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El “Fragmento Preliminar” de Alberdi. Abordaje de algunos de los conceptos fundamentales.

Lic. María Cecilia Tonon.

tononcec@hotmail.com

UNL

 

El presente trabajo forma parte de una investigación más profunda en la que se analizan las ideas de ciudadanía de la obra de Juan Bautista Alberdi en una etapa de su producción literaria. Sin pretender con esto enmarcar la cuestión específicamente desde la idea de ciudadanía, consideramos pertinente abordarla, pero a la luz de un texto que corona el inicio de su carrera como intelectual y político como es el “Fragmento preliminar al estudio del derecho”[1].  Esta selección del universo de análisis nos ha permitido acercarnos a determinados conceptos tan caros a Alberdi en esta época como son los de pueblo, nación, patria y democracia.  

El contexto de producción literaria

Entre 1837 y 1881, Alberdi produce una profusa bibliografía que ronda los tópicos vinculados al pueblo, a la nación, al ciudadano, al Estado, y a la Constitución.  Es que este tucumano, nacido bajo la auspiciosa gesta revolucionaria, refleja en sus obras la preocupación que tiene, como tantos otros de su  generación, por los asuntos relacionados con la construcción de todo un andamiaje social, político y económico en el Río de la Plata. Si el  siglo XVIII marca su ritmo destructivo y revolucionario, pues bien, Juan Bautista Alberdi, como fiel exponente del  XIX, demuestra lo que este siglo tiene de constructivo y alentador.

Este intelectual nace el 29 de agosto de 1810 en la ciudad de Tucumán, pero ya a los 14 años se encuentra pupilo en el Colegio de Ciencias Morales de Buenos Aires, ciudad en la que se instala y lleva una ajetreada vida social. Las veladas y los salones literarios lo envuelven con su manto creativo y así publica, en 1832, su primera obra “El espíritu de la música”. Sus visitas a la tierra natal lo llevan a publicar dos años después su “Memoria descriptiva sobre el Tucumán”, en donde ya vemos reflejado su interés por las cuestiones geopolíticas.  Sin embargo, el punto de inflexión en la vida intelectual y política de Alberdi lo podemos ubicar en al año 1837, en el que sus vinculaciones con algunos de los románticos rioplatenses, como Esteban Echeverría y Juan Gutiérrez, lo impulsan a escribir su gran trabajo de juventud, el “Fragmento preliminar al estudio del derecho”. Paralelamente, junto con otros de los integrantes de la Joven Argentina, lanza la revista “La moda”, un gacetín de música, literatura, costumbres y poesía.

Luego de estos primeros pasos como escritor  viene el tiempo del exilio, turbulento y prolongado. El año 1838 lo encuentra en el Uruguay, publicando en contra de Rosas y 1840, con un reciente título de abogado. Durante esta etapa, junto con sus conciudadanos exiliados, se embarca en la cruzada por delinear el perfil de un programa para la conformación de la nación Argentina. Es el tiempo delicuescente de las ideas de la Asociación de la Joven Argentina, un capítulo importante en la historia de este joven abogado que empieza a manejar sus primeras armas en el plano del derecho y de las ideas políticas. Por esta época, más precisamente en 1839, redacta la última de las “palabras simbólicas” del “Código o declaración de los principios que constituyen la creencia social de la República Argentina”, opera magna de Esteban Echeverría que en 1846 se publica corregida con el título definitivo de “Dogma Socialista”.

La tormenta se ciñe pronto sobre Montevideo, y el mismo poder que moviliza la partida de Alberdi del Río de la Plata, es el mismo que lo hace salir a un segundo exilio. En 1843, mientras el ejército de Rosas inicia el sitio de la capital uruguaya, el autor parte junto con su amigo Gutiérrez hacia Europa, dejando atrás el resonar de numerosas críticas ante esta actitud.[2]

Muchos sentimientos se mezclan en esta partida. Por un lado, la avidez por conocer el Viejo Mundo, paraíso cultural de los jóvenes de su generación, pero, por otro lado, comprende que los tiempos están cambiando, y que los ideales pregonados por la Asociación se deshacen en propuestas inalcanzables y cada vez más alejadas de su meta, producto del propio elitismo del grupo[3] y de las circunstancias que se están desarrollando en el Río de la Plata. El tirano no se va, les ha dado la espalda, y, además, los persigue. Aquella idea primigenia de construcción de la nacionalidad, de concretar el “programa nacional de la Revolución de Mayo”[4] a través de ellos, cae en saco roto. A partir de allí, las diferencias entre los miembros de la generación comienzan a hacerse evidentes, y la fragmentación se inicia.[5]

