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Joaquín Castellanos:

Breves notas sobre la trayectoria de un intelectual salteño entre dos siglos

Rubén Emilio Correa· – Marta Elizabeth Pérez··

mcorrea@unsa.edu.ar

Facultad de Humanidades-U.N.Sa-

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            Lo visible y lo invisible en la tradición intelectual y política salteña.

 

            La tradición histórica radical en Salta, tropieza durante las dos primeras décadas del siglo XX, con la figura del Dr. Joaquín Castellanos,  transitando desde allí, por dos veredas de opiniones enfrentadas al analizar su esporádica y conflictiva incursión en la política provincial.

            No obstante, los debates que todavía provoca la actuación de Castellanos, dentro y fuera de las filas radicales, muy poco se conoce acerca de aspectos fundamentales de su formación, actuación y vinculación con los intelectuales, que a comienzo de siglo, debatieron intensamente los problemas de la Argentina moderna.

            Tampoco existen referencias de fondo sobre el conflicto que lo distanció profundamente de Hipólito Yrigoyen, las versiones merodean la cuestión, pero se diluyen sin producir mayores entusiasmos historiográficos. Sin embargo, el problema resurge, cuando se trata de interpretar el papel que cumplió Castellanos, vinculado al grupo “azul”, en el intento de fundar a comienzo de los años veinte, el Partido Radical Principista, uno de los antecedentes del antipersonalismo posterior. Sin embargo, como ya se sabe, esta situación no tuvo correlato en Salta, donde yrigoyenistas, antipersonalistas y conservadores, se unieron para provocar la Intervención Federal de 1921 que lo alejó del gobierno.

            Suponiendo que son conocidas las razones por las cuales la actuación política del Dr. Castellanos fue ignorada o ridiculizada por los grupos oligárquicos salteños  -donde la pluma de Juan Carlos Dávalos[1] jugo un papel importante- es más difícil comprender lo paradojal que resulta, que una figura casi olvidada por la intelectualidad y el público radical, sea revalorizada por las versiones más afines al movimiento nacional peronista y la izquierda nacional [2].

            Estos desencuentros y conexiones históricas constituyen un vasto horizonte sobre el cual todavía se proyectan las tradiciones políticas argentinas y que este trabajo apenas pretende esbozar algunas notas sobre la trayectoria de uno de los intelectuales, que participo activamente en la vida política y social de principio del siglo XX.

            A poco de recorrer alguna de las fuentes disponibles, es posible advertir, que los estudios acerca del Dr. Joaquín Castellanos, tienden a rescatar en forma sucinta la trayectoria intelectual y política, para acentuar el análisis sobre su producción literaria y algunos rasgos anecdóticos de una vida atravesada de dificultades y epopeyas románticas. Las notas biográficas introducidas en la publicación de “El Borracho y siete poemas inéditos”, redactadas por su hijo Federico Castellanos[3] en la edición de 1951 y las referencias anecdóticas de Carlos Capitaine Funes en la reedición de 1961[4], fueron repetidas en los estudios posteriores, tanto literarios como históricos.

            En otros casos, unos pocos trabajos o ensayos interpretativos de la historia de Salta, en tono adjetivado, intentaron reivindicar políticamente el breve gobierno de J. Castellanos (1919-1921). Miriam Corbacho y Raquel Adet[5] en un trabajo reciente, comienzan su análisis calificando a Castellanos como “rengo genial”, un “adelantado de su tiempo”, que fracaso en concretar el primer proyecto “modernizador” de la sociedad salteña. En esta interpretación el Dr. Castellano fue derrotado por la resistencia unificada de la  cerrada oligarquía, con representación en el partido provincial y en la conducción de las distintas facciones que dividían al radicalismo, que se negaban a aceptar las “reformas desde arriba” con las cuales el gobernador radical pretendía alterar las bases del poder oligárquico, asentadas en el control ancestral de la tierra y de todo lo que en ella se encontraba.

            Para estas investigadoras, la ley de Riego y la ley Güemes[6], puntas de lanza en el ataque contra la oligarquía regional, estaban inspiradas en su “caótica formación teórica…”, señalando que como “radical adhirió al liberalismo, jamás oculto sus simpatías por el socialismo y, en 1921, escribió el famoso Credo Nacionalista, ridiculizado en su época por la prensa opositora”.

            Estos comentarios, necesitan pasar por el tamiz de un análisis más detenido y un estudio comparativo con la trayectoria de otros intelectuales de la época, para poder apreciar, que la marcha, señalada como caótica (o al menos contradictoria), no fue patrimonio del espíritu agitado y fervoroso de J. Castellano, sino que fue una actitud compartida por mucho de sus contemporáneos[7], que probablemente respondía a la fase histórica del desarrollo material e ideológico de la sociedad argentina de principios de siglo.

