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José Luis Romero: de marginal a “founding father”:

del legado trunco a la constitución del campo profesional de la historia argentina.

 

Hernán Apaza[1]

 hernan_apaza@infovia.com.ar

 

“...quien tiene una actitud esencialmente histórica, aunque se oriente o llegue circunstancialmente hacia la generalización, pondrá los acentos sobre la pesquisa de lo individual, de lo que se ha dado una vez dentro de ciertas circunstancias de tiempo y de lugar y es absolutamente irreversible. Ahondar en ello y descubrir toda su singular e intransferible significación hasta incorporarlo con sentido dentro de un proceso continuo y coherente que llegue hasta la propia experiencia inmediata del historiador, es lo esencial de la actitud histórica y mide la calidad del historiador.”    José Luis Romero (1952): La historicidad del pensamiento histórico

 

 

            A riesgo de ser excesivo, en el largo encabezamiento de este breve ensayo – que, sin exageración, por muy poco no es superado en extensión por el epígrafe – quise resumir de la mejor forma posible lo que a continuación expondré acotadamente. Se trata de un conjunto de ideas sobre José Luis Romero, historiador de profesión, y su experiencia intelectual, desde mi punto de vista como referencia obligada para pensar lo que sobrevendría al advenimiento de la democracia en 1983 en el marco de la historiografía argentina: la constitución del campo profesional de la historia. Y digo esto movido por el convencimiento de que la experiencia liberal democrática hacia el interior de las instituciones universitarias dedicadas a la indagación histórica – con la imposición de una determinada forma de pensar / escribir / narrar la historia nacional – no fue un acontecimiento ex nihilo, sino que sus antecedentes pueden encontrarse en lo que constituyó para muchos una feliz experiencia: la Universidad entre 1955 y 1966.

            ¿Cuáles son los parecidos de familia que uno y otro proceso tienen? ¿qué patrones en el ADN de una y otra pueden llevar a identificar un proceso que ya lleva veinte años sin interrupciones institucionales – lo que constituye ya todo un dato en nuestro país – con otro que no pudo echar sólidas raíces en la Universidad o – en caso de haberlo conseguido, eso también se puede discutir – fue arrancada de cuajo en 1966? En uno y otro caso, igualmente, sería interesante establecer las continuidades, ya que las rupturas están localizadas.

            Con estas líneas no se pretende hacer otra cosa que reivindicar a José Luis Romero como uno de los agentes participantes fundamentales de un proceso que si bien se vio truncado, a posteriori se reivindicó y en torno a él se erigió en legado un ethos histórico por parte del grupo de historiadores que encabezarían el proceso de normalización de las instituciones públicas como productoras y reproductoras de conocimiento histórico; grupo (o corporación, según cómo se los mire) que se constituyeron en un solo movimiento como dominantes dentro del campo profesional de la historia argentina. La idea no es entonces embanderarnos bajo ese ethos, sino muy por el contrario, tenerlo presente a la hora de caracterizar la historiografía argentina dominante a partir del retorno a la democracia – y por lo tanto, las reglas de juego impuestas hacia el interior del campo – para pensar esto como un elemento más para desarrollar una historia de la historiografía nacional.

            Fueron los mismos historiadores, con posterioridad al hiato impuesto por la dictadura cívico militar de 1976 – 1983 que, como reflejo propio de este tipo de narradores, preguntándose por sus orígenes, pensaron ver en – y se identificaron con – la experiencia de 1955 a 1966 una experiencia a imitar. Puede entenderse como una operación de legitimación de origen del proyecto de estos agentes, asociado a una cuestión genealógica – no sólo en el sentido de Foucault sino hasta biológica (aunque no podamos reducir el proceso a una mera cuestión generacional) – ya que el mismo hijo de José L. Romero, Luis Alberto Romero, entre otros, estaba implicado en el “operativo: normalización institucional”. Se construyó un mito fundante y correlativamente se instituyó un padre fundador.

            Como bien señala Silvia Sigal en un libro que se ha tornado de obligada referencia para pensar la cuestión intelectual en la Argentina, “es posible identificar para ciertas disciplinas y profesiones en la Argentina instancias de consagración estables, intereses específicos en juego o relaciones de fuerza entre agentes en competencia por la distribución de capital cultural” (Sigal, 2002: 10); pero inmediatamente pone límites a esa afirmación: “hay sin embargo disciplinas e instituciones que escapan a una descripción en tales términos y que son cruciales para el estudio de nuestros intelectuales. Disciplinas tales como la Sociología o la Historia, instituciones como las Universidades.” (Sigal, 2002: 11). En este sentido y en este contexto particular es como y donde puede intentarse pensar a Romero y su labor como investigador; sus esfuerzos iban a estar destinados justamente a construir un espacio – negado hasta el momento – para el desarrollo autónomo de la disciplina histórica.

