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Título: Historias de crímenes y burdeles. La Buenos Aires de 1903.

Autoras: Florencia Gemetro* y Florencia Partenio**.

 

Este ensayo es una ficción que intenta rastrear las políticas de criminalización de la marginalidad urbana entre 1890 y 1911 –aproximadamente- desde una perspectiva de género. Elegimos esta periodización para abordar la discusión en torno a la legalización de la prostitución y el apogeo de las principales huelgas del movimiento anarquista como protagonistas simbólicos que representaron el imaginario de la marginalidad, la agitación y el “desorden”.  María, “la tana”, el doctor Sicardi y el flamante graduado Ingenieros son los protagonistas y a la vez los narradores de una crónica que recorre los fantasmas de una época.

“El anarquista –escribe Salessi- que asociado a la prostitución sumaba significados políticos y ‘morales’ encarnó los temores de la clases burguesas hacia la clase baja que por primera vez se organizó en los sindicatos del nuevo movimiento obrero” (1995: 118). El positivismo científico vino a dar respuestas a esa situación de “desorden” urbano creando instrumentos y técnicas de vigilancia. En esos tiempos es posible indagar sobre el origen de la Sociología Argentina y el desarrollo de una gran producción intelectual, literaria, médica, psiquiátrica y criminológica que comienza con Ramos Mejía y continúa con José Ingenieros, discípulo que asume su herencia, pasando por Francisco de Veyga, Francisco Anselmo Sicardi y Cornelio Moyano Gacitua, para nombrar algunos.

El documento está basado en las fuentes de la época, principalmente en los escritos de José Ingenieros y las novelas de Francisco A. Sicardi a lo largo de 1900. Nos apoyamos en la bibliografía para intentar reconstruir el contexto socioeconómico, político y cultural de la época.  En la investigación preliminar fueron fundamentales los estudios de Oscar Terán sobre el desarrollo del positivismo en la Argentina  y los variados trabajos sobre criminalidad, locura y prostitución en Buenos Aires, citados a continuación.

Historias de crímenes y burdeles. La Buenos Aires de 1903.

 

Del arrabal al hospital

 

Sobre un fondo oscuro se extienden hacia los suburbios un tendal de casas rasas que no superan el piso de altura. La luz del amanecer se escapa entre las precarias construcciones que no permiten vislumbrar la claridad de un nuevo día. El habitante medio de La Boca no siente suya la historia de un país que todavía está por nacer. Trae consigo las anécdotas de otras latitudes como preciado tesoro de una historia impronunciable, invisible, por estas épocas de horror frente a las multitudes urbanas. Esas masas amorfas de inmigrantes “otros”, inmigrantes de “oscuras costumbres” que vienen poblando los barrios de la ciudad. Han quedado atrás las ilusiones de una vida mejor en la nueva París del continente. La Argentina no se parece ni cerca de la meca prometida para los inmigrantes, aunque conserva el espacio de la utopía libertaria del sueño anarquista.

            María, “la tana”, no ha tenido contacto alguno con esa utopía, pero conoce de memoria las penurias de una trabajadora sexual que ha constituido el mapa urbano del imaginario marginal. Comparte con sus compatriotas la tez blanca y los rasgos angulosos que describen el perfil de un inmigrante, en este caso mujer, que ha decidido sobrevivir por las suyas en un mundo de hombres. La claridad del día la sorprende saliendo burdel de la calle Brandsen donde pasa sus noches buscando clientes al abrigo de ambientes más cálidos para su profesión. Camina con prisa esas calles de tierra, por momentos empinadas, que detienen su paso firme hacia la morada donde buscará el descanso de una noche que no le ha dado treguas. Llega por fin a su casa. No es una vivienda común. Desde enfrente se ven los tendales de ropa cruzando de pieza en pieza. Formando un espeso manto de telas multicolores tan diversas como las costumbres que se iban tejiendo en ese arrabal improvisado.

