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César Gómez

yutuyako@yahoo.com.ar

 

Introducción

 

A la manera de un hecho consumado e irremediable, vamos descubriendo que todos aquellos vínculos que podemos establecer entre la literatura y la política en el pensamiento nacional, se encuentran de algún modo signados por la influencia del concepto sarmientino de civilización y barbarie. Bajo el análisis dialéctico de la historia en que se apoyó el Facundo, la noción de civilización y barbarie operó como un concepto que revestía toda la fuerza de un enunciado político. La antinomia refleja un doble carácter de denuncia y apuesta, y define a la vez el antagonismo básico sobre el cual se van a desarrollar las luchas políticas generadas por el avance de los impulsos modernizadores en la Argentina. Sarmiento concebía la superación de la contradicción a partir del triunfo del progreso civilizatorio, revelando el sesgo de su apuesta por una resolución dialéctica bastante particular, que no contemplaba la medida en que su antinomia reflejaba en su unidad el carácter constitutivo de la sociedad americana. Fue quizás uno de sus póstumos discípulos, Ezequiel Martinez Estrada, quien comenzó a señalarle las falencias de su limitada dialéctica.

La oposición a los valores burgueses encarnados en la línea política en que se inscribe Sarmiento, significa en primera instancia tomar partido por la barbarie como forma de definir al antagonista. Sin embargo, es en este punto donde nos preguntamos si dicha actitud no lleva implícita la misma incapacidad que adoleció aquel utópico de la civilización para resolver la antinomia. El problema surge de la solución misma que se le da a la contradicción, al acentuar una aparente independencia de los movimientos antagónicos, descuidando su unidad constitutiva, en tanto manifestaciones de dos dimensiones de una misma realidad histórica. Surge entonces una pregunta ineludible acerca del significado que le asignamos a la barbarie como punto de partida para la acción política. ¿Qué sujeto político se constituye desde un discurso que nace a partir de la oposición al proyecto de Sarmiento? Cuando cada vez que el sistema de dominación encuentra resistencias para consolidarse, desde el discurso oficial se recurre a los mismos conceptos para definir una otredad amenazante, ¿qué aspecto de la realidad social se esconde, y nos empuja tras la necesidad de resignificar del concepto de barbarie?

De este modo vamos definiendo un ángulo particular, para abordar el tema a partir de la relación entre la escritura y la política, entendiendo al discurso en toda su relevancia como manifestación de la acción reveladora y constitutiva del sujeto.

Se trata de rastrear algunos ejemplos donde la escritura manifiesta su carácter de definición política a partir de la denuncia, y donde se recurre a una estrategia discursiva que se dirige a resignificar los conceptos tributarios de la antinomia civilización y barbarie, afirmando su identidad constitutiva. Dentro del marco del antagonismo, la denuncia testimonial constituye una forma de escritura que se apropia de las armas del enemigo para volverlas en su contra y combatirlo. De este modo nos permite señalar su afinidad con el método de la crítica negativa, recuperando el enfoque de Foucault que resalta el potencial de la denuncia marxista a la explotación capitalista a través de la crítica de la interpretación burguesa de la sociedad. La denuncia que rastreamos se define entonces como una escritura que se desarrolla al nivel del metalenguaje, y de allí mismo extrae su potencial discursivo para intervenir desde lo político.

 

José Hernandez y su ¨Vida del Chacho¨

 

El asesinato del general Peñaloza en 1863 marcaba ya el comienzo del final para el largo proceso de guerras civiles, y la incipiente consolidación de un orden nacional estatal. Durante años las luchas habían tenido como protagonistas a federales y unitarios, referenciados por los caudillos del interior y el gobierno de Buenos Aires. La intervención de Sarmiento en los asuntos políticos era cada vez más notoria, y la influencia de un libro como el Facundo había contribuído a refrendar y consolidar la identificación de los caudillos federales con tendencias anarquizantes, y ubicaba a los unitarios como portadores de las llaves del destino civilizador. El discurso culto, liberal y progresista traducía la guerra civil como una disputa de la civilización frente a la barbarie, y la literatura de la época, plasmada en las obras de intelectuales como José Mármol, Echeverría, o el mismo Sarmiento, reproducían el estigma atribuído al bando federal.

