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Arturo Jauretche desde las formas complejas que adquiere el presente

Autor: Juan Carlos Cruz

juancarloscruz@arnet.com.ar

 

 

INTRODUCCIÓN

Cuando en agosto del 2001 Analía Hounie reseña el Manual de zonceras argentinas para la Revista Máscaras/s1 provoca que su pregunta: ¿Los argentinos somos zonzos?, nos aproxime a un nuevo tratamiento del diccionario enciclopédico de nuestros prejuicios que tanto había interesado a Jauretche. De allí que asistamos a esta convocatoria por la reflexión y el debate en torno de los hechos culturales, interesados en esa temática sociocultural, en esa histórica problemática de poder reconocernos como sujetos de un único y mismo pueblo, de una definida nación con destino latinoamericano.  

En aquel tratamiento del Manual de Jauretche –el profeta de la esperanza en la admiración de Torres Roggero2 Hounie apela al rockero de “Yo le pido a san Jauretche/ que venga la buena leche”3 y a que su énfasis nos exija actualizarnos de la problemática de los prejuicios culturales. Una demanda por ‘desenmascarar toda la sistemática deformación del buen sentido’ que vino insito en el modelo conceptual de la premisa de civilización y barbarie. El modelo que articuló el proyecto cultural de la generación del 37’ con la pragmática civilizadora de la organización política-social del país –el paradigma modernizador aglutinante las voluntades cívicas del siglo XIX-; y que proyectó una realidad de hechos de cultura sustentados en la negación del pensamiento identitario americano.

En estos años, cuando lo social cotidiano se entrama en un entorno de perplejidad, escepticismo e incomprensión –las formas complejas que exhibe el presente-, volcamos la reflexión hacia la dicotómica premisa sarmientina, la que alimentó de carácter civilizador a los horizontes de comprensión procedentes de los ámbitos coloniales. Desde esta síntesis, nuestra propuesta, hemos de volver por ‘la buena leche’ jauretchiana, por aquella perspectiva sociológica con que don Arturo tratara las problemáticas que, desde Caseros, enmascararon con prejuicios sociales y culturales las raíces del pensamiento nacional.

 Los datos nos vienen de la investigación periodística documental y, sobre todo, del Jauretche, biografía de un argentino4; la obra donde Galasso destaca los aconteceres críticos y las actuaciones públicas del hombre de Lincoln. Así, provistos de esos retazos de razón jauretchiana –su permanente preocupación por la adversidad existencial de sus ‘paisanos’- atenderemos a sus ‘advertencias’, a sus particulares opiniones sobre los ‘equivocados lentes’ que ensombrecían de falsos prejuicios la formación sociocultural de los argentinos. Y sin duda que en esta rememoración hemos de volver al trasfondo social, el carácter semicolonial y europeizado que, avanzado el siglo XX, continuaba impregnando el ámbito donde se generaban las prácticas y los saberes de la cultura. 

REPENSANDO ELPAÍS

Rescatamos primeramente un artículo publicado en La Gaceta de Tucumán5, en circunstancias de una gira que hiciera por las provincias del NOA. Antiguos territorios que supo de civilizaciones precolombinas, sus ambientes citadinos parecían mantener el espíritu colonial de los tiempos virreinales. Una geografía donde lo social y lo cultural se recorta en elementos que, ante la mirada de Jauretche, son objetos de su método de pensar en nacional; su singular recurso de ir recuperando desde las penumbras de lo cotidiano, los prejuicios  entramados con la realidad del país ‘de adentro’.

 Repensar el país6, es esta publicación donde señala cuanto le incitaban a la reflexión las ‘heterogéneas composición social de los auditorios’ que -en Santiago del Estero y Tucumán- concurrían a sus conferencias. Con proverbial, con intencionada y con no menos controvertida enjundia, se detiene en ‘las contradicciones que revelaban, por su composición mental’, las conductas sociales  de las ‘clases medias’ provincianas. Observa la dimensión sociocultural que hacen  la estructura de las diferencias entre ‘las clases altas y la de los trabajadores’; y también de las razones de porque, en la de ‘los ilustrados’, concurría ‘la dispersión ideológica que padecen por su formación cultural, preparada para la penetración de las ideologías con su transferencia de problemas ajenos a nuestro país’.