¿Qué comparte Alberdi con los hombres de la Generación del `37? Comprendemos que esta cuestión induce a muchas respuestas y, asimismo, a otras dudas y reflexiones. Para tratar de introducir una primera aproximación a la pregunta planteada podemos decir que junto con los románticos, nuestro autor comparte efusivamente las ideas heredadas del romanticismo francés de soberanía popular, de libertad, de nación y de patria. No son originales estos pensamientos en el ámbito del Río de la Plata, sino que los podemos identificar como una recreación del “espíritu de su siglo”.[6] Es notable cómo la influencia de las lecturas de Montesquieu, Rousseau, Constant, Tocqueville, Bastiat, Chevalier, Pardessus, Troplong, entre otros, se ve reflejada en sus escritos. Estos tratadistas del derecho, de la economía y la política hacen mella en nuestro autor, particularmente en su concepción del Derecho Público. De Benjamín Constant[7] lee su reconocido “Curso de política constitucional”, que, si bien ciertamente lo cita poco ...”sin embargo, basta leer el Fragmento preliminar, las Bases o el sistema económico, para rendirse a la evidencia de que Constant fue uno de los autores predilectos, no sólo de Alberdi, sino también  de la Generación del `37”...[8]

 De este autor toma también su idea de libertad y las nociones de los derechos individuales que de ella se derivan. Es fundamental este punto porque se transforma en uno de los puntales básicos del pensamiento alberdiano. En este sentido podemos aventurar una evolución en sus ideas con respecto a la libertad, al pueblo y al individuo. Desde una imagen de hombre no individualizado, inmerso en la masa que es el pueblo, encontramos a un Alberdi fuertemente intimista, privatista, y celoso defensor de las libertades individuales.  Es, tal vez, una de las pautas que podríamos tener en cuenta para ver el inicio de la fractura con el régimen saladerista porteño, que en Alberdi cobrará tintes particulares, por su singular oposición al monopolio fiscal del puerto y su defensa de los intereses del interior. Alberdi opinará que el rosismo es sólo “...la suma del poder público de toda la nación concentrada en Buenos Aires...[9]; la obediencia inerte; un programa fácil para atraer a las masas.

El “Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho”

El Alberdi del Fragmento es un Alberdi idealista[10]. Una etapa en la que el autor recoge los primeros frutos de su carrera como escritor, en la que prevé la importancia de buscar en la filosofía la garantía de abstracción de lo meramente subjetivo del individuo. En este sentido, si bien es miembro colaborador de la Asociación, en cierta medida se aparta de ella, configurando su propia filosofía, y cristalizando los ideales comunes “pautándolos a una razón de inmediatez”[11], fundándolos en pilares más seguros que el dogma o la fe, tal como quería su compañero Echeverría. 

Alberdi escribe para adoctrinar, para demostrar, para ordenar, para construir las bases claras que, en su opinión, necesita la Argentina y América. Para Alberdi, la filosofía es la madre de la nacionalidad, entonces, sobre ella carga sus tintas:

“La filosofía pues, que es el uso libre de una razón formada, es el principio de toda nacionalidad, como de toda individualidad. Una nación no es una nación, sino por la conciencia profunda y reflexiva de los elementos que la constituyen. (...)Un pueblo es civilizado únicamente cuando se basta a sí mismo, cuando posee la teoría y la fórmula de su vida, la ley de su desarrollo. Luego no es independiente, sino cuando es civilizado.(...)Es pues ya tiempo de comenzar la conquista de una conciencia nacional, por la aplicación de nuestra razón naciente, a todas fases de nuestra vida nacional”  [12]

La filosofía del joven Alberdi remite a uno de los puntales fundamentales de estos primeros escritos, la idea de nación. El autor es el pensador por excelencia del ser nacional y quien comprende que la emancipación del régimen español no es la clave del éxito revolucionario, sino que es necesario pensar en otras formas para hablar de liberación. Esto entraña, para el estudioso, surcos más profundos que hay que empezar a cavar a partir del puntapié que significa Mayo. El tucumano trata de crear una civilización, una cultura, ajustada a los marcos americanos, rioplatenses, telúricos, en definitiva. Su nacionalismo se apoya en una cuidadosa discriminación entre los valores universales y lugareños. Para Alberdi, lo nacional en América no es lo autóctono. En todo caso, el indio, los caudillos, son simples resabios de la Colonia, meros accidentes geográficos. Lo nacional en el pensamiento alberdiano de estos primeros tiempos, se apoya en lo foráneo, en lo anti-nacional, en lo extranjero, en las corrientes de la civilización madre: Inglaterra, con sus instituciones y sus técnicas mecánicas; Francia con su intelectualismo, y España con el catolicismo.

