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ROBERTO CARRI: EL OFICIO DE SOCIÓLOGO

 

SEBASTIÁN FONSECA

sebafonse@yahoo.com

 

Introducción

 

Invirtiendo la idea borgiana, este será un intento de escrutar el hombre en lugar del nombre. Si bien ésto último es lo que perdura, aún en el olvido que también es memoria, se tratará de atrapar una imagen tal como relampaguea en un instante de peligro sociológico como el que nos toca. Como ese pintor que dijo “yo no intento pintar la soledad o la tristeza sino la luz en esa pared”, serán estas líneas la búsqueda de un perfil de sociólogo que se levanta, cual novedoso troquelado, ante nuestros ojos desganados de tecnocracia, somnolientos de SPSS, incrédulos de la ONU, escépticos del INDEC.

No es coherente que las preguntas, y sus intentos de respuesta, se decreten “pasados de moda” si lo cuestionado no sólo no ha sido resuelto, sino que se ha profundizado, expandido, agravado. El cambio de carril teórico es un síntoma que guarda cierta analogía con alguien que, en lugar de enfrentar lo que lo abruma, construye una situación en apariencia conveniente, que lo lleva a dar vueltas sin poder morder, nunca, su propia cola. Así las cosas, como el perro de Pavlov, la Sociología “exitosa” actual siente llenarse su boca de saliva cuando oye voquibles tales como especialización[1], analista simbólico[2], autopoiésis[3], autorreferencial[4].

La postura es clara, Saint Simon antes que Comte, Marx antes que Parsons, Carri antes que Di Tella.

Centrando la atención en la forma en que Roberto Carri hace Sociología, y tomando Isidro Velázquez, Formas prerrevolucionarias de la violencia, como modelo del ensayismo social crítico de esos efervescentes años, será esto un borrador, un boceto[5] que apunta no a un mero rescate emotivo, sino además a recuperar maneras procedimentales, de construcción y reelaboración teórica de lo social, que no pueden prescindir de la visualización de las

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diferencias sociales. Así las cosas, para aquellos que desconfiamos de las teorías “post”[6], las producciones sociológicas de los años anteriores al tifón, de 1976-1983, reaparecen cual espectros con los cuales necesitamos entablar diálogo, para afilar nuestras navajas conceptuales, ya que los problemas planteados en dichas producciones, no sólo siguen estando, sino que además se han naturalizado en su permanencia y crecimiento, su cuero se ha endurecido. Hablar de democracia, dialogando con la filosofía política del siglo XIX, en tiempos de exclusión social expandida y no mediática, nos parece indiferencia sociológica, esterilidad conceptual. Por esto, Carri se cristaliza en un clásico de la Sociología argentina de los ´60 por su mirada sociológica, por su actitud crítica con vocación de transformación.

 

 

 

 

I

 

No rempuje, compañero

Jue pucha ni que anduviera

Con dolor en la bastera

Juyendo del entrevero

Más despacito, aparcero

Que hay piedras en el camino

Pucha pueblero ladino

Cuando menos se afigura

Que pretendo alguna achura

De las que le han ofertau[7]

 

 

Su homónimo Arlt, insistía en la idea de que el escritor debe ser como un boxeador, sacar golpes de todos lados. Y la escritura ensayística de Carri nos golpea, nos sacude, nos pone en guardia, es decir, requieren atención sus puñetazos porque parecen estar direccionados a lo que conocemos como Tecnocracia, que no es precisamente un puching ball ya que tiene dinamismo propio[8].

Apoyándose en datos económicos, demográficos y entrevistas en la zona de su interés, Carri intenta correr la cortina para ver la estructura de relaciones de dependencia

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económico-cultural de sus tiempos (que son también los nuestros) que necesitan de un aparato de alto control, como lo es la policía rural en este caso, para seguir funcionando.

Para sustentar, dotar de academicismo, aún más su idea de poner en tela de juicio el concepto de delincuente, toma como referencia el libro de Eric Hobsbawm “Rebeldes primitivos” y el de Franz Fanon “Los condenados de la tierra”, apoyándose así en las miradas críticas que hoy son consideradas “fuera de moda” por los que esperan las achuras que se ofrecen desde la tecnocracia. La cual pareciera haber duplicado sus ofertas, quizá por una necesidad de fortalecer una hegemonía ideológica que está tambaleando sobre sus pies de barro.

