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 El Proyecto Nacionalista de los Intelectuales del Centenario

 

 

 

María Lourdes Lodi

lourdeslodi@yahoo.com

 

 


El Proyecto Nacionalista de los Intelectuales del Centenario

 

“En la hora presente,

gobernar es argentinizar”

Manuel Gálvez

 

            El tema escogido para el presente trabajo es el nacionalismo del Centenario, también llamado nacionalismo telúrico, cultural o reacción nacionalista, cuyos principales exponentes fueron Leopoldo Lugones, Manuel Gálvez y Ricardo Rojas. Nuestro análisis se centrará principalmente en sus obras “Prometeo”, “Didáctica” y “El Payador”, para el primero; “El diario de Gabriel Quiroga”, para el segundo; y la “Restauración Nacionalista”, “Blasón de Plata” y “Eurindia”, para el último. A partir de ellas intentaremos dar cuenta de los proyectos diseñados por estos autores para la constitución de sujetos nacionales, o, si se quiere, para la definición de un nuevo concepto de “Nación” en el marco de una Argentina centenaria en la que el cosmopolitismo aparecía como una amenaza de disolución de “la argentinidad”, en la que era necesario dar respuesta al interrogante sarmientino “¿Argentinos? Desde cuándo y hasta dónde”.

            Lo anterior supone la elección de una posición epistemológica que, creo, vale la pena aclarar: Se habla generalmente de la “construcción de naciones” entendiendo que éstas no son algo dado a priori sino algo “construido”, “inventado”, o sea, que no existen sino a partir de un dispositivo de poder que las erige como tales. Por otro lado puede concebírselas como entidades existentes desde tiempos inmemoriales, con una esencia propia e independiente de las voluntades que la constituyen. En el presente escrito deseamos proponer una posición intermedia, donde reconocemos tanto la existencia de una materia prima de la nacionalidad como también una mano (cabeza o pluma) manipuladora de esa materia simbólica que son las tradiciones, la historia, la literatura y los mitos. En este sentido veremos cómo si bien los autores apelan por momentos a un “espíritu del pueblo” son ellos quienes definen (o redefinen) y dan contenido a estos conceptos amoldándolos a las necesidades didácticas de principios de siglo. Son ellos concientes de la existencia de una historia argentina, pero paradójicamente, su historicismo no tendrá una mirada continua sino un criterio selectivo que discriminará lo funcional de lo inoperante o contraproducente para el logro de la unidad e integración nacionales.

            Viajemos, entonces, en el tiempo hacia la Argentina de 1910…

           

El Centenario: un balance colmado de antinomias

 

            La  Argentina del Centenario fue objeto de reflexión, crítica y halagos de los intelectuales de la época, entre ellos, de los autores en quienes centramos este análisis cuyos escritos aparecen como espejos que ofrecen un balance de la corta vida del país, que reflejan y describen la realidad argentina de 1910, y que proyectan los lineamientos para un futuro deseado.

            Es interesante ver como todos parten de una visión común de la Argentina del Centenario y de una crítica al modelo de la generación del `80, en especial, en lo que a la inmigración respecta. Como sabemos, los hombres de Régimen Conservador, en su búsqueda del “orden y el progreso” llevaron adelante el deseo de Alberdi de trasplantar la cultura europea a nuestro país con el fin de inyectar aquellos valores que promoviesen un nuevo modelo de desarrollo económico y social. Así, su famoso “gobernar es poblar”, fue recogido por la Constitución de 1853 en la expresa función encomendada al Estado de promover la inmigración extranjera. De este modo la Argentina multiplicó varias veces su población y en pocas décadas se vio materializado el proyecto de la generación del ´37 que el régimen del ´80 acelerara a un ritmo sin precedentes.

            El progreso que los hombres del ´80 habían buscado con la inmigración era una realidad en 1910, sin embargo, el clima de festejos pomposos de los 100 años de la  Revolución de Mayo tenía también su faceta sombría: reinaba en el país el estado de sitio debido a insurrecciones violentas y huelgas obreras. A los ojos de Lugones, Gálvez y Rojas el progreso aparecía como involución: la inmigración en vez de orden generaba anarquía y en vez de civilizar, barbarizaba. Y fue esta visión la que los llevó a levantar las banderas nacionalistas, a reaccionar frente a la problemática inmigratoria tratando de hacer frente a tres focos, que, según ellos, originaban la desintegración nacional: el cosmopolitismo, la crisis moral ocasionada por un materialismo exacerbado, y la cuestión social.

            Analizaremos primero, por lo tanto, estas tres causas de la crisis de identidad nacional para luego profundizar en los remedios propuestos para superarla.