            Se puede decir que la posición institucional de Romero durante el tiempo en que se desempeñó como docente en la Universidad (hasta 1946 en la Universidad Nacional de La Plata) e incluso cuando ocupó cargos importantes (como rector interventor de la UBA en 1955 y como decano de la Facultad de Filosofía y Letras también en la UBA en 1962) fue siempre marginal. En un espacio historiográfico fracturado, que situaba a quienes practicaban la historiografía liberal enfrentados a los que profesaban el revisionismo histórico – cada uno de ellos con una narrativa y un panteón históricos alternativos y opuestos – la propuesta historiográfica de Romero no encontraba cabida, escapaba y se negaba a ser encasillada en esa dicotomía: “...porque si la historia argentina fue transcripta según una retícula política, la política se legitimaba de acuerdo a un sentido histórico pre-constituido.” (Sigal, 2002: 12). A este estado de cosas, Romero le oponía el convencimiento de que “...si la verdad histórica ha parecido siempre instrumento dócil, no ha sido solamente porque su tesitura en cuanto verdad fuera constitutivamente más débil que la de otras verdades. Pareció instrumento dócil porque se usó más, y más capciosamente que otras, y en esto reside su singular significado.” (Romero, J.L., 1988: 27). Con ello, es lícito a mi juicio interpretar que el historiador profesional reivindicaba un espacio autónomo de construcción de conocimiento histórico.

            Por cierto, con ello no escapaba al compromiso político con el tiempo que le tocó vivir – su propia vida histórica vivida, en sus términos –, pero lo hacía razonando a partir del postulado de que investigación histórica y militancia política eran cuestiones que pertenecían a órdenes distintos, cada uno de ellos con una lógica diferente: “...iba a esforzarse constantemente por mantener separadas sus conclusiones teóricas de las convicciones que guiaban su acción con una pulcritud que iba a parecer anacrónica y sorprendente en un hombre de tan firme militancia.” (Halperín Donghi, 1996: 74). De hecho, estuvo siempre vinculado a la actividad política e incluso e afilió al Partido Socialista en el año 1945; “...después de 1955 actuó en las fracciones más a la izquierda del PS, permaneciendo afiliado hasta 1961” (Campione, 2002: 141n; véase también Sigal, 2002: 150).

            Pero como nota distintiva hay que destacar que tanto los vaivenes de la política y las instituciones como la irrupción de las masas en el espacio público en la Argentina, no tuvieron como caja de resonancia a sus producciones intelectuales (podría hablarse en estos casos de lo que Bourdieu llama un “error de cortocircuito” o la retraducción de los hechos acaecidos en el espacio social a la lógica propia del microcosmos que el propio Romero y sus intelectuales allegados supieron conformar en torno a Imago Mundi).

            Imago Mundi, como emprendimiento editorial, contó con doce números publicados entre los años 1953 y 1956; fue dirigida por el mismo Romero. Apunta Oscar Terán que, más allá de las persecuciones sufridas por los miembros de Imago Mundi entre otros intelectuales y políticos durante la etapa peronista, nada de esto se vio reflejado en las páginas de la publicación. Y no fue sólo una cuestión de evitar cualquier intento de censura, sino que “...este distanciamiento forma parte de un proyecto más estructural [ya que] nada se modifica ni en el contenido ni en el estilo del primer número inmediatamente posterior al derrocamiento de Perón.” (Terán, 1991: 35). Es aquí donde se puede apreciar en forma tangible la convicción personal de Romero y su grupo acerca de la autonomía del quehacer científico.

            Este colectivo editorial se pensaba – siguiendo a Terán – como un proyecto alternativo de universidad “...a la que la política cultural del peronismo obligaba a funcionar en las sombras “ (Terán, 1991: 34); proyecto que tomaba muy en serio la independencia del poder del estado y pugnaba por cristalizarse en la Universidad Nacional: “Resulta atinado entonces localizar en Imago Mundi la búsqueda por construir un terreno teórico que garantice la elaboración de una versión cultural alternativa de la producción universitaria vigente, y que como tal debe colocarse en una escena académica trascendente.” (Terán, 1991: 36). Y tuvo su oportunidad con el derrocamiento de Perón en 1955, que devolvió al propio Romero – como ya fue explicitado – al espacio universitario.