Así, de momento, nos proyecta al espectro clasista de la actualidad, donde si salvamos las distancias de aquella clase trabajadora hoy devenida en desocupados y sub-ocupados- consentiremos de la fuerte continuidad del modelo cultural de los tiempos jauretcheanos. Un supuesto donde la complejidad del presente, nos revierte a la clase media de la tesis jauretchiana, la que estaba distante de los efectos de la presente crisis del neoliberalismo.

Sobre esa problemática -la formación cultural de las clases medias- los conceptos de Jauretche revierten de fundamentos sociales y pedagógicos toda vez que en los elementos de cultura que intrínsecamente las conformaban estaba el histórico sustento por el cual los estudiantes universitarios tendían a “confundir esteticismo ideológico con ideas, y erudición libresca con pensamiento”7.

Si de sus expresiones pudiéramos suponer alguna actitud de resentimiento de clase o de condición laboral, la procedencia social y la profesión de abogado e intelectual –un aditamento categorial siempre rechazado- de don Arturo nos lleva a desechar tal especulación. No, de ninguna manera podían sus observaciones trasuntar evidencias de tan mezquinos matices. Lo suyo, lo que derivaba de pensar en nacional, se enraizaba en su permanente y porfiada disposición por tratar los males que, en el país de las riquezas, padecían la clase de los postergados.

            Sus respuestas no abrevaban solo en las evidencias conductuales de sus conciudadanos, sino que también provenían de las que eran construidas por otros destacados observantes. Así, en ese artículo de Repensar el país, incorpora la apreciación que, luego de su visita a la Argentina, había hecho Toynbee8, cuando manifestó que se había encontrado con un país sumergido en una irritada introspección.

Sea entonces por la ‘dispersión ideológica’ que Jauretche apreciaba en las ‘clases medias’ de las provincias o por la confusión del ‘esteticismo ideológico con ideas’ que les asistía a los universitarios provenientes de esa clase social, su discurso iba dando cuenta, en relación de causa y efecto, de la formación pedagógica alcanzada y de la conducta sociocultural de estamento medio. Al diferenciarla de las restantes –la alta y la de los trabajadores- destaca que la clase media resultaba la “más congruente con los elementos de cultura que lo conformaban que con la realidad social y económica a la que pertenecía”9. Y ello, porque “cual dilema de valor dogmático”, la premisa de civilización y barbarie que  había sustentado su formación intelectual, se revertía en obstáculo para desarrollar la ‘aptitud para comprender las cosas tal como son’.

En estas observaciones estaba implícita su inveterada renuncia a buscar o pretender el respaldo de los ‘aparatos eruditos’, porque como eventualmente señalaba ‘la cuestión no era ganar polémicas sino entender lo particular nuestro’. Un propósito que hace explícito desde Lo Nacional Como Método10, donde advierte que “lo nacional” debe constituirse en “el único lente posible para pensar el país”, y donde pone el énfasis en el carácter mitifico de la premisa sarmientina que, funcional al proyecto de la intelligenzia, enmascaró de confusión la realidad histórica para que viéramos como bárbaro lo que históricamente era propio y natural del país.

Una conclusión que sin transfundirse en postura de puro nacionalismo, lo lleva a insistir sobre las ‘estéticas ideológicas’ de los universitarios provenientes de las ‘clases medias’ ciudadanas. Circunstancia que le hace recordar la ‘tozuda búsqueda de verdad’ de Lugones, quien pese a cambiar de posición política –desde una inicial postura de izquierda supo convertirse al liberalismo antes de caer en el nacionalismo reaccionario- no logró advertir, “como hijo de una cultura que partía de la premisa misma de civilización y barbarie”11, del continuo y persistente error de mirar al país ‘desde afuera’.