            No es la genialidad o el puro éxito o fracaso de un individuo el que moviliza a la historia o lo que le interesa a la Historia, sino el conjunto –la totalidad- de las acciones individuales y colectivas, calibradas a través del estudio de las condiciones y posibilidades sociales concretas (materiales y simbólicas), que constituyeron el escenario sobre el cual los sujetos consumaron su vida histórica.

            Desde una perspectiva vinculada a la que acabamos de analizar, pero situada en las coordenadas que caracterizaron los sesenta, se encuentra el trabajo de Gregorio Caro Figueroa[8]. Este autor, preocupado por rescatar a Castellanos para el movimiento nacional y popular, abunda en afirmaciones militantes que obscurecen otras observaciones más agudas, que no son casuales, ni surgen de una lectura improvisada[9].

             Nuevamente nos encontramos con un Castellanos, calificado por el autor, como un gobernante “lúcido”que fracasa frente a la ambición enceguecida de la oligarquía. Sin embargo, la lucidez de Castellanos tenía un límite “comprendía muy bien la naturaleza de la oligarquía regional, pero no el recíproco enfrentamiento con el Presidente…” en esta brecha abierta entre dos niveles de la política antioligarquica (nacional y provincial), los grupos tradicionales volvían a filtrarse para “…desarmar todo proyecto de una política nacional.” [10].

Caro Figueroa, parece hacer suyo el intento de Castellanos de diferenciar las bases sociales del conservadurismo y el radicalismo. Los primeros reúnen “…a diplomados universitarios, abogados, leguleyos que automáticamente hacían la carrera en bufete, el comité y las legislaturas. En el radicalismo predominan en sus cuadros dirigentes industriales y agricultores de medianas fortunas”, que no provenían de la herencia, “…sino del trabajo personal desarrollado” [11]. Sin embargo, en líneas anteriores, C. Figueroa había sostenido que “todas las debilidades del radicalismo provienen sin duda de su origen precapitalista, de ser la encarnación de un proyecto de nacionalismo agrario defensivo; y que su cuestionamiento al régimen llegaba al tope fijado por el cuestionamiento de la renta en lo que hace a su reparto pero no a su fundamento mismo.[12]

            Finalmente, el autor caracteriza a la oligarquía como clase social que ejerce el poder a través de “déspotas ilustrados” frente al cual se levanta la oposición radical despreciada por los grupos tradicionales por su origen “plebeyo”. Nuevas investigaciones[13] muestran que es muy difícil encontrar –en la conducción de ambos partidos- mayores diferencias sociales y que el cuestionamiento del partido radical, fue al control cerrado del gobierno y de los canales de representación por parte de una fracción o fracciones de la clase fundamental y otras auxiliares. El planteo radical se limita a cuestionar como se controla el poder, no quienes y para que lo detenta.[14]

            Identificado el concepto de oligarquía con el de clase social, fue sencillo para la tradición populista recuperar para el campo nacional-popular, distintos hechos y actores que jalonarían la lucha histórica de la nación argentina. De un lado quedaba la oligarquía, del otro el pueblo, los desposeídos, los descamisados, bajo la conducción de liderazgos carismáticos.

            La línea que une a Yrigoyen con Perón en el orden nacional, no registraría contradicciones con la recuperación de la figura de J. Castellanos en Salta, los conflictos personales no podían empañar los hechos que Yrigoyen y Castellanos fueron la expresión de “dos niveles” en la lucha antioligárquica, además de haber constituido sus principales víctimas.

            No era necesario recordar que fue Yrigoyen quien depuso a Castellanos, posibilitando que el gobierno quedara nuevamente a manos de los grupos oligárquicos de las familias tradicionales (sean conservadoras o radicales) que siempre habían detentado el poder en la provincia. Tampoco era conveniente acordarse, que pocos años después, un desconocido capitán de caballería participaba en la comedia militar que termino con la experiencia yrigoyenista. Silencios y omisiones de una tradición política construida sobre la memoria fragmentada de la realidad histórica.

            Como señalamos en líneas anteriores, estas breves notas, no pretenden rellenar todos los “vacíos” históricos de la tradición intelectual y política salteña, ni tiene un carácter reivindicativo de ninguna figura en particular, es apenas el comienzo de una investigación guiada por una hipótesis sobre el papel de J. Castellanos en las luchas políticas provinciales y las diferencias sustanciales que lo alejaron de Yrigoyen.

            Arriesgamos, que Castellanos, por procedencia social y formación intelectual representaba una corriente reformista, de las tantas en que desmadro el liberalismo argentino y que impregno a la intelectualidad de la clase fundamental. Reformismo democrático, nacionalista, popular y laico, en abierta oposición al misticismo religioso de Gálvez y más cercano a la postura euroindia, no hispanista de Ricardo Rojas y a la mirada socialista de Ingenieros y del Lugones de principio de siglo. 

            El reformismo democrático, nacionalista, popular y laico de J. Castellanos se fundaba en el respeto a la entrega generosa del gaucho (síntesis y ruptura de la herencia indígena y española) a la historia nacional, en el vigor de las masas gauchas en la lucha por la libertad, a las que había que ayudar a despojarse definitivamente de las ataduras religiosas o dogmáticas y de los “simuladores de talentos”, de los “artistas del fraude” que ocupaban los cargos públicos.