            En el retorno a la Universidad, su trabajo estuvo encuadrado institucionalmente en el Centro de Estudios de Historia Social y la cátedra de Historia Social, donde se desempeñó desde los últimos años de la década de 1950 hasta el golpe militar de 1966. Tanto a  través de la cátedra como del Centro de Estudios, Romero tendría oportunidad de colaborar significativamente en la formación de historiadores como Tulio Halperín Donghi, Reyna Pastor, Alberto Pla, Haydee Gorostegui, Roberto Cortés Conde, José Carlos Chiaramonte, entre otros.

            ¿Qué modelo de historia era el que estaban pregonando Romero y los suyos? Se podría contestar a esta pregunta remitiéndola al subtítulo de Imago Mundi: “Revista de historia de la cultura”. Pero entonces, ¿qué es la historia de la cultura?: “...lo que llamamos la historia de la cultura es, en realidad, simplemente, la historia.”(Romero, 1988: 121);  y profundizando el concepto, dirá: “...Frente a la afirmación primaria de que la historia se ocupa de hechos ocurridos en el pasado, la historia de la cultura no sólo procura precisar el alcance de la noción de `pasado´, sino que sobre todo admite como un supuesto indiscutible que su campo – esto es, el de la historia – no es solamente el de los hechos, porque supone que la vida histórica que constituye su materia no se compone solamente de hechos (...) Los múltiples planos en que se desarrolla simultáneamente la vida histórica a través de los distintos sujetos singulares y colectivos parecen, pues, agruparse en dos conjuntos homólogos, cada uno de los cuales constituye uno de os dos órdenes que la integran, que provisionalmente llamamos orden fáctico y el orden potencial.” (Romero, 1988: 123)

            Se habrá notado ya el cambio de denominación entre el subtítulo de la publicación y la designación de la cátedra y el propio Centro de Estudios en los que trabajaba, por lo que resulta necesario preguntarse por qué se produce el pasaje de una historia de la cultura a otra historia social; porque el deslizamiento no es sólo de nomenclatura, sino que refiere a cambios de concepción e inteligibilidad más profundos.  Terán, al analizar la entrada a la Universidad de este grupo de intelectuales – entre los que se encontraba el propio Romero – y el paisaje institucional con el que se encontraron en la UBA, arriesga una respuesta tentativa: “...¿Habrán confirmado entonces que la historia cultural no era suficiente para dar cuenta de los males que aquejaban a la Argentina, y que en la tematización de lo social era posible entrever un rostro menos dócil pero más ajustado del peronismo, como parte de la relectura más vasta que de ese fenómeno político se abría de modo prácticamente simultáneo con su derrocamiento?  (Terán, 1991: 44).

            En definitiva, se trató, en palabras de Reyna Pastor, de “hacer una historia, digamos antipositivista, una propuesta de tomar básicamente los aspectos social y económico en la larga duración (...) se tomaba en consideración los grandes movimientos sociales, la constitución de las clases sociales y al mismo tiempo las revoluciones y los grandes cambios.” (citada por Campione, 2002: 109). Romero hijo caracteriza a esta “renovación historiográfica” como un proyecto que “...combinaba los aportes de la historiografía francesa, de las teorías económicas del desarrollo, al estilo de la CEPAL, de la sociología de la modernización, y también del marxismo.” (Romero, L.A., 1996: 92)

            Como lo indican coincidentemente la generalidad de autores consultados, la experiencia de la “historia social” fue acotada, marginal:“Colocada en la perspectiva de la larga duración en la evolución de la historiografía argentina, aparece evidente que, si bien la tendencia renovadora no logró ser hegemónica en su período inicial de actuación (1955 – 1966) y vio truncada a partir de allí sus posibilidades de proyección, al menos en el terreno universitario, sí logró convertirse en predominante a partir de 1984, mantiene un vínculo de filiación con ella.” (Campione, 2002: 115)

            Hasta aquí hemos desarrollado brevemente el surgimiento de esta corriente historiográfica argentina (cuyas influencias foráneas no es necesario aquí exponer), a partir de la figura de José Luis Romero. Queda aún por desarrollar qué quedó de esa herencia y cómo se produjo el traspaso generacional – que, si bien no pudo ser a nivel institucional, debido a la discontinuidad marcada por las dictaduras de Onganía primero, y del in-olvidable Proceso iniciado en 1976, sí se produjo en el plano ideológico y académico. Como de alguna manera se dijo anteriormente, sería más que interesante precisar, a través de una investigación, las continuidades – posibles y probables – de esta experiencia con posterioridad a 1966, teniendo en consideración trayectorias individuales y particularidades institucionales (marcando diferencias entre UBA, UNLP, UNR, UNC, entre otras).

