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Jornadas de

Pensamiento Argentino

 

 

 

 

 

 

«La Experiencia Autobiográfica de Sarmiento»

Lógica del nacimiento de la representación política argentina

 

 

 

 

 

 

Juan Luis Gastaldi

Facultad de Ciencia Política y RRII

Universidad Nacional de Rosario

(giannigastaldi@hotmail.com)

 

 

 

 

 

 

Octubre 2003

 


 

Jamás tendrá república este pueblo mientras no se respete a sí mismo en quienes lo representan.

 

D.F. Sarmiento

(En su asunción a la Presidencia

de la Nación en 1868)

 

I

 

Un exergo que presenta la Calumnia según Apeles. Un epígrafe de las Mémoires de Madame Roland, exhortando, casi como un presagio, a darse buen testimonio a «soi même». Un primer ensayo, a la vez mesurado y vehemente, de un tal testimonio, en una primera persona que se pretende ajena. Como buscando una objetivad aún amorfa, aún por construir, que supere las contradicciones que semejante situación todavía se resiste a dejar de suponer. Sólo entonces, la escena es puesta en escena:

 

…el público ha debido preguntarse mil veces, ¿quién es este hombre que así hace ocuparse alguna vez que otra de merecer simpatías? ¿Qué fascinación, qué misterios y qué tramas ocultas lo han hecho aceptable a los que mandan? ¿Cuáles son sus títulos literarios y las aulas que ha cursado para tomar un lenguaje tan afirmativo? ¿Por qué se le presta este apoyo que parece hijo de un espíritu de favoritismo, obra del capricho de un ministro? ¿Quién es en fin? ¿Quién lo introdujo? ¿Quién lo conoce?

Nadie, sin embargo, responde a estas preguntas… (MD, Introducción)

 

Por un breve instante, la tensión se concentra, el sentido queda en suspenso, el relato vacila mientras se conmocionan las formas, como en los momentos que sólo el silencio es capaz de construir. Entre esas preguntas recogidas de un lugar inexistente y la inexistencia de alguien que dé cuenta de ellas, el acontecimiento va a desenvolver su densidad.

Aunque no sin un sutil juego de pre-textos. Sutil, sí, imperceptible, huidizo, plagado de invisibilidades, de concatenaciones ocultas y ambiguas. Pero de ninguna manera
in-significante. Desde el fondo insondable que alimenta el discurso, ese juego hará emerger el acontecimiento que contribuirá a fijar los límites dentro de los cuales la realidad política argentina será/estará dotada de sentido.

Discurso y política se anuncian ya, pues, como la instancia indisociable sobre la que se posará nuestra mirada. Algo político está ocurriendo en el discurso; algo discursivo está ocurriendo en la política. Y ese acontecimiento transita, de una manera que no por difusa resulta menos categórica o contundente, por un nombre destinado a dejar su huella junto a la de ese suceso. Un nombre (¿un hombre?) a través del que circularán lo elementos cuya articulación definirá la lógica propia del nacimiento nacional de nuestra política, de la invención política de nuestra nación. Ese nombre quedará identificado con esa invención. Es más, ese nombre la representará. Ese nombre es Domingo Faustino Sarmiento.

La vocación autobiográfica de Sarmiento se extiende, podríamos decir, a lo largo de toda su obra. No obstante, en 1843 la aparición de Mi Defensa marca el comienzo de lo que aquí llamaremos su experiencia autobiográfica, que se extiende hasta la publicación de Recuerdos de Provincia en 1850, año en el que también sale a la luz Argirópolis. Entre ambas publicaciones, Sarmiento escribe además su inefable Facundo y publica las cartas de sus viajes por el exterior bajo el nombre de Viajes por Europa, África y América. Escritos todos en el estilo visceral que le fuera tan propio, la lectura encuentra en ellos una suerte de fondo común que los nutre, borrando las fronteras que los diferentes años de publicación parecieran levantar entre ellos. Una misma voluntad parece atravesarlos construyendo a partir de estos textos una trama que permite entenderlos como indisociables, sin perjuicio de que la existencia de otros fondos (múltiples y plurales) que se agitan en las profundidades de la superficie textual puedan estar in-formándolos con otras disyunciones (como resulta particularmente evidente en el caso del Facundo).

Dentro de esta trama -que constituyen los textos- quizá valga una primera distribución: de un lado Mi Defensa y Recuerdos de Provincia, del otro, Facundo y los Viajes. Si bien se trataría siempre de su experiencia autobiográfica (que ya se anuncia como bastante más que un simple relato personal), Mi Defensa y Recuerdos de Provincia constituirían dentro de ella lo que podríamos calificar como un discurso del sí-mismo. Desde la otra cara interna de la trama, Facundo y los Viajes ocuparían el lugar del discurso de lo-otro.

Será entonces ese discurso del sí-mismo (articulado a partir de los dos textos referidos) lo que definirá los límites de aquello que constituye el objeto de nuestra atención.