En enero de 1968, en ocasión de su visita a la provincia de La Pampa,  vuelve a su postura de sociologizar desde lo cotidiano, esa cuestión de ‘mirar y decir’ de las cosas que suceden en el país. Es en Observaciones de un Nacional Sobre Arquitectura12, donde da cuenta de las circunstancias que provocó su conferencia en el Centro Cívico de la ciudad, cuando les habló a los pampenses de la incongruencia arquitectónica del edifico que los albergaba.

Al resaltar que dicha construcción mostraba “lo inconciliable de la forma con las exigencias de la realidad”13, recibió los reclamos de los presentes, los pampenses orgullosos de ‘la modernidad’ del Centro Cívico que veían heridos el amor propio por esta crítica jauretchiana. ¿Qué otro avatar le podía acontecer a don Arturo si desde su perspectiva de que ‘lo natural sigue siendo lo nacional’, los inmensos ventanales se apreciaban totalmente inapropiados para el medio climático y cultural del lugar?, ¿Revelaban acaso estas, sus arquitectónicas observaciones, un solapado cuestionamiento a la idea de progreso que llegó a América implicada en la tradición del Modernismo?.

Jauretche respondió que no y, más aún, sostuvo que su pensamiento no traducía oposición alguna a lo moderno toda vez que para su criterio, lo moderno significa “hacer lo moderno sobre la propia base y sirviendo las exigencias propias”14. Como fuera, por esta forma de opinar –prolegómenos de hipotéticas e imaginables polémicas que podían desencausarlo del objetivo de ‘entender lo particular nuestro’- reeditaba su tarea forjista de sembrar, de ir favoreciendo a la ‘creación de una nueva mentalidad’. A estos años era evidente que la política de  ‘tribuna callejera’ que junto a Ortiz Pereyra, Scalabrini y otros forjistas había liderado durante la década infame, ya tenía cumplido su ciclo; y que era el proscrito movimiento peronista -el que en el 45’ levantó la bandera y el programa nacional de enfrentamiento contra la oligarquía liberal- quien debía desarrollar la ‘nueva mentalidad’, este modo nacional de ver las cosas.

Un propósito difícil pues se escenificaba en un ámbito que, pedagógicamente colonizado por el esquema conceptual de civilización y barbarie, seguía propugnando la negación existencial del interior mestizo. Una mítica y solapada acción que tenía dimensión nacional y llevaba a que las nuevas generaciones quedaran igualmente entrampadas en el modelo cultural tejido por la d8icotomía sarmientina. Eran circunstancias que favorecían el hecho paradojal  que alcanzando mayor nivel de estudios formales, más colonizada resultaba la mentalidad y conducta sociocultural de los ciudadanos.

Un planteo que Jauretche trata en El rostro nuevo de la Argentina y el caduco15, artículo que también publica en Tucumán en agosto del 67’. Desde las páginas de La Gaceta, comienza atendiendo a ‘una cuenta pendiente’ con la escritora Silvina Bulrich –a quien le reconoce alguna preocupación por los destinos del país y ‘los males que padecen sus hijos’-; pero de inmediato avanza sobre el problema de ‘la colonización pedagógica’ sustentada en las ‘redes de la intelligenzia’. Era una temática que recientemente había desarrollado en Los profetas del odio y la yapa16, y que, en esta ocasión, utiliza para responderle a la Bulrich, la escritora de ‘la clase burguesa’. Pero, sobre todo, le sirve para hablarnos de la formación social y cultural del hombre argentino, la que devenía de la errónea perspectiva de identificar “progreso con civilización”.

Una realización sutil que proyectaba –en el contexto de la Modernidad- la superestructura cultural, y que aseguraba la continuidad del proyecto del iluminismo europeo donde la idea de la cultura se visualizaba por el rótulo de ‘civilización’. Concepción anterior a la premisa dicotómica de Sarmiento, fundamenta -como lo señala Andrés Roig- el proceso de historización por “la sucesiva incorporación de América al ‘proceso civilizatorio’ europeo”17. Así, de manera gradual, y por la negación de lo intrínsecamente americano –el sustento social y cultural que impulsó el desarrollo del esquema colonial- se fueron “sosteniendo y organizando las viejas aristocracias y burguesías, que se consideraban a sí mismas como lo europeo por excelencia”18 .