Tras la noticia del asesinato de Peñaloza, José Hernández, que combatía junto a los federales de Urquiza, se apresura a escribir un texto de denuncia del horrible crimen. El texto comienza con una frase lapidaria, y no mengua el tono de las acusaciones hasta el final.

 

¨Los salvajes unitarios están de fiesta. Celebran en estos momentos la muerte de uno de los caudillos más prestigiosos, más generoso y valiente que ha tenido la República Argentina. El partido federal tiene un nuevo mártir. El partido unitario tiene un crimen más que escribir en la página de sus horrendos crímenes. El general Peñaloza ha sido degollado. El hombre ennoblecido por su inagotable patriotismo, fuerte por la santidad de su causa, el Viriato Argentino, ante cuyo prestigio se estrellaban las huestes conquistadoras, acaba de ser cocido a puñaladas en su propio lecho, degollado, y su cabeza a sido conducida como prueba del buen desempeño del asesino, al bárbaro Sarmiento¨(1) (resaltado mío)

 

La potente entonación dramática del inicio, se ve apuntalada por la afirmación contundente de una redefinición conceptual: salvajes unitarios, y bárbaro Sarmiento. La exaltación de la figura del Chacho y la referencia descarnada a la modalidad del asesinato, enfatizan la negación de lo que aparece como una identidad consagrada. La civilización es barbarie y la decencia es salvajismo.

 

¨El partido que invoca la ilustración, la decencia, el progreso, acaba con sus enemigos cociéndolos a puñaladas¨ (2)

  

Los hechos hablan por sí solos, es lo que parece querer decirnos Hernandez cuando pone en escena la contradicción. Su denuncia funda su eficacia en contraponer el discurso artificioso del ideario liberal de la época, a las acciones de aquellos hombres que se identifican con ese discurso. Es necesario desarticular el velo ideológico montado por el enemigo para legitimar los crímenes sobre los que se basa su dominio, denunciar la falsas apariencias con que se oculta la verdad. El hombre culto que denostaba los métodos violentos es el mismo que manda asesinar al Chacho y reclama su cabeza. Los paladines del progreso cocen a puñaladas a quien consideran un bárbaro. Pero para desbaratar las apariencias que encubren la realidad haciendo pasar mentiras por verdades, la denuncia debe sostenerse sobre una base testimonial, y Hernandez confirma su acusación en el análisis de los documentos oficiales que refieren al hecho, donde descubre las maniobras con que los matadores pretenden atenuar el crimen, desfigurando la realidad de un hecho consumado para darla a conocer al público. Una vez desplegadas las evidencias, obtenidas de la misma pluma de los acusados, concluye:

 

¨Todo esto basta para condenar al más santo, sin necesidad de que tenga en su conciencia los asesinatos de Benavidez y Virasoro. Los salvajes unitarios se han turbado. Han sido castigados por la mano de la Providencia. La Providencia no ha querido que semejante crimen quedara oculto, ni sus autores desconocidos, porque no quiere que quede impune.

El criminal se agazapa, se esconde, pero siempre deja la cola afuera, que es por donde lo toma la justicia. Los salvajes unitarios han dejado también la cola afuera¨(3)

 

 

La invocación a la Providencia cierra el cuadro de inversión elaborado por Hernandez. La causa federal es despojada de los epítetos que le atribuye el discurso dominante, y al mismo tiempo es identificada con la justicia y la Providencia, contra el crimen perpetuado por los salvajes unitarios.