 

 

II

 

El silencio se rompe:

 

…todos se miran sin saber qué pensar de esta aparición, y de esta elevación caprichosa. Algunos rumores corren sobre su origen, su patria, su educación, (…) pero inciertos aún, confusos, aunque de un carácter odioso. (MD, Introducción)

 

El vacío abierto comienza así a salvarse. Lentamente, con mucho tacto y perspicacia, de una manera difusa y ambigua, empieza a emerger una imagen, a definirse un lugar, a sospecharse unas formas. Entonces un primer indicio, una pista:

 

En un rincón de la sociedad se halla sin embargo un hombre que dice a todos los que se le acercan: «Yo he conocido a este individuo en su propio país, es un miserable, despreciado allí de todos, un hombre corrompido, un criminal, un asesino, sin aceptación, sin amigos; es un destructor, un infame; yo lo conozco como a mis manos, sé toda su historia; puedo probar lo que digo, es sabido de todo el mundo.» (MD, Introducción)

 

Es un individuo: miserable, corrompido, criminal, infame. La pintura cobra definición. Pero sólo en apariencia esa definición es la de la imagen en cuestión. Ella no es más que la definición de la imagen de esa imagen, es decir, la de su copia, la de su simulacro. La de ese simulacro cuyo mentor es otro hombre, otro individuo, que aparece de esta manera al lado, o mejor dicho, enfrente del de que aquí se trata. Y esa definición disuelve «poco a poco la reputación del individuo en cuestión, exacerbando las prevenciones que ha suscitado, resfriándole las simpatías que ha logrado arrebatar, quizás mal de su grado» (MD, Introducción)

Se tratará entonces de expulsar a la imagen falseada, al simulacro, fuera del alcance de la determinación de la imagen que comenzaba a colmar el vacío. Así, ese simulacro que es el discurso de otro es llamado «ataque virulento», «diluvio de improperios como la luz pública no ha visto jamás», «oprobio a manos llenas», «acusaciones con una brutalidad sin ejemplo» (MD, Introducción).

De esta manera, la relación se invierte, la precisión del lugar que prometía quebrar aquel silencio (que ya comienza a verse como originario), cede lugar a la delimitación del contorno de ese otro que lo falseaba. Como si no pudiese definirse más que definiendo al otro en primera instancia, más que acallándolo con esa definición.

La operación dialéctica entonces continúa. La definición de la imagen del individuo en cuestión es retomada por el discurso como «el escritor que algunas veces ha dejado traslucir sentimientos nobles y elevados, que tanto interés ha manifestado por la cosa pública en Chile, que tanta afición ha mostrado a la difusión de la enseñanza primaria»; como «el individuo en fin, que sin sus escritos viviera ignorado, pues que sus acciones jamás han llegado a llamar la atención de nadie y a quien todos han creído un hombre moral a toda prueba, y algunos virtuoso…» (MD, Introducción).

Los márgenes parecen dispuestos; las posiciones, definidas. Lo otro, relegado al necesario ostracismo que hace posible la emergencia de las primeras imágenes de lo que está finalmente por salir a la luz. Sólo una cosa falta para que el vacío quede definitivamente colmado, saturado por este nuevo lugar: nombrarlo: «¡Este hombre, este miserable, este hipócrita soy yo! Yo el redactor de varios diarios y periódicos en Chile; yo el autor de algunos opúsculos sobre asuntos de utilidad pública; ¡yo en fin, el Director de la Escuela Normal!» (MD, Introducción).

La estructura se repite años más tarde. Madura ya, lista para abandonar la experiencia autobiográfica a cuyo abrigo se desplegó y tomó fuerza y forma, los lugares están dotados ahora de nombres propios. La escritura del Facundo ha contribuido a ello, de tal forma que proporciona así el nombre que pone a funcionar el discurso. Así, Recuerdos de Provincia comienza con un relato del envío de una carta a un amigo, en la que se llamaba «bandido» a Facundo Quiroga, y de la repetición de esa situación dieciséis años más tarde, siendo esta vez el gobierno de Rosas el caracterizado y juzgado en una carta. En ambos casos se relata también la entrega de esas cartas a los respectivos ofendidos en ella, quienes en este texto que leemos resultan nuevamente vituperados. De esta manera, y a partir de esos nombres propios, el lugar del otro no puede quedar más claramente definido. Pero no menos quedará el del sí-mismo: seguidamente se expone cómo «el nombre de D. F. Sarmiento ha ido acompañado siempre de los epítetos de infame, inmundo, vil, salvaje, con variantes (…) tales como: traidor, loco, envilecido, protervo, empecinado, y otros más» (RP, 14).

La estructura de ambos textos (Mi Defensa y Recuerdos de Provincia) parece calcada. En todo caso, ha habido entre ellos, como hemos sugerido, un proceso de maduración, de desarrollo y enriquecimiento. Hacia finales de la experiencia autobiográfica, las cosas son llamadas por su nombre, lo que es un manera de decir que las cosas fueron dotadas de nombres, o mejor aún, que esos nombres fueron designados como cosas, como lugares particulares dentro de una estructura de lo mismo y de lo otro que había comenzado a gestarse desde hacía ya unos años. Facundo, Rosas, la insanía, el engaño, la villanía, la barbarie, de un lado; D. F. Sarmiento, la honradez, la nobleza, la moral, la civilización, del otro.

Un «yo» ha quedado constituido, un «yo» que lleva por nombre D. F. Sarmiento, y cuyo carácter, cuya forma y contenido, cuya historia y porvenir, habrán de ir ganando en perfección y nitidez. Todo está preparado entonces para que el acontecimiento despliegue su juego.