Es uno de los tantos inquilinatos donde viven decenas de familias, niños, hombres y mujeres. Es muy temprano para verlos por los patios que de día se colman de sus habitantes. Y ahí llega, sola. Toma un baño y parte rauda hacia el hospital de Clínicas. Debe cumplir con el trámite sanitario para el control de las enfermedades venéreas. No era una diligencia habitual, aunque hacerlo le brindaría la posibilidad de comenzar a trabajar en los burdeles de la alta sociedad. Estaba cansada de las corridas y de las presiones de la Policía. Y pretendía además aumentar su remuneración trabajando con clientes de mejor paga. Había escuchado de boca de varias de sus compañeras de profesión que “esos sí que pagan bien, que tratan mejor y que el trabajo es más seguro”.

Una fila compacta, larga, hace esperar ese turno que no llega. Su mirada se pierde en un pasillo que parece no tener fin. A unos metros de ahí un grupo de médicos observa la muchedumbre con detenimiento, como mirando a través de una lupa capaz de separar los agentes patógenos de las inocentes criaturas que acuden al servicio. Uno de esos especialistas es un reconocido profesor de la Cátedra de Medicina Interna de la UBA. María no lo sabe, pero siente su mirada con incomodidad. Él lo presiente, no le afecta, pero decide regresar a sus actividades.  El llamado de uno de sus colegas lo apremia. “Sicardi”, se escucha desde una de las salas.

 

Profilaxis para contraventores y sospechosos

 

            Unas cuantas cuadras separan el Hospital de Clínicas del Servicio de Observación de Alienados. Aunque los escenarios parezcan disímiles, en ambos lugares se definen las problemáticas de una ciudad en transformación. Las paredes de esos recintos escuchan atentas las discusiones sobre la constitución de una región semi- urbana en ebullición donde cientos de personas anónimas dibujan los prontuarios neuropáticos, delictivos, promiscuos y criminales de la nueva marginalidad urbana.  A cargo de ese “laboratorio de observación” está un joven graduado de la carrera de medicina que aún no ha recibido su diploma doctoral.

            José Ingenieros, el flamante graduado, ha dejado atrás los años de militancia socialista. Ya no escribe el periódico La Montaña -medio de difusión de las ideas socialistas revolucionarias- sino que combina la práctica médica con la producción intelectual que comienza a situarlo entre uno de los máximos referentes de la criminología positivista argentina. Sus escritos médicos asumen un fuerte compromiso con la tarea de defensa social frente a los nuevos temores que asechan a esa sociedad. Ingenieros retoma la tradición higienista y las teorías criminológicas del italiano Lombroso. Y al vez asume la responsabilidad institucional de modernizar a la Policía. Intenta ponerle orden al desorden cuando el anarquismo, la prostitución la inmigración y la aglomeración urbana se han convertido en peligros que atentan contra la constitución de un cuerpo-nación, de una identidad nacional que está aconteciendo. Todos ellos representan una poderosa metáfora que expresa los temores a las clases bajas y a las ideologías políticas radicales que podrían infectar, contagiar y contaminar el alma nacional.

Él veía transitar un abanico de perversiones, simulaciones y locuras por este “laboratorio vivo” (de observación). Y se proponía retener el flujo temporario de la multitud. Se basaba en las consideraciones medicas de cierto “estado peligroso” de sujetos temibles o sospechosos de ser portadores de males sociales y morales. Muchos de sus casos clínicos de estudio eran volcados en densas redacciones para los Archivos de Criminología, Medicina Legal y Psiquiatría, artículos que iluminaban la oscuridad de las zonas marginales.

Ingenieros estudia en detalle un caso que sigue desde hace tiempo. Lo comenta junto a otros colegas. No puede evitar acalorarse con un asunto que lo preocupa por demás. “E. B., italiano, –dice-, de cincuenta años de edad y veinte de residencia en el país, católico y casado por segunda vez, fue a la cárcel muchas veces, la última condenado por estafa. De joven dejó sus estudios y abandonó su hogar para seguir a una prostituta de nacionalidad italiana como él. Las circunstancias lo llevaron a robar y a estafar y luego, relacionado con malvivientes, se hizo delincuente habitual. Ha ejercido numerosas profesiones que no requieren conocimientos técnicos, de manera cada vez más irregular a medida que entraba en la malvivencia y en la criminalidad profesional. Es discretamente instruido. Sus medios de vida han sido siempre aleatorios y circunstanciales. Sus inclinaciones  se muestran acentuadas a la vagancia y al desamor por el trabajo -explica-. Su  temperamento lo definiría en estos términos: neuropático, carácter inestable y personalidad mal adaptada a su medio social.”   Dice que este caso lo mantuvo en vela. Que tomó apuntes por las noches “abusando del café para excitar la atención”. Dice que le interesa este asunto porque allí se ven claramente aquellos trabajadores desalentados por las ocupaciones inestables de los suburbios y de los puertos. Dice son los que se entregan a la vagancia, al delito y las mujeres. Dice que es así como pierden todo amor por el trabajo.

