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Santiago Kosiner

santiagoalbo@hotmail.com

 

Huellas y rebrotes

Del anarquismo organizado a la exclusión movilizada.

 

“El anarquismo no es una doctrina de cátedra ni un descubrimiento de laboratorio, sino un movimiento social de los oprimidos y de los explotados contra la opresión y la explotación. Con filósofos o sin ellos, el anarquismo no desaparecerá como movimiento revolucionario llamado a cimentar las bases económicas, morales y políticas, por la sencilla razón de que no ha nacido de las fórmulas mágicas de tal o cual pensador ni fue generado en ninguna biblioteca de viejos infolios.”[1]

 

La historia oficial del pensamiento político argentino está colmada de olvidos y olvidados, ninguneados y proscripciones, ilustres anónimos desconocidos y desapariciones forzadas. Sin duda, en alguna de estas categorías encontraremos al movimiento anarquista, con sus propagandistas, sus agitadores y sus luchas, constituyendo apenas un pie de página dentro de dicha historia.

 

Una historia mutilada.

 

El término “movimiento” nos remite a la conjunción del pensamiento y la acción, a la relación de la teoría y con la práctica. Eso fue el anarquismo. Incluso a veces, el pensamiento fue desbordado por la acción espontánea –aunque no por ello impulsiva-, lo que motivó la condena del movimiento a la sección “policiales” de los periódicos. En otras ocasiones ha sido destinado al rincón literario de las utopías. Y en el mejor de los casos, es abordado como la ideología que lidera fugazmente el movimiento obrero argentino a principios del siglo XX y que, no sabiendo adaptarse a la nueva realidad de la Argentina democrática abierta con el yrigoyenismo, decae por sus propias falencias a nivel organizativo.

De la primera postura no habría mucho que decir, es apenas un caso más, entre tantos, desde los caudillos montoneros a las organizaciones piqueteras de la actualidad, de criminalización de  lo que a principios del siglo XX gusta llamarse “la cuestión social”. La misma brevedad podemos dedicarle a la asociación con las utopías si es a las producciones literarias contemporáneas a lo que nos referimos. En ese campo, como tantas otras disciplinas artísticas, debido a la influencia y penetración en la bohemia porteña y otros ambientes intelectuales, el anarquismo se caracterizó por su gran fecundidad. En cambio, si de lo que estamos hablando es de la separación que traza Engels desde el marxismo, entre socialismo utópico y científico, el tema merecería otro trabajo más profundo, específico y detallado.

            En cuanto al tercer eje, indica una mirada al menos apresurada de la situación concreta de agitación y reacción permanente. Como afirma Rafael Barret, quizás junto con Ghiraldo, el escritor más destacado de los que adhieren a las ideas anarquistas aunque sin la marcada participación y actividad militante de este último, en esos años, Buenos Aires, “que es la Capital porque es el capital (...) que por ser caja fuerte es tribunal y cuartel”, es el “teatro instructivo de la lucha de clases de la América Latina[2].

Así, entre noviembre de 1902, fecha de la primera huelga general, y el Centenario de la Revolución de Mayo, el anarquismo sufre: las deportaciones de muchas de sus figuras más eminentes debido a la Ley de Residencia; múltiples allanamientos, censuras y saqueos de las imprentas de los periódicos más importantes del movimiento; allanamiento e incendio de locales sindicales; encarcelamientos masivos y persecusiones; la peor parte de la represión del régimen por el levantamiento radical de 1905; la represión por la huelga de los inquilinos en 1907; sucesivas declaraciones de estado de sitio luego de cada conflicto; y, como punto culminante, la represión más violenta y despiadada luego del asesinato de Falcón, en noviembre de 1909, a manos de Radowitzky como represalia por la feroz represión de la manifestación del 1º de mayo del mismo año. Luego de este suceso, un atentado contra un símbolo de la reacción –un represor “de carrera” como era Falcón: ayudante de Sarmiento en las últimas montoneras de López Jordán, vinculado a Roca en la “Campaña al Desierto”, prisionero de los revolucionarios del ’90, represor de las movilizaciones del ’93, premiado con una escuela de policía que lleva su nombre- se decreta la Ley de Defensa Social –casi una proto Doctrina de Seguridad Nacional-, complementaria de la de Residencia de 1902, que hunde al movimiento por un par de años, y por primera vez con estas características, en una forzada clandestinidad.