Sin caer en el vicio de abusar de la transcripción textual de sus soportes teóricos, Carri se apropia de esas construcciones, actualizándolas al contexto, y arranca un concepto de las manos de la derecha: el “delincuente”, y prefiere rebautizarlo como “rebelde”, el cual, reconocido y apoyado por los sectores populares, aparece a sus ojos como el verdadero político de la reformulación social, como lucha reactiva, y al tiempo reivindicativa, en la que los colectivos se identifican por una suerte de afinidad electiva, en la conciencia de ser objetos de opresión e injusticias. La figura del bandolero, viene así a llenar un vacío, el del héroe popular, que si bien la historia la hacen los colectivos, estos necesitan referentes para movilizarse, para colaborar, reconocerse, solidarizarse, rompiendo así con la sensación de aislamiento e individualidad que lleva a las personas a creer que sus males radican en su “falta de capacitación para subirse al tren del progreso”.

 

 

II

Deme por eliminau

Del montón de pretendientes

Que se han afilau los dientes

Pa prendérsele al asau [9]

 

 

 

Carri pone en jaque la idea de que sociedad política y sociedad civil van por separado, tratando de observar las características políticas populares que son ocultadas bajo la etiqueta de “delincuentes” por los medios de comunicación y las opiniones de los políticos

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oficiales, es decir por el Derecho que concibe a la propiedad privada como único medio de producción posible. De esta forma, el Sociólogo Carri, se mete por una ventanita de lo social, Isidro Velázquez, para criticar frontalmente al Imperialismo, cual moderno David que ha cambiado la honda por un par de libros[10].

Sociología tercermundista que le dicen, que construye mucho con poco, diametralmente opuesta a la que nuestros oídos están acostumbrados a escuchar, desde las más tempranas horas del CBC, que dice poco, o nada, con mucho. Asustada por los señalamientos de falta de cientificidad y cercanas masacres ejemplificadoras del deber ser, la mirada sociológica, y con ella su imaginación, se ha preocupado por “aportar científicamente” variando sus objetos, e inevitablemente, modificando sus lenguajes. Llegando a terrenos donde la lucha se torna epistemológicamente ciega de lo social, despojando a las personas de principios movilizadores o capacidad de acción, aislando sociedades para su estudio, cual organismos unicelulares autónomos y descontextualizables, negando así que todo grupo humano es un objeto dentro de un cuadro, al verlo como un cuadro en sí mismo. Todo intento de explicación que no sea intento de explicar totalidades[11] cristalizará en parcialidad, opinión, sinrazón, no conocimiento. Y si logra visualizar totalidades, desde una perspectiva justificante de ese orden de cosas, librando a las personas a su suerte en el mundo de la Mano Invisible del mercado autorregulado, entonces no se trata de ciencia, sino más bien del sentido común utilitarista complejizado, que recurrirá a un Lyotard o a un Baudrillard para animarse luego a pronunciar palabra sobre eso, que aparece cada tanto en la televisión, llamado “piqueteros”.

Entonces, si Isidro Velázquez, como representante del bandolerismo social, es pensado por Carri como una posibilidad de reformulación social, en este escrito se piensa a Carri como representante de una posibilidad  de reformulación de la Sociología, un exponente de esa “rebeldía sociológica” que intentó desarrollar la generación interrumpida.[12]

 

 

 

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III

 

Pero yo soy más porfiau

Que gallo comiendo tripa

Cuando el trabuco se engripa

Lo mesmo sigue cargau[13]

 

 

 

En el sistema capitalista, el ciudadano legítimo es el capitalista. Obviedades como ésta son útiles para poner en evidencia que la pobreza, y su máxima expresión que es la exclusión, son resultado directo de la búsqueda ciega de ganancia que va erosionando las bases de la sociedad misma, de su propio sustento material que es el trabajo humano. Y no pareciera que aquí, en Argentina, hubiese habido una guerra para componer el orden, sino más bien una masacre para implantar un orden. El neoliberalismo necesitaba, para su desenvolvimiento y satisfacción, operar una suerte de lobotomía social. Desarticular todo tipo de dispositivo que cuidara algún principio de autonomía. Su pérdida de la paciencia estuvo marcada a fuego, justamente, por la disposición de gobiernos de facto en América Latina en la década de los ´70.

