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Ezequiel Martínez Estrada: el Tiempo y el Espacio Porteño

DAWYD, DARÍO

 

 dawydario@hotmail.com

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En una nota de cierta edición de Facundo, se dice que los porteños de la primera mitad del siglo XIX, consideraban que la Argentina que ellos encabezaban, terminaba en el Arroyo del Medio, es decir, en el límite de Buenos Aires con Santa Fe. Hoy los límites se achicaron y son el Riachuelo y la General Paz, pero ni esos límites, ni ese espacio, ni el tiempo, en cuyo devenir los límites varían, dejan de jugar. Los límites marcan territorialidad, espacialidad; cada delimitación particular está enmarcada en cada época, en cada tiempo; quienes la enuncian, en este caso, se llaman porteños. Los elementos que recorren este trabajo serán esos, el espacio, el tiempo, y cómo solo en función de ambos elementos, se hacen entendibles los humanos (en nuestro caso, ciertas personas llamadas porteños)

 

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Los porteños: Así se enorgullecen en llamarse los nacidos en la ciudad de Buenos Aires. Pero el gentilicio corresponde para todos los nacidos en ciudades donde hay puertos: Buenos Aires, Rosario, Bahía Blanca, Mar del Plata, Necochea, Viedma, Montevideo[1]. Los de Buenos Aires acapararon el gentilicio, o más bien, acapararon el puerto. Ser los únicos qué, nacidos en una ciudad con puerto, se llaman porteños denota la importancia que el puerto tiene para ellos, aunque no hayan subido jamás a un barco, ni lo hayan utilizado para comerciar. El puerto está ahí, no en su utilidad, sino como símbolo de puente, entre Buenos Aires y el mundo, Europa. Ser porteño es haber nacido en un puente, con la mirada de reojo hacia el Oeste, hacia la Argentina, y la atenta mirada hacia el Este (¡y el Norte!). (Según Ezequiel Martínez Estrada, cuando llegaron, desde 1853, capitales y brazos para engrandecer al país, se quedaron en Buenos Aires, cerca del puerto, por si tenían que volverse. Ese puerto no tiene al lado al río de la Plata, ya que “uno de los lados de Buenos Aires no es el río de la Plata, sino Europa”) Los nacidos en la ciudad de Buenos Aires, en Argentina, temerosos de llamarse bonaerenses (o buenosairinos), deciden acaparar el puerto y llamarse porteños, pues eso les salva de la cercanía que ese puerto tiene hacia adentro, de la cercanía con la pampa.

 

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Había una vez..., en cierto lugar de..., clásico y reputado comienzo de las historias, no deja de develarnos claramente que esas historias humanas, se desarrollan y solo pueden entenderse enmarcadas en un tiempo y un espacio determinados. Ejemplos de estos comienzos hay miles en los cuentos infantiles, y son también datos obligados de cualquier historia para que sea comprensible, por ejemplo cuando nos dice Stendhal, al comienzo de La Cartuja de Parma, que “el 15 de Mayo de 1796, el general Bonaparte entró solemnemente en Milán al frente del joven ejército que acababa de cruzar el puente de Lodi y de mostrar al mundo que, al cabo de los siglos, César y Alejandro tenían un sucesor”. Ahí están los temas en torno a los cuales trabajaremos, el tiempo, el espacio y el sujeto que se enmarca y solo se entiende dentro de ellos; además está otro tema: la invariante.

 

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Me interesa recorrer este tema, por la huella que dejan las palabras de Ezequiel Martínez Estrada, en La Cabeza de Goliat. Allí nos encontramos ya al comienzo del libro, con análisis en torno a “las diversas ciudades” de Buenos Aires, comenzando por distinguirla en el tiempo. Así es como durante la época de su primera fundación, la inmensidad del campo producía miedo, que luego no se extinguirá, dado que ese campo puede surgir del pavimento. Después de la segunda fundación, la emprendida por Garay, surge la solidez, parece que el miedo se extingue, pues ese fundador es el guardián que nos prohíbe alejarnos. Vemos cómo juega el tiempo, construyendo diversas Buenos Aires, donde su diversidad también está dada porque con Garay, se cierra el espacio a la pampa y esta ya no amenaza más. Con la independencia, Buenos Aires, después de un breve lapso esperanzado de gran porvenir, desde 1880 se cierra al interior y pasa a mirar a Europa. Finalmente dice que esas cuatro ciudades, esos cuatro tiempos distintos, y esos usos distintos del espacio, conviven todos juntos.