Desde ese «yo» que ha sido puesto en escena parte una interpelación hacia alguna instancia para la que no podemos aún asignar un lugar en el texto: «¿no me será permitido presentar al público estos dos fragmentos de un mismo todo, y hacerle cotejar el que conoce con el que se le oculta o se le desfigura? (…) Para conservar el aprecio de tantos hombres respetables que me favorecen con su distinción, ¿no puedo, no debo intentar, si es posible, vindicarme?»  (MD, Introducción).

La pregunta no es retórica. O si lo es, lo es de una manera muy particular. Ella está dirigida a un lugar muy preciso de la misma manera en que lo están más adelante expresiones como «Vean quién es el hombre que tantas importunidades causa, vean mis títulos» (MD, Mi Infancia), o «He aquí, pues, el desmedrado índice que puede guiar al que desee someter a más rígido examen mis pensamientos» (RP, 182). Desde estas interpelaciones en el seno del texto hasta el lugar a donde ellas se dirigen queda trazada una línea que lo atraviesa y concluye más allá de sus límites, allí en donde estamos, abriendo un espacio en el que resultamos forzosa e irremediablemente atrapados nosotros, los que leemos el texto.

Este espacio que envuelve al lector es una instancia de pura invisibilidad. En primer lugar porque nosotros no podemos, en tanto lectores, volvernos visibles a nosotros mismos. Pero además porque este espacio no encuentra un lugar inmediato en la estructura que se ha desplegado en el interior del texto. Sin embargo, a partir de que ese espacio es abierto, y por esa sutil maniobra, estaremos fatalmente vinculados a la representación del discurso.

Pero de una manera ambigua y aún anfibológica, que dista de ser simple y evidente. Ese «yo» sólo nos interpela en tanto nos situamos en el lugar de su interlocutor. Sin embargo, como hemos dicho, no es ese un lugar que quede claramente definido todavía en la estructura del texto. Es como si, en tanto lectores, estuviéramos de paso, siendo interpelados sólo en la medida en que ese lugar por el que pasamos es el que le pertenece al destinatario del discurso en cuestión. En el texto se afirma: «Déjenme que hable al público como a una numerosa concurrencia, que explique una corta vida que se arrima (…) a otras más fuerte…» (MD, Introducción)

Ya en Recuerdos de Provincia ese lugar también ha adquirido una forma más clara. Titulándose la introducción «A mis compatriotas solamente», sentencia: «Sin placer, como sin zozobra, ofrezco a mis compatriotas estas páginas que ha dictado la verdad, y que la necesidad justifica» (RP, 15).

El público, la patria. Ellos son los que siempre han ocupado ese espacio de pura invisibilidad que no encuentra lugar dentro de los márgenes del discurso, pero cuya estructura textual no sólo supone, sino que también hace necesario. Ese espacio es por el que pasamos ahora nosotros, lectores casuales. El discurso nos interpela sólo en tanto ocupemos ese lugar del público, del compatriota. Pero a la inversa, el público y los compatriotas al que ese «yo» se dirige no se constituye más que de lectores que abordan el texto, que emergen en ese lugar. De manera que en este espacio de invisibilidad, lector y compatriota se intercambian permanentemente sin que el discurso llegue a fijarlos de una manera definitiva por el momento. La naturaleza equívoca de interpelaciones como las ya citadas «¿no me será permitido presentar al público estos dos fragmentos de un mismo todo…?» y «Déjenme que hable al público como a una numerosa concurrencia» opera esa inestabilidad entre ambos ocupantes desde que según cómo se las lea, están dirigidas ora al lector, ora al público.

En el momento en que se produce el encuentro (¿casual?) del lector con el texto, las interpelaciones que de él emanan lo capturan y lo sitúan en una posición que no por afortunada deja de ser compulsiva. Sumida en la invisibilidad, esta instancia es aprehendida enigmáticamente por el «yo» que sujeta el discurso de una forma que se nos niega tras la vaguedad de términos como «los que», «el que», o simplemente tras un sujeto tácito en la segunda persona del plural («Vean!»). Nuestra visibilidad se nos niega porque no encuentra lugar, porque el discurso no trata de nosotros más que de una manera esquiva. Pero ello no obsta para que esa instancia ciega en la que se superponen de manera inestable lector y compatriotas resulte imprescindible para el funcionamiento de ese discurso, o mejor dicho, para la composición de sus efectos de sentido. La estructura ha quedado desplegada; la representación podrá ahora comenzar a hacer su juego.

Frente al riesgo resultar abolidos, de perecer en el mutismo y la oscuridad indiferenciada de esa instancia que excede al discurso, sus ocupantes no tendremos, bajo esta lógica en la que hemos quedado atrapados, otra opción que la de encontrar un lugar dentro de un discurso -de una representación- que sólo tiene espacio para el sí-mismo. La evolución del discurso facilitará esta tarea.