 

1) Cosmopolitismo vs Identidad Nacional

 

            Si tenemos en cuenta que en 1910 uno de cada dos habitantes de la Capital Federal era extranjero resulta casi lógico que estos literatos concibiesen al cosmopolitismo como el principal elemento de disolución de la nacionalidad. Es sabido que no todo resultó como se esperaba: los inmigrantes provenían de los sectores proletarios y campesinos más desposeídos de sus países y habían tenido poco contacto con las formas culturales elevadas de Europa. Paradójicamente, la inmigración en vez de traer la “civilización” había debilitado el lazo social y  aparecía como disolvente de la nacionalidad. En este sentido Manuel Gálvez tacharía a Alberdi de “pensador mediocre” cuya “literatura de pacotilla encontró admiradores que para desgracia del país, pusieron en práctica sus imprudentes ideas”. Escribiría en “El diario de Gabriel Quiroga”: “Sarmiento y Alberdi hablaron con encono de nuestra barbarie y predicaron la absoluta necesidad de europeizarnos. Tanto nos dijeron que nos convencimos de que éramos unos bárbaros y con una admirable tenacidad nos pusimos en la tarea de hacernos hombres civilizados. Para eso se empezó por traer campañas italianas, esas multitudes de gentes rústicas que debían influir tan prodigiosamente en nuestra desnacionalización.”[1]

            De modo similar, Ricardo Rojas, en “Blasón de Plata” también da testimonio de la amenaza que los inmigrantes y su “cosmopolitismo regresivo” suponen para la nacionalidad, la raza y la civilización argentinas:             “Hombres de Italia, renunciad a itialianizarnos. Hombres de Francia, renunciad a galicanizarnos. Hombres de Alemania, renunciad a germanizarnos. Aprended, mentores y soñadores de una fraternidad bárbara, de un cosmopolitismo regresivo, que va a quedar sordo para vuestra voz el aire de este ámbito matinal.  Porque otro credo más noble, (...) más "argentino" (...) ha llegado. El triunfo del cosmopolitismo y del individualismo no puede ser sino un retardo para la civilización."[2]  "Cuéntanse los enemigos de esa vieja raza argentina - médula de nuestra raza futura - entre los mismos hombres de afuera, que han venido a pedir su hospitalidad".[3]

            Siguiendo la misma línea, en “La Restauración Nacionalista” sostiene en tono romántico que “no constituyen una nación, por cierto, muchedumbres cosmopolitas cosechando su trigo en la llanura que trabajaron sin amor. La nación es además la comunidad de esos hombres en la emoción del mismo territorio, en el culto de las mismas tradiciones, en el acento de la misma lengua, en el esfuerzo de los mismos destinos."[4]

            Por su parte, Leopoldo Lugones quien empezó celebrando la presencia de los extranjeros en las “Odas Seculares”, en 1916 en “El Payador”  cambiaría el tono de sus expresiones: los “útiles gringuitos” de la “Oda a los ganados y las mieses” pasarían a ser considerados como “la plebe ultramarina”. A Lugones le preocupaban en especial los riesgos de la contaminación lingüística del cosmopolitismo. En su escrito “Enseñanza patriótica” mostraría cómo la anarquía del lenguaje es condición de desintegración de la nacionalidad: la inmigración cosmopolita tiende a deformarnos el idioma con aportes generalmente perniciosos (…) y esto es grave, pues por ahí empieza la desintegración de la patria.”[5]

 

2) Materialismo vs Vida moral y espiritual

 

             Fue compartido el diagnóstico de los tres autores respecto al estado de crisis moral en que se encontraba el país y el reconocimiento de un presente decadente respecto a un pasado virtuoso. Según sus escritos, la Generación del ´80 había corrompido las virtudes cívicas promoviendo el interés material por sobre los valores espirituales. Fueron sobre todo los inmigrantes quienes trajeron el germen materialista puesto que su principal interés radicaba en la conquista del éxito que excluía la idea misma de cualquier sacrificio por objetivos supraindividuales.

            Por ejemplo, Lugones percibía a los hombres encerrados en sí mismos, sin una mirada hacia la comunidad. En Prometeo manifestaría que “…tenemos muy descuidado el espíritu. Confundimos la grandeza nacional con el dinero que es uno de sus agentes...”[6]

            Similarmente Manuel Gálvez, en la voz de su alter-ego Gabriel Quiroga, plantearía que: “…entonces éramos argentinos y no europeos (…) nuestras fuerzas eran escasas pero el alma colectiva era noble y vivía en el ensueño de grandes ideales.”[7]

            Gabriel Quiroga  representa para él al verdadero patriota quien siente pavor por el materialismo, la falta de cultura y la defectuosa vida espiritual del país. Tal vez la importancia de “El Diario de Gabriel Quiroga” radique justamente en su capacidad de generar un ideal y promover valores morales que contrarrestasen el desinterés por las cosas del espíritu propio de una sociedad lanzada a la conquista del progreso material.