Era la conformación de los instrumentos culturales que favorecía que la conciencia del colonizador se trasladara hacia quienes sostenían hegemónicamente el control político del país en formación. Los que delinearon y afirmaron la estructura cultural tendiente a revalidar la propuesta de hacer la Europa en América. De allí que al emerger -desde la Generación del 37’- la “exigencia de partir de una autoafirmación del hombre americano como sujeto de su propio pensar, lo que en palabras de Echeverría significaba ‘procurar olvidar todo lo aprendido”19, se propendió, cual paradójica realización, a enmascarar la cultura de raíces hispano-indígenas bajo el estigmático término de barbarie.

Era un embozado ocultamiento de la realidad sociocultural que, en esta ocasión de responderle a la Bulrich, Jauretche caracteriza de verdaderamente dramático dado que por ello -en la construcción de la realidad de los argentinos- se cristalizaba la propuesta de que “civilizar, progresar, era derogar lo preexistente”20. Premisa que implicaba la negación de los saberes y las prácticas de raíces indígenas y del mestizaje hispano-indígena que aún prevalecía en los espacios rurales. Bajo esta perspectiva de mirar el país ‘desde afuera’, se alimentaba la euforia mental que sustentaba la derrota de la barbarie americana,  la materialización del progreso venido con la Modernidad. En definitiva, se  propugnaba que la democracia liberal-burguesa se sustentara por la ‘progresista’ construcción del ‘civilizado’ occidente europeo.

De allí que Jauretche sostenga que “éramos el país blanco de América que miraba por sobre el hombro el resto del continente, pariente pobre que nos avergonzaba”21; una expresión que sintetizaba “lo que muchos piensan pero callan porque socialmente no se ve bien22.  Con su estilo desmitificador tendiente a descubrir intereses ocultos detrás de los significados culturales, da evidencias de cuan lejana y difícil se percibía la integración nacional. Esa aspiración que, desde su singular hermenéutica, se negaba por el manifiesto ‘drama’ –el relato de la Bulrich- de la ‘clase alta’ de seguir pugnando por el regreso a ‘la lejana patria espiritual’ de la Europa añorada. Un aspecto más de la visión sociocultural con que la ‘intelligenzia’ había alimentado su mentalidad colonial.-

 

       

                                 

                       

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1 Revista Máscara/s, Año 1 N° 2, Agosto de 2001, Buenos Aires, Argentina

2 JAURETCHE: Profeta de la esperanza, J. Torres Roggero, La Ventana – Editorial Ross, Rosario, 1984 

3 Letra de rock, Los Piojos, Buenos Aires, Argentina

4 Jauretche: Biografía de un Argentino, Norberto Galasso, Ed. Homo Sapiens, 2000, Rosario

5 Repensar el país, La Gaceta de Tucumán, 23 de julio de 1967, Tucumán

6 Ídem

7 Repensar el país, La Gaceta de Tucumán, 23 de julio de 1967

8 Ídem

9 Repensar el país, La Gaceta de Tucumán, 23 de julio de 1967, Tucumán

10 Método para el estudio de la realidad nacional, A. Jauretche, Ed.La Ventana Fundación Ross, 1984, Rosario

11 Ídem

12 Observaciones de un Nacional sobre Arquitectura, La Gaceta de Tucumán, 25 de enero de 1970, Tucumán

13 Observaciones de un Nacional sobre Arquitectura, La Gaceta de Tucumán, 25 de enero de 1970

14 Ïdem

15 El rostro nuevo de la Argentina y el caduco, La Gaceta de Tucumán, 27 de agosto de 1967, Tucumán

16 Los profetas del odio y la yapa, A. Jauretche, Peña Lillo editor. 1967, Buenos Aires 

17 Teoría y crítica del Pensamiento Latinoamericano, A.Roig, F, de Cult Económica, 1981, México

18 Ïdem

19 Ídem

20 El rostro nuevo de la Argentina y el caduco, La Gaceta de Tucumán, 27 de agosto de 1967, Tucumán

21 Ídem

22 Ídem