            Castellanos, va a conciliar su posición, acerca de la preeminencia de la historia nacional con el desarrollo evolutivo y universal de la sociedad, recogiendo las influencias de Hipólite Taine[15] de una historia científica y positiva que recupere las especificidades nacionales. De esta manera va a mantener una confianza inquebrantable en las posibilidades de evolución de la sociedad nacional, sin descartar la revolución como un paso a veces imprescindible en la vida de los pueblos para destrabar la evolución.

            Políticamente, adhirió a las luchas autonomistas y posteriormente al radicalismo de Alem por la enorme desconfianza que le producía la casta de burócratas y la red de caciques de levita (oligarquías) en la que iba decantando la formación de un Estado centralizado no nacional, que ponía en peligro las autonomías provinciales.

            Hijo de antiguas familias patricias salteñas vinculadas a las luchas gauchas contra la dominación española, formado en las lecturas y discusiones que predominaban a fines del siglo XIX y en la época previa al Centenario, represento una posición de reacción al cosmopolitismo litoral/porteño. En el debate intelectual, a pesar de mantener una visión positiva y evolutiva de la sociedad, rompió con el dogmatismo de los análisis sociológicos más difundidos, que en su opinión reducían la comprensión de la historia nacional a las necesidades de la clase capitalista urbana porteña, sin tener en cuenta las tendencias históricas desordenada de las sociedades provincianas –donde habitaba el verdadero sentido nacional- y donde se desarrollaban ritmos históricos propios y distintos a la urbe cosmopolita.

            Consideraba que el modelo europeo o los analisis sociológicos de la América del Norte que encandilaron -por el rápido enriquecimiento y el desarrollo acelerado de la ciencia y la tecnología- a buena parte de la intelectualidad argentina (principalmente a Alberdi y Sarmiento), era una “estructura artificial” que sólo encubría una “contextura interna” débil de sociedades en cuyo “seno palpitan, rugen y estallan siniestramente todas las impulsiones violentas de la naturaleza primitiva”. En criterio de J. Castellanos, difícilmente ellas, puedan compararse con la “superioridad ecuestre” de la sociedad Argentina.

            Ahora bien, la marcha civilizatoria era una sola, y las sociedades se diferenciaban, porque algunas de ellas se encontraban en una larga transición, intentando alcanzar la trayectoria de la civilización por otros caminos. En esa situación, les correspondía tanto al historiador como al político, desentrañar la ley evolutiva y establecer las tendencias presentes, partiendo del estudio empírico de cada sociedad y no desde la intuición sociológica/filosófica. En tal caso, reconocía que Alberdi, fue el único que pudo reunir por sí sólo, una doble capacidad superior: la de ser legislador y sociólogo

            Castellanos, asumió una posición metódicamente ecléctica, con el objetivo de mantenerse abierto al desarrollo del conocimiento científico, intentando relacionar los estudios históricos al modelo empírico-experimental de las ciencias naturales, para sostener que, así como “la geología era el conocimiento de la historia de la tierra, la historia, era la geología de la humanidad".

            Concebía al radicalismo como un emergente de la marcha de la Historia Nacional, que se alzaba desde el hondo clamor de los hijos de la tierra, para canalizar el impulso de las multitudes agobiadas por siglos de dominación feudal y religiosa, lazos que intentaban, inútilmente, mantener inalterable el orden social: Mariano Moreno, San Martín, Güemes, Dorrego, Mitre, Sarmiento, Alem, cada uno a su modo habían sintetizado las aspiraciones de las masas y bajo un designio superior habían interpretado los impulsos profundo del pueblo para concretar las grandes gestas evolutivas emancipadoras. San Martín fue un claro ejemplo de quien había guiando las masas sin ceder ante el clamor demagógico y adulador. Es la cualidad, de hacer lo que se debe hacer en arreglo a un mandato universal, lo que constituye al político en verdadero caudillo y no el paternalismo protector ni el caciquismo rural, ni el compadrazgo urbano, que prolongan antiguas formas de dominación.

            La persistencia de las prácticas políticas, se debía a que las masas no pueden juzgar ni valorar inmediatamente las obras que realizaban algunos hombres para cambiar el antiguo orden social. Sin embargo, cierto escepticismo atravesaba la posición de Castellanos, el desarrollo de las tendencias históricas, en muchas ocasiones excedía la tarea del intelectual contemporáneo, sólo la posteridad, y las nuevas generaciones podían hacer totalmente visible lo que la naturaleza histórica construía paralelamente en el presente.

            Desde esta posición Castellanos participo activamente en el debate de los intelectuales reformistas, durante la primera década del siglo XX. Fue un critico comentarista de las publicaciones que circularon por la época, frente a sus ojos y su pluma desfilaron los escritos de Leopoldo Lugones, Joaquín V. González, Ricardo Rojas, Lucas Ayarragaray, Benjamín Villafañe, con quienes mantuvo respetuosos intercambios de opinión, no exentos de duros comentarios, mucho de los cuales fueron reunidos en 1909 en una publicación bajo el título “Labor Dispersa[16]. 