 

La historia de Grecia la estudié de memoria, y la de Roma en seguida, sintiéndome sucesivamente Leónidas y Bruto, Arístides y Camilo, Harmodio y Epamónidas y esto mientras vendía yerba y azúcar, y ponía mala cara a los que me venían a sacar de aquel mundo que yo había descubierto para vivir en él. (RP, 140)

 

Y continúa…

 

Por las mañanas, después de barrida la tienda, yo estaba leyendo, y una señora Laora pasaba para la iglesia y volvía de ella, y sus ojos tropezaban siempre día a día, mes a mes, con este niñito inmóvil, inaccesible a toda perturbación, sus ojos fijos sobre un libro, por lo que, meneando la cabeza, decía en su casa: «¡Ese mocito no debe ser bueno! ¡Si fueran buenos los libros no los leería con tanto ahínco!» (RP, 140)

 

La misma escena es también referida en Mi Defensa. Relatos de este tenor se despliegan todo a lo largo de los textos repitiéndose y reforzándose. Así, se lee que, «desde aquella época me lancé en la lectura de cuanto libro pudo caer en mis manos, sin orden, sin otro guía que el acaso que me los presentaba». El primero de ellos fue la Vida de Cicerón de Middleton, que, se nos dice, «me hizo vivir largo tiempo entre los romanos». El segundo fue la Vida de Franklin, del que se afirma que «libro alguno me ha hecho más bien que éste. La vida de Franklin fue para mí lo que las vidas de Plutarco para él, para Rousseau, Enrique IV, Mme. Roland y tantos otros» (RP, 143).

De este modo, el discurso nos da la ocasión de ubicarnos dentro suyo. Por un sutil efecto de composición, nuestra experiencia es recubierta de sentido. Somos nosotros ese que se encuentra sumido en la lectura de libros que no han de ser buenos, que han de resultar seguramente contrarios a la moral vigente. Nuestra realidad, nuestra
ex-sistencia, es proyectada dentro de los márgenes de la representación en esa figura del lector compulsivo y casual que encuentra en los textos un mundo en el que vivir, una subjetividad con la que investirse. Somos nosotros quienes leemos ahora la biografía de un gran hombre dentro de la que hemos de quedar atrapados. Un repentino giro en el discurso lo confirma: «Yo me sentía Franklin; ¿y por qué no? Era yo pobrísimo como él, estudioso como él, y dándome maña y siguiendo sus huellas, podía un día llegar a formarme como él, ser doctor ad honorem como él, y hacerme un lugar en las letras y en la política americanas» (RP, 143-144).

Nosotros, ocupando el espacio ciego de lectores, sumidos en la invisibilidad irrepresentable de nuestra condición real, hemos quedado atrapados por el orden del discurso, por la superficie sin espesor de la representación que sustrae nuestra ubicuidad para dotarla de un sentido particular.

Y así como en ese espacio de invisibilidad, lector y público, compatriota o patria se intercambiaban equívocamente, esa superposición se vuelve identidad en la representación desde que comenzamos a leer un texto que lleva por título, casi por consigna, «A mis compatriotas solamente», y que en sus primeras líneas afirma que «las páginas que siguen son puramente confidenciales, dirigidas a un centenar de personas, y dictadas por motivos que me son propios» (RP, 13).

Para ese momento nosotros nos encontramos ya leyendo esas páginas, vale decir, nos encontramos siendo parte de ese centenar de personas, o mejor, siendo ya compatriotas, por el sólo hecho de ser lectores. Se fija entonces la alteridad extra-discursiva del lector y el compatriota en la identidad que el juego dispone en la representación.

Pero todavía falta un paso para que el acontecimiento se cierre. De la misma manera en la que el lector fue localizado en la superficie representativa del discurso, será apresada también la realidad oscura, difusa e indeterminada del público y de la patria. Nos basta con recordar cómo en la situación que da comienzo al funcionamiento del discurso, un «yo» aún no del todo definido toma la voz del público para hacer preguntas sobre sí mismo. En Recuerdos de Provincia encontramos otros mecanismos. Tras el relato excesivamente minucioso de una serie de batallas infantiles a pedradas entre dos bandos de «pilluelos» (constantemente confundida -en la travesura y en su evocación- con una batalla de la Guerra de la Independencia), se afirma que, habiendo concluido el «combate» y tras haber recibido innumerables pedradas en los brazos, «las piedras que aún lanzaba por puro patriotismo, iban a caer sin fuerza a pocos pasos». (RP, 138). Y en la misma dirección, más adelante: «yo, que había sido educado por el presbítero Oro en la soledad que tanto desenvuelve la imaginación, soñando congresos, guerra, gloria, libertad, la república en fin» (RP, 139).

La patria encuentra un lugar donde representarse. Ese «yo» que aún lanza piedras es la patria; el mismo que sueña congresos, guerra, gloria, libertad. El mismo que sueña la república. Y como si no bastase con las abundantes anécdotas, desde la infancia hasta la madurez, desplegadas por ese «yo» a lo largo de los textos, una sola frase alcanza para despejar cualquier sospecha: «Yo he nacido en 1811, el noveno mes después del 25 de Mayo» (RP, 129).

Es la patria la que habla en esta frase. Ella se confunde hasta la identificación con ese «yo» que es a la vez sujeto y objeto del discurso. El texto arranca a la existencia vaga e indefinida de la patria de su lugar de presencia invisible, para representarla en un discurso que es saturado por el «yo» del que habla. El juego no puede quedar más claro en el pasaje que aparece tras un relato del árbol genealógico que ocupa la mitad de los Recuerdos de Provincia. Allí se sitúa a la historia colonial de su familia frente a la vida de la República naciente, tras lo que se afirma: «A la historia de la familia se sucede, como teatro de acción y atmósfera, la historia de la patria. A mi progenie me sucedo yo»; y continúa: «y creo que, siguiendo mis huellas, como las de cualquiera otro en aquel camino, puede el curioso detener su consideración en los acontecimientos que forman el paisaje común, (…) y para cuyo examen mis apuntes biográficos, sin valor por sí mismos, servirán de pretexto y de vínculo, pues que en mi vida (…) me parece ver retratarse esta pobre América el Sur…» (RP, 128. El resaltado es nuestro)

Con esta operación el despliegue del juego ha concluido. La realidad inasible del lector casual y del público y la patria ha sido acallada por su proyección en la dimensión sin espesor de la pura representación. Allí, lector y patria se han identificado dentro de los márgenes de un «yo» que lleva por nombre D.F. Sarmiento. Lo irrepresentable (el lector casual, de paso), aquello a ser representado (el público, la patria) y el representante (¿autor?), o, en otras palabras, la serie de las invisibilidades que, desde un lugar ausente, fundamentan la representación, han encontrado una dimensión común que hace posible su encuentro, su confusión, su identidad.