            Resulta sugestivo ver cómo, empíricamente, la contradicción materialismo-espiritualismo se traducía para estos literatos en otra antinomia compartida: la del Litoral frente a las Provincias del interior del país. Estas últimas eran consideradas el refugio de la argentinidad en toda su pureza ya que, al no haber sufrido la contaminación cosmopolita ni el desarrollo material propio de ciudades portuarias como Buenos Aires y Rosario, conservaban la conciencia de la raza y el sedimento de ideales.             Para Ricardo Rojas, “Buenos Aires, a fuerza de progresar parece ya un trasatlántico, mientras que Jujuy conserva la sociedad hispanoindígena, de suerte que hasta el país mismo se ha escindido espiritualmente con grave peligro para la nacionalidad"[8]

            Es también gráfica la explicación que Manuel Gálvez hace de esta contradicción cuando se pregunta,             “¿Qué revela Buenos Aires? Ante todo la presencia de un materialismo repugnante. La veneración fetichista hacia el dinero que reemplaza al culto de los valores morales e intelectuales y una total ausencia de poesía trasluce su vida tumultuosa.” Y perpetúa su cólera con una figurativa metáfora diciendo…Buenos aires, usando una imagen antropomórfica, es una hermosa prostituta que está aprendiendo a embellecerse y que, bajo el esplendor de su carne cosmopolita y el mimetismo de su lujo complicado y estrepitoso, deja de percibir a cada instante los modos burdos de su condición. La vieja Capital provincianaSalta, Catamarca, La Rioja- sería una linda criollita, peinada de trenzas y vestida  de percal: una pobre muchacha donosa, tímida y honesta, sin alhajas, sin afeites, sin postizos, pero con mucho ensueño en el alma y mucho sentimiento en el corazón.”[9]

            En consecuencia, para Gálvez tanto como para Lugones y Rojas, la cursilería porteña y su pedante materialismo se presentaban como una amenaza frente al interior del país, ya que su “idiosincrasia canallesca” tendía a expandirse por todo el territorio nacional causando mayor desnacionalización. Buenos Aires y Rosario aparecían así como ciudades tentaculares cuyo aire envenenado de gran ciudad-puerto se dilataba por todo el país generando en los pueblos vírgenes de invasores foráneos una metamorfosis de lo criollo-espiritual a lo cosmopolita-materialista.

            En sintonía con lo anterior, es interesante ver como describe “El Diario de Gabriel Quiroga” la disputa Rosario-Santa Fe. En él se lee: “Santa Fe ha producido y produce mucho más que Rosario. Creadora esta última de riquezas materiales, queda por debajo de aquella, productora de riquezas más altas y más raras (…) aquellos valores que Santa Fe diera a la nación, no pueden tener equivalencia en miserias de dinero (…) Santa Fe ha producido magníficas cosechas de gloria contribuyendo a crear la libertad de la patria y a fundar la  nacionalidad. (…) Rosario, ciudad extranjera, cosmopolita, remedo horripilante de las fealdades de Buenos Aires, no puede en este concepto ponerse frente a Santa Fe, pueblo de abolengo colonial que tiene carácter propio y, ante todo, es argentino.”[10]

            Siguiendo con otra antinomia representativa del enfrentamiento entre Buenos Aires y el interior que también simboliza las querellas entre “nacionalismo y cosmopolitismo”, y entre “espiritualismo y materialismo” encontramos la que se da entre la música autóctona y el tango”.  Tanto en Gálvez como en Lugones hay una reivindicación de la música criolla y un denuesto colmado de ironías hacia el tango, “…ese reptil de lupanar, tan injustamente llamado argentino en los momentos de su boga desvergonzada...”[11]

            Casi con la misma animadversión y equivalente tirria Gálvez profesa: “El litoral ha olvidado su música. Los inmigrantes, desalojando a los gauchos, han concluido con las canciones y los bailes criollos (…) En cambio tenemos ahora el tango, producto del cosmopolitismo, música híbrida y funesta. Yo no conozco nada tan repugnante como el tango argentino. Su baile es grotesco (…) y significa el más alto exponente de guaranguería nacional (…) en todas partes uno oye como castigo esa música fea y antiartística, lamentable síntoma de nuestra desnacionalización.[12]

            En contraste con estas expresiones destacan la importancia de mantener incólumes aquellas tonadas representativas del espíritu del pueblo. En este sentido, Lugones incluye en “El Payador” partituras de música tradicional argentina, como ser “La media caña”, chacareras, “El Escondido”, “El Gato” y  “El caramba”. Del mismo modo, Gálvez hace referencia a yaravíes, ruanitos y chacareras, “llenas de espíritu de la raza”. Por lo tanto las canciones y bailes son una revelación del alma nacional que debe preservarse y transmitirse, como veremos más abajo, por medio de la educación.

            Como conclusión de toda esta segunda antinomia entre materialismo y espiritualismo podemos argumentar que el nacionalismo buscaba también regenerar la moral pública y rescatar las virtudes argentinas. Nacionalizar significaba también para estos literatos “moralizar”.