Asimismo, es probable que para el autor la nación no es sólo un hecho físico, concreto, sino que además representa una realidad moral e intelectual que no supone la simple territorialización de un grupo de habitantes que conviven y forman un núcleo de población. Al pensar en la nación, Alberdi da a entender que no basta la delimitación de un territorio y de un poder independientes, sino que es necesario sembrar la conciencia de un destino común, de un proyecto de vida. transición

Está presente en la concepción alberdiana el montaje de una “revolución verdadera”[13] con la que se dé comienzo a la constitución del Estado y de la nacionalidad. Es aquí donde aparecen dos planteos importantes en la ideología de Alberdi, por un lado, su idea de revolución, íntimamente relacionada con el pueblo y la patria; por otro lado, su fuerte conciencia constitucional, vinculada al Estado y a su organización. La revolución verdadera tiene que ver con el torbellino interno de Alberdi, propio de quien  lee, estudia y escribe con claros perfiles aleccionadores y constructivos. Los escritos de Alberdi, como muchos de los miembros de la generación del `37, no transmiten la idea de una patria ya dada. Por el contrario, lo que Alberdi ambiciona es hacerla él, construirla, moldearla. 

Pero estos ideales arrasadores de lo dado, de lo secular, de lo establecido, no se armonizan con su idea de revolución ilustrada. Según Alberdi es necesario aggiornar la revolución de Mayo, privarla de su manto afrancesado con olor a democracia popular, a voluntad general. Piensa una revolución para el pueblo, “aunque poco con él”[14].  La acritud con que toma el tema de las revoluciones populares refleja un modo de pensar ilustrado, elitista, pero paradójico también. Así como habla del pueblo como “el legítimo revolucionario”,  lo refiere como “la pobre mayoría, inculta y joven”. De la misma manera que aboga por una revolución desde el pueblo y por el pueblo, critica a la modernidad por sus excesos “populares”.

En la mentalidad alberdiana, los desbordes del siglo XVIII llevan implícitos un clima de difusión de la voluntad pura del pueblo, sin restricciones ni barreras, que se entronca con la más exagerada doctrina materialista en la que sólo cuenta la ciencia, la técnica, los bienes materiales,  y el utilitarismo. El siglo XVIII enmascara con sus revoluciones intelectuales, científicas y tecnológicas la verdadera esencia de esos cambios. El hombre, entonces, queda perdido en medio del torbellino revolucionario de las ideas y de las cosas. Estas características colaboran con la idea alberdiana de implantar un  tentempié moral que apelase a la madurez mental y cultural de los pueblos. Como fiel lector de Rousseau, Alberdi mantiene una actitud de desconfianza con respecto al materialismo puro de la naturaleza humana, apelando a una búsqueda de condiciones más humanas, más justas, más éticas.

Igualmente, se puede observar en el Fragmento un pensamiento dual sobre  la importancia de la presencia de los intelectuales en estas transformaciones. La ambigüedad se manifiesta en dos actitudes con respecto al pueblo. Por un lado, manifiesta una actitud anti-intelectual, exteriorizada en las referencias  a la sabiduría popular y vulgar, por ejemplo cuando expresa: “Respetemos la pobre mayoría, es nuestra hermana: aunque inculta y joven, pero vigorosa y fuerte. Respetemos su inocente ignorancia y compartamos con ella nuestra odiosa superioridad mental”[15]. Por otra parte,  es clara su crítica a la participación popular, a la necesidad de preparar al pueblo para ser acreedor de un “sistema de cosas”. Es así también como carga las tintas sobre las desventajas que acarrea la incorporación apresurada de la participación popular. En este sentido Alberdi aclara que la democracia, como forma de gobierno, requiere un estadio de madurez política, algo de lo que justamente carecen los países latinoamericanos por aquella época. En todo caso, según nuestro autor, hay que tener en cuenta que la democracia es el fin, y no el punto de partida de la construcción de las sociedades políticas, del Estado. Se trata de educar al pueblo para que éste sea capaz de discernir entre sus representantes, y no caer en el oprobio que significa el poder despótico.