 No imaginaba la tana que fuera ella uno de los centro de esas disputas nacionales aunque sus andanzas circularan ya por estas dependencias estatales. Tampoco fantaseaba que fuera ese el territorio adonde se intentara configurar, delinear, imponer alguna idea de Nación.

 

La hora peligrosa

-Apuntes para Sicardi-

 

El atardecer tiñe el ambiente de un rojo profuso. En el interior del inquilinato se ven niños corriendo al compás del día que está por partir. La tana no pierde el tiempo. Hace los quehaceres domésticos con prisa mientras comparte un tentempié con el resto de las mujeres que se han empeñado en ocupar la cocina al mismo tiempo que ella. Las mujeres también están apuradas. Deben emprender la larga tarea de maquillarse, cambiarse y prepararse para la noche que todavía no llega.  Junto con la comida de la tarde comparten los retazos de algunas pilchas vetustas por el pasar de un tiempo que transcurre demasiado rápido para sus escasos años. No tan pocos sino lo suficientes como para recordar los tiempos de infancia. Los años con sus padres, con sus cuatro hermanos y el eterno viaje en barco que la traería a la tierra del trabajo prometido. Aquel hacinamiento en las grandes casas.  Decenas de personas apretadas en cuartos inhóspitos y lúgubres que solían ser el escenario perfecto para sus juegos de niña.

Dejó la pieza del inquilinato en el barrio portuario de la Boca para ocupar otra en el mismo barrio, pero a distantes seis cuadras de la casa familiar. Hacer la calle parecía un oficio poco prudente para una joven muchacha que despuntaba los primeros años de la adolescencia. Pero también resultaba una salida rápida y efectiva en un contexto de escasas perspectivas de trabajo y un pronunciado aumento de la pobreza que el crecimiento de la capital no mitigaba. Ella vio cruzar de punta a punta las extensiones de la ciudad con el tranvía. Vio instalar los modernos negocios que nada tenían que ver con las posibilidades de una familia sin recursos. Y escuchó historias de mujeres solas que hacían frente a la penurias con un recurso laboral tan emergente como la ciudad que estaba naciendo.

El tiempo se agota y yo no cabe espacio para los recuerdos. La noche la trae a esa realidad inmediata. Emprende camino hacia el burdel, una especie de hogar sustituto donde se mezcla su historia con las de esas otras mujeres que han elegido su camino. Sus pasos se dirigen a prisa por las calles de empedrado que otra vez detienen su marcha en un lento caminar. Y otra vez ese hombre maduro que le resulta familiar. Le recuerda aquel médico del Clínicas. ¿Será Sicardi?, se pregunta. Él la observa con detenimiento detrás de sus lentes. Está apostado junto a una pared al otro lado de la calle. Viste traje gris. Sus facciones son escenario de las canas que pugnan por poblar su rostro de un completo blanco. Tan canosa es su barba como el pelo que ha ido perdiendo con los años.

Ve desvanecer su sombra por las calles del suburbio. Queda atrapado entre las cavilaciones de sus pensamientos. Recorre las calles del barrio pensando que a esa hora quizá sean muchos los hombres y mujeres que se han entregado a la mala vida. Su afán por develar esas conductas lo conduce a imaginar la historia de esa muchacha: “Muchas casas de trabajadores se han vuelto lóbregas. Una noche faltó la muchacha -piensa- y en la mesa quedó su asiento vacío. Los hermanos con los puños crispados miran los platos sin comer. En un rincón llora la madre y el viejo sacude desesperadamente la cabeza como si el trabajo y los ahorros de toda su vida resultaran inútiles. (...) Así rueda el mundo. El estrépito de las ciudades se dilata y oculta los gemidos anónimos. (...) El cuerpo muere por enfermedad y las sociedades por contaminaciones colectivas.”