Pero ese lugar en el que vienen a reunirse, desplazadas, todas esas instancias superpuestas en un espacio extradiscursivo, no es cualquier lugar, sino el sí-mismo. La representación así construida es antes que nada autorreferencial, se representa a sí misma, autonomizándose de las servidumbres de cualquier instancia que la trascienda. Aquello que justifica la representación, y que encuentra en ella su sí-mismo como un retrato o una imagen, aquello que sujeta los elementos de la trama en esa representación que es el discurso, jamás se encuentra presente él mismo. A partir de entonces, esta nueva dimensión, que no por superficial resulta frágil, podrá comenzar a girar sobre sí misma. Redimida de la amenaza permanente que aquellas presencias puras suponen, la representación adquiere una entidad propia. La serie se cierra, el acontecimiento emerge: la representación se ha hecho posible.

 

 

III

 

Por este sutil juego de lugares y distancias, la experiencia autobiográfica de Sarmiento introduce una lógica de la representación radicalmente nueva que estará destinada a determinar los márgenes hacia el interior de los cuales quedará definido el sentido de la política. En otras palabras, la política sólo encontrará sentido dentro de los límites de la representación, sin posibilidad de vínculo inteligible con cualquier existencia que resida fuera de la dimensión representativa. Ello no quiere significar que no haya referencia ni interés por aquello que se representa. De hecho, hacia su interior, como hemos visto, el discurso convierte a menudo a las nociones de «público» o «patria» en el centro en torno al que gira. Pero no hay conciencia epistemológica del «pueblo» o la «masa» como tal. Esta lógica política se articula a partir de conexiones que no edifican una esfera autónoma del público, del pueblo si se quiere, y resuelve así el problema de la representación sin salirse de la dimensión propia de la representación.

De esta manera se asegura una suerte de dimensión metafísica como lugar de lo público dentro de la que todo es identidad. Casi como una sublimación, al interior de cuyos márgenes será posible la nación, la identidad nacional. Todo lo que caiga fuera de ella deberá ser (y será efectivamente) desechado, aniquilado, expulsado a los terrenos difusos del sin sentido; o bien transformado e inscripto dentro de la cosa pública, de la República. Ahora bien, esa dimensión ideal encuentra en el nombre de Sarmiento (y con él en el de toda la elite ilustrada) tanto a la nación misma, como a su representante. De manera que los intereses de la nación no serán otros que los de esa elite con la que quedará identificada, y que por lo demás, la representará. Allí reside la autorreferencialidad de la que hemos hablado, la implicancia política del sí-mismo bajo el que se construye la representación. Sólo en su plena vigencia será posible que, como dirá Avellaneda, nada quede en la nación que sea superior a la nación misma. Podríamos incluso ajustar la frase diciendo que nada habrá en la nación que no sea la nación misma. Pero un ser semejante sólo será posible en tanto se construya y se defina sobre una superficie de representación ideal que se desprenda de lo existente, de lo irrepresentable, y adquiera una autonomía gracias a la cual ciertos nombres obrarán libremente, dotados de la autoridad que supone ser representantes de una nación que ellos mismos son.

Pero además, esta lógica representativa otorgará una robusta entidad a la palabra, pues es en su ámbito de representación en donde quedará establecido por entero el sentido. Hemos de sospechar con esto que en los debates ilustrados -que no pocas veces tendrán por escenario privilegiado al parlamento- estaban en juego muchas más cosas que una buena retórica y un pasatiempo de diletantes, como estamos acostumbrados a percibir en nuestros días. Como en la humorada de Crisipo «si dices la palabra carro, un carro pasa por tu boca», en esta dimensión representativa cada palabra será ella misma un hecho, cada discurso tendrá el peso propio de los cuerpos. Idealismo rayano al nominalismo. Universo de performatividad absoluta.

Esta autonomía que ha ganado la representación es aquella del discurso respecto de su autor. A lo largo de los textos el discurso va ganado en objetivación. La imagen que había sido trazada como un «yo» comenzará a devenir en un «él» operándose una objetivación que pretende desligar al discurso de su última servidumbre. Hacia el final de Recuerdos de Provincia, la objetivación se vuelve más insistente. Al hablar de los escritos del propio Sarmiento, el discurso sustituye el «yo» por «el autor». Aún más, sitúa a ese texto y al Facundo al lado del resto de las biografías que «el autor» ha escrito. Su referencia a Mi Defensa en los Recuerdos de Provincia se vuelve a este respecto significativa y hasta sintomática:

 

Mi Defensa. Colección de escritos autobiográficos en que el autor, difamado como ahora, respondió a los ataques, haciendo conocer los principales rasgos de su vida. (RP, 185)

 

El juego de objetivación se evidencia de una manera particular entre dos momentos de Mi Defensa. En el primero se asegura: «Yo no conozco en los asuntos que son personales, otra persona que el yo». En el otro se afirma que «Los que han dicho que en mis escritos soy personal, dicen lo que quieren» (MD, El Hijo, El Hermano y El Amigo). De manera que el «yo» es la persona propia de los asuntos personales; sin embargo, se afirma, este no es el caso de los escritos en cuestión. El sí-mismo construido por el «yo» puede ahora liberarse de él y volverse ajeno, objetivo, inconmovible.