            Creer que se debe sólo a la falta de un organismo centralizado –más allá de la FORA-, de institucionalización, a cierto espontaneísmo, al surgimiento de la sociedad de masas o de la democracia –sin pensar en esa apertura al juego democrático justamente como un arma más del régimen en esa guerra declarada desde 1910 al movimiento y ala agitación popular-, como causas del declive indica aguda miopía o grave ingenuidad.

Pese a ello, se siguen protagonizando las luchas como foco de agitación importante, en general marcando la tendencia más radicalizada en cada una. La Semana trágica de 1919 o los sucesos de la Patagonia, valen como ejemplos. Hasta que nuevamente el movimiento sufre el ensañamiento particular por parte de la reacción luego del golpe de Estado que derroca a Yrigoyen. Dicho golpe será aún más difícil de remontar que el del Centenario y  sí marcaría el fin del ciclo del anarquismo como actor de relevancia en la historia de las luchas obreras del país.

            Conociendo las reglas del juego de la historia, no nos sorprende esta proscripción a la que hacemos referencia. Es conocido el intento permanente de las clases dominantes –como acertadamente lo afirma Rodolfo Walsh-, en tanto autores intelectuales del asesinato de la memoria, por mutilar todos los lazos históricos de la clase dominada, su historia de  resistencia, organizaciones, insurrecciones... En tal sentido, sobran ejemplos en la historia oficial argentina. Uno de ellos es el citado movimiento anarquista. Se trata del intento infructuoso, del denodado esfuerzo, por borrar las huellas marcadas por las diferentes experiencias de lucha en ese camino que es la historia para que no sirvan de guía, o de rieles, a otros trenes abordados por aquellos que perciben la injusticia y las desigualdades sociales.

 

Breve mirada retrospectiva sobre los Círculos Libertarios: el anarquismo organizado.

 

Lejos de las connotaciones dispersantes e individualistas que le son asociadas al término, el anarquismo argentino se caracterizó por el influjo de las tendencias organizacionistas impulsadas por Malatesta a nivel mundial –y también en el país, donde residió entre 1885 y 1889- y del intelectual italiano Pietro Gori, su principal impulsor, conferencista y orador, que sienta las bases del movimiento y se va del país meses antes de que se dicte la Ley de Residencia.

Así, el anarquismo argentino es hegemonizado por esta postura que se expresa en su participación en el movimiento obrero a través de los gremios y la FOA –en un principio, compartida con socialistas y fracciones sindicalistas “puras”, luego FORA, netamente anarquista-; en el periódico La Protesta -en sus comienzos como “La Protesta Humana”- que llega a tener una edición diaria, más revistas y suplementos especiales, como principal vocero del movimiento entre múltiples publicaciones afines. Y, por último, en labor de los centros de estudios sociales o círculos libertarios en torno a los que se desarrollaba la tarea cotidiana de propaganda, difusión, educación e incluso de actividades culturales o de entretenimiento para momentos de ocio y tiempo libre de los grupos.

Desde el primer “Centro de propaganda obrera bakuninista” cercano a 1880, cientos de agrupaciones similares se organizaron en torno al ideal anarquista. En el año 1904, de gran agitación, se contabilizaron 51 centros o círculos libertarios sólo en Buenos Aires, más allá de los que pudiesen funcionar en el interior de la provincia, del país y especialmente en Rosario, en cuya Casa del Pueblo, convergían actuando organizadamente, diez grupos diferentes[3].

