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María Soledad Nívoli

Psicóloga (UNR)

E-mail: lanivo@yahoo.com.ar

Título:  “Raros simuladores: la escritura de la personalidad”

Trabajo realizado por: María Soledad Nívoli

 

Es, definitivamente, un libro raro. Y –como lo notaron muchos de sus comentadores-inclasificable. ¿Texto científico? ¿Ensayo de divulgación? ¿Narración literaria?  Ninguno de estos géneros lo explica en su totalidad, ni lo contiene.

Bueno, intentemos no clasificarlo. Escribamos, simplemente, sobre él.

 

1-      Modos de la construcción

 

“Los simuladores del talento” (o de talento, como lo recuerda Ingenieros al citarlo) comienza con una seria introducción, apelando a la bibliografía que -sobre la simulación-existe en la literatura científica. Este tema “ha constituido de treinta años para acá, tal vez, el filón más explotado y que mayor campo ha ofrecido a los excursionistas diletantes, amantes de la emoción fácil y del tema novedoso”.[1][1]

En el primer párrafo del libro, Ramos Mejía está describiendo el campo en donde nosotros, a su vez, tendremos que inscribir su texto: la literatura, la ciencia, el diletantismo, la divulgación y el preciosismo. Seguramente sería posible extender la lista, pero esta heterogeneidad resulta suficiente, más no podríamos digerir como lectores (aunque, en este libro, siempre encontramos más)

Decíamos, entonces, una seria introducción presenta al libro, y aunque en el primer párrafo se presentan las diferentes escenas en las que ha aparecido la problemática de la simulación (y se puede leer esto como una declaración de fundamentos de la propia textualidad de Ramos Mejía) lo que queda bastante claro es que la primera inscripción del texto es científica. Cita con rigor (quizás simulado o seguramente) a Laurent, Guenot, De Lanessan, Le Dantec, Darwin, Lamarck, Nietzsche, Wallace, Moritz, Wágner, Vood, Becú, Boisseau, Duponchel, Foderé, Derblich, Devergie, Slocker, Penta y ,claro, a Ingegnieros (con esa tipografía luego suprimida por su mismo portador). Plantea con cierta claridad su idea acerca de la simulación ( como medio para la lucha por la vida y por la personalidad) y finalmente enuncia su tema: “...creo que nadie, hasta ahora, ha abordado el tema que estudio yo en este pequeño libro (...) el núcleo para el desenvolvimiento de la tesis, era el ‘caudillo’ argentino, cuya psicología, así como de las masas anárquicas que las seguían, desarrollaba ampliamente. Este libro no es, pues, otra cosa que el estudio de esas `facultades defensivas’ que ellos aplicaron a su gestión política, consideradas en la sociedad general, y particularmente en la nuestra.”[2][2] El “tema” de Ramos Mejía, mejor dicho, de su libro, ocupa no más de diez páginas, teniendo éste casi doscientas. ¿Qué le hace enunciar algo que luego no cumplirá? Nos atrevemos a decir: la imprevisibilidad de los acontecimientos de escritura.  Supongamos , hipotéticamente, que el autor escribe su introducción al comienzo y no al final de la obra. De esa manera, enuncia un plan que luego, indefectiblemente y quizás deliberadamente no cumplirá. Luego edita sus trabajos (el mismo Ramos anuncia que al primer capítulo “lo publiqué ya hace varios años en los ‘Anales de la Facultad de Derecho’”) y decide que la introducción se convierta en provocación que nos haga esperar algo para que ese algo nunca llegue. 

“Este libro no es, pues, otra cosa...” escribe negativamente Ramos Mejía, y una de las pocas cosas que nos queda clara del libro es que es esencialmente otra cosa. Ahora bien:  ¿cuál sería la seriedad de un trabajo que promete el tratamiento de una cosa y nunca lo lleva a cabo? Quizás está burlándose de todos, como en su insistencia por publicar el prólogo adverso de Groussac, anécdota vastamente comentada por González y Salessi.

De todas maneras, la inscripción de este texto en un campo heterogéneo, obliga a esta actitud. ¿Cuándo y cómo vira de la ciencia a la literatura al comentario al aguafuerte al panfleto a la diatriba? De la única manera posible: inesperadamente.  Uno cree estar transitando por una caracterización general de determinadas estructuras de la simulación, por ejemplo, y surgen, molestas, las intermitencias que introducen anécdotas, casos especiales (y a veces para nada ilustrativos, ni generalizables), valoraciones personales, interjecciones sorprendentes, vocativos asombrosos.  Pasa de la generalidad a la más circunscripta de las singularidades sin aviso previo, y en el momento en que uno espera encontrar una revelación, lo único que encuentra es un reverso, las interminables filas de caras ocultas.