Pero, además, tras la última frase, el discurso continúa: «He tratado bruscamente a los autores, nunca a las personas, y nadie podría descubrir, por mis escritos, de qué persona hablo, aunque le haya dicho como a escritor ignorante, etc.» (sic). ¿Cómo hemos de entender esto?, ¿de qué otra cosa, más allá de la autonomización del discurso, nos habla este pasaje? Si bien es fácil desmentirlo, porque, como hemos referido ya, el discurso va operando una personalización de los lugares al dotarlos de nombres propios, ese pasaje no deja de ser significativo. El texto parece querer relevar la importancia de otro nivel del discurso. Un nivel en el que los nombres propios resultan insignificantes, meras referencias devenidas. El texto quiere decirnos que su sentido radica no tanto en lo que muestra como en lo que oculta. Y lo que oculta es esta estructura que dispone los lugares de una forma y bajo una lógica radicalmente nueva. Formas que habrán de ser provistas de un contenido, siempre devenido, siempre tardío. Formas vacías a partir de las que, no obstante, será vehiculizado el sentido. Esa lógica es la del sí-mismo como saturación y autonomía de la representación.

 

 

IV

 

En este nivel estructural, lo otro es desterrado al otro lado de la frontera del sentido. Como señaláramos al comienzo, su interferencia dentro de la composición del sí-mismo es denegada desde el primer momento, incluso antes de que ese sí-mismo cobre forma. Por algún motivo, una cierta lógica personificada debía ser acallada como condición primera para que la superficie de la representación pura pudiese desplegarse en toda su extensión. ¿En qué consiste y por qué sólo a partir de su ostracismo reinará la representación? La referencia a esa lógica en la personificación que de ella se hace en los textos nos acerca a la respuesta. En una serie de pasajes de ambos textos (Mi defensa y Recuerdos de Provincia)
-que en pos del dinamismo de este trabajo hemos decidido no citar- se
nos habla de una luz siniestra que oculta y desfigura con mala intención a partir del desconocimiento y el oscurantismo. Supercherías, como la alteridad -en contra del sí-mismo-, que engañan a los tontos, pero que una vez reprimidas y rechazadas, y por ese rechazo mismo, dan lugar a una sinceridad, a una plenitud del discurso y del habla identificado con los hechos.

A partir de esos pasajes queda claro en qué consiste lo otro: ocultamiento, desfiguración, desconocimiento, mala intención, ennegrecimiento, supercherías, falta de sinceridad. Todas estas son expresiones allí utilizadas para designarlo. En otras palabras: falseamiento de la representación. La condición más profunda que encarnan los personajes referidos es la de ser malos representantes, agentes de una representación viciada, corrompida, envilecida, falsa e ilegítima. Farsantes y corruptores de la representación, estos sujetos utilizan a la instancia representativa como un lugar ficticio, sin entidad propia, y por ello mismo encubridor y útil a los efectos del engaño. Ellos adolecen de la incapacidad de representar.

Ahora bien, esta lógica no será marginal sino hasta que la estructura textual, a fuerza de constituirse en oposición suya, logre expulsarla de la determinación del sentido. Incluso el discurso afirma expresamente la vigencia de esa lógica en el momento en que es proferido, al referirse a «este caudal de ultrajes que parecen el fondo nacional» (RP, 14).

Es de este «fondo nacional» de lo que se trata. Es eso lo que está en juego: el escenario sobre el que se dispondrán todos los elementos de la realidad de una nación todavía por construir. Como queda dicho, es mucho más la forma que el contenido; es la forma que determinará el contenido.

Definidas ambas lógicas, ahora sí los nombres propios encuentran su razón de ser. Ellos permiten contribuir a la distribución de los contenidos, de aquellos que serán defendidos y movilizados de un lado; de los que serán rechazados, despreciados y perseguidos del otro, ayudando con eso también a la erradicación de la lógica que los hace posibles. La personificación se convierte entonces en una herramienta ciertamente eficaz. Tras afirmar que la maledicencia y la mala intención pública han encontrado su hombre en Domingo Godoy (ofensor de Sarmiento), se sentencia: «Todo se personifica en el mundo. Napoleón es la personificación del saber, el valor y la audacia francesa; Rosas es una personificación de la barbarie, la crueldad y la violencia de las masas. Godoy es un Napoleón, un Rosas en la chismografía y en el arte prolijo de dañar» (MD, Mi Infancia).

La personificación operaría como un dispositivo que permite consolidar los lugares estructurales a partir de movimientos en la superficie discursiva. Por esta operación significativa, resultará fácilmente imprimible la estructura en aquellos que hemos quedado absorbidos en el relato.