 

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Ahora bien, nuestro personaje se pregunta, ¿Qué pasaría si demoliéramos a Buenos Aires?. Esto, nos cuenta, ya pasó con otras ciudades tan, o casi tan poderosas como la nuestra, pero allí paso no por la mano de los hombres, sino por la del tiempo, que sería algo parecido. Esta demolición “es lo mejor” que podría pasarle al país, y aunque no nos embarcamos ya en esa obra de demolición, podríamos empezar por cambiarle su función de drenaje, por una más cerrada y desembocante en el interior (los porteños cambiarían de nombre), para que cambie la economía, la cultura y la demografía de Argentina y quizá de toda Sudamérica. Esto que puede parecer una broma, es un deber moral, patriota diríamos, pues “Buenos Aires tiene la responsabilidad de lo que acontece a cada uno de los hombres del interior”.

El problema de Buenos Aires es de tiempo y de espacio, “hay que hacerla de nuevo y en otra parte”. Hay que tomarse el tiempo, colectivamente, de destruir la ciudad y el tiempo colectivo para hacerla de nuevo. Pero el tiempo colectivo, de acción común, es un problema fundamental de los porteños (de lo cual hablaré después). También, hay un problema de espacio, pues hay que rehacerla, pero en otra parte, en otro espacio, más alejado de Europa quizá, y más en el centro geográfico del país, en Bahía Blanca. Este problema del espacio no es menor, en tanto que la ciudad encierra al hombre que antes, cuando “erraba sin residencia fija, hizo los más grandes descubrimientos” y “cuando se encerró, las invenciones se refirieron a todo lo estacionario y no se relacionaban ya con el destino del ser humano, sino con el destino de la población”. Aquí hay por un lado, una correlación entre la vastedad del espacio y del pensamiento, quizá relacionada con lo que dice mucho más adelante, de que la pampa tiene su poema, pero la ciudad no, y como iba a ser de otra manera, si la vasta pampa, engendró al inabarcable Martín Fierro, y la ciudad encierra los pensamientos. Por otro lado, al encerrarse en ciudades aparecen los peligros propios de las ciudades y con ello el control, es decir, pensamientos sobre la población, como una forma de biopolítica a la manera de Foucault.

 

 

 

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El problema moral, es también un problema médico, ya que hay que atender este grave caso de un país macrocéfalo, no por superdesarrollo de su cabeza, sino por empequeñecimiento del cuerpo, del país, cuya sangre y fuerza es chupada por esa megalópolis.

 

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Otro problema del tiempo porteño, es que se desperdicia, pues los porteños “se agitan, sin hacer nada”. En Buenos Aires, hay un afán de velocidad que hace actuar, edificar, mudarse de casa, quebrar y abrir negocios, pero sin construir jamás un poder firme, ni contribuir al progreso humano. El movimiento inútil, un problema del espacio, se representa en el tránsito sin sentido vital de trenes y subtes, y culmina en su expresión máxima, en el estúpido andar del ascensor, el ir y venir en el mismo sitio, de ese aparato qué, por otro lado, solo existe en los nuevos edificios, aquellas construcciones para arriba que conforman la parte nueva de Buenos Aires.