 Ahora bien, llegados a este punto, nos gustaría empalmar los tópicos desarrollados hasta el momento con la cuestión de la ciudadanía. En esta etapa, Alberdi no habla específicamente de la ciudadanía. En el Fragmento apenas si se la nombra. Entendemos, en todo caso, que la idea de ciudadanía se entremezcla necesariamente con otros conceptos como son los de pueblo[16], democracia, nación, o  libertad.

Lo que va a hacer en el Fragmento es, justamente, delinear el objeto o el fin del estado, condición sine qua non de la unión nacional; y como referente  entre el Estado y  la nación aparece el pueblo. ¿Quién es o qué representa el pueblo para Alberdi? En principio, el pueblo no es una clase, ni un gremio, ni un círculo. Es todas las clases, todos los círculos y los roles; es la humanidad, la mayoría, la multitud, la plebe. Pero la plebe entendida como mayoría popular, como una superación de aquel título despectivo aplicado a las masas por la minoría privilegiada. Porque si bien Alberdi  no cree en las democracias numéricas, dado su particular espíritu idealista y romántico, apela a una reivindicación del pueblo como legítimo soberano del poder  político. Pero nada más que eso puede pensar para el pueblo y por el pueblo.  Por el momento el pueblo es “la pobre mayoría, inculta y joven” a la que es preciso educar; pues sería ridículo intentar dar códigos, leyes, libertad, a quienes apenas comienzan a leer y escribir y a hacer sus primeros pasos independientes. Esto último da cuenta de aquella imprecisión y laxitud respecto a determinados aspectos que tienen que ver con la coexistencia entre elementos del Antiguo Régimen y de la etapa revolucionaria y post-revolucionaria.

 Alberdi es consciente de que un mal ordenamiento da siempre lugar al desarrollo espontáneo y fatal de la civilización. Es preciso que el pueblo espere, tome su tiempo, estudie y madure para ser digno de la libertad tan preciada y tan necesaria para nacer a la civilización. Nuestro autor hace un llamado a un nuevo tipo de revolución, superadora de la primera instancia combativa, a través de las armas. Apela a una revolución más íntima, moral, que tenga que ver con la transformación del sujeto, en cuyas manos pone  la industria, el arte, la filosofía, la religión, la moral. Pues no son las revoluciones materiales las que hacen a los pueblos libres,  ya que   (se) “mudan los hombres, las instituciones, las cosas; ¿mejoran los ánimos?, por un día, y luego, sigue el tedio, la desesperación, el abatimiento”, porque, (...)”en el estado en que nos encontramos, una revolución no puede tener por resultado, sino la desmoralización, la pobreza, el atraso general, y por corolario de todas estas ganancias, la risa de los pueblos cultos”.[17] 

El sostén básico y fundamental del pensamiento alberdiano es la filosofía, y ésta tiene un gran referente que es, precisamente, el pueblo.  Los pueblos, como piensa Alberdi, tienen su propia filosofía, su particular metafísica, su modo de andar, de progresar en el mundo. Este desarrollo se opera a través de una serie de transiciones y transformaciones sucesivas, que se gestan paso a paso. De esta forma, en un pasaje del Fragmento expresa:

“Las verdaderas revoluciones (...) Son invencibles, porque son populares: sólo el pueblo es legítimo revolucionario: lo que el pueblo no pide, no es necesario. Preguntad al pueblo, a las masas si quieren revolución. Os dirán que si la quisiesen, la habrían hecho ya. (...) Respetemos al pueblo, venerémosle: interroguemos sus exigencias, y no procedamos sino con arreglo a sus respuestas. No le profanemos tomando por él, lo que no es él.”[18]

A esta altura ya podemos inferir que en el pensamiento alberdiano de esta época el pueblo viene a ser la expresión del poder de la propia sociedad. La soberanía popular no está en duda, sino por el contrario, aparece reivindicada y reforzada, en particular, cuando hace referencia a las formas políticas por las que han podido y pueden optar los pueblos sudamericanos. Alberdi habla de la democracia y del poder representativo. Discute sobre poder político y lo instala en la sociedad, presentándolo como la “faz de la sociedad misma”, y en este clivaje poder-sociedad, aparece el gobierno como un reflejo del carácter del pueblo que es el que lo “cría”.  De esta forma, al mejor modo rousseauniano, explica sobre la capacidad del pueblo para derrocar a un mal gobierno cuando los representantes abusan de ese poder conferido por el pueblo.