            Nuestro análisis se detiene en la crítica que J. Castellanos realizó al libro “ La anarquía argentina y el caudillismo” de Lucas Ayarragaray, publicado en 1909. Desde allí intentaremos, en las páginas que sigue, encontrar las argumentos centrales con que Castellano refutaba las versiones liberales-reformistas centrales que expresaban, en su criterio, el interés contrapuesto a la verdadera nacionalidad. Al mismo tiempo, intentaremos revisar los supuestos sobre los cuales va a construir una interpretación alternativa sobre el papel de la historia, la sociedad nacional, el caudillo político y el papel de los intelectuales.

 

            Política, historia y sociología

 

             Castellanos utiliza como pretexto para ajustar cuentas con la sociología anticientífica en un comentario crítico al libro “La anarquía argentina y  el caudillismo[17]publicado por un antiguo opositor, mitrista y “acuerdista”, el Dr. Lucas Ayarragaray, diputado nacional por la provincia de Entre Ríos.

            En una carta personal, luego publicada con el titulo “La política en la historia y la historia en la política”, Castellanos analiza las tesis principales de  obra de Ayarragaray. En primer lugar, Castellanos dispara en forma directa contra el carácter  dogmático e ideológico de la misma, aceptable quizás, para una obra literaria, pero no para la construcción de un conocimiento  científico acerca  de lo social. En éste sentido pone en duda la pertinencia del título mismo “la anarquía y el caudillismo”, que identifica el origen de la anarquía , en las formas patológicas del ejercicio de poder, que tienen base en el caudillismo

Ampliando algunas referencias sobre el trabajo de Ayarragaray, Natalio Botana y Ezequiel Gallo[18] comentan, que el problema argentino sería, como para otros intelectuales del momento, la tensión permanente entre la modernización económica e institucional y las prácticas políticas emergentes en las costumbres y mentalidades heredadas de España y la introducción del jacobinismo en la política criolla.

Lo criollo, era concebido por Ayarragaray, como el resultado de un mestizaje. Es el gaucho, entidad étnica portadora de una serie de características negativas intolerancia, exclusión del adversario, opresión del triunfador e inclinación a la conspiración permanente.

            Pensaba que  la modernización y el desarrollo económico solamente podían afianzarse  si se operaba un cambio sustancial en las costumbres prevalecientes, para arraigar nuevos hábitos con el arribo de inmigrantes europeos que pudieran aportar al progreso étnico, intelectual y político, para contrarrestar las tendencias al desorden, la violencia pasional que caracteriza a la gauchocracia, denominación que sirve para describir las formas arcaicas del modo de legislar y gobernar por los caudillos, que oscilaba entre la dictadura y la anarquía.

            Castellanos, impugna este planteo al que considera pura tesis filosófica, sustentada en fórmulas a priori y no en datos históricos concretos. Este tipo de afirmaciones cargadas de ideología y dogmatismos son, además,  portadoras de dos errores conceptuales: a) interpretar  que el origen del caudillismo  es el gaucho, atribuyéndole a éste propiedades negativas y b)   confundir el caudillismo con el caciquismo. Estos errores de base, que obedecen a preconceptos, son los que llevaron  a Ayarragaray a  deducir que los males de la política, en los albores del siglo XX,  se debían a la permanencia de formas de ejercicio de poder caudillescas,

            Con respecto al primer error conceptual, fruto de una prenoción sin sustento empírico,  Castellanos sostiene,  que en realidad las propiedades atribuidas  al gaucho  como  una entidad étnica  híbrida, cargada  de  pasiones e intolerancia, que persigue un interés individual y egoísta, describe mejor  a los  indígenas y no a los gauchos, quienes a lo largo de la historia argentina, tanto en su participación en la lucha de la independencia, como en su defensa del un territorio nacional peleado tramo a tramo a los malones, había demostrado una actitud altruista y no egoísta.

            Este error en el punto de partida, lo llevaba a otra equivocación, como la de sostener que el origen étnico del híbrido (el gaucho) da lugar a prácticas políticas que originan el caudillismo, que es una forma de ejercicio del poder despótico, cruel y sin racionalidad. Para sustentar esta tesis, Ayarragaray había apelado a ciertos antecedentes psicológicos e institucionales heredados de la tradición  española.

         Castellanos, nuevamente repica, que estos preconceptos no tienen ningún sustento  empírico que permitan fundamentarlos, ya que las propiedades atribuidas al caudillo, son en realidad, propiedades propias del caciquismo. Incluso esa sería una de las características del sistema político dominante en España, que consiste, en la explotación de la cosa pública en provecho de los grupos adueñados del poder.   

