a más o menos distancia, las cerca, las oprime; la naturaleza salvaje las reduce a unos estrechos oasis de civilización enclavados en un llano inculto de centenares de millas cuadradas, apenas interrumpido por alguna que otra villa de consideración”[9]. De esta manera, las ciudades, sede de la cultura, se convierten en precarios enclaves en medio del desierto hostil, amenazadas por las incursiones de los salvajes, “enjambres de hienas”[10], por la disolución en la campaña[11], ni siquiera estos focos de civilización lo son cabalmente. Amenazada por los salvajes, las víboras, las bestias, la ciudad comparte el miedo y la inseguridad que son el sino de la vida en el desierto. Explicar la pampa es pues, explicar las convulsiones sociales de la República Argentina, tanto las que sacuden sus campañas como las que  conmueven a sus ciudades.

La pampa es, por su misma esencia, extensión. La mirada que se eche sobre ella es necesariamente “el espectáculo (...) del poder terrible, de la inmensidad, de la extensión, de lo vago, de lo incomprensible”[12]. Y si es vaga e incomprensible es porque en el texto, funciona como el significante mismo de lo irracional. En efecto, si la constitución de un sistema de signos que otorgue sentido a la acción práctica sólo es posible mediante la diferencia que genera la oposición, en la fragmentación de un continuo real, en esta extensión sin límites ni accidentes nada podrá cobrar sentido[13]. “La pampa es la imagen del mar en la tierra, la tierra como en el mapa”[14] es inculta porque se presenta a su vez como una incógnita, el signo mismo de lo desconocido, de lo indescifrable.  El primer sentido de la pampa, del desierto en el texto es la puesta de lo irracionalizable como dato esencial de la realidad argentina. Y no sólo en ella no se encuentra el sentido, sino que se hace sobre todo, imposible anclar con fijeza el sentido de lo social, entendido aquí por Sarmiento como progreso material en tanto suma de las riquezas particulares: “puede levantar la fortuna un soberbio edificio en el desierto; pero el estímulo falta, el ejemplo desaparece; la necesidad de manifestarse con dignidad que se siente en las ciudades, no se hace sentir allí en el aislamiento y la soledad”[15].

El conocimiento que se puede tener de ella es conocimiento animal de lo animal, puesto que la pampa es materia pura, todo conocimiento racional, toda inteligencia, no sólo es inútil en ella, sino incluso perjudicial, factor de inadaptación. Así, el baqueano cambia intempestivamente de rumbo obedeciendo a señales incomprensibles, conoce las tierras por el sabor de sus pastos, y sin embargo es este hombre, medio animal, el colaborador decisivo que hace o deshace las victorias de los ejércitos. La pampa, entonces, no sólo es el decorado un poco alocado de los dramas que en ella se desarrollan, es ante todo,  el dato decisivo de la escritura de esos dramas, el dramaturgo desquiciado de la historia argentina. Y puesto que nada de lo que en ella se desarrolle es ajeno a esto, también las formas de asociación que en ella se produzcan tendrán el sinsentido como centro. Agravado ello por la intervención humana y los vicios de la colonización española. Puesto que, en efecto, es natural a las sociedades humanas establecerse con sus sistemas de valoración, los que surjan de esta asociación, por su carácter ficticio, por la imposibilidad que le es constitutiva de fijarse metas verdaderas -la prosperidad económica- la sociabilidad en la pampa aporta desierto al desierto. Así, el desierto no es ya tan sólo un dato ineludible de la geografía del país, que determina o condiciona las costumbres de sus habitantes, sino que “es la falta de verdadera sociedad en que [el gaucho] vive”[16]. Es que triunfar de la naturaleza en la pampa es volverse a sí mismo naturaleza, el conocimiento más útil en ella es del orden de los conocimientos animales o en el mejor de los casos, del de los salvajes. Así, el gaucho que mejor ha triunfado de la pampa, es aquel en que la pampa más ha triunfado de él[17], y por la lucha contra la naturaleza, todas las pasiones individualistas se vuelven valores, invirtiendo el orden de lo social. No sólo se trata aquí de la barbarie natural, la de los nómades, que desarrollan sociedades acordes a su modo de vida, sino de las ficticias sociabilidades que acentúan los rasgos bárbaros del desierto mediante la introducción de instituciones que nada tienen que ver con esta vida. Más salvajes que los indios, son en el Facundo los católicos salvajes, los gauchos. El mismo poder es en la pampa dato de salvajismo e irracionalidad. Personificado en el jefe de carretas, en el juez de campaña, es expresión de la desmesura puesto que él es su ley y la que dicta a los demás. La paradoja de la pampa, para Sarmiento, es que el mismo poder que ella inspira es anarquía, que todo intento de agregación social basa sus valores en los de la disgregación. 