 

 

3) Cuestión Social: inmigrantes entre la integración y la exclusión

 

            En referencia a la cuestión social, la preocupación se orientó primero a los problemas de vivienda y salud propios del proceso de urbanización creciente, para centrarse luego en la problemática obrera, propia del proceso de industrialización incipiente. Por entonces comenzaba a percibirse una ligazón directa entre agitación popular urbana y presencia inmigratoria, lo cual llevó a que se promulgaran leyes como la de Residencia y la de Defensa Social en respuesta a la difusión del terrorismo obrero que autorizaban la expulsión de extranjeros, apoyándose en la noción de que eran los agitadores ultramarinos los responsables de la agudización del conflicto social

            En este contexto de los años diez las clases dirigentes se sentían jaqueadas por peones y alfiles debido a que al compás de la modernización se habían ido consolidando una serie de agrupamientos políticos de izquierda (socialistas, anarquistas, y sindicalistas revolucionarios) que tenían en común exponer ideologías de “contestación social” que contenían el germen del desorden y de la disolución de la nacionalidad.             Esto era lo que buscaban los anarquistas quienes pensaban que el Estado se legitimaba ante la sociedad apelando a la idea de patria por la cual el Estado manejaba a la población inculcándole sentimientos de amor y adhesión a los símbolos nacionales a través de rituales públicos. Para contrarrestar esto, el anarquismo pretendía reemplazar la idea de patria por la de humanidad, debilitando de este modo, el lazo nacional.

            El debate se daba, por lo tanto, entre la opción por la exclusión (expulsión física) y la inclusión (integración cultural). El régimen oligárquico en el poder veía con temor a los inmigrantes y no tenía interés en lograr su integración, en especial la de anarquistas y sindicalistas revolucionarios. Por el contrario, los miembros de la Generación del Centenario, desdeñaban el fácil camino de la reacción y abogaban por una síntesis superadora de la que surgiera una nueva Nación. Era necesario aceptar la inevitabilidad de los elementos foráneos, absorberlos y nacionalizarlos.

            En síntesis, el cosmopolitismo, el materialismo y estas ideologías de izquierda, debilitaban el sentimiento nacional precisamente cuando este resultaba más necesario como herramienta de cohesión social ante una sociedad desintegrada. Es a esta coyuntura problemática a la que la Generación del Centenario intentó dar una solución que suponía la configuración de un modelo de nacionalización para las masas y la redefinición de una  nueva identidad nacional acorde a las circunstancias del momento. Sus proyectos, más allá de las diferencias, buscaban implantar una identidad argentina en los nuevos pobladores mediante una integración cultural que permitiese fortalecer el lazo social y restaurar la moral cívica.

 

 

El rol del intelectual como pedagogo nacional

(La literatura como material simbólico de reconstrucción de la nacionalidad)

 

                                                                                              "Una función del arte es legar un ilusorio

                                                                                               ayer a la memoria de los hombres"  

J. L. Borges

 

            Es interesante ver el lugar que ellos mismos, en tanto escritores e intelectuales, se atribuyen en esta tarea de rediseñar la Nación, de reconstruirla a partir de las ruinas que dejaba el cosmopolitismo, y la importancia que le dan a la literatura como herramienta simbólica de cimentación de esa nacionalidad.

             Rojas, por ejemplo, retomando la frase de Sarmiento se cuestiona… "‘¿Argentinos? Desde cuándo y hasta dónde; bueno es darse cuenta de ello’. Casi un cuarto de siglo va corrido desde que el maestro lanzó su formidable interrogación, sin que ningún argentino se adelantase a contestarla. Este libro aspira a ser esa respuesta que tardaba en llegar. Habla, pues este, en sus páginas  la conciencia del país”[13]

            Análogamente, Gálvez sostiene que Quiroga “aguarda contribuir a que el país se conozca a sí mismo, y conociéndose pueda perfeccionarse y adelantar en el sendero del Ideal”[14]             También agrega (actuando como editor en un acto de poca humildad para con su propia obra) que… “En ningún libro argentino se ha juzgado tan duramente a nuestro país como en el Diario de Gabriel Quiroga. Esto indica que su autor es un patriota. Más su patriotismo,  nada tiene de común con la divertida oratoria de las fiestas patrias (…) Quiroga es patriota porque lleva muy dentro de sí mismo el sentimiento de la patria y la idea de la nación (…) porque ama el suelo de nuestra tierra, (…) porque tiene el sentido de nuestra historia…”[15]

            Vemos en este fragmento cómo el intelectual/escritor se postula, por un lado, como crítico de una realidad que busca modificar, y por otro, como figura ejemplar cuyo patriotismo debe ser imitado por las subjetividades destinatarias de su obra.

            Lugones también parte una visión crítica de la Argentina de principios de siglo, y es en este sentido que él mismo se ofrece a sus lectores (cual Platón) como el filósofo a la polis, como quien debe liberar a los hombres de la caverna de sombras para mostrarles la realidad, la verdad y la belleza. La patria es la “idea” que el filósofo debe hacer inteligible, la cual debe alcanzarse, o, al menos, buscarse. Es sobre todo en Prometeo donde plantea, conjugando el helenismo con resabios nietzscheanos, que los intelectuales, en tanto “hombres superiores” tienen un deber moral que cumplir en la conducción y formación de los “hombres inferiores”. En este sentido Lugones retoma en Prometeo un personaje de la mitología griega para ilustrar su propio empeño de contribuir al crecimiento espiritual del país, elabora un paralelo entre la figura de Prometeo y él mismo.

            Podríamos decir que en todos estos casos el escritor se constituye en docente transformando su saber en material literario, convirtiéndolo en didáctico y comprensible, poniéndolo al alcance del consumo de aquellos en quienes se pretende incidir. En conclusión, vemos cómo los textos del Centenario muestran que la literatura  no era meramente un pasatiempo sino un jugoso dispositivo que se orientaba a operar sobre las subjetividades para inculcarles el sentimiento nacional.