La principal tarea emprendida, por estos guardianes de las puertas del nuevo cielo, fue barrer todo resto organizativo de una clase obrera, tambaleante desde 1955, cuyas reivindicaciones habían sido enarboladas como banderas por agrupaciones radicalizadas que fueron surgiendo hacia fines de los ´60, las cuales son mencionadas en las crónicas oficiales como “guerrilla subversiva” sin aclarar cuáles eran los objetivos que éstas perseguían, como la sociología que criticamos, descontextualizando las cosas por medio de las palabras.

El Proceso se caracterizó, entre otras cosas, por sus métodos de detención-desaparición como metodología central. Y es que el terror es una forma de control social a través del miedo, porque el temor estimulado puede determinar la conducta de toda una sociedad apelando a sus sentimientos primarios. La muerte está presente hoy y, como en los secuestros de entonces, también lo están la incertidumbre y el aislamiento.

Escribe Eduardo Luis Duhalde, analizando los campos de concentración, que: “Poco a poco, la visión totalizadora del campo va imperceptiblemente invadiendo a los que

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sucumben a este proceso destructor. Para éstos, la maldad de los represores ya no es genérica: ya distinguen entre “los buenos” y “los malos” según su comportamiento frente a los cautivos.”[14]

Tal vez no sea exagerado pensar al neoliberalismo en estos términos, toda una sociedad sucumbiendo a un proceso destructor que no terminó en 1983 como aseguran, sino que cambió de modalidad hasta caído el muro[15], para luego desbocarse en una entrega de recursos desmedida a través de verdaderos bandoleros travestidos de políticos, cuya maldad ya no es genérica ya que fulano “roba pero hace”. La atención puesta en la política, y ésta última muy atenta a ella misma.

 

 

 

IV

 

Mas despacito cuñau

Pa’ qué quiero yo ese hueso

Puede ir repartiendo el queso

Con otros que se lo coman

Yo en el bajo y en la loma

Siempre anduve bien montau[16]

 

 

 

 

Sin haber conocido a Roberto Carri, lo imagino entonando con alegría la canción que aparece por estrofas en los epígrafes. Leyendo su Isidro Velázquez, embarcándonos con el prefacio escrito por Horacio González[17]; navegando luego en los argumentos esgrimidos por Carri en un intento de construir una Sociología que apunte al dialogicismo, a la mirada crítica para con un sistema de desigualdad social que no puede ser sostenido más que por la represión, a su rechazo por esas vanguardias políticas que esperan que el pueblo “esté listo”

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para ir a conducirlos; y siendo recibidos al final del paseo por Eduardo Luis Duhalde, se nos ofrece una forma de hacer Sociología novedosa a nuestros novatos ojos. Ojos que se desayunan de la existencia de un cambio en los objetos sociológicos, un pasaje abrupto que salta, desde la crítica al sistema de explotación, hacia microclimas que no van más allá de sí mismos, generando discursos dentro de los discursos, lenguas dentro de las lenguas, en una reproducción fractal impotente para saltar los decorados de lo hegemónico.