En la figura del juez vale que nos detengamos un momento, puesto que allí se hace más evidente uno de estos procedimientos de denegación que estructuran al discurso de Sarmiento en el Facundo. Para Sarmiento, en efecto, el juez de campaña es la personificación de la arbitrariedad que nace en el todo indiscriminado, radicalmente insignificable de la pampa. Su ley no tiene ninguna lógica, “por supuesto que la justicia que administra es de todo punto arbitraria: su conciencia o sus pasiones lo guían y sus sentencias son inapelables (...) El juez se hace obedecer por su reputación de audacia temible, su autoridad, su juicio sin formas, su sentencia, un “yo lo mando” y sus castigos inventados por él mismo[18]. A esta justicia sin ley ni lógica, conviene contraponer la posición que, en el proceso de expansión ganadera que sufre la provincia de Buenos Aires para el mismo período, ocupa la justicia rural[19]. En efecto, las exigencias de mano de obra de la explotación ganadera, se contraponen en parte a las de la guerra de expansión hacia el sur, de manera que, por un lado, las sentencias de los jueces sirven como forma de disciplinamiento de la fuerza de trabajo comprometida en relaciones asalariadas, mientras por el otro, los castigos “inventados por ellos mismos” satisfacen las exigencias de hombres para los ejércitos: defectuosas en su argumentación penal, estas sentencias no son en modo alguno producto de las pasiones de quienes las dictan. Dentro de los límites de esta lógica se mueve la justicia como aparato de estado en relación a una política que no es sólo la retribución que de la oligarquía porteña llega a la clase hacendada por su apoyo político, sino que ante todo “es la consecuencia de una nueva orientación tomada por la economía y la sociedad porteñas en su conjunto”[20]. En el Facundo, en cambio, operando como factor que resalta el carácter paradójico y absurdo de la pampa, la ganadería no requiere de mano de obra porque “es, no la ocupación de los habitantes, sino su medio de subsistencia”[21], de manera que si allí no existe res pública, y por lo tanto se establece una asociación radicalmente incapaz de otorgar sentido a la acción, es porque la abundancia del tiempo disponible para ella participa de la misma fuerza que disgrega a sus habitantes. Así, el significante de la pampa, por su contenido anterior, le niega toda racionalidad, a la vez que su irracionalidad constitutiva permite seguir viendo en ella “la tierra aguardando todavía que se la mande a producir las plantas y toda clase de simientes” y no el sistema de explotación ganadera, que con una política económica estatal cotiza volúmenes crecientes de cuero en el mercado de Londres, al que llegan a través del puerto bajo el control de Rosas.

