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Autores: Flecha Claudia, Di Leo Silvia, Neri Luciana

RESEÑA HISTORICA Y POLITICA EN LA CONSTRUCCION DE LA IDENTIDAD NACIONAL.

 

Se considera apropiado comenzar este recorrido con la emergencia del concepto de identidad originado en  la modernidad, Eduardo Güner lo menciona en “el boletín de la BCN ” como una noción que ha sido inventada por el pensamiento moderno, la modernidad burguesa  necesitó ese concepto para atribuírselo a otro de sus “inventos”: el individuo ( y su expresión macro teórica: el sujeto cartesiano), base filosófica, política y económica de toda la construcción social de la burguesía europea a partir del Renacimiento. También plantea que hay otra modernidad; una modernidad autocrítica, ejemplarmente representada por el pensamiento de Marx, Nietzsche o Freud, que implacablemente se aplicó a cuestionar ese universalismo de la identidad, ese esencialismo del sujeto moderno.

Así la noción de identidad acuñada originariamente para hablar de los individuos, pronto se trasladó al ámbito de las sociedades y empezó a hablarse de identidad nacional. Otra necesidad burguesa estrechamente vinculada a la construcción moderna de los Estados nacionales. Esto es una construcción en la que todos los súbditos de un Estado pudieran reconocerse simbólicamente en una cultura compartida y fue desde el principio un medio ideológico de primordial importancia. En América, la identidad, como señala Maritza Montero, significó un proceso de inclusión-exclusión forzado donde fueron violentados y saqueados “ todas” nuestras reservas identitarias. Desde entonces nuestra identidad se ha tematizado, resaltando el proceso de mestizaje y la pérdida de rasgos físicos y socioculturales, como pérdida de tradiciones, modos de hacer y sentir, modos de expresarse y de comunicarse, que se vieron afectados, por la entrada cruenta de los otros, de aquellos que por venir de Europa, es decir de culturas civilizadas, asaltaron el derecho de imponer “los caminos de nuestro destino histórico”. Así la identidad ha sido construida a partir de una pérdida y se trata de la recuperación de tradiciones, ritos, costumbres. La educación tuvo su papel en este contexto, ya que antes de la llegada de los españoles en América, la historia educacional corría por canales propios. Con la colonización los españoles se instauraron como los únicos con derecho a educar, tarea que identificaban con la evangelización, es decir imposición de la doctrina cristiana.

Hasta el siglo XVIII no existía la noción de sistema educativo integrado, y la educación estaba dirigida a los hijos de funcionarios españoles criollos y algunos hijos de nobles indígenas.

Hasta el siglo XIX, el sistema escolar moderno estaba todavía en germen.

     En Argentina los rituales, los métodos y contenidos de enseñanza, las normas disciplinarias y las costumbres escolares, se fueron modificando paulatinamente durante todo el siglo XIX, prueba de ello es que Sarmiento denunció la persistencia de métodos de tortura.

     La Asamblea constituyente del año 1813 dio un  paso importante en la modernización, ya que abolió los castigos corporales en los establecimientos educativos. Desde los años de las luchas por la independencia hasta la década de 1880, tanto los liberales como los caudillos populares hicieron esfuerzos por crear el sistema escolar público. Zoppi plantea que la educación pública argentina (entendiendo por ello gratuita y obligatoria) nació con el mandato fundacional de contribuir a “integrar” la sociedad argentina y, en relación con ello “construir” su identidad nacional o nacionalidad. En relación a esto, la enseñanza de la historia ha constituido el instrumento del cual se ha servido el Estado, para estimular el sentimiento de la identidad nacional que le aseguraba la lealtad de los ciudadanos. Uno de los problemas que puede justificar tal situación fue que el Estado precedió a la Nación, de manera que, se necesitó una política estatal que fortaleciera la unidad.

     En los siglos XIX y XX aparecen, en Argentina, los inmigrantes provenientes de diferentes países de Europa, trayendo consigo su bagaje cultural. Entonces una primera estrategia de fomentar la identidad nacional, que apunta a la formación del Estado nacional, se da a mediados del siglo XIX a partir de los proyectos de Estado-Nación, donde la intelectualidad orgánica plantea un modelo de oposición de nativos versus inmigrantes, donde los primeros significaban el atraso y los segundos el progreso y la civilización. En otros términos, el atraso argentino, se resolvería cambiando la composición étnica de la población, entendido lo étnico como sinónimo de raza y siguiendo el planteo evolucionista de la existencia de razas primitivas y atrasadas y otras avanzadas y civilizadas.