Pero en el esfuerzo por aclarar las circunstancias teórico-políticas de las sociedades sudamericanas aparece una gran salvedad, la fuerte excepción a la regla democrática: el pueblo tiene el poder, el pueblo es soberano, pero el pueblo latinoamericano es un infante, necesita protección y madurez. Según el autor, al pueblo latinoamericano le falta una conciencia profunda y reflexiva de los elementos que lo constituyen; elementos fundantes de una nación y de un Estado. Por estos motivos piensa que la democracia, como forma política admitida para los nuevos estados independientes, nace como un niño enfermo. Motivos como éstos son los que permiten encontrar en la obra de Alberdi numerosas referencias a aquello que constituye el gran error de las sociedades políticas post-independentistas, el salto apresurado a las formas democráticas populares. Transcribimos algunas líneas:

  “Sin haber vivido tanto como la Europa, al primer albor de independencia, quisimos alcanzar nuestros tiempos representativos; y saltando de la edad colonial, a la edad representativa, quisimos ser viejos cuando recién nacíamos. Nos hicimos independientes, y enseguida demócratas, como si la independencia interior fuese un inmediato resultado de la independencia exterior”

(...)”la democracia actual, tiene que ser imperfecta, más visible que íntima, y que serlo sin remedio, porque así lo exigen las condiciones normales de nuestra existencia presente”.[19]

Observamos que en el imaginario alberdiano, la evolución de los sistemas políticos constituye algo normal e indestructible, ajeno a las “voluntades y caprichos del pueblo”. En el caso particular de la democracia no se trata de una forma arbitraria, imperativa; no se trata de que “un pueblo diga, quiero ser república, sino que es menester que sea capaz de serlo”.[20]

Las fórmulas representativas corresponden, según Alberdi, a los resultados determinados por circunstancias morales e intelectuales de un pueblo. Es un fin, una meta a la que llegan los pueblos por el camino triunfante del Poder Legislativo, del poder soberano, individual e inteligente, y que en su marcha progresiva se transmuta en mayoría, en universalidad.

Estas ideas que plantea Alberdi sobre las formas democráticas manifiestan su incertidumbre sobre la situación política por la que atraviesa el ámbito rioplatense en esos momentos. Para Alberdi, las formas populares escogidas son imperfectas, superficiales, laxas, porque la sociedad política que las elige no esta preparada para ellas. Para que el pueblo pueda acceder a la democracia es necesario que éste aprenda a pensar, a producir, a reclutarse para participar soberanamente. Y vuelve a insistir nuestro autor en su Fragmento en que la democracia “es la condición futura de la humanidad y del pueblo”[21], y que éste sólo puede reinar en la medida en que sea capaz de haber asumido los roles de vasallo, cliente, plebeyo, pupilo, menor.

En resumidas cuentas, lo que Alberdi intenta explicar es que hay una evolución normal, indestructible de las formas políticas creadas hasta ese momento por la humanidad, que es superior a las voluntades y a los “caprichos del pueblo”. Por ende, para que Sudamérica y, particularmente, la Provincias Unidas puedan acceder a la democracia y vivir en ella, es preciso atravesar por otras instancias previas de maduración socio-políticas, a la vez que tomar con cautela los requerimientos del pueblo. Porque, en todo caso, “el medio más cabal de alejar un resultado, es acelerar su arribo con imprudente instancia[22].

Alberdi intenta, a través de este pensamiento entre idealista (por su actitud constructivista, creativa, por sus preocupaciones socio-políticas) y materialista (porque prefiere la conveniencia, la objetividad, la verificabilidad de las experiencias) manifestar los efectos adversos que puede tener la incorporación apresurada de las formas de participación directa del pueblo en los ensayos constitucionales, en la estructuración de los gobiernos, en definitiva, en la formación de los Estados nacionales.  Para esto, insiste nuestro autor, se precisa la capacitación, la formación, el lento aprendizaje del pueblo para el surgimiento efectivo de una ciudadanía. En este sentido, es indispensable el paso del tiempo para que los pueblos puedan alcanzar la madurez necesaria para conformar las identidades nacionales, soporte de los  Estados.