  Así enfatizado el carácter irracional de la pampa, la realidad americana,  el desierto, sólo son descifrables con sus propios signos, que Sarmiento pretende desgranar en su obra. Y si ella ha de servir para explicarla, por sobre la desorientación de los pueblos de Europa que se inclinan ante el tirano que la oprime, es porque Sarmiento pretende también que esta explicación sea totalizadora. No sólo eso, sino sobre todo, que todo intento de explicación que parta de conceptos civilizados para dar cuenta del desierto, no puede más que perderse. En efecto: “Si doy tanta importancia a estos pormenores es porque ellos servirán a explicar todos nuestros fenómeno sociales y la revolución que se ha estado obrando en la República Argentina; revolución que está desfigurada por palabras del diccionario civil, que la disfrazan y ocultan creando ideas erróneas; de la misma manera que los españoles, al desembarcar en América, daban un nombre europeo conocido a un animal nuevo que encontraban, saludando con el terrible de león, que trae al espíritu la magnanimidad y fuerza del rey de las bestias, al miserable gato llamado puma, que huye de la vista de los perros; y tigre al jaguar de nuestros bosques. Por deleznables e innobles que parezcan estos fundamentos que quiero dar a la guerra civil, la evidencia vendrá luego a mostrar cuán sólidos e indestructibles son”[22]. No sólo la realidad americana es más miserable que la europea, no sólo se la desconoce al darle nombres europeos y vive la barbarie por debajo de ella, “bajo sus pies”, sino que es la misma Europa, en cuanto es ella la inteligencia, la capacidad de discernir, la que ya no puede reconocerse al haber vestido a la bárbara América con sus civilizadas ropas. En el encuentro de los dos mundos se produce un doble extrañamiento, que funciona como una de las claves explicativas de la guerra civil. Este doble extrañamiento llega a su punto máximo en la revolución, puesto que para Sarmiento las campañas son radicalmente ajenas a las ideas que la agitan, y bajo el nombre de la libertad, sólo pueden concebir el del odio a toda autoridad, a toda sociedad, a toda ley. La pampa es en este sentido una suerte de rara piedra filosofal, que a todo movimiento político que en nombre de la ciudad pretenda civilizarla, lo trastoca en barbarie, que terminará incluso por transformar en pampa a la propia ciudad. Para Sarmiento, entonces, la revolución, fenómeno eminentemente europeo, sólo produjo en las campañas la revelación de su barbarie esencial, su explosión irrefrenada, el derramamiento de su furia sin sentido, de la ociosidad dedicada a la guerra por la guerra, de los valores de la desasociación elevados a valores sociales. En la pampa no hay sentido, en la pampa no hay política ni puede haberla. —Al punto que, como veremos, basta asociar una reivindicación política con el nombre mismo de la pampa, para que quede excluida de la esfera de la política. Será, como todo lo que entretiene al gauchaje, malaentretención—

De manera que la revolución no sólo es el momento en que la barbarie del desierto se revela a sí misma como fuerza sin frenos, sino el momento en que esta se hace patente a la ciudad “que no sabe lo que hay bajo sus pies” como fuerza disgregadora de su propia empresa revolucionaria. Y si de la pampa no pueden surgir movimientos políticos, todo movimiento social que surja de ella será manifestación informe de su barbarie. Así, el movimiento liderado por Artigas sería puro capricho[23], si no fuera la expresión de una fuerza heterogénea desconocida hasta entonces por la sociedad que la alberga, —del puro capricho al capricho necesario— fuerza que es la heterogeneidad misma, porque es la hostilidad misma a todo lo que es social, y que, al no explicarse en los términos “europeos” que dividen a los partidos que se debaten en la revolución, no se explica en ninguno, más allá de su misma inexplicabilidad. Estas fuerzas son a su vez expresión de las formas que puede asumir el poder en la pampa, en donde la democracia, contagiada por las proclamas revolucionarias, se transforma en la consagración de los disvalores que son la esencia de la vida social de las campañas[24]. La pampa, que ha sido abundantemente cargada del significado de lo irracional, hasta volverse casi su significante, deniega ahora la legitimidad política de cualquier movimiento que la tenga como cuna, como denegaba antes -en el caso de la justicia rural- cualquier posibilidad de ser incorporada a ningún proyecto de desarrollo económico en alianza con la ciudad.

La negación de la posibilidad de la alianza de la pampa con las ciudades en un proyecto de desarrollo, se completa con la negación de la posibilidad de su recíproca, a saber, de la identificación de un sector de los actores políticos de la ciudad con los intereses de la campaña para el establecimiento de un proyecto común. Para Sarmiento, sólo hay dos partidos en la revolución, el de los patriotas, o revolucionarios, que se proponen mediante su acción política fundar la República, y el realista o contrarrevolucionario. Y puesto que los primeros se llaman a sí mismos unitarios, los segundos, carentes de proyecto político para la nueva República independiente, pero opositores a los unitarios, porque “los menos revolucionarios”, no pueden sino llamarse a sí mismos federales, identificados con las montoneras que se sublevan en las campañas. Identificación absurda, puesto que la naturaleza  ha determinado, por la “organización del suelo tan central y unitaria” que la República Argentina sea “una e indivisible[25]. Su alianza con la pampa denuncia este sector en su falta de sentido político, —desconociendo quizá su perspectiva política de clase, al constituirse en alianza de los sectores comerciantes de la oligarquía porteña con los sectores hacendados del hinterland porteño, a la vez que se uniforman estos dos sectores por la diversificación de las actividades económicas de la oligarquía comerciante de Buenos Aires. Esta denegación funciona no sólo como denegación de la alternativa, más fundamentalmente, como desconocimiento del conflicto de clases y de sus expresiones político proyectivas, a la vez que de las posibilidades que este tiene de generar identificaciones “contra natura”—, a la vez que es la grieta fatal por la que la barbarie filtra y se derrama en la ciudad más europea de la Argentina.