  Dichos círculos eran el espacio de sociabilidad política, cultural y social, de esa sociedad de trabajadores de múltiples procedencias, idiomas y costumbres que componían la incipiente clase obrera. En estas condiciones, muchas veces el núcleo embrionario era el origen de los trabajadores, no sólo por países sino también por regiones dentro de los mismos. En otras ocasiones, en cambio, el centro era de bases territoriales, geográficas o barriales –grupos como el Centro de Instrucción de Floresta o Los libertarios de Almagro, entre muchos otros- y tenía la función de hacer de esas diferentes y múltiples individualidades y experiencias, un sujeto colectivo, lo cual suponía una gran tarea de socialización, formación, educación, entendidas no verticalmente sino a partir de actividades en común. Se desarrollaban una multitud de actividades, conferencias, libros, folletos, periódicos, mitines, reuniones, obras de teatro, que tenían como tema desde el antimilitarismo al feminismo; desde suplir al Estado en la educación de aquellos que quedaban excluidos del sistema público formal hasta las comisiones de apoyo y mantenimiento de los familiares de los presos políticos.

La empresa implicaba la dificultad de competir en esta tarea con varias instituciones, desde el Estado que imponía las costumbres y la identidad nacional por medio de la escuela pública, el servicio militar o la propia Ley Nacional del Trabajo de J.V. González –que regulaba las condiciones laborales, respondiendo a la necesidad de desmovilización e institucionalización del movimiento obrero-, hasta la Iglesia o el propio Partido Socialista, competidor directo en la conducción de las luchas. Aunque, en este aspecto, la diferencia estaba bien marcada: el anarquismo mantenía, por lo general, posturas más radicalizadas, como la tendencia hacia la huelga general como método, la acción directa o el protagonismo en las diferentes luchas, por ejemplo, el papel preponderante desarrollado en la huelga de los inquilinos de 1907. Mientras que el socialismo fuertemente influenciado por las resoluciones de la Segunda Internacional, privilegiaba la acción política dentro de las instituciones del régimen oligárquico, como el parlamento, por sobre las luchas sindicales en las que mantenían una postura reivindicativa limitada a cuestiones salariales o por mejoras en las condiciones laborales.  

            Seguramente, habría que buscar en esta dura y difícil tarea de combinar la organización, la lucha y socialización llevada a cabo en torno a los círculos libertarios y sociedades de resistencia, las razones de la influencia y el poder de movilización del anarquismo dentro del movimiento obrero y de la sociedad de comienzos de siglo XX, en detrimento de los socialistas de marcado elitismo en la organización del partido e incluso de éste con respecto al sindicato –la UGT-; como así también del radicalismo que había surgido del propio régimen como una versión moderada, moderna y estilizada del liberalismo. 

Hace casi cien años, Diego Abad de Santillán, eminente figura intelectual y militante del anarquismo posterior a la Ley de Defensa Social, escribía: “Si hemos de comenzar la nueva vida como minoría, cuanto antes mejor. La semilla de hoy es el árbol de mañana (...). De ahí nuestro interés de comenzar, de hacer la revolución desde hoy mismo, en pequeño si no se puede hacer en grande, en conducta sino puede hacerse en la economía, en un radio de acción cada vez mayor. Lo importante es oponer al mundo moral vigente un mundo moral nuevo(...); lo importante es restar nuestro concurso al capitalismo lo más posible, eludir sus leyes económicas, no marcar el paso de acuerdo al ritmo de la sociedad actual y tratar de establecer frente al Estado y al capitalismo nuestra propia vida, la práctica de nuestras aspiraciones en la medida más amplia posible[4]. ¿Suenan tan anácronicas estas palabras?  

 

La organización autónoma bajo la hegemonía neoliberal: la exclusión movilizada.

 

En la actualidad, una de las fracciones del movimiento piquetero rescata valores como la autonomía de toda organización centralizada, incluso –y especialmente- del  Estado, la construcción desde abajo, en lo inmediato, en lo cotidiano, la horizontalidad, la discusión y la resolución en asambleas de los problemas comunes. Son pequeñas revoluciones diarias que permiten ir construyendo nuevas subjetividades, identidades y pautas de sociabilidad en un contexto caracterizado por la exclusión, la multiplicidad de experiencias y orígenes políticos, la diversidad de necesidades cotidianas insatisfechas y la crisis de representación de los mecanismos habituales destinados a canalizar el conflicto social.   