 

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Otra perspectiva desde la cual Estrada trabaja con el tiempo y el espacio, es desde los medios de transporte. Respecto de estos, establece una distinción histórica, que describe que el medio de transporte de los porteños de antes era el caballo, y el de los de ahora, el automóvil. De los porteños habla, dado que antes aclara que el vehículo propio de la ciudad es el subterráneo, pero el de su ciudadano, el del porteño, debe ser algo que le permita exhibirse a él mismo, antes el caballo, ahora el auto. Este último reemplaza a aquél debido a que es más obediente, veloz y... caro. Esa velocidad que se obtiene con el progreso tecnológico, tiene la misma característica de la velocidad que tiene el subte, y es el ahorro del tiempo que ambos así generan, es decir, otra forma de aprovechar los minutos del descanso. Es la reiteración de lo que antes mencionamos como agitación inútil de los porteños, esa velocidad, ese ahorro del tiempo, ese descanso, que nunca se aprovecha porque el porteño se mueve inútilmente; tiene tiempo, lo desperdicia; se mueve en el espacio sin hacer nada. Todo lo cual termina en una exacta evasión del progreso humano.

 

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Otra perspectiva interesante acerca del tiempo, aquí con un viso claramente político, es la que desarrolla al analizar al reloj, al “corazón de la ciudad”. Este es presentado por un lado, desde una visión individual, como regulador de la vida de los individuos, de sus pequeñeces. Organizador del inútil uso del tiempo, que sin embargo es la realización de la misión de cada ciudadano en la urbe, ciudad cuadriculada, que regula la vida de ese ciudadano milímetro a milímetro, de un modo similar a la cárcel que analiza Foucault, como modelo paradigmático de la sociedad disciplinaria (es interesante también, desde este punto de vista, el análisis que Estrada hace más adelante sobre la ciudad como cárcel, y sobre las escuelas). Por otro lado, está la visión pública del reloj, la cual dice que todo edificio público debe tener uno, para dar la sensación de que “todo está en forma y marcha bien”. Estos relojes públicos también señalan la inutilidad del tiempo, más allá de que por lo general están a deshora. Este mal funcionamiento general de los relojes públicos, lejos de generar ansias de composición, y dada su perseverancia a la vista de todos, le hace preguntarse a Estrada, acerca de la utilidad de esos relojes mismos; la pregunta es importante: “¿Hay un tiempo general para todos? No dan esos relojes la hora exacta para lo que tenemos que hacer a cada momento, porque en cada momento cada cual está haciendo cosa muy distinta y personal [...] Marcan lo que tenemos que hacer para la inmortalidad (o para los otros) y no lo que estamos haciendo efectivamente [...] Se detiene el reloj del Palacio del Concejo y es como si del tiempo general y abstracto cayéramos de golpe en el nuestro propio; de inmediato consultamos el reloj del tiempo personal y a nadie se le ocurre que ha de rectificarlo según el otro que no anda” aunque agrega “Pero si en vez de detenerse anduviera unos minutos adelantado o retrasado sí lo haríamos, porque cuando en los mecanismos oficiales las cosas no andan del todo bien, suponemos que estamos equivocados; y cuando andan de verdad muy mal nos callamos y con nuestro reloj sabemos a qué atenernos ¿O vamos a ponernos a rectificar todos los relojes públicos?”. Ahora bien, veamos que entendemos por esto. Por un lado vemos que se remarca la dificultad de la acción colectiva dentro del espacio porteño, dado que no hay un tiempo común, que esos relojes no serán nunca exactos pues a cada momento cada uno hace lo que le compete a si mismo, excluyendo la posibilidad de acción común porteña (que luego veremos como una invariante). Por esto es dable ver a los porteños como dedicados cada uno a sus cosas, sin siquiera plantearse algo común. Esta imposibilidad de un tiempo común, es la imposibilidad de la acción común, que ni siquiera se da en casos de gobiernos malos, donde prefieren callarse, atenerse a lo propio, porque el trabajo de rectificar todos los males del gobierno se presenta como demasiado arduo, y retardador de las tareas individuales. Hacer algo común es hacer algo para los otros, para la inmortalidad, y no para uno mismo, pobre mortal que tiene pequeñas tareas programadas, cuadriculadas, dentro del espacio porteño, cuyo tiempo ya está prefijado. Finalmente cabe preguntarse, por otro lado, qué es esto de un tiempo público (el que da el reloj público) que anda mal y los porteños se arreglan para sincronizar con él, que anda muy mal y no lo hacen y se repliegan sobre sí mismos, y que cuando ya deja de andar, se detiene, nadie rectifica su reloj, pero tampoco dice Estrada que hacen los porteños en ese caso, lo cual nos da la posibilidad de inferir que hacen lo inevitable, una invariante porteña.