Es interesante en este sentido la relación que establece el texto entre el Rosas estanciero, futuro caudillo de este último partido y el gaucho malo. El gaucho malo es, a la vez que culminación del sistema de sociabilidad ficticia que se da en la pampa, su expresión más acabada; barbarie sobre la barbarie, corrupción de cualquier vestigio de moralidad por los valores individualistas que consagra la vida social del gaucho; fugitivo, huyendo solo de la partida, es soledad en la soledad, desierto en el desierto, sin ser en el fondo más depravado que los habitantes de las poblaciones, únicamente la versión más depurada de ellos[26]. “El estanciero don Juan Manuel de Rosas, antes de ser hombre público, había hecho de su residencia una especie de asilo para los homicidas, sin que jamás consintiese en su servicio a los ladrones; preferencias que se explicarían por su carácter de gaucho propietario, si su conducta posterior no hubiese revelado afinidades que han llenado de espanto al mundo[27]. Así, la afinidad de Rosas con el gaucho malo, encarnación personal del desierto, de la nada, se explica por sus caracteres esenciales: Rosas, como jefe de la fracción federal porteña, es identificado con el gaucho malo, de lo que resulta el desierto llevado a la escena pública, la nada, el absurdo.

Hemos visto hasta aquí cómo funciona la pampa en tanto operador de la denegación  de prácticas y discursos políticos: negación de la politicidad de los movimientos sociales surgidos en las campañas al calor de las guerras de revolución, del desarrollo económico de la nación en base a la explotación ganadera por la alianza entre las clases hacendadas y las élites urbanas, del proyecto político de sectores urbanos interesados en esa alianza y de los mismos personajes que encarnaron esos proyectos. Denegación, en fin, de los proyectos políticos alternativos al de Sarmiento y de los discursos que los articulan, haciéndolos aparecer, no como proyectos políticos distintos, sino como falta misma de actividad verdaderamente política, puesto que se basan todos en la fuerza misma de lo asocial, la tercera entidad que no se pliega a ninguna autoridad porque es la heterogeneidad misma, revelándose a sí misma y a lo otro como pura negación. En este sentido, este discurso que encuentra en parte su fuerza disruptiva contra el discurso rosista en la articulación, con sentido político de diversos discursos científicos -la sociología, la ciencia de la raza- y que “tendería -al invocar fuentes de legitimación alternativas a aquellas de la modalidad republicana e incapaces de serle asimiladas- simplemente a corroer los soportes discursivos del orden republicano”[28] al que apela el rosismo, tiene, por otra parte características que lo acercan, o más bien lo enfrentan a él, como su espejo, en cuanto tienden a excluir del orden político a la fracción opuesta, mostrándola como lo irracional, aquello que no puede articular un discurso coherente que dé sentido a lo social. Y si en el discurso rosista ello se logra mediante el catilinarismo, otro tanto se opera con la explicación de la barbarie que presenta el facundo. En efecto, si en el primero sólo una degeneración constitutiva puede explicar al unitario, que es a la vez irracional, perverso, hereje, cosmopolita y marginal, reforzado todo esto en su contradicción con el nobili genere natus, en el segundo cumple la misma función la explicación de su relación esencial con el desierto. No se trata simplemente de la descalificación del adversario, rasgo común de todo discurso militante, por cuanto se articula por sujetos situados, y para situar otros sujetos, se trata, más fundamentalmente, de la exclusión del adversario del campo de la política. En nombre de su barbarie, de su esencial carácter depravado —“irracionales, bárbaros federales” o “locos, salvajes unitarios”— se trata de la exclusión del adversario, de sus prácticas y sus discursos, de la esfera de la política.