Y, si los autores del prefacio y el posfacio de la edición con que contamos, no pueden dejar de leer a Carri en el anclaje de su época, los que seríamos “sus lectores primigenios del presente” tenemos un doble trabajo si queremos trascender una lectura inocente. Doble trabajo que consistiría en recuperar la historia reciente sin la sensación de necesitar un “borrón y cuenta nueva” y evitar caer en la benevolencia comprensivista, que muta por un instante en compasión para luego seguir saltando en medio de un prado en flor. Comprender el contexto de aparición de este libro, tratar de entrever la modalidad sociológica que le dio forma, imaginar las posibilidades que nos ofrece, a los náufragos en el mar sociológico actual, para intentar la recuperación de formas de hacer Sociología que trascienden los destinos individuales, porque invitan a verificar su pertinencia a partir de nuestras realidades más cercanas, es un desafío que merece ser aceptado por aquellos que sospechamos que, con el neoliberalismo como eje, lo político-económico responde a una atracción centrípeta, en tanto que lo social a un rechazo centrífugo. Desde estas estudiantiles sospechas, no puede dejar de resultar interesante todo aquello que contenga una “perspectiva negadora del sistema”. Sin profesar fe en la paranoica “teoría de la conspiración”, el sistema del que hablo, aparece como el resultado fatal de búsquedas privadas de ganancia, en un proceso ciego, indiferente, una complejización de un laberinto con más de un Minotauro, en el que son necesarias las lecturas inocentes del presente, que buscan el diálogo con las ancladas en el pasado, para sacudirse esas condiciones mutuamente, para reeditarse como lo han hecho los problemas que denunciaban aquellos “pasados de moda”. Los cuales son hoy dejados de lado por la sociología “de moda”, como si hubiese una represión primaria inencontrable cuyo residuo, ese objeto a que nos remite al vacío, pudiera ser comprendido con las teorías post que operan como políticas de distracción para los fragmentos de sociedad que somos.

 

 

 

REFERENCIAS

 

BAUDRILLARD, Jean; El crimen perfecto, Anagrama, Barcelona, 1996.

 

BENJAMIN, Walter; Ensayos escogidos, Ediciones Coyoacán, México, 1999.

 

CARRI, Roberto; Isidro Velázquez. Formas prerrevolucionarias de la violencia, Colihue, Buenos Aires, 2001.

 

DUHALDE, Eduardo Luis; El Estado Terrorista Argentino, Eudeba, Buenos Aires, 1998.

 

GONZÁLEZ, Horacio (Compilador); Historia Crítica de la Sociología Argentina, Colihue, Buenos Aires, 2000.

 

GRÜNER, Eduardo; El fin de las pequeñas historias, Paidós, Buenos Aires, 2002.

 

LYOTARD, Jean-François; La condición posmoderna, Planeta-Agostini, Barcelona, 1993.

 

ZIZEK, Slavoj; El sublime objeto de la ideología, Siglo XXI, Buenos Aires, 2003.



[1] Mercantilización?.

[2] Más acertado sería decir “simbólicamente, un analista”.

[3] Léase “supervivencia de la sociobiología”.

[4] Término que podría ser útil a la Psicología para abordar un caso de psicosis, pero sociológicamente imposible. Algo que se refiera a sí mismo no puede ser objeto de la Sociología.

[5] Con la esperanza de que no resulte una caricatura para quiénes realmente conocieron a Carri.

[6] Si bien han abierto la posibilidad de ver cómo poder y conocimiento van de la mano, el problema es saber adónde van.

[7] Canción “De la lucha”, José Alonso y Trelles, con música e interpretación de Alfredo Zitarrosa.

[8] Parafraseando a Sartre (leído en las acreditadas y edificantes letras de Eduardo Grüner) el problema es que los Otros también hacen la historia.

[9] José Alonso y Trelles, op. cit.

[10] Aunque más tarde decida cambiar los libros por las armas, pero eso es material para otros ensayos.

[11] Es decir, las distintas circunstancias que conjugadas producen un determinado fenómeno social

[12] Que estaba compuesta por muchas personas, de las cuales algunas decidieron desensillar hasta que aclare, exiliándose, y otras, unas 30.000, decidieron quedarse o no contaron con tiempo para pensarlo.

[13] José Alonso y Trelles, op. cit. 

[14] Eduardo Luis Duhalde, El Estado Terrorista Argentino, pág. 329.

[15] Que actuaba aún como referente simbólico que permitía pensar en la segunda guerra mundial, Hiroshima, Vietnam, Tito, y muchos etcéteras más, al preguntar alguien por qué estaba esa construcción.

[16] José Alonso y Trelles, op. cit. 

[17] El cual pinta con un estilo brillante la perplejidad y el congelamiento del tiempo a través de la mención de un saquito de té bamboleante, y la figura de Roberto, que era su amigo, como “un planchazo”, una suerte de “alegoría del abridor de tiempos”.