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Burke en Lincoln: Una lectura epistemológica de Arturo Jauretche

 

Juan Quintar[1]

jquintar@ciudad.com.ar

UNCo - Neuquén

 

Jauretche –no caben dudas- es una figura central en el pensamiento nacional. A través de una prosa punzante no solo que se propuso construir una mirada “nacional” de la realidad, sino que en este caso es bien claro que trató de hacerlo mas allá de doctrinas, escuelas o modas intelectuales. Allí quizá radica gran parte de su particularidad, agudeza y capacidad crítica que a la vez hace dificultoso el análisis de su producción en forma global. La idea de estas reflexiones es tratar de comenzar a poner en evidencia no el marco teórico desde el cual ha mirado –algo imposible en Jauretche- sino mas bien el ángulo epistémico de esa mirada.

Sus influencias intelectuales han sido variadas. En sus primeros años de militancia radical pasan por sus manos los textos de Marx, se apasiona con la Revolución Mexicana; milita en el movimiento de la Reforma Universitaria; asume el liviano y fácil antiimperialismo de los intelectuales de la época; milita en la “Unión Latinoamericana” y en la “Alianza Continental”, lugares donde se decepcionó rápidamente, pero donde las conversaciones con dirigentes del APRA dejan en él una huella indeleble, sobre todo la condena del europeísmo en la mirada política latinoamericana. Pero nuestras reflexiones tratan de develar cómo su anterior experiencia conservadora[2] dejó también una marca muy fuerte en la forma de interpretar la realidad, en su ángulo de mirada. En ese sentido, Jauretche toma de la tradición conservadora dos cuestiones fundamentales: el lugar de la historia en la política, y la idea de la validez de los saberes del pueblo con el consiguiente anti intelectualismo o desconfianza al idealismo en la práctica política[3]. 

 

Hacia un populismo epistémico

“Y los pobres ignorantes se encontraron que tenían mejor cosa que aprender; y se prestaron a ello mucho más que sus compatriotas educados, por lo mismo que no tenían nada que desaprender

G. K. Chesterton. Pequeña historia de Inglaterra[4]

 

El conservadorismo, como tradición,  tiene en Edmund Burke -y sus textos críticos a la Revolución Francesa- un pilar fundamental. En esos textos se cuestiona fuertemente a las formas de conocimiento que privilegian la razón y la estricta deducción en las relaciones humanas –al decir de Burke- como si se tratase de “geometría” y no de personas. Esa forma de razonamiento, para Burke y los conservadores del S.XIX, es muy limitada para los asuntos humanos. Las “Reflexiones sobre la revolución” de Burke constituyen el primer gran cuestionamiento, anclado –entre otros aspectos- en lo inconsciente o lo prerracional de la sociedad, al racionalismo iluminista. Las personas y sus relaciones exigen de un tipo de conocimiento que surja no solo de la lógica sino básicamente de los sentimientos, las emociones y la experiencia histórica de la comunidad. En esta línea, el sentido común –el “prejuicio” en términos de Burke- tiene una sabiduría intrínseca, anterior al intelecto, a la razón. Ese “sentido común” es para los conservadores como una epítome, un resumen o síntesis de lo más importante de la sabiduría que se ha acumulado a lo largo de la experiencia histórica,  y en la que hemos sido socializados. El hombre, desgajado de esta fuente de conocimiento –percepción popular, entendimiento o conocimiento que es común entre las personas de una nación- no sería posible.

 

Otros conservadores han hablado  del “conocimiento de” frente al “conocimiento sobre”, en los términos de William James. El primero es el que surge de nuestra experiencia, el conocimiento que incorpora nuestra experiencia y la colectiva, es de orden práctico. Es parte vital de nuestras vidas porque es el conocimiento que deriva de nuestro proceso de habituación. El segundo es el que aprendemos del libro de texto “acerca de” algo que está ajeno a nosotros. Si el sentido práctico predomina en el primero, aquí predomina la abstracción y la generalización. El conocimiento acerca de la pintura, de la música, requiere estudio. Pero el conocimiento de la música o del arte, requiere el tipo de conocimiento que solo puede tener un pintor o un músico. Otro gran conservador como Michael Oakeshott lo plantea en términos de “conocimiento de la técnica” y “conocimiento práctico”[5]. Llevando esto a los principios de la acción política, solo quienes tienen conocimiento de pueden proporcionar los medios prácticos para comprender a la sociedad y hacer un buen gobierno. Esta es la crítica conservadora a todo tipo de acción política derivada de un marco teórico o ideológico, desde donde –se dice- se sabe mucho de ideas, pero poco del sentido práctico y de oportunidad que requiere la política. El pensamiento conservador ha desdeñado, desde Burke en adelante, la idea de cierta intelectualidad que señale el camino de las transformaciones políticas, en la medida que sus abstracciones no posibilitan pensar en las personas concretas, sus hábitos, usos y tradición. Como podría advertirse, a pesar de Burke, su pensamiento alimentó cierto populismo en la medida de que el sentido común, que está en las mayorías, tenía un lugar relevante en la interpretación de la sociedad, de la política, como también del ritmo y fines de la misma.