Hemos dicho al inicio de este escrito, que considerábamos al Facundo como un intento de poner, no sólo tal o cual signo valorativo a determinadas prácticas y proyectos políticos, sino más fundamentalmente, como el intento de constituir el criterio por el cual se los pudieran valorar, el intento, en definitiva, de construir la problemática política de la Nación Argentina. Agregaremos para concluir que esto se logra, mediante la piedra de toque de la pampa, al constituir el propio proyecto político, como el único que lo es auténticamente. Como discurso que pretende ser dador hegemónico del sentido social, su vocación es la de mostrar, mediante la exclusión del adversario del terreno de la racionalidad, que es el único discurso posible, de un único proyecto político. El momento acabado de la lucha por el sentido que es en parte el combate político, se muestra aquí como el ocultamiento definitivo de esa lucha, pero también es posible que, por el carácter fundacional del momento de su producción, esta operación no pueda ser totalmente completada. Esto se muestra fundamentalmente en el doble movimiento que recorre la obra: si por un lado todo proyecto político alternativo no es tal por su misma irracionalidad, no es menos cierto por el otro que el adversario es el articulador de toda la extensión de la obra -exceptuando quizá el último capítulo, destinado a mostrar qué sería una Argentina purgada de su barbarie. Puesto que lo que se evidencia en la obra es la lucha por la hegemonía política del hombre Sarmiento y de su proyecto, y no el momento de consumación de esta hegemonía, el otro no puede dejar de insistir con su presencia. De su ocultamiento cabal se encargará la posterior historigrafía argentina, sin abandonar, paradójicamente, las líneas generales de desarrollo económico y de estabilización del poder político propuestas por el rosismo.  Por este doble movimiento, la exclusión del adversario que excluye a su vez al conflicto -o al menos aquel conflicto en relación al que el otro se convierte en adversario[29]- haciendo de la política, como construcción de un proyecto para una Nación, un espacio de elecciones cerradas, no cierra del todo su bucle, convocándonos, una y otra vez a su lectura como el eco pasado de nuestras voces.



[1] Sarmiento, Facundo, Introducción

[2] Id, Carta Prólogo a la segunda edición

[3] Id.

[4] Nietzsche, F., Genealogía de la Moral, Parte II, Parágrafo 12.

[5] “¡No es posible mantener la tranquilidad de espíritu necesaria para investigar la verdad histórica, cuando se tropieza, a cada paso, con la idea de que ha podido engañarse a la América y a la Europa tanto tiempo con un sistema de asesinatos y crueldades tolerables tan sólo en Ashanty o Dahomay, en el interior de África!” Sarmiento, Facundo, Cap. III

[6]Es visible todo objeto o problema que está situado sobre el terreno y en el horizonte, es decir, en el campo estructurado definido de la problemática teórica de una disciplina teórica dada” Althusser, L., Para Leer el Capital, Siglo XXI, México, 1984, p.30

[7] “A la América del Sud en general,  y a la República Argentina sobre todo, ha hecho falta un Tocqueville, que, premunido del conocimiento de las teorías sociales (...), viniera a penetrar en el interior de nuestra vida política, como en un campo vastísimo y aún no explorado ni descrito por la historia y por la ciencia y revelase a la Europa, a la Francia (...)este nuevo modo de ser que no tiene antecedentes bien marcados y conocidos” Sarmiento, Facundo, Introducción.

[8] “¡Qué! ¿El problema de la España europea no podría resolverse, examinando minuciosamente la España americana como por la educación y hábitos de los hijos se rastrean las ideas y la moralidad de los padres?” Id.

[9] Id., Cap. I

[10] Id., Cap. I

[11] El término campañas lo intercambia Sarmiento en el Facundo, libremente con el de pampa, según le reprochara Alberdi “El Sr. Sarmiento confunde la pampa con las campañas. La pampa es habitada por indígenas: nunca los indios han hollado nuestras capitales. San Nicolás, Areco, Luján, el Monte, etc., son la campaña de Buenos Aires, que nunca se movió sino por influencias salidas de la capital. La campaña es instrumento, no un poder que inicia” Alberdi, J.B., “Tercera Carta Quillotana”, en “El Ensayo Romántico”, CEAL, Buenos Aires, 1967, selección de Adolfo Prieto

[12] Id., Cap. III

[13] “¿Qué impresiones ha de dejar en el habitante de la República Argentina el simple acto de clavar los ojos en el horizonte y ver... no ver nada? Porque cuanto más hunde los ojos en aquel horizonte incierto, vaporoso, indefinido, más se le aleja, más lo fascina, lo confunde  y lo sume en la contemplación y la duda” Id. Cap. II. El subrayado es nuestro. 