En un segundo momento ( finales del siglo XIX y principios del siglo XX ) este modelo sufre un quiebre, intelectuales vinculados a sectores dominantes plantean una reformulación del modelo anterior. Este período es el del aluvión inmigratorio donde aparecen como una masa de pobres y semianalfabetos que tenían poco que ver  con el ideal imaginado por los proyectistas como Sarmiento. Esta nueva situación propone un nuevo desafío la reelaboración de una estrategia de identidad ya que no contempla la nueva realidad sociocultural. Diversos autores citados por Filmus destacan que el papel que desempeñó la escuela fue más político que económico. Integrar poblaciones que vivían en regiones  diferenciadas económica, social y culturalmente, incorporar a la cultura e historia nacional inmigrantes que portaban los valores y pautas de comportamiento de sus países de origen y dotar de un grado de consenso y hegemonía a un Estado, que surgía con un sustento muy endeble. Un mecanismo para lograr la misión fue imponer rituales, necesarios para el reconocimiento masivo de los símbolos patrios y los próceres de nuestra historia. Como menciona Fernando Martínez Paz en el texto “ El sistema educativo nacional” en este período de fines del siglo XIX, precisamente en 1853 con la sanción de la Constitución Nacional, se coloca a la educación como un deber del gobierno, quedan establecidos la gratuidad y obligatoriedad de la enseñanza primaria.

Por medio de la educación se lograrían las condiciones de orden y progreso necesarias al país (consignas del positivismo). La educación sería un instrumento para derrumbar las murallas de la barbarie, alfabetizar era incorporar a la civilización.

La obra de Sarmiento fue el antecedente del nacimiento formal del positivismo, quiso construir un modelo educativo capaz de operar sobre la sociedad cambiándola y controlándola y creyó posible imponer una forma de ser, sentir y hablar a quienes escapaban de la categoría de bárbaros (en este caso serian los indios y gauchos) es decir promovió un sistema educativo formalmente más democrático de su época pero realizó una exclusión de sectores populares. No dejaba al pueblo analfabeto fuera del juego político sino que lo dividió en educables y no educables. Esta idea de seleccionar a los más aptos era coherente con la doble operación de invitar a emigrar a la Argentina a los pueblos noreuropeos y apoyar las campañas del desierto que arrasaban con la población indígena.

En general Sarmiento rechazaba nuestras raíces hispánicas, dando gran valor a la cultura anglosajona, y además caracterizaba a la población indígena y mestiza como irrecuperable. Estas clases populares nativas representan un escollo para su proyecto político, en base a una identidad que los excluye promueve el exterminio de grupos indígenas y marginalización.    

En las primeras décadas del siglo XX, comienza a aparecer una corriente de pensamiento nacionalista y surge de algunos sectores de la elite la idea de que este sentimiento nacional podría ser inducido por el Estado y uno de los vehículos más indicados parecía ser la escuela primaria, así como lo comenta Mariano Plotkin en “Política, Educación y Nacionalismo”. Además plantea como aparece de esta manera el proyecto de Ramos Mejía que plantea la argentinización e incorporación no ya de inmigrantes, sino de sus hijos, futuro de la nacionalidad. En 1980 solicita la realización de un plan de educación patriótica que consistía en alusiones patrióticas que debían realizarse en todas las materias (matemáticas, ciencias naturales) en la veneración de los símbolos patrios y festejos solemnes. La idea parecía ser la producción en las mentes de los niños de un sentimiento irreflexivo, basado en el símbolo sobre todo.

Como menciona Puiggros en esta época se trataba de seguir los modelos de un positivismo pedagógico dirigidos a ordenar en la escuela a la población, intentando alcanzar correlación entre la raza, sector social y educación proporcionada por el Estado.

La corriente llamada normalizadora, consideraba que educar al ciudadano era una misión. La antinomia civilización-barbarie operaba en el pensamiento. Creían en la necesidad de la escuela pública laica, pero la religión continúa apareciendo en tanto  sustento del orden moral.

A lo largo de la historia vemos como el problema de la elaboración de estrategias de identidad nacional desde la clases dominantes, recibe modificaciones de acuerdo al período histórico y además teniendo en cuenta las variaciones regionales.

Márquez toma la definición del positivismo en tanto tendencia ideológica, que englobó concepciones provenientes del cientificismo, del naturalismo, del evolucionismo. En el pensamiento pedagógico, se preocupó mucho menos de los fines y objetivos de la educación, que de los aspectos psicológicos, biológicos y metodológicos. Las diversas escuelas coincidieron con el liberalismo retrógrado y antipopular. Víctor Mercante es uno de los mayores representantes que denunciaba el carácter extranjerizante de la educación, volvía la espalda a la realidad nacional.