¿Es éste un estudio acerca de la simulación? Dijimos, sí, un raro estudio. Pero no de la simulación, sino, como lo expresa el título, de los simuladores, aquellos que detentan este particular talento. Entonces este estudio es, desde el principio, una provocación a los universales: la simulación está jugada, se trata de retratar a los simuladores, a cada uno de ellos, con sus particulares artimañas, aparatos, auxiliares y falencias, de acuerdo a la jerarquía talentosa de cada simulador.

La conceptualización de la simulación vira siempre a su inquietante materialización. Pero esto no es todo, y existe un segundo movimiento en el libro que se conjuga con el anterior. La singularización de la simulación (en el cuerpo de los simuladores) se vuelve generalizable nuevamente, cuando hasta Ramos Mejía simula.[3][3] ¿Se trataría entonces de un género o familia particular de seres, estos ‘simuladores del talento’?

El mismo nombre del libro nos problematiza. Desde la supresión (en la edición de Tor, del 55) de parte del título[4][4], hasta esa inquietante “l” que aparece y desaparece en los comentarios de González y que nos presenta tanto a los simuladores del talento (aquellos que pretender tener una cualidad de la que carecen), como a los simuladores de talento (aquellos que poseen un talento especial para la simulación). Pero es el libro mismo el que encarna estas contradicciones, más allá de las erratas y de las supresiones.  Tematiza la simulación en general, en la carne de los simuladores, que a cierta altura de la textualidad, cabría llamar, simplemente, hombres.

La lección del libro es que, justamente, la esencia de toda existencia es la simulación: “La simulación está, pues, en la naturaleza misma; simula la planta, simula el animal más desprovisto, y hasta simulan vida las cosas inorgánicas(...). La simulación es un recurso trascendental de la vida, es en la especie humana el talento de los impotentes, la pierna de palo y el brazo artificial...”[5][5] Aquí resulta claro que la simulación es un talento(aunque a los largo del libro nunca se tematice ni se conceptualice el talento) y más adelante va a quedar cada vez más claro que la especie humana, como tal, es impotente. Nadie se escapa a la voracidad aplastadora de la simulación, hasta el genio (paradigma que contrasta con el del simulador) se ve triturado por esa máquina de la simulación que es la prensa y que lo puede convertir en cualquier cosa.

Porque, al fin y al cabo: ¿de qué necesita la simulación? De alguien que la reciba. Mejor dicho, que la lea, que la analice, que la descubra y que la escriba. La simulación sólo es tal cuando deja de serlo, cuando se la puede descubrir en su mutación hacia otra cosa.  Esta otra cosa puede ser, por ejemplo, la verdadera personalidad o algún otro carácter hipostasiado, que descubra, al fin, la mecánica de la simulación.

Para eso está Ramos Mejía, ese testigo privilegiado de una serie infinita de simuladores que sin él, permanecerían en la infamia. Está allí como descifrador, como escriba de impresiones ciudadanas muchas veces descarnadas, revulsivas. Y está, quizás sin preverlo, construyendo los elementos hermenéuticos de una verdad acerca de los humano. Porque , al fin y al cabo, la verdad debe ser dicha y, agregaríamos, escrita. Como diría un conocido lector de Freud, la verdad tiene la forma de una figura retórica: la prosopopeya. La verdad usaría la máscara (prósopon)de la simulación y , entonces, enunciaría: “Yo, la verdad, hablo...”. Escribe Ramos Mejía:  “La verdad sea dicha: a mí me dan vértigos las cimas a donde ellos se trepan...”[6][6] Si la verdad es dicha, entonces lo único que cabe esperar es esa inesperada emergencia de la primera persona, que nunca se preanuncia y que sorprende.

¿Cuál es esa verdad de lo humano que construiría Ramos Mejía? No es, evidentemente, el inconciente freudiano, que de manera inquietante invita González a imaginar naciendo en nuestras pampas. Pero sí es la verdad de un desciframiento sin tabla de codificación. Algo en lo humano invita a ser descifrado pero ¿cómo?. Es evidente que la simulación es el tema de desciframiento de este libro, pero nunca queda claro cuáles son los métodos de su desciframiento. ¿Es una enciclopedia del simulador? ¿Es una clasificación a lo Linneo  de la fauna humana? ¿Es una herramienta para detectar al simulador y a su vez, intentar clasificarlo dentro de la cuadrícula previamente trazada? ¿Por qué habría que detectar al simulador?¿Es un defecto la simulación? ¿Es una enfermedad?