Como se ha anticipado en la introducción, si Jauretche no pone en evidencia un marco teórico en reiteradas oportunidades deja sentado el lugar desde donde piensa y escribe y en ese sentido pone en evidencia sus raíces conservadoras. No es casual la cita de Chesterton. Para él lo popular es –o debe ser- la fuente de la actividad intelectual, y nos dice entonces: hay que escribir “desde el pueblo”, es decir “desde la realidad expresada por su agente humano y natural, lo que supone integrarse en el mismo abandonando la presunción básica de la intelligentzia, que es su atribución  de un status de carácter intelectual diferenciado del pueblo y rector de éste”[6]. Lo popular ”es el cegado, pero siempre resurgente manantial, que rechaza lo que no es nuestro o lo recrea sobre la realidad y lo hace nuestro cuando lo cambia y lo adapta”[7]. Fuente que solo puede reconocerse “con el oído pegado a la tierra en que nació, y oye el pulso de la historia como un galope a la distancia”[8].

Desde allí cuestiona lo que él denomina “intelligentzia” que frecuenta con éxito las cumbres del pensamiento “pero no baja de las cumbres a la esquina de café y a la cancha de fútbol, donde tiene todavía que aprender las primeras letras del alfabeto de la realidad”[9].

En una de sus últimas apariciones públicas, en Bahía Blanca durante los primeros meses de 1974, aclaraba su perspectiva en unas conferencias que tituló “Metodología para el estudio de la realidad nacional”. Allí señalaba que “la concepción del mundo forma parte de los procesos culturales...y el hombre común, al que no lo han mordido los libros, se ubica en el centro del mundo y ve los acontecimientos como en realidad ocurren....El hombre del común ve primero y mejor porque aunque padezca de defecto visual por su falta de elementos de apreciación, esto queda compensado por la ausencia de instrumentos negativos que impiden valorar la realidad sin distorsiones[10].

 

Esta perspectiva es afirmada por Jauretche en cada uno de sus textos. Sea en sus mas sistemáticos análisis de la sociedad, de la cultura, o de la economía, como en sus polémicas. Por supuesto que esto deriva en el cuestionamiento a la colonialidad del saber en la formación académica e intelectual en los países latinoamericanos, y la vigencia del dilema sarmientino: civilización o barbarie. Desde donde se partió “para negarle la condición de cultura al complejo cultural que representaba el país original para considerarlo como inexistente culturalmente y proponer como único objetivo su civilización, pero la civilización vista como un proceso de transferencia europea a América”. Pero allí nuevamente el problema, porque se pensaba así “con una imagen de Europa que no es Europa sino la imagen que, por el libro, el hombre hace de Europa. Es decir que la imagen que ellos tienen de la civilización es una imagen ideal”[11], libresca, no parte del diálogo con esa cultura.

 

Los muertos hablan

“Quienes nunca miran hacia sus antepasados nunca podrán preveer el porvenir”

Burke, Edmund

 

El ataque conservador al racionalismo no parte solamente de la cuestión relativa al lugar de los saberes populares y a la exigencia de pensar en las personas concretas, sino también y fundamentalmente de pensarlas situadas cultural e históricamente. De Maistre señalaba que las constituciones escritas “están hechas para el hombre. Pero en la tierra no existe el hombre como tal. Yo he visto franceses, italianos, rusos, etc., pero declaro que nunca en mi vida he visto a un hombre, a menos que de hecho exista y sea desconocido para mi”. No existen las personas sino situadas cultural e históricamente. Las personas no solo no pueden ser pensadas desgajadas del proceso que las constituyó, sino que existe la sociedad porque hay un compromiso “no solo entre todos aquellos que viven, sino entre aquellos que viven, aquellos que están muertos y aquellos que han de nacer”[12]. Así, el verdadero método histórico no es una constante reflexión en el tiempo, mucho menos la simple narración de historias; es el método de estudiar el presente de tal manera que ponga en evidencia su entramado en el tiempo, su profundidad temporal[13].