 

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Dijimos que la exclusión de la posibilidad de acción común porteña es una invariante, y lo es  porque ya en el comienzo del libro, cuando aún habla de los primeros tiempos de esta querida ciudad, dice que Buenos Aires es el “ejemplo magnífico de lo que puede el esfuerzo aislado, aunque no se aplique a ningún ideal”. Es decir, el origen mismo de la ciudad, y ya desde su primigenio crecimiento, carece de acción colectiva. Ciudad de comerciantes y creada a tal fin, nació de la búsqueda de engrandecer al país, pero más  de engrandecer a los habitantes de esa ciudad, aún a pesar del país. Ciudad irregular y sin personalidad nacional, es un caso extraño y distinto a aquellas ciudades nacidas de la coordinación de voluntades, de la solidaridad del esfuerzo, que edificaron ciudades para todos, mundiales y eternas, construidas con vistas en algún ideal supremo. Buenos Aires es el resultado de la suma de voluntades individuales, que levantaban una tienda, un local para negocio, un refugio de campaña, pero en ningún caso una ciudad. Esta edificación individual no sería problema si no es porque no tiene en vistas ningún orden trascendental, ninguna idea de comunidad, nada cohesionante. Además de cómo se levanta una ciudad, es importante recalcar quién vive en ella, es decir, el pueblo que la habita; Una ciudad puede ser levantada en siglos y ser demolida en días, aquí lo que importa resaltar es que eso no atañe a quien las habita, pues “el pueblo que no existiera más que como ciudadano o inquilino parásito de la ciudad, no podría subsistir, ni valdría la pena. En cambio, el pueblo que no necesita de la ciudad más que para albergarse mientras construye la civilización, ése es grande de verdad”. ¿Qué le toca al pueblo porteño? ¿Podría subsistir a la destrucción de Buenos Aires?; esa pregunta Estrada la deja volando en el aire lleno del polvo que deviene de la demolición.

 

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A la ciudad de Buenos Aires hay que cambiarle su función drenadora, o demolerla por completo, no por la mitad o solo las partes que convienen. Esto lo aclara Estrada puesto que se demuele lo viejo que molesta, se quita lo que estorba a los actuales dueños de la piqueta; y lo que se construye no es mejor. Las obras que hizo España durante la colonia, si bien feas, no habría que demolerlas, sugiere Estrada, pues aunque no se construyeron “como en Roma, para siempre”, sino para habitar el tiempo que durara la aventura, ellas resaltarían el esfuerzo de un país que debió crecer a partir de esos orígenes. Nada de eso se hace, se demuele a discreción, llevando a cabo, psicológicamente hablando, un acto de represalia, la muerte del padre. Este “anhelo de mutilación” que llega hasta el himno nacional mismo, es algo que denota la degradación del país, pues solo la nación que se ha degradado, se avergüenza de sus orígenes, cuando en realidad esos orígenes mismos son los qué, como dijimos, ennoblecen a los que los padecen si es que pudieron sobreponerse y superarlos. Este desfiguramiento, este hacer un pasado que me venga bien, es una jugada que el hombre le hace al tiempo, una apuesta, un desafío al pasado, y acaso todo pasado, por ser o estar pasado, o superado, no es una construcción, algo que queda solo en el imaginario, en el recuerdo o la invención.

“Los demoledores borran su propio pasado, arrasando con el Pasado, y se construyen un monumento en lugar del que derriban”. Sin embargo, hay cosas que no se pueden derribar; por un lado, cosas del presente, como las nuevas construcciones que se erigen en lugar de las demolidas: son feas, ilustran la incultura de los actuales constructores, pero son nuevas y no pueden derribarse. Por otro lado, cosas del pasado que son aún más antiguas que las que se derriban, y por eso más fuertes, los baldíos y los empleados municipales.