Más arriba señalábamos que una de las cosas que deja clara el texto de Ramos Mejía es justamente la universalidad de la simulación. Entonces no es un factor extraordinario, sino que inunda con su ordinariez. De nuevo, entonces ¿Para qué escribir sobre los simuladores? La respuesta primera es palmariamente incorrecta: no es para normalizar, no es para ‘curar’ la simulación, ni tampoco para apartar a los simuladores, para que no contaminen con su ponzoña (para utilizar un término que le gusta al autor). La sociedad toda está ya esencialmente contaminada por la simulación. No sólo eso, se construye sobre la estructura de la simulación. La simulación es ponzoña, pero también es aparato funcional, es estrategia y es el medio por el cual todos, absolutamente todos, ganamos nuestra personalidad.

Inmediatmente eso nos arrastra a otra pregunta: ¿qué es la personalidad?  Ramos Mejía lo tiene bastante claro: “La personalidad, es indudablemente un agregado de sensaciones, ideas, voliciones y sentimientos y varía según las diferencias de agrupación de los mismos elementos; la variedad de las combinaciones (...)pueden engendrar (...) la más completa heterogeneidad de aspectos”[7][7] La diferencia está en la mezcla, no en los componentes. La destreza de cada uno sería quizás la de simular una mezcla que no posee o esconder bajo las máscaras del vacío una combinación explosiva.

Pero de la personalidad no dan cuenta solamente las diferentes mezclas de sensaciones, ideas, etc; sino también la combinación de pronombres personales con las que el autor fragmenta indiscriminadamente y sin un plan aparente, su propia dimensión textual.

Al impersonal del investigador que es el que simula estar en posición privilegiada, uniformando el texto,  (“Son sin duda grandes y admirables los medios protectores...”), se le suman el yo de la sorpresa y el comentario inesperado (“De mí sé decir que me producen un sentimiento mayor de belleza y grandiosidad...”), el el que señala al caudillo (“Rosas, el precioso documento psicológico...”), el nosotros que marca la argentinidad (“...entre estos, nuestros grandes disimuladores políticos...”), el vosotros de la vocación a los lectores ( “¿No habéis observado que, a veces...?”) y el ellos  ( “Estos hombres mediocres o inútiles...)que apunta al pueblo, a la masa, a aquellos que por no tener los aparatos de decodificación necesaria, no pueden distinguir a los simuladores (pero que al mismo tiempo son ellos mismos simuladores y creadores de simbolismos “pintados en las paredes” que ni el gran decodificador puede comprender).

Esta fragmentación pronominal del autor, que a su vez le da un tono bizarro y monstruoso al libro, es la muestra viva de la conformación de la personalidad en el mundo humano. La frontera entre lo animal, lo monstruoso y lo humano es justamente la personalidad, esa que dice, enmascarada: “Yo, la personalidad, simulo y nunca voy a entregar al ser en su pureza original. El animal simula, yo simulo simular. El monstruo no puede esconderse, es patencia de lo horroroso; yo puedo disimular la monstruosidad y simularla”.

Los simuladores son los signos a decodificar de la personalidad. Son aquellos que tienen el talento y la educación para saber interpretar la personalidad en el triple sentido de actuarla, tocarla como un instrumento y comprenderla.Escribe el autor:”...es lo que da facilidades tan grandes al simulador, a quien las penurias de la vida proveen de cierta educación y destreza en el manejo de la clavija misteriosa, que cambia a la santa en prostituta y al monje en marinero”.[8][8]

Hacer un libro sobre los simuladores es ensayar una respuesta sobre lo humano y su intrincada deformación.

 

2- La clasificación loca

 

 Ramos Mejía repite sin cesar el intento clasificatorio. Cada nuevo capítulo del libro comienza prometiendo una enciclopedia ordenadora y clarificante, y termina convirtiéndose en una farragosa serie interminable de nuevos ejemplos y de casos extraordinarios. En este libro la clasificación está desquiciada y a la manera de esa gran Enciclopedia borgeana, está escrita en la heterotopía. Lo que podemos aprender de esa clasificación loca es la propia naturaleza de la simulación: cada género simula su contrario, cada especie se transmuta, cada familia se ve arrasada por lo ominoso, por lo que marca el paso de la alteridad.