La tana se aleja cada vez más de aquel oscuro hombre maduro. Su mirada intimidante la ha hecho reaccionar en vano frente a ese hombre que deja atrás. “Ese médico, qué se piensa. Esos engreídos creen que sos nadie,  que no vas a lograr nada. ¿Pero querés ver que yo puedo lograr cosas? Si hice valer lo que quiero y muchas mujeres de acá lo hicieron. Estamos muy mal acostumbradas. Siempre tenemos que hacer lo que los demás quieren. Y, ¿qué queremos nosotras?”

Sicardi está atormentado, apesadumbrado. “Hay cuadras muy oscuras -piensa-, rincones tenebrosos, que sirven para citas de amantes y mientras las campanas de las iglesias avisan que el Ángelus reza la oración del perdón para todos, las adúlteras pasan, entre la luz escasa, como sombras agitadas, es la hora peligrosa. (...) La ciudad se puebla de rameras, ladrones, rufianes, falsarios, adúlteros, arteros y asesinos”. Pero sus preocupaciones no se limitan a esa mujer. Él ve extenderse la corrupción moral, la virtud ausente, la promiscuidad en legiones de niñas y adolescentes que se vuelcan a las filas de la prostitución. “Vendidas como esclavas –especula Sicardi-, ya son cosas. Instrumentos del vil negocio, valen por lo que pueden producir, mientras el club prospera y se enriquece con esas que poco a poco van muriendo, mordidas por todos los cuervos, los que sacian sus lubricidades y los que sacian sus avaricias, blancas osamentas arrojadas en inmunda sentina y dilaceradas en vida. Ellas pagan los anillos que los leones llevan en sus dedos; el alfiler de brillantes que adorna sus corbatas y el champagne de las orgías bulliciosas. No pueden huir, ni amar, ni arrepentirse. El terror las tiene encerradas; el desprecio de todos y el abandono las hace vivir en un inmenso desierto, sin oasis y sin agua cristalinas”. Piensa que la mala vida -las familias inmorales y la prostitución- atenta contra el rol social de las mujeres/madres/esposas de la familia nuclear que garantizan la constitución de una nueva nación. Probablemente sean ellas los instrumentos/objetos de ese “vil negocio” auque sea él quien lo dice, aunque sea él quien alimente la construcción de ese imaginario de la marginalidad.

La noche entraña criaturas de las tierras bajas y, sin embargo, no puede resistirse a esa extraña fascinación que mantiene en vilo la mirada médica de un  higienista liberal. El paisaje urbano, delictivo, prostituido, desordenado, se presenta como una tentativa alianza para las ideologías radicales. Lo perturba el sólo pensar en las hordas de prostitutas alineadas con los trabajadores anarquistas; esos nuevos sujetos sociales que irrumpen en el escenario político del momento.

La música embriaga el ambiente en un ritmo narcotizante y monótono que mantiene a las parejas juntas, formando un solo cuerpo abigarrado que ocupa el centro exacto del salón. El burdel se enciende de noche. Y la tana no hace más que seguir el ritmo hipnótico de su lento acontecer. Los tangos se suceden uno a uno sin cesar. Pero las parejas ya no bailan. Han corrido en direcciones disímiles. Se refugian con la sorpresiva entrada de la Policía. Los uniformados vienen acompañados de otros vecinos que fomentan la intervención. El inconveniente no era la clandestinidad del lugar sino que no hayan contribuido con la caja chica. La madama defiende la casa. La tana se agrega a la defensa.