No puede faltar además una referencia al núcleo fundante de la interpretación que se está refutando, y el autor no duda en desautorizar a la voz que subyace como telón de fondo de la contienda: el Facundo.

 

¨Con objeto menos loable, se han tomado otras tareas más arduas. Sarmiento escribió se Facundo sin más objeto que deprimir un partido que no podían vencer y haciéndose remunerar con largueza por los suyos ese trabajo¨(4)

 

En este punto se hace explícito el diálogo intertextual presente a lo largo de la argumentación. Hernandez libra una batalla con los unitarios, pero también combate la escritura de Sarmiento, y desvela aquí el carácter puramente ideológico (cuyo orígen está además viciado de intereses mezquinos) del andamiaje conceptual elaborado por el enemigo. La denuncia se apoya en la crítica,  que no es sólo crítica de la interpretación de los hechos que provienen del discurso de los unitarios, sino también de los fundamentos mismos de la interpretación y de las motivaciones que la originan.

 

 

 

Roberto Carri y su ¨Isidro Velázquez¨

 

El primer día del mes de diciembre de 1967, la polícía provincial del Chaco dió muerte a Isidro Velázquez y a Vicente Gauna después de tenderles una emboscada. Ambos habían estado eludiendo el brazo de la justicia por varios años y gozaban de gran popularidad en una amplia región. Ambos eran perseguidos como delincuentes peligrosos, o bandoleros, como también se los denominó.

Un año después se publicó un libro con el nombre de Isidro Velázquez, cuyo autor era un joven de 28 años llamado Roberto Carri. En ese libro Carri reivindica y exalta la figura del bandolero ultimado, y propone una interpretación de su figura en clave sociológica, para desarrollar a partir de su biografía un análisis de la estructura social de la región y del desarrollo de las relaciones de explotación capitalistas. Desde ese punto de partida, el autor elabora un texto con una doble dimensión, reivindicativa y de denuncia, y al mismo tiempo entabla un diálogo fuertemente crítico con las corrientes sociológicas dominantes. Reivindica los episodios de bandolerismo en que se vio envuelto Velázquez, enmarcándolos como una anticipación de las luchas antiimperialistas, a la vez que denuncia el sistema de dominación colonialista vigente en la región, su inserción en la estrategia imperialista, y su fundamento constituído en torno al ejercicio permanente de la violencia frente a los oprimidos, frente a lo que define como el proletariado total.

No es casual la aparición del libro el 1ro de diciembre de 1968, y el mismo Carri va a manifestar su interés en que la misma coincida con los primeros festejos del ¨Dia de la Policía de la Provincia del Chaco¨, estatuído oficialmente con motivo del éxito del ¨Operativo Silencio¨.

 

¨Es que para la oligarquía lugareña y para sus servidores, la fecha en que Velazquez y Gauna mueren físicamente se debe convertir en una festividad oficial. Como en tantas otras oportunidades, algunas muy recientes, la oligarquía festeja y homenajea los aniversarios de la entrega del país, de sus entregadores y también las derrotas y las fechas que componen el luto del pueblo argentino¨ (5) 

 

 

Desde la primera página Carri esboza su denuncia a través de la interpretación de una contradicción manifiesta, la oligarquía festeja mientras el pueblo está de luto. Las clases dominantes decretan un triunfo sobre lo que el pueblo vive como una pérdida. La exaltación de la figura de Velázquez a través de la escritura, y en esa fecha clave, se dirige a horadar las pretenciones de imposición de la versión oficial de la historia.

La argumentación de Carri hace especial incapié en la tradición violenta que caracteriza a la evolución económica de la provincia. El terror, la violencia contínua, constituyen la base de legitimidad del sistema de dominación.