            Como contrapartida el caudillo, se caracteriza por su espíritu altruista, quizás heredado de los gauchos, que son reivindicados por Castellanos en un sentido positivo, como el grupo étnico que más aportó  en  la construcción  de la nación. De este modo sostiene que “ el caudillaje fue una necesidad de nuestro  medio físico y social y representa en nuestra evolución progresiva una etapa intermedia que toca por un extremo la barbarie y por la otra la civilización, pero que ha sido indispensable para el advenimiento de ella”[19]

            Incluso cree  descubrir en su desenvolvimiento  el cumplimiento de una ley social “si se investigaran las leyes que rigen el proceso de formación de los pueblos, encontraríamos que las modalidades violentas son tan naturales, armónicas y conducentes a fines superiores como aquellas que corresponden a los períodos avanzados del desarrollo étnico.”[20]

            En su discusión con  Ayarragaray, aparece otra idea  fundamental, el concepto de “revolución” que en el pensamiento más conservador aparecía como lo opuesto a evolución. Para Castellanos esta es una mala interpretación que tiene sus orígenes en ciertas tradiciones filosóficas de su época. Sostiene que a pesar de la aparente contradicción de ambos términos, revolución (desorden) y evolución (orden ascendente), “existe una concordancia entre estos dos conceptos: en toda revolución hay evolución y en toda evolución hay revolución”.[21]

            Para fundamentar esta posición, recurre  a un argumento naturalista diciendo “Cuando las fuerzas de la vida encuentran resistencias para desenvolverse en forma normal, se produce el estallido correspondiente al choque de energías contrapuestas. Así las revoluciones son los pasos violentos de la evolución”.

.           La revolución, para Castellanos, es un paso necesario para la evolución de los pueblos. En este sentido, se encuentra en oposición a otros intelectuales de su época, como Quezada, que  sustentaba, en reacción a las tesis marxianas de la lucha de clases revolucionaria como motor de la historia, una clara contraposición entre los conceptos revolución-evolución, diciendo “no será una revolución sino una evolución lo que caracterizara el  estadio inmediato de la organización social[22]

En el caso de Castellanos, no  hay evolución sin revolución .Concibe que es un error condenar las revoluciones como ineficientes porque no modifican de golpe el orden social, como también es un error, decir que solo por medio de la revolución se alcanza un mejoramiento de estado social o político.

En ambos casos, para Castellanos estas interpretaciones obedecen a reflexiones realizadas por intelectuales o científicos desde sus escritorios o laboratorios.  Sostiene que si bien, es claro, que las revoluciones no cambian las condiciones de un orden social en forma inmediata, al menos concurren a modificarlas por el despertar de energías que provocan.  Coloca  como ejemplo de revolución, a la independencia. Según él, la misma fue el punto de partida para la evolución que provocó modificaciones sustanciales en la Argentina.

            En éste contexto, el caudillismo es interpretado como un elemento que introduce un proceso de revolución, que fue necesario para la evolución nacional. Reinterpretado como una categoría positiva y no negativa. El caudillo se presenta como un elemento de progreso y no de barbarie. A partir de esta idea, plantea una critica a las  concepciones  como la sustentado por Sarmiento o por intelectuales católicos, que al inspirarse en concepciones filosóficas dualistas acostumbradas a pensar la realidad en términos de opuestos,  bueno malo, día- noche, cuerpo- alma, no pueden comprender, que en la realidad, existen elementos caóticos y contradictorios que constituyen las fuerzas que impulsan el progreso.

            Por otra parte, advierte que en la posición de Ayarragaray, existe una fuerte impronta cosmopolita, y europeizante, que no le permite analizar con profundidad la realidad y naturaleza propia de la Argentina. La tendencia a estudiar lo argentino con categorías ajenas a nuestra realidad son para Castellanos el origen de falsas deducciones, alimentadas por premisas equivocadas.

Es el caso de equiparar por un lado, al gaucho con elementos urbanos, que en realidad se encuentran más cercanos al compadrito, atribuyéndole al gaucho propiedades como la barbarie, la intolerancia y la crueldad. De allí, que luego se universalicen esas propiedades y se las extiendan a las formas de gobierno, denominándolas gauchocracia.

Este es un error fundamental para Castellanos, que obedece a una confusión terminológica de origen, ya que una de las propiedades atribuibles al caudillo emanadas de la realidad empírica y de los hechos históricos es su marcada tendencia altruista -aún en los casos más discutidos de la historia como Rosas- y  a un desconocimiento  de sus grandes aportes a la constitución de la historia nacional, desde la lucha por la independencia hasta la actualidad. 

La crítica a los presupuestos de Ayarragaray se extiende a la mayoría de los intelectuales de la época, que “se ocupan de las cosas de la patria sin conocer las cosas de la patria. Creen que la nación es Buenos Aires  [23]

               Para Castellanos, los caudillos fueron a la vez hombres de acción, defensores vehementes  de sus concepciones y grandes intelectuales.  De  modo tal, que basta realizar un recorrido  por los grandes caudillos de la historia argentina, de la mas variada matriz política e ideológica,  desde  Belgrano, Dorrego, Rivadavia Sarmiento, hasta Bernardo de Irigoyen, Del Valle , Alem, Justo y  Palacios, para comprender la importancia de los mismos en la historia nacional.     