Como ya podemos colegir, la nación es el gran tema de las obras de Alberdi, y su punto de partida se establece ora en el Fragmento. En este escrito el autor habla de la significación que posee el vocablo para cada pueblo. Refiere a la importancia que tiene observar, estudiar y reivindicar las condiciones de espacio y tiempo (nacionalismo), y también explica las implicancias que tiene la nación como objeto de una filosofía propia, eje de la concepción alberdiana y madre de toda emancipación y nacionalidad.

La nación, para Alberdi, remite a una “conciencia profunda y reflexiva de los elementos que la constituyen”[23], razón que supone un conocimiento necesario y fundamental del ser, de las ambiciones y de las condiciones de felicidad de cada pueblo. Estas necesidades hablan de una organización pública adecuada al espacio americano.

El encargado de acometer esta ardua tarea de construir una filosofía nacional, surgida de los requerimientos sociales típicamente americanos, va a ser el filósofo, el ilustrado. Como manifestación de este espíritu instructivo, Alberdi propone la revolución ilustrada, de la que ya hablamos con anterioridad. El autor apela a esa asonada reflexiva y racional para la conquista de una forma de civilización propia. Porque si se trata de sostener y defender la libertad política hay que pensar, entonces, que la inteligencia, la razón, es la fuente de esa libertad. A partir de allí, se puede interpretar la importancia reservada al plano de la ilustración, pues (...) “Los pueblos ciegos no son pueblos, porque no es pueblo todo montón de hombres, como no es ciudadano de una nación, todo individuo de su seno[24].

Alberdi propende a que el progreso social y la soberanía nacional se sostengan en la razón de los ciudadanos. Pero para que la mayoría pueda considerarse ciudadanía, es necesario, ilustrarla, dotarla de razón, de inteligencia. Mientras tanto, gobiernan quienes ya tienen las “luces” para llevar adelante estos objetivos sociales y políticos.

 Por otro lado, el autor apuesta a un reino de libertad que implique la conformación de la nación. Es preciso, pues, forjar el desarrollo de un ser nacional, de una civilización propia ajustada a las circunstancias endógenas. Es por eso que Alberdi apela a la conformación de una civilización nueva, marcada por el sesgo de una realidad moral e intelectual que refiera la conciencia de un destino común.

Por su fuerte conciencia constitucional y constituyente, el tucumano reclama por un estado constitucional autóctono, pleno, soberano, y no una serie de “imitaciones forzadas”, o –hablando de las instituciones- una “amalgama de cosas heterogéneas”. Pero para que esto suceda, es necesario sacudir el manto de instinto, de costumbre, de “feudal” que todavía tienen adosados los pueblos sudamericanos. Es preciso que “el tiempo amase más, estreche más, haga más homogénea nuestra sociedad”.[25]

Así como su romanticismo le dicta su clamor por lo popular, su racionalismo se manifiesta en una cuidadosa discriminación entre lo nacional y lo universal. Entendemos, en este sentido, una particular noción de nacionalismo que se esboza en estos primeros momentos, pero que se desarrolla en escritos posteriores, y que sostiene una clara diferenciación entre elementos universales y lugareños. Para Alberdi, lo nacional en América no es lo autóctono. Los indios, los gauchos, los caudillos resultan meros accidentes geográficos, no más que resabios de los tiempos coloniales. Como originario aparece lo extranjero, lo que él da en llamar en algunos escritos “las corrientes de civilización madre[26]: Inglaterra, Francia, España. Entre éstas últimas también aparecen diferenciaciones muy profundas, entre lo que él denomina las potencias “civilizadas”, liberales, tecnificadas y progresistas como Inglaterra, Francia, Alemania; y aquella rezagada del “movimiento inteligente de la Europa”[27], es decir, España. Es en sus Bases donde Alberdi logra imprimir un carácter más fuerte y contundente a estos tópicos, en donde manifiesta su amor por la cultura europea y la influencia de ésta en América, pero esto ya desborda los límites propuestos para este análisis.

En este lapso, y con estos escritos abordados, nos encontramos en la antesala de un pensamiento alberdiano fuertemente imbuido de romanticismo liberal afrancesado. Las ideas no son ni originales ni transgresoras, sino más bien marchan al ritmo ideológico del siglo XIX, pero con todo el vigor y la energía revolucionaria derivada de la turbulencia que  trae consigo el siglo XVIII.