Sin dudas ha sido el Facundo el que ha tomado sobre sus hombros la tarea de definir y personificar lo otro. Es en ese sentido en el que lo consideramos parte, no sólo integrante sino también fundamental, de esta experiencia autobiográfica que ahora analizamos. De cualquier modo su tratamiento excede el presente trabajo. Baste entonces con dejar dicho, por si fuese necesario a estas alturas, que Facundo Quiroga y Juan Manuel de Rosas son construidos allí como los nombres propios de la barbarie como naturaleza primera y privilegiada de lo otro.

Aventuremos una sospecha. Nos sentimos tentados a designar a esta lógica rival de la representación como una lógica de la «encarnación». Esta trama hizo que las dispares realidades regionales de lo que luego sería la Argentina adquirieran entidad a partir del cuerpo de los respectivos caudillos, que de ninguna manera la representaban, sino que eran su viva encarnación. Las instancias representativas resultaron así constantemente fracasadas y parodiadas (desde el infortunio de las diversas Constituciones sancionadas hasta el decreto oficial de Rosas otorgando a un inefable carancho el título de «majestad caranchísima»). En el discurso que pretende instaurar una lógica representativa, la idea de encarnación parecería verse desplazada desde las unidades políticas regionales hasta la encarnación del vicio, la corrupción, la vileza y la abyección. Insistimos, no obstante, en el carácter de mera sospecha que tiene esta digresión, que no pretende más que multiplicar los intentos de echar luz sobre las gramáticas a partir de las que se define el sentido político de nuestro país, en la dirección en la que venimos haciéndolo.

Relegada, en fin, esa lógica -de barbarie y falseamiento de la representación- al otro lado de la frontera del discurso, ahora el «yo» puede y debe representarse a sí-mismo: «¿no puedo, no debo intentar, si es posible, vindicarme? ¡Oh, no! Yo sé que puedo y que debo decir todo lo que a mi bien nombre interesa»; y más adelante: «Estoy solo en medio de hostiles prevenciones; donde yo baje la voz, nadie se creerá obligado a alzarla por mí» (MD, Introducción).

Desde ahora, la estructura del nuevo fondo nacional se encuentra desplegada. Se tratará en lo sucesivo de dotarla de contenido en un proceso que excede los límites de la experiencia autobiográfica que aquí analizamos y que, si bien ha comenzado ya aquí, será más específicamente retomado a partir del utópico proyecto de Argirópolis, el primer texto después de Recuerdos de Provincia.

 

 

V

 

Cuando analizamos la lógica que subyace al discurso del que aquí tratamos, no pretendemos extraer de éste las intenciones expresas u ocultas de un determinado actor político que tuvo influencia en la historia de nuestra nación. Se trata, en cambio, de interpretar la lógica del sentido de la que ese discurso es producto, pero que además, y fundamentalmente, contribuye a inscribir. La instauración de esa lógica es ya un efecto de los textos analizados. En otras palabras, esos textos, si bien son los testimonios a través de los cuales nos llegan indicios del sentido particular de un determinado período histórico, son, en una dimensión más profunda, parte fundamental de los dispositivos a través de los cuales ese sentido fue efectivamente establecido. La sola lectura de esos textos tiene por sí misma efectos de sentido (que son los que constituyeron el objeto de este trabajo). Es significativo que Alberdi acuse a Sarmiento en un texto autobiográfico de 1874 de ser un «hombre que pretende entender y practicar la libertad hasta creerse una personificación suya», para unas líneas más adelante afirmar que él «había publicado sus Recuerdos de Provincia, para poner su candidatura, que no data de seis años sino de veinte» (Alberdi, Palabras de un ausente:127).

Cabe la pregunta por la intencionalidad de esta situación. Aunque habría que reformularla para que resulte del todo adecuada. La intencionalidad sólo puede atribuirse a un autor que mantiene una relación de exterioridad con el texto. Pero como hemos intentado presentarlo, el autor sólo cobra sentido (como el resto de los elementos analizados) dentro del funcionamiento de ese texto, con lo que la pregunta por la intención resulta vedada desde que ella remite a una suerte de esencia prediscursiva. Hemos de preguntar, en cambio, por la conciencia que el discurso tenga de sí mismo en tanto dispositivo.

A este respecto solo mencionaremos algunas ideas significativas que circulan a lo largo de ambos textos. En ellos está ampliamente difundida la consideración de la biografía
-categoría en la que, no olvidemos, Sarmiento incluye al Facundo y a Recuerdos de Provincia- como «la tela más adecuada para estampar las buenas ideas» (RP, 15) y «el mejor material que haya de suministrarse a la historia» (RP, 187), hasta el punto en que «la vida de Franklin debiera formar parte de los libros de las escuelas primarias» (RP, 14). Por otra parte, se hace referencia a los propios «esfuerzos» que «desde el primer artículo de un diario, hasta la última página de un libro, forman parte de un todo completo; variantes infinitas de un tema único: cambiar la faz de la América, y sobre todo, de la República Argentina…» (RP, 192). Y para no extendernos destacaremos una última referencia en la que se asegura que el libro Civilización y Barbarie «está destinado a perder a Rosas en el concepto del mundo ilustrado» y que «no hay en Buenos Aires un federal de importancia que no lo tenga o no lo haya leído (…), no habiendo libro alguno quizá que haya sido más buscado y leído allí» (RP, 188).