 

 

La educación como canal de transmisión de la argentinidad

 

            Ya desde los tiempos de Mitre y Sarmiento la educación era considerada como una arma fundamental del Estado para la implantación de la nacionalidad. En sintonía con los postulados de los hombres de la Organización Nacional los tres hidalgos que aquí tratamos también atribuyeron a la educación un papel central como medio de integración cultural y de transmisión de la argentinidad.

            Por ejemplo, Lugones, en uno de los capítulos de “Didáctica” denominado “Enseñanza Patriótica”, alude a la necesidad de uniformar la conciencia colectiva, de “formar la raza”, y de determinar la dirección de las grandes masas a través de una educación nacional.  Allí sostiene: Lo que nos falta es educar esta masa humana, que apenas constituye un pueblo, y que como raza es un misterio todavía. (…) la escuela tiene que contribuir a hacer la patria-idea, más importante y más bella que la patria-territorio.”[16]

            Este autor pone énfasis en la dificultad de civilizar a la masa inmigratoria, sobre todo teniendo en cuenta que en su mayoría eran adultos que no pasarían por el tamiz reformador de la escuela para absorber la cultura argentina. Sin embargo, encuentra en la educación de los niños un medio para la transmisión de los valores nacionales: El hijo de inmigrantes sería el agente de la enseñanza patriótica en los hogares de extranjeros, serían los escolares quienes inculcarían a sus padres el idioma local cuya uniformidad debía conseguirse como conditio sine qua non de la constitución de la Nación. “El amor del hijo argentino a los padres extranjeros (…); la misión que al escolar imponen los conocimientos adquiridos, para mejorar la condición intelectual, moral e higiénica de sus padres. (…) y eso tiene que enseñarlo la escuela, porque el hogar de extranjeros no puede darlo (…) si no hacemos familias argentinas no tendremos ciudadanos argentinos”[17]

            Por su parte, Rojas ve la necesidad de procurar una educación que reviva a los héroes nacionales, esto se debe a que él ve en la historia el lugar en donde encontrar las raíces del país. De hecho, en  La Restauración Nacionalista” nos presenta un consistente programa pedagógico en el que la escuela sería el centro de transmisión de la lengua, tradición e historia nacionales. Allí explica: “El momento aconseja con urgencia imprimir a nuestra educación un carácter nacionalista por medio de la Historia y las humanidades. El cosmopolitismo en los hombres y las ideas, la disolución de viejos núcleos morales (…) el olvido creciente de las tradiciones, la corrupción popular del idioma, el desconocimiento de nuestro propio territorio, la falta de solidaridad nacional, el ansia de la riqueza sin escrúpulos, el culto de las jerarquías más innobles, (…) –cuanto define la época actual- comprueban la necesidad de una reacción poderosa a favor de la conciencia nacional…”[18] “La crisis moral de la sociedad argentina solo podrá remediarse por medio de la educación…es sobre todo en las escuelas donde debemos restaurarla.”

            En sí, el objetivo del programa de Rojas era formar una conciencia nacional sustentada en una conciencia histórica, o sea, fundamentada sobre la base de una tradición que debía ser sentida como común a todos.

            Por último, Manuel Gálvez también buscará definir la identidad, inculcar el idioma nacional y afirmar los valores de la tradición por medio de la educación. En el “Diario de Gabriel Quiroga” exhortará a sus contemporáneos a“Reconquist[ar] la vida espiritual del país por la educación de los ciudadanos, el estudio de nuestra alma colectiva y la sugestión de nuestros viejos ideales. Y si tal conseguimos, los hombres de las actuales generaciones habremos realizado, sobre el prodigio de las fábricas y las cosechas, el milagro de nuestro renacimiento nacional.”[19]

 

1) Gálvez: El rescate de la tradición en España y las provincias interiores

 

            Gálvez anhelaba revertir los males de la fórmula alberdiana “gobernar el poblar” actualizándola a los requerimientos del Centenario como gobernar es argentinizar”. Al igual que Rojas veía la necesidad de volver la mirada al pasado: Para encontrar el alma nacional había que rastrearla en las tradiciones. De hecho, Gálvez hubiese preferido utilizar la palabra “tradicionalismo” en lugar de “nacionalismo” ya que la primera presentaba para él sobre la segunda la ventaja de sugerir ideas de pasado y de conservación.

            Lo que Gálvez quería conservar eran las tradiciones que subsistían en las provincias interiores libres de inmigración masiva. En sus viajes al norte del país había sido testigo de la pureza espiritual de las costumbres argentinas en esas tierras, en ellas se refugiaba el alma nacional del cosmopolitismo y el materialismo, y por esto representaban para él el baluarte de la salvación de la patria. A su juicio…“…las provincias, con su amor a las tradiciones, su culto a la patria, su odio al extranjero, su sentimiento de nacionalidad, su espíritu americano, encarnan en el provincialismo, o sea en el localismo provinciano, la mejor expresión posible de la resistencia a la desnacionalización.”[20]

            Este “provincialismo” iba de la mano de un “telurismo”, de una exaltación de la tierra, los paisajes, y las costumbres del interior del país, puesto que, para Gálvez, el factor geográfico determinaba en los hombres sentimientos y cualidades comunes. Esta reivindicación de lo telúrico que apunta a inculcar el amor por la naturaleza y el paisaje argentinos podemos encontrarlo también muy claramente en Lugones, sobre todo en las Odas Seculares.