          En contraposición a la tesis  de  Ayarragaray, Castellanos cree que la ausencia de caudillos, en su tiempo,  es el origen de la crisis política, ”Todo lo grande y bueno que se ha realizado en la guerra y en la paz sobre el territorio nacional desde la independencia hasta la organización de la republica,,,se debe justamente a la acción de lo que se llama despectivamente caudillos. “Pero los males políticos del presente no son la herencia de los caudillos, sino al contrario, una resultante de su desaparición durante un ciclo histórico en la que son necesarios para la dirección y organización de las fuerzas populares.”[24]

            El caudillo es para Castellanos un hombre que en convivencia con las masas, es capaz de interpretar sus sentimientos e intereses para organizarlos y elevarlos a la racionalización de las acciones publicas, lo que permiten una amplitud y firmeza de la visión política y una eficacia  de acción en un sentido ascendente y de progreso. En este  punto, se fundamenta otra de las críticas que realiza a Ayarragaray, por cuanto éste al analizar los males de su momento histórico, identifica a  Roca  como un caudillo. Al respecto dice Castellanos “ Roca no es un caudillo...jamás se ha mezclado con las muchedumbres, no las conoce, no las comprende...ese hombre...jamás ha pisado un comité, ni ha concurrido a un acto eleccionario, ni se ha puesto nunca en contacto con las masas”. 

             Castellanos coloca a la obra de Ayarragaray dentro de una corriente pesimista y anticientífica que para él es una fase del misticismo, denominado  “misticismo negro”.  Esta corriente es calificada por autor como una tendencia pesimista, que al ser sistematizada por algunas versiones sociológicas, funciona como obstáculo para el conocimiento científico. Para Castellanos, esa era la causa fundamental de los errores metodológicos y teóricos que contenía la obra de Ayarragaray.

Tomar como eje de análisis solamente los elementos negativos de la historia argentina, conduce  a desconoce las contribuciones  que históricamente se han dado en la evolución progresiva del país y el mejoramiento de las condiciones económicas y sociales. Al recalcar solo los de atributos negativos, el método comparativo que introduce Ayarragaray  para darle cierta base científica a su análisis, se convierte en un elemento dogmático e ideológico que obstruye la comprensión de la sociedad nacional. En este error metodológico, al que atribuye carácter intencional, encuentra Castellanos una de las debilidades mas fuertes no sólo del trabajo de Ayarragaray, sino de otros, que son presentados como estudios sociológicos, pero que al carecer de un método científico apropiado, se convierten mas bien en buenas producciones literarias.

 

            A manera de conclusión

 

            En este primer avance sobre la trayectoria intelectual de Joaquín Castellanos, la primera conclusión que sorprende es la distancia que parece abrirse entre sus escritos políticos y su obra literaria, esta última caracterizada como “romántica”, en arreglo a ciertas características de su personalidad política, “rebelde y revolucionaria” y por su fuerza moral que trasunta cada uno de sus escritos poéticos. Sin embargo, esta actitud, no obedece a un impulso irracional o espontáneo, tal como analizamos en líneas anteriores, sino es el producto de un análisis minucioso de la historia nacional y el papel de los caudillos políticos en la marcha evolutiva de la sociedad.

            Una segunda observación, es el silencio que rodea al trabajo crítico que Castellanos realizó sobre sus contemporáneos, aún cuando en los últimos años, desde la historiografía nacional y extranjera, se han producido numeroso trabajos sobre el periodo de entre siglo o los estudios sobre el clima intelectual del Centenario y los antecedentes del nacionalismo argentino, algunos de los cuales fuimos citando en estas notas.

            En ninguno de estos estudios existen referencias sobre el pensamiento político de Castellanos, a pesar que una parte de los escritos ya estaban publicados en 1909. Si bien, como ya expusimos, no pensamos en las genialidades conductoras de la historia, ni en las originalidades excluyentes, el Joaquín Castellanos que acabamos de analizar brevemente nos muestra, la forma en que las viejas ideas y concepciones de fines del siglo XIX fueron sufriendo un proceso de metamorfosis a la luz de las nuevas condiciones sociales y políticas de las primeras décadas del siglo XX.

            Muchos de los elementos recogidos por Castellanos abrevan en los escritos de la época, la vinculación entre pensamiento nacionalista y acción política concreta dentro de la tradición radical, no tienen otras referencias cercanas para el periodo. En este sentido, Ricardo Rojas recién se incorpora al radicalismo después del golpe septembrino y Manuel Gálvez nunca se comprometió orgánicamente con el partido. Benjamín Villafañe, con quien Castellanos mantuvo permanente correspondencia, devino de antipersonalista rabioso a fascista criollo.