De manera que podríamos sospechar que hacia el final de la experiencia autobiográfica (pues todos los pasajes citados pertenecen a Recuerdos de Provincia), comienza a aparecer una suerte de autoconciencia del discurso de su propio carácter de dispositivo. Dentro de sus fronteras resulta claro el papel transformador que una biografía (categoría dentro de la que el texto se incluye a sí mismo) tiene sobre los lectores. A través de una «suerte de judicatura», ese texto «estampa ideas», despejando al mármol de su indefinición, de su muda insignificancia primera y esencial, para convertirlo en una estatua, en una representación destinada a perdurar. Es por ello que las biografías deberían formar parte de la escuela primaria, institución por excelencia en la inscripción de lógicas. Así, el texto designa a los libros (dentro de los que, autorreferencialmente, está incluido) como parte fundamental de las prácticas destinadas a cambiar la faz de la República Argentina. Finalmente, el texto también reconoce la extensión que la lectura de esos libros -que tienen por finalidad declarada borrar la figura de Rosas y lo que ella encarna- detenta en la República, que no es más que la extensión del alcance que ella tiene en tanto dispositivos.

Conciencia no es intencionalidad. Con esto queremos decir que no se trata de que un hombre de apellido Sarmiento se haya propuesto en 1843 terminar con una lógica política e instaurar una nueva que permitiese el nacimiento de la Nación de la que habría de formar parte y a la que estaría destinado a representar. El juego consiste en que una gramática, un texto hacen conciente fragmentaria y parcialmente a su autor de los efectos de sentido que su escritura supone, incluso a pesar suyo. Y poco importa si esa conciencia de sí del texto es correcta, ajustada, o al contrario, alienada, falsa. Esa conciencia tendrá a su vez nuevos efectos de sentido en una relación que se proyecta al infinito sin tocar nunca el suelo.

Es así como esta lógica, devenida política, resuelve uno de los problemas más serios que se habían planteado teórica y prácticamente a la Generación del ‘37, fundamentalmente a Sarmiento y a Alberdi. Para enunciarlo brevemente, en algún sentido estos autores se erigen en contra de la voluntad personal, individual (egoísta, dirá Alberdi), y el heroísmo. Ambas situaciones se encuentran en contradicción abierta con el espíritu de una República como la que ellos intentan fundar y que anhelan ver reluciendo en las tierras del Plata. Sin embargo, desde el momento en que dicha república es algo inexistente, algo a crear, esa creación exige la acción de una voluntad creadora que la ponga en marcha. El conjunto de las obras de Alberdi, más que las de Sarmiento, respira un aire de tensión entre la necesidad de construir un país bajo la forma republicana -lo que exige héroes y próceres- y la negación del heroísmo y la voluntad individual y creadora que hace posible toda república.

Por la introducción de la lógica política a la que nos referimos, este problema se resuelve desde que lo irrepresentable, aquello a ser representado, y el representante se identifican y confunden en el escenario común y autónomo de la representación, en la forma y con las implicancias que ya hemos explicado. Y, por otro lado, se logra a su vez dotar a esa instancia del espíritu de necesidad histórica incontestable que, según Plejanov, rodea a todas las acciones heroicas de los grandes hombres. La estructura de la representación se constituye así en el suelo en donde el «proceso de institucionalización», tan caro a Alberdi, será posible.

De manera que este juego de la representación será el que regirá -y a partir del cual podrá ser concebido-, en mayor o menor medida, el complejo de dispositivos o instrumentos que concurrirán a la consolidación y organización nacional: la educación popular, la inmigración, la consolidación económica, la estructuración geográfica, en fin, todo un nuevo orden jurídico, administrativo y económico que tendrá como soporte no necesariamente visible la lógica representativa, y que, al desplegarse, -articulado con un monopolio de la violencia tributario él también de esa lógica-, contribuirá, a su vez, a imprimirla y extenderla, perfeccionándola y dotándola de un contenido concreto.

Todo el significado de la política estará entonces fatalmente destinado a quedar circunscripto dentro de los márgenes de la representación. Si dichos márgenes se definen sincrónicamente a partir de la estructura que involucra a aquel lugar de invisibilidad y ausencia al que nos hemos referido, diacrónicamente el discurso construye la historia en la que él ha de quedar inscripto como presente y futuro. Así, la representación viciada (¿la encarnación?) será la noción límite que permitirá establecer la frontera entre el pasado y ese presente en el que ya estamos/somos desde que hemos sido atrapados en este discurso del sí-mismo.

Sujetados en una superficie que se extiende sin límites franqueables a nuestro alrededor, contemplamos ahora a través de un sentido que nos ha sido dado. Desde aquí sólo se adivina la locura, la sin razón, en fin, el sinsentido de prácticas políticas que, desde un afuera no fácilmente concebible, se agitan todavía en un pasado demasiado reciente. Desde aquí también es que se mirará con perplejidad el sinsentido de las irrupciones que vendrán a perturbar, cuarenta años más tarde, la plenitud de esta lógica política al abrigo de la que la Nación Argentina está por nacer.

Hacia el final de Recuerdos de Provincia una sentencia terminante nos vuelve a interpelar: «Denme patria donde me sea dado obrar, y les prometo convertir en hechos cada sílaba…» (RP, 190). Osaremos corregir retrospectivamente la sutil desviación de esta reflexión: cada sílaba que llevó la firma de D.F. Sarmiento fue en sí misma un hecho -una concreción de lo que disponía, en el mismo momento en que lo disponía- que produjo, a partir de un efecto de sentido, la patria en la que prometer habría de tener tanto valor como obrar.