[14] Id. Cap. I

[15] Id. Cap. I

[16] Id. Cap. III

[17] Esta idea es abundantemente retomada por Martínez Estrada. De ella se desprende que la creación de estructuras sociales en la Argentina, lo es en realidad de seudo estructuras, y que esto se manifiesta en el nivel de la práctica como seudovalores. En esta crítica, Martínez Estrada, a diferencia de Sarmiento, que quería ver la Argentina poblada de inmigración de capitales y de trabajadores asalariados, incluye también al capitalismo local que se encuentra en relación a América en la misma posición que el español conquistador, dispuesto a saquear la tierra que lo atrajo con quimeras. Queriéndose vengar del desengaño de la pampa es ella quien hace de él su instrumento. Martínez Estrada, E., “Radiografía de la Pampa”, Colección Archivos, 1991, edición crítica a cargo de Leo Pollman

[18] Id., Cap. III, el subrayado es nuestro.

[19] En este desarrollo sigo a Halperin Donghi, “La expansión ganadera en la campaña de Buenos Aires(1810-1852)” en “Los Fragmentos del Poder”, Di Tella, T. y Halperín Donghi, T., compiladores, Buenos Aires, 1969

[20] Halperín Donghi, op. cit., p. 56

[21] Sarmiento, “Facundo”, Cap. I. Curiosamente, no percibe el autor la contradicción que hay entre ello y el episodio referido de la juventud de Facundo en que éste acuchilla a un juez por pedirle su papeleta de conchabo. Id., Cap. V  

[22] Id., Cap. III, el subrayado es nuestro.

[23] Un día, Artigas con sus gauchos se separó del general Rondeau y empezó a hacerle la guerra(...) Yo no quiero entrar en averiguaciones de las causas o pretextos que motivaron este rompimiento, tampoco quiero darle nombre ninguno de los consagrados en el lenguaje de la política, porque ninguno le conviene” Id., Cap. IV

[24] En la explicación de “la lucha obstinada que sacude a [la] República” es necesario dar su parte “a la democracia consagrada por la Revolución de 1810, a la igualdad, cuyo dogma ha penetrado hasta las capas inferiores de la sociedad” Id., Introducción. Y otra vez aparece la pampa como extraña piedra filosofal que todo lo transmuta en barbarie, en la pintura que hace Sarmiento de la Cámara de Representantes -que es sin embargo una de las instituciones consagradas por la independencia- de San Juan -que es sin embargo a juicio del autor la provincia más culta, más profundamente civilizada de la República-  cuyos integrantes son miserables aldeanos que la deshonran, y que deberían huir avergonzados ante el recuerdo de los ilustres miembros que les precedieron. (Id., Cap. IV) La barbarie aparece aquí como subversión del orden jerárquico de la sociedad, como el ascenso de sus capas más bajas.

[25] Id., Cap. I

[26] Id., Cap. II

[27] Id., Cap. III, el subrayado es nuestro.

[28] Myers, J., Orden y Virtud: El Discurso Republicano en el Régimen Rosista, Universidad Nacional de Quilmes, Buenos Aires, 1995, p.109

[29] En relación a esto, resulta interesante la mordaz crítica de Alberdi a la obra, por cuanto dice que “En esas publicaciones, no está usted solo; está una emigración entera, que lo apoyaba no sólo por la suscripción sino por la inspiración. Pero sucede que en la prensa, como en la guerra, el jefe da su nombre a la columna” De manera que retirado el conflicto ante el cual la pampa producía un clivaje efectivo, desaparece el apoyo, así como la anónima inmigración que inspirara sus escritos a Sarmiento. Ahora es Alberdi quien lo critica, y, aunque con pluma más sutil y matizada, le hace ver que el periodista no es el hombre de estado, y que el publicista no posee la ciencia del gobierno, desplazándolo de la discusión post-Caseros.