            Si bien, Castellanos estaba convencido de que “las armas educan[25] en referencia a la importancia del ejército en la formación cívica de los ciudadanos, la distancia con el nacionalismo autoritario que comenzó a afianzarse en los años veinte quedaron claramente expuestos en su Dogma Nacionalista:

Contesto afirmativamente con toda la fuerza de una convicción en que se armoniza mi credo nacionalista con los ideales más avanzados del socialismo (…). Creo en la Madre Patria y en su Hijo el Pueblo Argentino, que fue concebido en el seno de la virgen naturaleza americana, por obra y gracia del Espíritu Santo de la Libertad, que padeció bajo el poder de los Pilatos, que fue crucificado, descendió a los infiernos de la tribulación y la ignorancia, y recusitó para subir a los cielos de la Civilización. Creo en nuestra Santa Madre Iglesia Republicana, Democrática y Federativa; creo en los castigos de los pecados contra la Patria, creo en la comunión con los Santos de su historia militar y civil, en la resurrección de lo que fue carne de sus tradiciones y de sus necesarias rebeldías, y creo en su vida y en su gloria perdurable. ¡Amén!”.[26]

 

            Nos queda, pendiente tratar de encontrar en sus escritos mayores datos sobre su profunda aversión a Hipólito Yrigoyen, aunque si seguimos con atención su concepción política, es posible que Castellano lo considerara un compadrito porteño, poco proclive a la exposición pública, rodeado de una aurora mítica y oscura. Cuestiones que le producían un profundo rechazo.

            Sin embargo, seguros de que todavía tenemos un largo camino por recorre, preferimos dejar estas consideraciones para abordarlas en nuevas investigaciones.

           



· Auxiliar Docente de Primera. Historia Argentina III. Investigador del CIUNSa

·· J.T.P. Teoría y Práctica de la Argumentación. Investigadora del CIUNSa.

[1] En ese sentido se inscribe la comedia política titulada “Águila renga”, con la cual Dávalos trató de retratar sarcásticamente al Castellanos, gobernante. Actitud mitigada en los versos que le dedico como responso en 1932, al enterarse de la muerte de J. Castellanos, el poeta.

 

Poeta, ya tu espíritu se hundió en el gran abismo

y columbra el terrible misterio del no ser.

Dios solamente sabe si dentro de ti mismo

se extinguió la noción del hoy y del ayer.

 

Acaso en ultravida triunfa el escepticismo

y te alejaste para nunca jamás volver;

pero en las almas queda vibrando tu lirismo

en un tránsito inmenso como un amanecer

Descansarás por siglos al pie del San Bernardo,

tal como soñaste que ha de dormir un bardo,

cerca de sus mayores, en el valle natal.

 

Y tú que desdeñabas las glorias y los nombres

serás mientras aliente la raza de los hombres,

efímeros y tristes, un numen inmortal.                 

 

[2] A fines de los noventa el Senado de la Nación a instancias del Senador Justicialista Julio San Millán publico las obras completas de Joaquín Castellanos

[3] Castellano, Joaquín (1951); EL BORRACHO y siete poemas inéditos. Síntesis biográfica de Federico Castellanos. Salta. Ed. EL ESTUDIANTE.

[4] Funes Capitaine, Carlos (1961) Joaquín Castellanos. Personalidad, Juicio sobre la Obra poética, anécdotas del “Cóndor de los Andes de Salta”. EL BORRACHO. Edición autorizada. Santa Fe. Ed. CASTELLVI. S.A.

[5] Corbacho, Myriam y Adet, Raquel (2002); La Historia contada por sus protagonistas. Salta primeras décadas del siglo XX.

[6] La ley de Riego avanzaba sobre los derechos exclusivos detentados durante décadas  por los grandes propietarios que administraban el agua de irrigación en detrimento de los pequeños productores, para dar lugar a una justicia de agua que regulara en forma equitativo el uso de este recurso.. La Ley Güemes reglamentaba el trabajo de peones, mujeres y niños, establecía un salario mínimo, limitaba las horas de trabajo por jornada, regulaba un seguro por accidente de trabajo. Prohibía el pago con vales u otros medios no monetarias y el subarriendo de los peones entre patrones, costumbre extendida entre los grandes propietarios del valle Calchaquí.

[7] Podríamos referirnos como ejemplo a la trayectoria de otro salteño, Juan Carlos Dávalos, al responder una encuesta periodística del Diario “Los Andes” de Mendoza, donde le consultaba sobre las disciplinas de estudios que más habían influido sobre su orientación literaria, el poeta decía: “Es muy sencillo. Contesto al vuelo: ¡las ciencias naturales!.En segundo término la filosofía positiva de Spencer y de Comte, Carlos Darwin, y los filósofos anarquistas, comenzando por el Único y su Propiedad de Stiner, pasando por Federico Nietzche, Schaw, el ruso Kropotkine, el profundo; Gorki, el doliente; Turguenef, el trágico, etc. Novelas solamente me entusiasmaron las grandes: María, Quo Vadis, Fabiola, Madame Bovary, Las Tentaciones de San Antonio, Darwin.” Ver:  Dávalos, Juan Carlos (1997). Obras Completas. Editas. H. Senado de la Nación. Secretaria Parlamentaria. Dirección Publicaciones. Tomo III. Páginas 70-71.