            Retomado el pensamiento de Manuel Gálvez debemos distinguir otro lugar en el que busca recuperar la tradición y, sobre todo, dar una salida a la crisis moral del país: ese lugar es España, país que conoció y descubrió en sus viajes a Europa en 1906 y 1910. Escribe en “El Diario de Gabriel Quiroga”:            “La emoción sentimental y humana que conmovió mi corazón ante el paisaje de Castilla la Vieja me hizo comprender, (…) que los argentinos no hemos dejado de ser españoles...”[21] 

            Gálvez encontraba en nuestro origen hispánico y en nuestro pasado colonial la raíz de la nacionalidad y el espiritualismo capaz de enfrentar la crisis moral del país. Su hispanofilia, sin embargo, no sería compartida por Leopoldo Lugones quien se oponía fervientemente a la influencia hispánica. Sostendría este último en “El Payador”:

              “El castellano paralítico de la Academia, corresponde a la España fanática y absolutista “nuestra madrastra”, como decía con tanta propiedad Sarmiento; y en eso sólo le debemos atraso y desolación. Estamos, así, tan separados de ella como ella misma del espíritu que animó a los primeros conquistadores. Lo que nosotros restauramos y seguimos restaurando, es la civilización por ella perdida; de manera que todo esfuerzo para vincularnos a su decadencia, nos perjudicaría como una negación de aquel fenómeno. Es ella quien tiene que venir a nosotros, la raza nueva, “la hija más hermosa que su hermosa madre”, pero sin ningún propósito de influir sobre nuestro espíritu, más fuerte y más libre que el suyo. América no será jamás una nueva España. Podría derramarse en ella toda la población de la Península, sin que por esto se modificara su entidad.[22]

            De España Gálvez también apelaría a su catolicismo. Ferviente católico creía que así como el idioma la religión también era uno de los fundamentos esenciales en donde residía la nacionalidad. En este sentido, vería a toda religión no católica como fuente de desnacionalización. “…el individuo que se establece en el país y practica una religión que no es la católica, introduce, en nuestra modalidad colectiva, un germen de disgregación espiritual.”[23]

             Por último, Gálvez-Quiroga invocaría una vía diferente para unificar a los extranjeros bajo una misma idea de Nación, o podríamos decir, “bajo una misma bandera”. Esta vía era la de la guerra, elemento que ya desde la independencia misma del país había sido utilizado como aglutinador y nacionalizador. Según él la guerra con el Brasil “…haría que los pueblos se conociesen, reuniría  a los argentinos en un ideal común, y despertaría en el país el entero sentimiento de la nacionalidad.”[24]

 

2) Lugones: De la cultura helénica al mito gaucho

 

            Como hemos visto más arriba, del proyecto pedagógico de Lugones se desprende una clara pretensión de vincular a la cultura argentina con la cultura griega. Esto se debe a que Lugones veía en el helenismo un modelo de perfección, cultura, armonía y belleza a ser imitado por la Argentina alicaída del Centenario, como un “ideal” a seguir. Es en “El Payador” donde haciendo un paralelismo entre la épica griega y la nacional intentaría demostrar la utilidad docente de la poesía sobre el espíritu de los pueblos y la importancia de la mitología como fuente de modelos de conducta. En relación a esto, escribiría…“Los griegos atribuían a los poemas de Homero más eficacia docente que a cualquier tratado de ciencia o de filosofía; y así, dichos poemas formaban el principio y el fin de aquella cultura que les dio el dominio del mundo en todos los órdenes de la actividad humana”[25]     

            Lugones considera que los poemas épicos expresan la vida heroica de la raza ya que en ellos los héroes aparecen como las más altas expresiones de la vida superior de sus patrias fomentando nobles ideales y operando como transmisores de cultura. Así, en el lugar simbólico en que los griegos colocaron a“La Ilíada” y “La Odisea” Lugones ubicaría en la Argentina al “Martín Fierro”, poema épico nacional que presenta al gaucho como el prototipo de lo argentino, como el cimiento heroico de nuestra nacionalidad. Escribió: “…fácil será hallar en el gaucho el prototipo del argentino actual. Nuestras mejores prendas familiares; el fondo contradictorio y romántico de nuestro carácter; (…) la importancia que damos al valor; la jactancia, la inconstancia, la falta de escrúpulos para adquirir, la prodigalidad –constituyen rasgos peculiares del tipo gaucho. No somos gauchos, sin duda, pero ese producto del ambiente contenía en potencia al argentino de hoy, tan diferente bajo la apariencia confusa producida por el cruzamiento actual. Cuando esta confusión acabe, aquellos rasgos resaltarán todavía, adquiriendo una importancia fundamental el poema que los tipifica, al faltarles la encarnación viviente. Y como se trata de un tipo que al constituirse la nacionalidad  fue su agente más genuino; como en él se ha manifestado la poesía nacional con sus rasgos más característicos, lo aceptaremos sin mengua por antecesor, creyendo sentir un eco de sus cantares en la brisa de la pampa, cada vez que ella susurre entre el pajonal, como si estirase las cuerdas de una vihuela…”[26]