Intentemos reescribir la locura. Ramos Mejía divide la fauna simuladora en dos grandes grupos: los simuladores (aquellos que, sin talento, lo simulan) y los disimuladores (aquellos que, con talento, simulan no tenerlo)

 El primer grupo estaría conformado por:  A)- Los simuladores defensivos-:_a1)- Defensivo superior: “Simulador verboso mezcla de tintorero astigmático, de pirotécnico, de cómico”. a2)- Orador defensivo a3)-Simulador de “la frase hecha”: “...y una frase rompe en sus labios que, como un puñado de tierra arrojado a los ojos del adversario, lo deja por un momento ciego mientras huye precipitadamente...”a4)-Simulador silencioso a5)Simulador de amistades ilustres. B)- La expansión individual: b1)-Paralítico general (loco) “Es el superhombre mirado por el vidrio de aumento” b2)-Usurero  b3)-Personalidades fáciles.C)-Tuberculosos de la voluntad (insuficientes): c1)-Bohemios inteligentes c2) Conservadores c3)- Pechador activo y voluntario c4)- Poeta talentoso y alcoholista c5)-Frágiles herederos de las grandes fortunas c6)- Empleado antiguo.

De la combinación de todos éstos tipos surgen las  personalidades coloniales (agregados de pequeños individuos que para vivir y prosperar tienen que sumar sus eficacias) Ejemplos: Vientre de presa (propio de la fauna financiera) Diario (propio de la fauna del periodismo) Grupo (propio de la fauna social) Rosas (propio de la fauna política) es un típico caso de egomegalia.D)- Miríada de personalidades que viven de la miseria: “discurren en una zona inaccesible a la curiosidad del ojo desnudo. No por ser tan pequeñas son menos interesantes algunas de ellas”

El segundo grupo estaría compuesto por:  A)- Disimulador defensivo. B)- Disimulador fronterizo : Ej:  Los reformadores, los mártires, los caudillos. C)- Disimulador semi-patológico o mitoyano: c1)- Asesino larvado o neurótico c2)- Asesino pasional: “hay naturalmente variedades que matizan el tipo con atenuaciones más o menos acentuadas; el tono viene degradando el color desde el rojo sangre del epiléptico ciego, (...) hasta el que maneja sus pasiones y sentimientos reflejando sobre ellos la triste lumbre de su actividad comicial” [9][9]) c3)- Fanático razonador :Asesino frío o racional. D)- Disimuladores del  don de la espera: d1)-  Disimulador fisiológico Ej: disimulador político trascendental d2)- Disimulador “maternal” Ej: los que, a la sombra de las figuras célebres, las creaban a su gusto y disfrutaban con sus triunfos y fracasos  d3)- Disimulador político- Sub-tipo: disimulador de la energía.

Ej. Rosas

Sólo la confusión reina en este intento clasificatorio que llega a la cúspide de su fracaso en el último capítulo: “La fauna de la miseria”. Capítulo extraordinario que ya ha ocupado extensamente a González en sus disquisiciones. Capítulo que se propone “completar” lo que había quedado trunco (el cuadro de los simuladores) y que lo único que logra es confundir al lector y enviarlo a lo más horroroso de sus pesadillas.

Los últimos párrafos acerca de la retórica demoníaca de las paredes de la ciudad,. reenvía por un raro rodeo a las primeras elucubraciones sobre la simulación y la personalidad. La emergencia del yo antojadizo sólo nos arrastra a la sorpresa: “Se me antoja que muchos de sus signos han de ser conjuros, vocablos defensivos de delirantes discretos, o amuletos...”[10][10] Lo que comienza como un serio proyecto científico., termina con un antojo y con la ignorancia de la ciencia popular sui géneris que es patrimonio exclusivo de esa fauna miserable y simuladora.

 Bibliografía

AAVV: Historia del ensayo argentino, Ed. Alianza, Bs. As., 2002

FREUD, S: Obras Completas, Ed. Nueva Hélade (en CD room) “Cinco Conferencias” (1909); “El Psicoanálisis y el diagnóstico de los hechos judiciales” (1906)

FOUCAULT, M: Las palabras y las cosas, Ed. Siglo XXI, Bs. As., 1995

GONZÁLEZ, H.: Retórica y Locura, Ed. Colihue, , Bs. As., 2002

GONZÁLEZ, H.: Restos pampeanos, Ed. Colihue, , Bs. As., 1999

LACAN, J: Escritos 1, Ed, siglo XXI, 13ª edición, Bs. As., 1985. “La cosa freudiana o sentido del retorno a Freud en psicoanálisis”

LACAN, J: Escritos 2, Ed, siglo XXI, 13ª edición, Bs. As., 1985. “La ciencia y la verdad"

 M: Op. Cit., p. 73