 

Hacia la Justicia

-Breve reseña ingenieriana-

 

Amanece sobre la ciudad. Los halos de luz le van ganando terreno a la oscuridad que se desvanece rápidamente. Ese hombre joven está sentado ahora. Ha llegado a su oficina temprano. Y pasa sus papeles sin más. Intenta vencer el desafío de la hoja en blanco pero no lo logra. Está distraído. Un arrebato impulsivo le permite imaginar cuán necesario podría ser él en las dependencias de la Penitenciaría. Las hojas arrugadas rellenan el cesto. Por fin una ha sobrevivido a los despojos. En ella dibuja con premura las primeras líneas. “Libro extraño de Sicardi”, dice en voz alta. “Pocos son los lectores que han sabido apreciar su originalidad. Muchos críticos confiesan que no la entienden; algunos sin intención de ironía confiesan que la entienden demasiado bien (...) Los psicólogos y los sociólogos no pueden permanecer indiferentes a esta novela. Allí hay una descripción de las personas que se convierten en agitadores y forman multitudes que participan en los conflictos sociales (y) (...) toda la serie de novelas contenidas en Libro Extraño se refiere a la vida perturbadora y emocionante de nuestra ciudad de Buenos Aires.” Ingenieros intenta estimular a sus colegas para comprender los problemas sociales a través de sus novelas.

Sicardi se escurre entre los callejones en busca de nuevas “impresiones médico- literarias”. Ingenieros continúa: “El dinamitero –por Germán Valverde, el anarquista que protagoniza la novela Hacia la Justicia en Libro Extraño - debía ser hijo de un amor ilegal, (...) de un fugaz capricho de la sexualidad excitada por alguna orgía de prostíbulo”. La ciudad sigue creciendo. El tango sigue sonando. La tana pierde sus pasos en el horizonte. Vuelve al conventillo bajo la incipiente luz del alba. No habrá fortuna este día. No habrá cambios. Salvo el precipitado acontecer de una vida sin variaciones.


Bibliografía

 

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-Foucault, Michel, Vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión, México, Siglo XXI, 2000.  

 

-Gonzalez, Horacio, Rinesi, Eduardo, Martinez, Facundo, La Nación Subrepticia, El Astillero, Buenos Aires, 1997.

 

-Guy, Donna, El sexo peligroso. La prostitución legal en Buenos Aires, 1875-1955,        Sudamericana, Buenos Aires, 1994.

 

- Mangiola, Bruno, " INGENIEROS, JOSE (1877-1925) El multifacético José Ingenieros (esbozado en cuatro tiempos)”, en http://www.herreros.com.ar/ingeniero.htm.

 

-Ruibal, Beatriz C.,  Ideología del control social. Buenos Aires 1880-1920, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1993.

 

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-Salessi, Jorge, Médicos, maleantes y maricas, Rosario, Beatriz Viterbo Editora, 2000, 1ª. Edición 1995. 

 

- Sicardi, Beatriz,Médicos destacados: Dr. Francisco Sicardi (1856 - 1927). Médico y escritor”, en http://www.medicos-municipales.org.ar.

 

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-Terán, Oscar,  Positivismo y nación en la Argentina, Bueno Aires, Puntosur, 1987.

 

-Vezzetti, Hugo,  La locura en la Argentina, Buenos Aires, Editorial Paidos, 1985.

 

- Lemus, Jorge Daniel, “Historia y crónica de la segunda cátedra de medicina interna”, disponible en Internet.

 

 

 

 

 

 

 

Fuentes

 

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- Ingenieros, José, “Criminología”, en Oscar Terán (comp.), Antiimperialismo y Nación, México, Siglo XXI, 1979.

 

- Ingenieros, José, “La simulación en la lucha por la vida”, en Oscar Terán (comp.), Antiimperialismo y Nación, México, Siglo XXI, 1979.

 

- Sicardi, Francisco Anselmo, “La vida del delito y de la prostitución: Impresiones médico-literarias”, en Archivos de Psiquiatría, Criminología y Ciencias Afines, Tomo 2,1 (Enero de 1903), disponible en Internet.

 

- Sicardi, Francisco Anselmo, “Libro extraño”, Buenos Aires, 1904.

 

 



* Estudiante avanzada de la Carrera de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires

** Estudiante avanzada de la Carrera de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires. fpartenio@hotmail.com