Como menciona Puiggros, el positivismo estaba en caída libre en la escena política e intelectual latinoamericana, alrededor de 1910, al mismo tiempo, crecían alternativas pedagógicas espiritualistas y antipositivistas.

Anterior a esta caída comienzan a formarse las sociedades populares de educación (1880) que nacen de políticas socialistas o anarquistas, fueron centros difusos de transmisión cultural cuando el sistema escolar aun no se había extendido, ofrecía educación no escolarizada a sectores marginados. Consideraron que la escuela publica debía integrar a los inmigrantes al país, pero respetándolos. Era una alternativa en educación con respecto al modelo normalizador que triunfaba.   

Siguiendo los desarrollos de Márquez plantea que en 1930 se consolidan la ideas antipositivistas, en el ámbito pedagógico, confluyen aportes del idealismo, espiritualismo y culturalismo. Se desarrollan teorías pedagógicas que colocan el acento sobre los fines o ideales de la educación en desmedro de los medios y técnicas. Es una pedagogía especulativa y filosófica, alejada de la realidad escolar y separada de la praxis. Sería una corriente culturalista, humanista.

Otra corriente del antipositivismo es el pensamiento nacionalista, ya mencionado, que subyace en  diversos períodos de la historia de la educación Argentina, que reaparece en los períodos mas antidemocráticos y autoritarios. Este antipositivismo se apoya en las tesis de la Iglesia Católica y exalta los valores del patriotismo y conciencia nacional, que en realidad deben ser caracterizados como patrioterismo y nacionalismo retrógrado.

Según los aportes de Sandra Carli, con respecto a la educación el sistema escolar normalizado comienza a mostrar insuficiencias. Taborda cierra la década del 30 y anticipa las posiciones del nacionalismo popular. Reconoce a los niños su derecho de ser tales.

El nacionalismo popular se da con Perón en Argentina (1943-1955). Momento importante de la formación de la conciencia social: existió una participación de las fuerzas sociales, marginadas. Se produjo un aumento de la sindicalización, bajo la presión popular el Estado debió garantizar los derechos cívicos políticos, sociales  y de trabajo. Considerando nacionalismo como la afirmación de la Nación frente al imperialismo. La educación debía imbuir a la población la esencia de lo nacional. El sistema educativo argentino vivía un crisis de crecimiento. La cultura elitista instalada en las instituciones era distinta al espíritu nacionalista y popular de los trabajadores peronistas y de Perón y Evita. El peronismo heredó del régimen  de 1943 funcionarios ultranacionalistas que querían imprimir a la escuela el carácter de un regimiento. En general sus ministros de educación eran antipositivistas y proponían estimular el espíritu de iniciativa, la capacidad creadora y el sentido de justicia social.

La política educativa peronista extendió la escolarización a sectores antes excluidos. Pero la escuela fue un ámbito especial de la difusión doctrinaria peronista, cuya meta era crear una nueva identidad política nacional que fagocitara las identidades diferentes.

Se construye una identidad nacional popular que apela a las nociones de patria, nación, familia y busca la integración de todos los argentinos mediante legislaciones laborales y sociales, el Estado como benefactor. Toda manifestación diferente al sistema peronista es vista como opositora y se encuentra en función de los “intereses extranjeros” son considerados “apatridas”, es el lugar de “los otros”.

Con el derrocamiento del gobierno justicialista, por el grupo autodenominado de la Revolución Libertadora, se suprime la propaganda política peronista en el ámbito escolar, se restauran la leyes educacionales e instituciones previas. Es el llamado proceso de “desperonización”. Se vuelve a emplear la lógica de la exclusión de los disidentes instaurada por el peronismo. Se instauró la antinomia tradición argentina / doctrina justicialista. Pero la exclusión política y el intento de reeducar no impidieron la perpetuación del peronismo como imaginario, sino que probablemente alentaron su supervivencia. En la década del 50-60, como menciona Puiggros, la pedagogía desarrollista, siguiendo el ideal de progreso, planteaba que en América Latina este fue obstaculizado por la carencia de tres elementos centrales: capital, tecnología y educación; se observa la ineficacia cultural y educativa que pueden ser superadas con aportes externos de culturas civilizadas del capitalismo mundial.

El nacionalismo popular había vuelto a producir manifestaciones pedagógicas desde fines de los 60 y fue la política del Estado en el plano de la educación desde 1973 hasta 1975, es decir durante le tercer gobierno peronista. En 1969 aparece un movimiento popular de origen nacionalista, formado por la juventud peronista, que bregaba por la liberación nacional.