El peso de la historia en la política es algo que puede rastrearse, como rasgo persistente del conservadorismo, desde Burke –a fines del S.XVII-; Ranke –en el S.XIX-; u Oakeshott y Voegelin en nuestros días. La historia legitima la existencia, por lo tanto es un factor sustancial para ponderar y promover los cambios en la sociedad.

Uno de los pilares desde el cual el conservadorismo cuestiona el racionalismo es justamente éste, el lugar devaluado de la historia en la acción política. Frente a ellos, el conservador plantea  que “la sociedad no es algo mecánico, no es una máquina cuyas partes sean intercambiables y desagregables individualmente. Es orgánica en su articulación”[14] y se ha construido de esa manera a través del tiempo. Por eso la realidad social se entiende mejor mediante una aproximación histórica. La historia –desde esta perspectiva- otorga legitimidad a la política.

En el ángulo conservador desde el cual se conoce, hay una cuestión muy fuerte –como punto de partida- cual es la capacidad de comprender el momento en que se vive y ponderar sus riquezas desde la profundidad temporal de la sociedad misma. La cuestión de la conciencia histórica emerge aquí con mucha claridad. Para un conservador la historia, la experiencia, aporta la principal fuente de conocimientos en cuanto a lo social y político se refiere.

 

Arturo Jauretche dedica uno de sus textos a la cuestión de la historia[15] y allí, como continuando la reflexión de Burke u Oakeshott, señala –retomando a Chesterton- que una de las diferencias entre la política realista y la que se despliega desde “abstracciones idealistas” es justamente el conocimiento de la historia. “Para una política realista la realidad está construida de ayer y de mañana; de fines y de medios, de antecedentes y de consecuentes, de causas y concausas”. Ese conocimiento histórico no se refiere a la simple recolección de hechos, “porque el conocimiento del pasado es experiencia, es decir, aprendizaje....Eso es la función de la historia en la química de la sociedad y de las naciones: proporcionar juntamente con los datos de la realidad, la aptitud técnica para aprovecharlos”[16] . La historia entonces no está en el pasado. “Pasado, presente y futuro son historia...la política es la historia del presente como la historia es la política del pasado”[17]. En ese sentido coincidía plenamente con el concepto de vida histórica que años después -desde otro lugar del saber- desarrollaría José Luis Romero[18]. Pero esa idea lo lleva a tratar de develar la existencia de lo que a su vez llamó “una política de la historia”. Que de un lado tiene el objetivo de “que los argentinos tuviesen una idea irreal del país y de sí mismos”[19] y de otro trata de develar una historia que revele un país y una política distintas. Si la política  de un país es necesariamente “la resultante de un conflicto de fuerzas, de medios y de fines...la historia es el gran escenario donde esas fuerzas se ponen al descubierto para manejarse a favor o en contra”[20]. Volviendo a Burke en sus Reflexiones sobre la revolución, señala que normalmente la voluntad de resistencia y de lucha que emerge en los pueblos, es fruto del conocimiento interno de los derechos construídos históricamente o de los instintos de libertad, construidos lenta e históricamente en el seno del pueblo: estos son los “prejuicios” o saberes respecto de la religión, la propiedad, la autonomía nacional y los roles de larga tradición en el orden social. Estos, no los derechos abstractos escritos en un papel, son el poder impulsador en las luchas de los pueblos por la libertad. Rescatarlos de la historia, hacer el esfuerzo conectivo con el presente, era para Jauretche el esfuerzo que debía desembocar en una política distinta.

 

Comentario final

 

Como lo hemos planteado en la introducción de estas reflexiones, nos interesa comenzar a despejar ciertas dificultades en el estudio del pensamiento de Jauretche, básicamente aquellas que emergen al tratar de encuadrar teóricamente su producción. En principio estamos en condiciones de afirmar que esta perspectiva epistémica conservadora le permitió a Jauretche un pensamiento que, al no estar atado a marcos conceptuales estructurados o cuerpos teóricos específicos, tuvo la flexibilidad y el dinamismo que la realidad misma exigía. Este quizá sea el nudo de lo que -desde otro lugar- Hugo Zemelman distingue entre pensamiento epistémico y pensamiento teórico, señalando que el segundo está siempre amarrado “a conceptos que no son pertinentes, que no están dando cuenta de la realidad....que son acuñados en otros contextos y que muchas veces la academia o la intelectualidad los repite sin revisar debidamente si están dando cuenta de las realidades concretas”[21]. El pensar epistémico –desde su perspectiva- consistiría en un uso crítico de los conceptos, desgajados de cuerpos teóricos, de manera que podamos “construir el conocimiento de aquello que no se conoce” lo cual está directamente relacionado no con la capacidad de aplicar teorías sino de plantearse problemas   