 

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Mencionamos la imposibilidad porteña de acción colectiva como una invariante. Ahora vamos a tratar otra, pero antes diremos que la invariante es un concepto con el cual Estrada trabaja el tiempo; la invariante es la repetición de algo irresuelto. No la entiendo como un destino del cual es imposible escapar, sino como algo en lo cual se cae por el error de repetir historias, de no mirar (por ceguera, pereza o aprobación) al pasado para ver allí algo malo de lo cual queremos escapar. Con el tema de la acción colectiva porteña pasa eso, es una invariante de la cual sería bueno escapar (y por eso se la ve como invariante y se la trata como tal), pero lo es solo para el que quiere que en Buenos Aires se lleve a cabo ese actuar común, que ponga a esa ciudad de miras hacia el interior, en lugar del mar, de Europa. Las invariantes son vistas solo por el crítico, que quiere cambiar algo (ansia de cambio, que llevó a Ezequiel Martínez Estrada, a escribirle una carta al “Excelentísimo señor Presidente” general Aramburu, pidiéndole que la ciudad de Buenos Aires sea desmantelada, y la capital llevada a Bahía Blanca) Finalmente, creo que la invariante, no es la anulación del tiempo y el yo, el inevitable eterno retorno de lo mismo, sino la repetición en otro tiempo, otra época, de un comportamiento que no se desaprueba, o por ignorancia o pereza, o por consentimiento.

 

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Otra temática a trabajar, además de la invariante, o en realidad en paralelo con ella, es la cuestión de la transfiguración, como segundo concepto estradiano para leer al tiempo, y al sujeto o los actores colectivos que en él se enmarcan. Un ejemplo de esto podría ser el siguiente:

 

Menem, el virrey: Que a un presidente que puso a la Argentina en el primer mundo, se le coloque el título de virrey, título que rebaja a todo gobernante argentino por colocarlo    por debajo de otro gobierno, en una forma de gobierno que pereció hace siglos, siglos que aún hablaban de una Argentina colonia, es algo que resumo en lo siguiente: Por la obra de Alberdi Peregrinación de Luz de Día, recorremos la invariante: virrey, libertadores, caudillos; por el camino estradiano, Rosas, Irigoyen, Perón; Finalmente por el camino que se desprende del Perón o muerte, de Verón-Sigal, Perón, Menem. En la desembocadura de estos discursos, allí donde se hacen (los hacemos) uno solo, vemos la siguiente línea invariante en la historia y el presente político de la Argentina: Virrey – Libertadores - Caudillos (Rosas) – Irigoyen – Perón - Menem. Hay algo que los une, algo que aún no está resuelto en nuestro país y nos anuda a seguir padeciendo, lo que podría ser descrito por Alberdi y Estrada, como la no conquistada libertad interior, esa no-separación del pasado y herencia española, esa búsqueda de gloria mediante el sometimiento del otro civil argentino que me niega. Decir, Menem, el virrey, es como decir cualquier invariante, es criticar algo irresuelto que inquieta pero no paraliza. La invariante entonces es la visión de algo no deseado, o por otro lado, la toma de conciencia de que no pertenezco a ese mundo de identidad, a ese pueblo colonial que aún tiene virreyes a fines del siglo XX y que no se queja de haberlos tenido siempre, porque como pueblo aún hijo de España, que mató al padre déspota, pero no a la madre patria, seguirá teniendo virreyes, o a lo sumo un rey.

Este ejemplo, que habla de la invariante y la transfiguración, creo que sin embargo, no es el mejor que podría desprenderse de la obra estradiana, por lo cual creo pertinente rescatar otros que surgen de Radiografía de la pampa, y el ¿Qué es esto?



[1] No interesa aquí que ese gentilicio (según un diccionario) sea utilizado además de en Buenos Aires, en Puerto Barrios (Guatemala), Puerto Carreño (Colombia) y Valparaíso (Chile), aunque es remarcable qué (según inferimos de ese mismo diccionario) no hay porteños más que en algunos lugares de América Latina.