Con sus diferencias, especialmente en torno a la satisfacción de los problemas  materiales inmediatos, las asambleas barriales se plantean similares espacios organizativos, centrados en la discusión y la resolución en común de los problemas que el capitalismo plantea como individuales. Se levantan las banderas de la autonomía y la autogestión como valores esenciales de sus prácticas.

En este marco se insertan también experiencias campesinas como la del Movimiento Campesino de Santiago del Estero o las de pueblos y ciudades del interior del país afectados por las repercuciones de décadas de aplicación de políticas económicas neoliberales.

Frente a esta multiplicidad de situaciones que plantean la necesidad de reconstruir lazos sociales destrozados, hay quienes impulsan la idea de unificar, uniformizar, fijar, un camino a seguir desde un “centro organizador”, repitiendo el esquema clásico de un órgano central  que “dirige” y pequeños núcleos que “acatan” y aplican. Planteamos el camino contrario: coordinar y converger sin olvidar las particularidades. 

  Cien años separan a estas experiencias de aquellas de los libertarios de 1900, pero el olvido y la ruptura/mutilación histórica debido a la falta de memoria hacen que la brecha parezca aún mayor, que entre ambas experiencias no se establezcan relaciones, que las “nuevas” formas de organización de lo político y lo social por fuera de los canales y organismos preestablecidos no puedan enriquecerse de las propias experiencias históricas de lucha popular; en definitiva, que el presente se nos manifieste desligado de nuestro pasado, teniendo que dedicarnos a la ardua tarea de reconstruir sobre tierra arrasada porque la tormenta se llevó hasta los pilares que sostenían la estructura.

            Si prestamos mayor atención, como aquellos brotes que surgen entre las baldosas de gris hormigón de un patio, que creciendo y enredándose llegan a cubrir una pared con sus ramificaciones; o como los árboles que con sus raíces rompen los límites que las veredas les imponen –que sólo responden a un esquemático diseño de urbanización o plan municipal- podremos comprender desde la historia estos pequeños rebrotes de luchas, prácticas y experiencias, que pueden ayudarnos a solucionar los problemas que hoy se nos plantean más allá de las rígidas estructuras y modelos sacralizados. 

 

 

 Bibliografía.

 

·        Abad de Santillán, D.: “Menos anarquistas que Marx”, en López, Antonio, La FORA en el movimiento obrero, Tupac ed., Bs.As., 1998.

·        Barret, R.: Escritos de Barret: El terror argentino, Lo que son los yerbales y otros, Proyección, Buenos Aires, 1971.

·        Colectivo Situaciones: MTD Solano, Ed. De mano en mano, Buenos Aires, 2001.

·        García Moriyón, F.: Del socialismo utópico al anarquismo, Cincel, Madrid, 1985.

·        Oved, I.: El anarquismo y el movimiento obrero en Argentina, Siglo XXI, México, 1978.

·        Suriano, J.: Anarquistas. Cultura y Política libertaria en Buenos Aires, 1890-1910, Manantial, Buenos Aires, 2001.

·        Viñas, D.: De los montoneros a los anarquistas, Carlos Perez editor, Buenos Aires, 1971.

·        Zaragoza, Gonzalo: El anarquismo argentino (1876-1904), Ed. De la Torre, Madrid, 1996.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Abad de Santillán, D.: “Menos anarquistas que Marx”, en López, Antonio, La FORA en el movimiento obrero, Tupac ed., Bs.As., 1998.

[2] Barret, R.: Escritos de Barret: El terror argentino, Lo que son los yerbales y otros, Proyección, Buenos  Aires, 1971.

[3] Suriano, J.: Anarquistas. Cultura y Política libertaria en Buenos Aires, 1890-1910, Manantial, Buenos Aires, 2001.

[4] García Moriyón, F.: Del socialismo utópico al anarquismo, Cincel, Madrid, 1985.