            Uno de los que fundamentalmente operaron como agentes transmisores  de lo que a la postre se convirtió en la tradición de la historia social – incluso sin permanecer en el país – fue Tulio Halperín Donghi, que como discípulo directo de José Luis Romero (fallecido en el año 1977) se convirtió en el mayor exponente vivo de esta forma de pensar / hacer / escribir la historia. El grupo que dominó el proceso de transición a la democracia, de normalización institucional, en el plano historiográfico, estaba constituido por el propio hijo de Romero, Hilda Sábato, Enrique Tandeter, José E. Burucúa y Fernando Devoto entre otros. Ellos habían sido instruidos durante la Dictadura por Leandro Gutiérrez, quien se transformó en el maestro de esta camada de jóvenes, reunidos alrededor del PEHESA (Programa de Estudios de Historia Económica y Social Argentina). Halperín y Chiaramonte – este último sí retorna al país y se inserta en el Instituto de Investigaciones Ravignani de la UBA – se constituyeron en las vacas sagradas del campo historiográfico. Otra cuestión a resolver es el de las formas que asumieron las transferencias generacionales.

            ¿Por qué justamente este grupo de historiadores encabezó el proceso? Una posible respuesta es pensar en que eran cercanos al poder radical que se hizo del gobierno nacional en las elecciones de diciembre de 1983: “la apertura política que siguió a la guerra de las Malvinas hizo evidente la reconversión a la democracia de los intelectuales argentinos (...); quienes se habían inscripto, con las armas o con las palabras, en proyectos revolucionarios, encontraban la posibilidad de hablar en nombre propio (...). En el debate sobre la democracia, la intelectualidad podía asumir, y asumió, una intervención en primera persona, en nombre de valores que eran ahora los suyos: la Ley, los Derechos Humanos, la Conciencia.” (Sigal, 2002). Más allá de estar de acuerdo o no con las posiciones políticas asumidas por el conjunto que se hizo del control de los mecanismos de acceso al campo historiográfico argentino, lo cierto es que su cercanía con el radicalismo les fue funcional para modelar el sistema de producción historiográfico en la Argentina. Y lo hicieron siguiendo determinados cánones sostenidos por José Luis Romero en la década que va del ’55 al ’66: un ethos historiográfico que podía ser re-construido a partir de la producción y actuación de Romero, reivindicado por quienes se autoproclamaron sus seguidores.

            El “padre fundador” había legado, a mi criterio, lo fundamental para la institucionalización de la profesión historiográfica: unos criterios de profesionalización y academización que buscaban denodadamente la autonomía del campo historiográfico y una determinada forma de entender la práctica historiográfica – cuya puesta en práctica, fiel o no tanto a lo sostenido por el medievalista durante su época, le ha valido a la corporación dominante más de una crítica de distintos sectores de historiadores. Si bien en Romero existía una “...coexistencia entre una aspiración al ejercicio rigurosos del oficio y una aspiración igualmente firme al compromiso político...” (Romero, L.A., 1996: 92), en los hoy dominantes hay una inclinación, a decir de un crítico de esta corriente, a que el “...rigor que no se confunda con erudición vacía, compromiso que no equivalga a pasión militante...” (Campione, 2002:117).

            La continuidad institucional y la democracia liberal han hecho posible, como nunca antes por tanto tiempo, la constitución de un campo profesional de la historia, en la que los historiadores tienen la posibilidad de vivir de su oficio. Se ha constituido un campo con reglas específicas de funcionamiento, con publicaciones especializadas, con instancias de discusión y encuentro periódicas, que en definitiva es lo que a nuestro entender aspiraba construir Romero. Un espacio en el que se ponen en juego capitales específicos y existen normas de evaluación, de producción y de circulación determinados.

            Se puede coincidir o no con el estado de cosas de este sistema de relaciones. Desde ya adelantamos nuestra impugnación a la situación actual de la historiografía argentina (la enumeración de las diversas razones exceden el objeto de estas líneas). Pero lo cierto es que la figura de José Luis Romero – junto a otros intelectuales por cierto – y el sistema de ideas por él desarrollado, y muy fundamentalmente su actuación institucional en la Universidad de Buenos Aires, constituyen un momento que no puede ser dejado de lado a la hora de pensar y construir la génesis y estructuración del campo historiográfico argentino.

            Debido a la corta extensión de la exposición muchas cuestiones están inconclusas; otras permanecen abiertas, no ya debido a la naturaleza de esta comunicación, sino propiamente por la falta de una indagación sistemática en la dirección propuesta por estas líneas. Dudas y deudas que deberán ser saldadas.

 

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[1] Facultad de Humanidades y Ciencias. Universidad Nacional del Litoral. hernan_apaza@yahoo.com