            En “El Payador”, Lugones destaca las virtudes del gaucho (serenidad, coraje, meditación, vigor, lealtad, franqueza) y le reconoce su lugar como fundador de la patria. Para él todo cuanto es origen propiamente nacional viene del gaucho: la guerra de la independencia que nos emancipó, la guerra civil que nos constituyó, la guerra con los indios que suprimió la barbarie, en sí, la salvación de la libertad nacional fue para él una obra gaucha.  El gaucho influyó de manera decisiva en la formación de la nacionalidad definiéndonos una personalidad distinta de la española y de la indígena: el gaucho sería un conciliador entre estas dos razas y se constituiría en el personaje histórico más apto para definir la buscada identidad.

            Pese a esto, vale aclarar que esta implantación de la figura gauchesca no se daba por sí sola sino a través del “Martín Fierro”. Esta epopeya legitimaba una identidad cuyas raíces se encontraban en el pasado, pero cuyo significado se proyectaba en el presente. Para no ser “bárbaro”, como apelaba Lugones al “gringo”, había que ser capaz de leer el “Martín Fierro” en su lengua de origen tal como ocurría en la tradición griega clásica donde la poesía servía tanto como vínculo moral de la nacionalidad como también como fundadora del idioma nacional.

             De este modo, el “Martín Fierro” legitimado y revalorizado, sería entronizado como el poema más genuino de la argentinidad y erigido en un lugar que antes muy pocos habían querido reconocerle. Se consumaba así el proyecto lugoniano de postular un modelo de nacionalidad basado en valores helénicos pero también sustentado en la historia y tradición propiamente argentinas.

 

 

3) Rojas: La búsqueda de la síntesis entre lo propio y lo extranjero

 

            Ricardo Rojas fue también otro de los responsables de la fijación del “Martín Fierro” como elemento emblemático de una literatura específicamente argentina, opuesta a lo que, ante el crisol cosmopolita, el propio Rojas tildó de "babelización" del país. Así pues, en la obra de Rojas la cultura y sobre todo el fenómeno literario se convierte en el elemento integrador por excelencia, el que permite concebir la identidad nacional argentina como el producto de un cruce de razas, y el que da lugar a la inclusión en un mismo concepto de Nación de indígenas e inmigrantes. Como Lugones que encontraba en el gaucho la síntesis de lo español y lo indio (aunque a este último intentara disimularlo), Rojas también buscaría integrar los elementos foráneos con los autóctonos, pretendiendo lograr una síntesis entre lo propio y lo importando.

            Rojas pugnaba por una verdadera inclusión de los inmigrantes a partir de un sistema filosófico y educativo que pudiese suturar la fragmentación social producto de las pulsiones centrífugas del cosmopolitismo: según él, en tiempos de Alberdi era el desierto lo que aislaba a los hombres, hoy es el cosmopolitismo. En su intento de poner fin a ese aislamiento propuso en “Blasón de Platareemplazar la dupla sarmientina de civilización y barbarie por el binomio  exotismo e indianismo” que él consideraba como más adecuado para comprender la totalidad del pasado nacional.

            “...yo diré en adelante “el Exotismo y el Indianismo”, porque esta síntesis que designa la pugna o el acuerdo entre lo importado y lo raizal, me explica la lucha del indio con el conquistador por la tierra, del criollo con el realista por la libertad, del federal con el unitario por la constitución –y hasta del nacionalismo con el cosmopolitismo por la autonomía espiritual. Indianismo y exotismo cifran la totalidad de nuestra historia, incluso la que no se ha realizado todavía” [27]

            Entre crisoles y  alambiques, este alquimista de la síntesis quería llegar a la argentinidad por el camino de la reconciliación entre el pasado y el futuro, entre lo rural y lo urbano, entre lo singular y lo universal. En una de sus obras posteriores denominada “Eurindia” (1924) Rojas se explayará en esta tesis de la síntesis entre el exotismo y el indianismo. Ahí explicará que así como los españoles hispanizaron al nativo, los indios indianizaron al español, y agregará que la apertura del país a la inmigración europea generó un nuevo período de exotismo cosmopolita que caracterizaría a la Argentina del Centenario. En ese contexto expresaría…

            “…pero ya se sienten los anuncios de una nueva creación autóctona, que no debe ser xenofobia marcial, sino creación pacífica de la cultura americana (…) hacia esta síntesis nos encaminamos (…) en América el proceso de “antes” y “después” se entrecruza con las mareas sociales de “aquí” y de “allá”, o sea, de afuera hacia adentro y de adentro hacia fuera, en una especie de ritmo intercontinental. Esto es lo que he llamado “indianismo” y “exotismo”. El exotismo es necesario a nuestro crecimiento político; el indianismo lo es a nuestra cultura estética. No queremos ni la barbarie gaucha ni la barbarie cosmopolita. Queremos una cultura nacional como fuente de una civilización nacional; un arte que sea la expresión de ambos fenómenos. Eurindia es el nombre de esa ambición.” [28]