 

¨El Estado se expresa directamente por medio de la violencia, casi no existen  mediaciones ideológicas que oculten su carácter¨ (6)

 

La evidencia inmediata de la explotación y la primacía de la violencia, trivializan cualquier referencia crítica respecto a la elaboración de un discurso legitimador por parte de los sectores dominantes. La ausencia de una sociedad civil constituída posibilita la prescindencia de la necesidad de construcción de una hegemonía desde el discurso. Pero la batalla interpretativa se libra entonces centralmente en torno a la figura de Velázquez, y Carri recupera su potencialidad simbólica en contraposición a quienes desde la legalidad  burguesa neutralizan su influencia catalogándolo como delincuente.

 

¨La policía va a tratar de atribuír a Velázquez aquellos hechos que corresponden a la acción policial. Aunque Velázquez no era ningún santo, el ejecutar una violencia sistemática contra la población, como lo acusa la policía, hubiera llevado al proscripto a caer rápidamente en manos de sus perseguidores¨(7)

 

¨De alguna manera el pueblo revivía las acciones de Velázquez y se sentía reivindicado de las contínuas humillaciones sufridas en manos de las clases poderosas, los funcionarios públicos y la institución polícial¨ (8)

 

Así, a la imágen del delincuente peligroso y despiadado se le opone la figura de un héroe popular, que encarna la resistencia frente a la violencia sistemática ejercida desde el Estado. Para Carri, esa forma incipiente de resistencia a la opresión, constituye una forma de negación de los hechos que la producen. Este razonamiento lo lleva a cuestionarse sobre el carácter político de toda manifestación delictiva, y si bien se muestra dubitativo en ese terreno, afirma que todo aquello que es negado por el sistema, debiera interpretarse de modo opuesto por el enemigo. Es en este punto donde el autor más se encuadra dentro de la lógica discursiva que estamos analizando, para ahondar en ella y llevarla hasta las últimas consecuencias. Las armas de la crítica al sistema consistirían en afirmar todo aquello que el sistema niega. A los modestos efectos de este trabajo, acompañamos al autor en el privilegio de la duda.

 

¨Los reformadores de ciudad nunca comprendieron cuál era la relación que se establecía entre Velázquez y el pueblo, la veían como expresión de la barbarie y el atraso; sin embargo, la identificación era el producto del sistema de vida y del régimen de terror en que viven los miserables del campo. El problema era y es político y no policial, la barbarie es la elemental negativa a aceptar los valores de la sociedad opresora¨ (9)

 

El párrafo anterior ilustra en gran medida la postura crítica asumida por Carri a los efectos de la interpretación que venimos proponiendo. La barbarie es definida como la oposición a la violencia del sistema. Y avanzando un poco más en la línea ¨dependentista,¨ en que se inscribe, podemos sin duda afirmar que la idea que subyace a sus argumentos señala el origen de la barbarie en el seno de la civilización, y se expresa en la denuncia de la conexión directa que se establece entre las características de la estructura social de dominación y el surgimiento de fenómenos populares como los rebeldes sociales.

Sin lugar a dudas el texto de Carri merece un análisis más detallado, por la cantidad de citas que nos vemos tentados a incluir. Sin extendernos mucho más, no podemos dejar de referirnos a la denuncia de aquello que denominó ¨bandolerismo sociológico¨. Al igual que en la denuncia de José Hernandez, en la escritura de Carri no falta una obligada referencia al Facundo de Sarmiento, que como afirmamos al inicio, opera como el telón de fondo del pensamiento político nacional. El autor denuncia la línea de continuidad en que se inscriben los sociólogos contemporáneos, respecto a la incorporación de la tradicional dicotomía de civilización y barbarie. La aceptación acrítica de este esquema los conduce a interpretar la acción de Velázquez como una expresión de barbarie, clasificándolo bajo el rótulo de bandolerismo.

 

¨Desde un punto de vista histórico, la acusación de bandolero o bandido tiene muchos antecedentes ilustres en el país y fuera de él. Fueron bandoleros los gauchos de Guemes que luchaban contra España, también lo fueron las montoneras -y los montoneros - federales(...)