Los pensamientos de Alberdi de esta primera etapa referidas a la conformación de una identidad nacional vernácula, de una ciudadanía posible, y de una conciencia constituyente en formación, permiten advertir los resquicios por el que se filtran las representaciones ideológicas decimonónicas que tanto han influido en la formación de los primeros estados latinoamericanos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

 

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[1] Se trabajó con la reproducción del “Fragmento preliminar” que aparece en la obra de Oscar Terán “Escritos de Juan Bautista Alberdi”, en Terán Oscar.  Escritos de Juan Bautista Alberdi. El redactor de la ley.  Bs. As.,  Univ. Nac. de Quilmes,  1996.  Ps. 59 a 92. 

[2] Cfr. Canal Feijoo, Bernardo.  “Alberdi y el país,  en V.V.A.A.  Estudios sobre Alberdi.  Bs. As.,  Ediciones de la Municipalidad,  1964.ps. 38 y 39.

[3] Cfr. Wasserman, Fabio.  La Generación de 1837 y el proceso de construcción de la identidad nacional argentina,  en Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”.  Tercera serie, núm.15,  1º semestre de 1997.  p. 16.

[4] Idem ant. p. 11.

[5] Ibidem.  p. 17

[6] Cfr. Feinmann, José Pablo. “La filosofía de Alberdi”, en Filosofía y Nación. Bs. As.,  Legasa,  1982.  ps. 73 a 75.

[7] El pensamiento de Constant se hace notar, más allá del contexto en que se produce (Francia entre 1797 y 1806 y, más tarde, entre 1815 y 1820), también en Alemania, Suiza y en la España del Trienio, que precisaban de una cultura política liberal. De la misma manera, esta influencia se traslada desde Europa a través de las elites criollas, a América.

[8] Belgrano, Mario C. “El pensamiento liberal francés en Alberdi”,  en AAVV.  Op. cit.  p.174.

[9] Mayer, J.  “La personalidad de Alberdi”., en  V.V.A.A.  Estudios sobre Alberdi. Op. cit.  p.17.

[10] Entendemos este concepto como un estado de desarrollo intelectual que reivindica la capacidad sensorial del sentimiento, la intuición y la emotividad; y que se manifiesta en actitudes constructivas, creativas, subjetivas. Todas estas características que podemos observar como remanentes de la corriente romántica, en Alberdi se repesentan con matices, con zonas grises, que prefiguran un momento transicional en su pensamiento.

[11] Canal Feijoo, Bernardo.  “Alberdi y el país”, Op. cit. p. 41 

[12] Juan Bautista Alberdi.  “Fragmento preliminar al estudio del derecho”. Op. cit. p. 65.

 

[13] Cfr. Canal Feijoo, Bernardo. “Alberdi y el país”,  en AAVV.  Op. cit.  p. 42.

[14] Canal Feijoo, Bernardo.  Idem ant.  p. 43.

[15] Alberdi, J.B. “Fragmento preliminar al estudio del derecho”. Op cit. p. 80.

[16] Hablamos de “pueblo”, entendido como un todo colectivo, con un carácter corporativo. Al respecto véase Chiaramonte, José C.  Ciudadanía, soberanía y representación en la génesis del Estado Argentino (1810-1852). Biblioteca del Pensamiento Argentino.  Bs. As.,  Ariel,  1997.  ps. 108/109.

[17] Alberdi, Juan Bautista. “Fragmento preliminar al estudio del derecho”, Op. cit.  p. 73

[18] Alberdi, Juan Bautista. “Fragmento preliminar al estudio del derecho”,  ps. 79 y 80.

[19] Idem ant. p. 78.

[20] Ibidem. Op. cit.  p 78.

[21] Alberdi, Juan B. “Fragmento preliminar al estudio del derecho”.  p. 69.

[22] Idem ant.

[23] Ibidem. p. 65.

[24] Ib.  p. 68.

[25] Alberdi, Juan B. “Fragmento preliminar al estudio del derecho”. p. 88

[26]  Cfr. Mayer, Jorge M.  “La personalidad de Alberdi”,  en AAVV.  Op. cit. p.16.

[27] Alberdi, Juan B. “Fragmento preliminar al estudio del derecho”. p. 69.