            Eurindia”, palabra que ya de por sí revela una conjunción de lo europeo y lo indio, es según Rojas el nombre de un mito creado por Europa y las Indias, pero que ya no es de la Indias ni de Europa aunque está hecho de las dos. Eurindia es doctrina de amor, que aconseja ayuntar en cópula fecunda lo europeo y lo indiano. La experiencia histórica nos ha probado que, separadamente, ambas tradiciones se esterilizan. (…) queremos reducir ambas fuerzas en la unidad de un nuevo ser, y superarlas.”[29]

            El secreto de esta doctrina eurindiana ideada y predicada por Rojas reside en la fusión de lo americano y lo europeo, en una síntesis cultural que debía ser superadora de la contradicción entre exotismo e indianismo. La doctrina de Eurindia buscaba vigorizar la argentinidad genuina, no para prescindir de lo extranjero sino para asimilarlo mejor en la medida de las necesidades nacionales de la época, deseaba hacer de la Argentina un fundidor de lo americano y de lo universal. De hecho, vale aclarar que el nacionalismo de Rojas no se restringía a lo argentino como negación de todo lo externo, sino que era concebido como parte de una nacionalidad americana y de una cultura universal.

            Es por esto que la didáctica de Eurindia daba normas educativas para la formación del hombre americano, procuraba crear una civilización que conciliase lo local con lo extranjero. Consecuentemente, Rojas no rechazaba lo europeo, quería  asimilarlo; no reverenciaba lo americano, buscaba superarlo: perseguía un alto propósito de autonomía y civilización. Y persiguiéndolo con fervor tanto él como Lugones y Gálvez, descendieron los tres por el análisis de lo profundo de nuestro ser nacional, de nuestra historia y nuestras tradiciones, para revivirlas y darlas a conocer, para transmitirlas y dar a luz una nueva Nación. 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

 

 

-ALBERDI, J. B.: “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina.” Estrada. 3ra ed. Buenos Aires, 1949.  

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-ROJAS, R.: “La Restauración Nacionalista.” 2da. Edición. Bs.As. La Facultad, 1922.

 



[1] GÁLVEZ, M.: “El diario de Gabriel Quiroga”. Ed. Taurus, Bs.As. 2001. pag. 116.

[2] ROJAS, R.: “Blasón de Plata”   M. García Editor, Buenos Aires, 1912. págs. 161-2.

[3] ROJAS, R.: “Blasón de Plata”   Op.cit. págs. 160-1.

[4] ROJAS, R.: “La Restauración Nacionalista.” 2da. Edición. Bs.As. La Facultad, 1922. pag. 352.

[5] LUGONES, L.: “Enseñanza Patriótica” Capítulo de su libro Didáctica (1910). Publicado en “La Hora De La Espada Y Otros Escritos”. pag. 18.

[6] LUGONES, L.: Prometeo. Publicado en “La Hora De La Espada Y Otros Escritos”. pag 27.

[7] GALVEZ, M.: Op. cit. pag 86.

[8] ROJAS, R.: Eurindia. Librería "La Facultad", Juan Roldán y Cía; Buenos Aires; 1924, Cap. XV; p. 165

[9] GÁLVEZ, M.: Op. cit. pags. 93-94.

[10] Ibídem. pag 166.

[11] LUGONES, L.: “El Payador”.Ed. Huemul. 4ta Edición. Bs.As, 1972. pag. 123

[12] GÁLVEZ, M.: Op. cit. pag. 134.

[13] ROJAS, R.: “Blasón de plata”. Op. cit. pags. 10-11.

[14] GÁLVEZ, M: Op. cit. pag 78.

[15] GÁLVEZ, M.: Op.cit. pag. 75.

[16] LUGONES, L.: “Enseñanza patriótica” en Didáctica. Op. cit. pag 21.

[17] Ibídem, pag. 35.

[18] ROJAS, R.: “La Restauración Nacionalista.” Op. cit. pag. 118

[19] GÁLVEZ, M.: Op. cit. pag 86.

[20] Ibídem, pag. 140-141.

[21] GÁLVEZ, M.: Op. cit. pag. 94.

[22] LUGONES, L.: “El Payador.” Op. cit. pag. 149.

[23] GÁLVEZ, M.: Op. cit. pag. 95.

[24] Ibídem, pag. 101.

[25] LUGONES, L.: “El  Payador”. Op. cit. pag. 38.

[26] Ibídem, pag. 66.

[27] ROJAS, R.: “Blasón de Plata”. Op. cit. pag. 164.

[28] ROJAS, R.: “Eurindia.” Volumen 1. Centro Editor de América Latina, Bs.As, 1993. pags 13-14.

[29] ROJAS, R.: “Eurindia.” Op.cit., pag. 107.