Con esto no queremos identificar el caso Velázquez con los anteriores citados, sino el uso que hace el régimen del término bandolero. Sirve para cualquier cosa y en definitiva no sirve para nada si se lo quiere usar desde una perspectiva crítica¨ (10)

 

El concepto no sólo resulta estéril en su incorporación a un discurso crítico (Carri propone el concepto de rebelde social), asume además un carácter eminentemente represivo en el plano del pensamiento y el análisis científico. La inserción del concepto bandolero dentro de la vertiente de la mencionada dicotomía sarmientina, implica para quienes lo aplican, la defensa (conciente o no) del sistema de dominación vigente, a partir de que su identificación con formas pre-políticas, primitivas, conduce a la aceptación de la idea de civilización como un progreso deseable. En ese sentido no se apartan de la solución que concibió el propio Sarmiento para la antinomia del Facundo. Y por el papel que cumplen en el plano cultural e ideológico, Roberto Carri los va a denominar ¨bandoleros sociológicos¨.

 

 

Rodolfo Walsh y su ¨Carta Abierta a la Junta Militar¨

 

 

El 24 de marzo de 1977 alude también a la fecha de un aniversario en la escritura denunciativa de Rodolfo Walsh, aunque los paralelismos posibles con el texto de Carri se revelan endebles ante la magnitud del hecho denunciado. Ya no se trata sólo de la denuncia de un crimen o de la crítica a la violencia estructural del sistema. La escritura se revela como el testimonio contundente destinado a demoler la precaria credibilidad de una dictadura militar que pugnaba por sostener su siniestra máscara democrática. Uno por uno van a ser develados y refutados los elementos discursivos que componían la ficción legitimadora con la que se pretendía adulterar el salvajismo desatado por un plan sistemático de terror y de muerte.

 

¨El primer aniversario de esta Junta Militar ha motivado un balance de la acción de gobierno en documentos y discursos oficiales, donde lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades¨ (11)  ( resaltado mío)

 

De esta manera Walsh anuncia desde el principio de la Carta su objetivo de desarrollar una tarea deconstructiva y crítica del discurso oficial, evidenciar la dramática contradicción entre lo que se muestra y lo que se oculta, entre la mentira del discurso y la verdad descarnada de la realidad. El sólido testimonio que imponen las cifras, los datos, las referencias concretas y detalladas a los casos de secuestros, torturas y asesinatos , van conformando el arsenal discursivo que traduce cada argumento oficial en una realidad invertida, refutando toda posible invocación al imperio del derecho, a la justicia o al ser nacional. Estos conceptos serán la antítesis del escenario impuesto por el proceso militar, y por eso Walsh los arrebata del lenguaje legitimador que el gobierno pretende articular.

 

¨La negativa de esa Junta a publicar los nombres de los prisioneros es asimismo la cobertura de una sistemática ejecución de rehenes en lugares descampados y horas de la madrugada con el pretexto de fraguados combates e imaginarias tentativas de fuga¨ (12)

           

Cada señal que se da desde el Poder debe ser traducida, reinterpretada, porque esa misma señal revela una verdad al tiempo que la oculta, como una imágen especular que se niega a sí misma.

 

¨Las 3 A son hoy las 3 Armas, y la Junta que ustedes presiden no es el fiel de la valanza entre violencias de distintos signos ni el árbitro justo entre dos terrorismos, sino la fuente misma del terror que ha perdido el rumbo y sólo puede balbucear el discurso de la muerte¨ (13)

 

El discurso con el cual el Poder busca legitimarse es el balbuceante discurso de la muerte. Es necesario sustraerse a las definiciones conceptuales y a las clasificaciones que el Poder propone. Cuando ellos buscan en definiciones sus fundamentos, se vuelve necesaria su negación, la tarea de contradecirlas, denunciar el reflejo de la imágen en el espejo. La referencia directa a los hechos es el testimonio que desde la denuncia combate al reflejo invertido, evidencia la contradicción y refuta la falsedad de la imágen.