A partir del golpe militar que derrocó a Isabel Perón en 1976, se produjo una crisis en la educación pública argentina, echaron del sistema educativo a los nuevos pobres y aumentaron los problemas como la deserción escolar y la repitencia. El síntoma más grave fue la reaparición del analfabetismo y el enorme aumento de la delincuencia infanto-juvenil. La dictadura consideró a la educación como un campo que había sido apto para el florecimiento de la “subversión”. Postulaba una modernización educativa donde primara el conductismo y la tecnocratización del sistema educativo. Se realiza una “limpieza ideológica” se reprime a docentes, funcionarios y estudiantes. Las líneas básicas fueron: reestablecer el orden como condición previa para una libertad individual coherente con el liberalismo económico y el auge de la patria financiera. La educación debería defender los valores tradicionales de la Patria, amenazados por el marxismo que atentaba contra la moral y la cultura argentina.

El modelo educativo era  autoritario y había formas severas de represión.

El Estado Nacional abandona sus obligaciones sociales, al dejar en manos de particulares la responsabilidad de educar.

El nivel superior fue el más afectado, se abolió la libertad académica, los estudiantes dejaron de tener participación académica, se eliminaron carreras de las universidades estatales, se estableció el arancelamiento.

Los  sistemas políticos se caracterizaron por un tipo de dominación que no se basa en la coerción directa, sino en la construcción de hegemonia. Los sectores dominantes buscan el consenso, la legitimación del sistema mediante una integración de la sociedad civil, a partir de diversos mecanismos. La educación es uno de estos vehículos.

En la dictadura, uno de las formas de asegurar hegemonía es la búsqueda de consenso. El “nosotros” se trata de construir apelando a símbolos, como la bandera o en el caso del mundial 76, puede considerarse una estrategia también la guerra de Malvinas.

“Los otros” se exterminan más allá de lo simbólico, en la realidad, se eliminan personas con otras ideologías. 

En 1983 retorna la democracia, con el gobierno de Alfonsin. Según Romero, José Luis en este período la preocupación fue la política cultural. Se dió un fuerte impulso a la alfabetizacion, se renovaron los cuadros de la Universidad y el sistema científico, se estimuló la actividad cultural.

En 1989 Menem con las medidas económicas logra estabilidad frente a la hiperinflación. Se abandona la inversión publica se descuidan los servicios esenciales como la salud, educación, seguridad. Empresas del Estado son privatizadas, se distingue del Estado benefactor de Perón, hay una fuerte relación del gobierno con grupos económicos, indulto a los militares, vínculos estrechos con la Iglesia y EEUU.

En 1995 Menem es reelecto, aumenta la tasa de desocupación, signos de tensión social.

Disminuye el gasto estatal para desviar fondos hacia el pago de la deuda externa. En educación disminuye la responsabilidad del Estado como proveedor de educación pública. El ámbito educativo ha perdido su identidad y autonomía, se impone lo económico frente a lo pedagógico.

Según Márquez, en tanto sistema democrático el contenido político cultural engloba la identificación solidaria de los ciudadanos con sus instituciones políticas y su participación. Pero este sistema en lugar de ello tiende a profundizar las desigualdades. La educación deja de constituirse en un medio eficaz de cohesión social y de unidad nacional. La ideología neoconservadora fomenta el individualismo y la competencia.  

Como plantea el mismo autor la educación debe ser popular, es decir entendida como el esfuerzo de preservar la identidad y la cultura frente a las imposiciones de las elites dominantes. Esto responde al proyecto nacional, proyecto de país, que debería afianzar la conciencia e identidad, respetando el federalismo y haciendo efectiva la integración nacional, mediante el desarrollo económico, social y cultural de las regiones.

Consideramos identidad nacional como el conjunto de significaciones y representaciones relativamente permanentes a través del tiempo que permiten a los miembros de un grupo social que comparten una historia y un territorio común, así como otros elementos socioculturales, tales como un lenguaje, una religión, costumbres e instituciones sociales, reconocerse como relacionados los unos con los otros biográficamente.

La identidad constituye un elemento clave de la realidad subjetiva, y en cuanto tal, se halla en una relación dialéctica con la sociedad. La identidad se forma por procesos sociales. Éstos últimos, tanto en la formación como en el mantenimiento de la identidad, se determinan por la estructura social.

Las actividades tienen historias en cuyo curso emergen identidades específicas. Las estructuras sociales históricas específicas engendran tipos de identidad, reconocibles en casos individuales.

 

 

 

Autores:

Flecha Claudia

Di Leo Silvia

Neri Luciana