                Otro ejemplo fue el de Manuel Gálvez, quien confesaba en “El diario de Gabriel Quiroga”, que “…en cuatro años fui sucesivamente tolsoniano, socialista, anarquista, nietzscheano, neomístico  y finalmente, católico.”  Citado por Rock, David (1993);  La Argentina Autoritaria. Los nacionalistas, su historia, y su influencia en al vida pública. Buenos Aires. Ed. Ariel. Página 60.

[8] Caro Figueroa, Gregorio (1968), Historia de la “Gente Decente” en el Norte Argentino. Ediciones del Mar Dulce.

[9] Consideramos a G. Caro Figueroa, como uno de los intelectuales que se mantuvo por fuera del formalismo de la “Academia” y se ha constituido con el paso de los años, en uno de los más agudos observadores y ensayistas sobre la realidad nacional y provincial. 

[10] Op. cit.  Página 125.

[11] Op. cit. Página 128

[12] Op. cit. Página 127.

[13]  * Correa, R; Frutos, M y Abrahan, C. (2002); Actores sociales y políticos en la provincia de Salta a fines del siglo XIX y comienzos del XX. En REVISTA 1. Escuela de Historia. Facultad de Humanidades. Universidad Nacional de Salta.

    *  Correa Rubén (2003);  ECONOMÍA Y POLÍTICA. En RÉGIMEN OLIGÁRQUICO Y REFORMA POLÍTICA EN LA PROVINCIA DE SALTA, 1901-1918. Del Nepotismo al “remedio” de la Intervención Federal. Capitulo II. Tesis de Licenciatura. Escuela de Historia. Facultad de Humanidades. Universidad Nacional de Salta.

[14] En nuestro criterio, la oligarquía no constituye una clase social, sino una forma del ejercicio del poder de clase en un momento histórico concreto, que se caracteriza –al menos en la provincia- por el control excluyente de los cargos y del regimenes de sucesión en el gobierno, por parte de una fracción de la clase terrateniente (hacendados y comerciantes), acompañada por un conjunto de intelectuales y dirigentes de distintas capas de las clases subalternas (profesionales universitarios, periodistas, pequeños comerciantes, pulperos, dependientes, empleados públicos, capataces, etc), capaces de articular la relación clientelar con las fracciones de clases rurales y urbanas populares, necesarias para la legitimación aclaratoria del régimen oligárquico.

[15] Señala Fernando Devoto que H. Taine  se diferenció de los historiadores de la generación romántica por la constante exhibición de erudición, por una metodología básica para el análisis y la valoración de las distintas fuentes, un proclamado distanciamiento del objeto de investigación, la apelación al método experimental para desentrañar las relaciones y dependencia que caracterizan a los hechos morales y físicos, que sólo son visibles cuando se los clasifica en grandes conjuntos. La tarea del historiador consiste en clasificar, agrupar precisar los rasgos comunes y constantes que son “característicos de un proceso histórico en un ámbito nacional (definida la nación como un ámbito de experiencias específicas y autónomas) y otorgar a aquéllos el carácter de leyes que determinan esa evolución histórica, pero luego vuelve sobre sus pasos tratando de reintroducir un espacio de libertad constructiva de los hombres.”. Cfs. Devoto Fernando (1992), ENTRE TAINE Y BRAUDEL. Itinerarios de la historiografía contemporánea. Buenos Aires. Ed. Biblos. Páginas 12-14  

[16] Castellos, Joaquín (1909), Labor Dispersa. Buenos Aires. Ed. Imprenta Payot y Cía.

[17] Lucas  Ayarragaray  había enviado un ejemplar de su obra a Joaquín Castellanos, con el propósito de que éste realizara   observaciones y comentarios a la misma.  Las observaciones de Castellanos aparecen en el capítulo titulado”La política en la historia y la historia en la política “ en su obra Labor Dispersa.(1990)

[18] Botana, Natalio y Gallo, Ezequiel (1997), De la República posible a la República verdadera (1880-1910). Bibloteca del Pensamiento Argentino. Ed. Ariel. Tomo III. Página 103.

[19] Labor Dispersa. Op. cit. Página 80

[20] Ibid.

[21] Op. cit. Página 81

[22] Citado en Zimmermann, Eduardo (1995), LOS LIBERALES REFORMISTAS. La cuestión social en la Argentina, 1890_1910. Buenos Aires. Ed. Sudamericana. Universidad de San Andrés. Página 88.

[23] Labor Dispersa. Op. cit. Página 86

[24] Op. cit. Página 88

[25] Artículo incluido en Labor Dispersa.

[26] Extraído de Corbacho y Adet.  Op, cit. Notas del Capitulo 3.