 

¨...Frente al conjunto de esos hechos cabe preguntarse quiénes son los apátridas de los comunicados oficiales, dónde están los mercenarios al servicio de intereses foráneos, cuál es la ideología que amenaza al ser nacional.

Si una propaganda abrumadora, reflejo deforme de hechos malvados, no pretendiera que esa Junta procura la paz, que el general Videla defiende los derechos humanos o que el almirante Massera ama la vida, aún cabría pedir a los señores Comandantes en Jefes de las 3 Armas que meditaran sobre el abismo al que conducen al país tras la ilusión de ganar una guerra que, aún si mataran al último guerrillero, no haría más que comenzar bajo nuevas formas...¨ (14)

 

Sin necesidad de apartarse del campo conceptual que configura el discurso del enemigo, Walsh libra una batalla interpretativa desde una escritura que reformula el significado de cada elemento de ese discurso, donde a partir de la manifestación concreta de la contradicción aparecen las identidades que permanecían solapadas en el origen.

En el contexto de una denuncia meticulosamente testimonial del carácter ficcional de los signos constitutivos del poder, el sujeto se revela dramáticamente sobre el final, a través de la afirmación sólida y contundente del compromiso con una identidad, refrendada por la cedula identitaria de Rodolfo Walsh.

 

 

Conclusiones

 

Hemos intentado recorrer algunos eslavones que conforman la historia compleja de la relación entre el pensamiento nacional y la política, desde la escritura de denuncia. Podríamos haber incluído otros textos, pues hay muchos, para enriquecer el trabajo de identificar y resaltar el método discursivo que nos ha interesado. Sin embargo los tres ejemplos seleccionados resultan suficientemente representativos. Se inscriben en una común toma de posición frente al antagonismo político, frente a lo que aparece como el discurso oficial que legitima el accionar de los sectores dominantes. Se inscriben también, inevitablemente, en la vertiente unificadora del concepto de civilización y barbarie que señalamos al principio, con su escritura fundante en el Facundo.

Las denuncias de Hernandez, Carri y Walsh, operan mediante una resignificación del espacio conceptual vertebrado en torno a la civilización y la barbarie, y lo hacen desde el interior mismo del discurso que va a ser combatido y refutado. De este modo, Hernandez afirma la barbarie de los unitarios. Carri denuncia la violencia inherente a la estructura social colonialista. Walsh identifica a la Junta con el terrorismo.

Sin necesidad de asignarle a José Hernandez ninguna filiación en el pensamiento marxista, afirmamos la posibilidad de señalar en los tres autores la contundencia de una forma de denuncia política que despliega toda la potencia de la crítica negativa. Referente a la inversión de la realidad operada  desde el nivel del lenguaje constitutivo del consenso legitimador del Poder. La denuncia es la acción mediante la cual se constituye y se revela el sujeto político, que a partir de la crítica negativa asume y a la vez supera la posición de la barbarie. La denuncia consiste en la mención de lo que se mantiene en silencio, en la exposición de aquello que se oculta. Para el Poder la denuncia significa la mención de lo innombrable, implica una autoreferencia impracticable. Del mismo modo que para la burguesía la explotación directa en la esfera de la producción requiere de su silenciamiento  mediante la ilusión mediadora de la esfera del intercambio. Así el Poder requiere de la mediación legitimadora de un discurso que invierta su imágen en el espejo. Cuando la denuncia recupera las contradicciones ocultas en la inversión, revela su propia identidad constitutiva. Civilización y barbarie son una y la misma cosa.

A la manera de la neolengua orweliana de 1984, el Poder se constituye junto con la verdad que lo fundamenta.

LA GUERRA ES PAZ

LA CIVILIZACION ES BARBARIE

 

 

 

Cesar Gomez