 Retomado a Jauretche –paradojalmente- quizá sea esta perspectiva conservadora la que mantiene en él una frescura polémica y revolucionaria a lo largo de toda su producción y acción políticas. Este ángulo le da esa frescura pero también lo empuja a cierta soledad, evidente cuando lo vemos distanciarse de J.W.Cooke o de Perón en lo político, como de marxistas nacionales al estilo de Hernández Arregui o de Ramos, o nacionalistas como José María Rosa. Aunque de alguna manera esta perspectiva parece ser compartida por pensadores como Rodolfo Kush[22].

Actualmente Alcira Argumedo[23] ha retomado esta línea cuando caracteriza las matrices de pensamiento haciendo referencia al conjunto de saberes que, en el transcurso de cientos de años, los sectores populares fueron procesando una especie de  “visión de los vencidos”. Para Argumedo el otorgamiento de potencial teórico a la misma puede reprocesar esas experiencias populares hacia un conjunto conceptual que otorgue continuidad al pensamiento nacional y latinoamericano. Lejos de ello, Jauretche ha pretendido solo valerse de esa riqueza para articular un pensamiento propio y hacer política, sin pretender cristalizar ese pensamiento en teoría, lo cual posiblemente le haya quitado capacidad interpretativa, no obstante comparte con la mayoría de los pensadores nacionales la voluntad de recuperar el potencial teórico de esas experiencias populares.



[1] Universidad Nacional del Comahue. Facultad de derecho y Ciencias Sociales. Facultad de economía y Administración.

[2] Arturo Jauretche, a los 18 años llega a ser Secretario del Partido Conservador.

[3] Nisbet, Robert. Conservadurismo. Alianza Editorial. Madrid, 1995.

[4] Citado por Arturo Jauretche en Los Profetas del Odio, para dar cuenta de sus “padrinos” o fuentes intelectuales.

[5] Oakeshott, Michael. “El racionalismo en la política y otros ensayos”. Cap. I.  FCE. México, 1989.

[6] Los profetas del odio. Peña Lillo Editor. Buenos Aires, 1982. En realidad  retoma lo dicho por Ernesto Palacio años antes.

[7] Los profetas.....op.cit.

[8] Los profetas.....op.cit.

[9] Los profetas.....op.cit.

[10] Jauretche, Arturo. Metodología para el estudio de la realidad nacional. Editorial Fundación Ross. Rosario, 1984.

[11] Jauretche, Arturo.  “Metodología para el estudio de...”. Op.cit.

[12] Burke, Edmund. Reflexiones sobre la Revolución Francesa. En: “Textos Políticos”. México, F.C.E., 1980.

[13] Nisbet, Robert. Op. Cit.

[14] Nisbet, Robert. Op. cit.

[15] Jauretche, Arturo.Política nacional y Revisionismo Histórico. Peña Lillo editor. Buenos Aires, 1982.

[16] Jauretche, Arturo. “Política nacional y ...”. Op. Cit.

[17] Jauretche, Arturo. “Política nacional y ...”. Op. Cit.

[18] Romero, José Luis. La vida histórica. Ed. Sudamericana.  Buenos Aires, 1988.

[19] Jauretche, Arturo. “Política nacional y ...”. Op. Cit.

[20] Jauretche, Arturo. “Política nacional y ...”. Op. Cit.

[21] Zemelman, Hugo. Pensar teórico y pensar epistémico. Los retos de las ciencias sociales latinoamericanas. Transcripción de la conferencia dictada en la Universidad de la Ciudad de México. 10 de noviembre de 2001.

[22] Kush, Rodolfo. Geocultura del hombre americano. Obras completas. Tomo III. Ed. Fundación Ross. Buenos Aires, 1999. Y en “La negación en el pensamiento popular”.  Obras completas. Tomo II. Ed. Fundación Ross. Buenos Aires, 1999.

[23] Argumedo, Alcira. "Los silencios y las voces en América Latina: Notas sobre el pensamiento nacional y popular". Ediciones del Pensamiento Nacional. Buenos Aires, 1996.