Make your own free website on Tripod.com

El cuchillo y la espada

Rastros y restos de Nación

 

“...el sur guarda un puñal y una guitarra (...) en una esquina cualquiera”. J.L.Borges

 

Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada. Así como ésta hizo lo único enteramente logrado que tenemos hasta ahora, y es la independencia, hará el orden necesario, implantará la jerarquía indispensable que la democracia ha malogrado hasta hoy, fatalmente derivada, porque ésa es su consecuencia natural, hacia la demagogia o el socialismo ( ... ) El ejército es la última aristocracia, vale decir la última posibilidad de organización jerárquica que nos resta entre la disolución demagógica". L. Lugones

 

Dos armas. Dos metáforas del derrotero argentino. Dos símbolos y significantes que disparan singulares imágenes históricas. ¿ Se puede reconstruir una trayectoria histórica a partir de dos simples elementos?.

El cuchillo y la espada simbolizaron la mano armada de las dos patrias, esas que de ninguna manera pudieron encontrarse desde Rosas en adelante. Ambas son armas, pero portarlas significaba cosas sustancialmente diferentes para la persona que las llevaba. El cuchillo era el arma e instrumento del gaucho, de ese desclasado bárbaro sarmientino; era tanto su instrumento de subsistencia cuando se entregaba a la faena rural, pero también un arma letal y temible en sus manos en cualquier reyerta. Eso es. El cuchillo es el arma de la reyerta, que se esconde entre las ropas, que se viste y que cuando se usa es hasta el final, sintiendo el contacto con el cuerpo del otro y con la vida que se va. En este sentido es un arma casi prehistórica en tiempos en los cuales se mata asépticamente.

El cuchillo es Juan Muraña o al menos termina elípticamente en Juan Muraña. Es él y el malevaje mirado desde la calidez y seguridad de la biblioteca de iluminados libros ingleses detrás de la rejas de lanzas quien termina cerrando el círculo abierto por el mellado cuchillo mazorquero. Allí, en ese espacio de trasvasamiento, de travestismos históricos y sociales, se diluye la huella del cuchillo en la Historia argentina. Del honor martinfierrista al deshonor del Juan Moreira, al cuchillo le pasó por arriba la victoria sarmientina, la victoria de la espada.

La espada del ejército es un arma de caballeros y se muestra como un símbolo de pertenencia a una casta elegida; es el arma del honor y la batalla que exige una gimnástica particular para su ejercicio. La espada es Eduardo, el joven unitario que en la novela Amalia de José Mármol se debate valientemente contra la mazorca rosista. La espada será Lugones reclamando la restauración de los viejos tiempos de orden y administración, y abriendo en todo un gesto el derrotero político del siglo XX en Argentina.

Es interesante describir la morfología típico ideal de cada arma buscando en esas huellas el rastro simbólico de las dos argentinas; la espada al ser el arma del caballero es parte de la elegancia que reviste su vestir, se exhibe como señal de honor y valentía, y como forma de mostrarlo es sugestivo observar el trabajo el artesano. La empuñadura, generalmente de bronce, se presenta trabajada con símbolos arábigos o españoles, tratando de conformar asimismo un buena defensa contra el estoque enemigo. Es seductor portar tal arma para darse cuenta de su perfecto balanceo y el agarre cómodo de la mano, lo que denota la ductilidad para su utilización en el combate cuerpo a cuerpo con cierta distancia, detalle provisto también por el largo de la hoja ( de un metro aproximadamente) como así también la disposición en un solo filo, lo que le permitía provocar tajos profundos (y no puntazos como se produce en caso de que el filo fuera doble). La pelea era de frente, a cierta distancia, como dos esgrimistas. Dice Ezequiel Martínez Estrada que “el sable y el florete manejados con rapidez, ofrecen al puño la resistencia de su lonfitud; hay una fuerza inerte según la velocidad y la trayectoria de la punta, que exige a la muñeca que se someta al juego y los haga ceder a la intención (...) la espada tiene su escuela y estilo...en el juego de la espada y el florete la exhibición es el verdadero fin”. [1]

En Amalia de José Mármol, obra paradigmática y propagandística de los unitarios, se produce un enfrentamiento entre un joven unitario que intenta exiliarse en Uruguay, y la Mazorca; el joven se defiende valientemente con su espada haciendo gala de su valor y destreza, ante los movimientos toscos y bruscos de sus atacantes. Lo interesante es que esa espada le permite asimismo marcarle distancias físicas y sociales con sus atacantes, “...tiempo que le había bastado también para desenvainar su espada (...) Eduardo los recibe a los cuatro parando sus primeros golpes (...) con un doble círculo, y haciendo dilatar la rueda que le formaban, con cortes de primera y de tercera...” [2]

Muy diferente consideración le cupo al cuchillo o puñal, y obviamente al postrer facón, en la historia argentina. Es el arma del pueblo, arma e instrumento para alimentarse y por ende arma sin nobleza e hidalguía, puesto que el uso que se le da es el mismo en el caso de un animal que de un hombre. Generalmente presentan una empuñadura de madera, o de pezuña, marcando el status social del que lo porta, con escaso trabajo sobre él. Es un arma de fácil agarre, aunque exija una destreza diferente a la espada puesto que, al ser su hoja más corta, exige un contacto casi íntimo con el oponente. La hoja es de filo único al igual que el sable, solo que esta termina en una punta algo más pronunciada, y la marca en el cuerpo es de un punto tan profundo como el largo de la hoja.

El cuchillo demuestra un trabajo más tosco que el sable y obviamente no simboliza ni status ni rango; no hay jerarquías en el mundo del facón, siendo la destreza quien marca las diferencias.

Al no tener un gran trabajo de empuñadura y ser relativamente pequeño, es fácil esconderlo entre las ropas. El puñal no se exhibe con orgullo, se esconde porque no forma parte de la vestimenta (como la capa y la espada), sino que pertenece al cuerpo mismo, como la extensión del brazo. Ese cuchillo es Juan Muraña, “...es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es de algún modo eterno, el puñal que anoche mató a un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César (...) en un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres.” [3]

Martínez Estrada dice que el cuchillo “...va escondido porque no forma parte del atavío y sí del cuerpo mismo; participa del hombre más que de su indumentaria y hasta de su carácter más bien que de su posición social.” [4] El cuchillo se guarda de mostrarse abiertamente por la razón de ser considerado parte del cuerpo mismo, por pertenecer casi a un fuero interno, en secreta comunión con la persona que lo porta; rompiéndose el secreto en el momento extático de la lucha  en la cual se exhibe el cuchillo como continuación del puño. La corta extensión de su hoja hace necesaria la cercanía corporal e impide que alguien tercie en la lucha; cuestión que también exige una destreza diferente a la contenida en la esgrima, una destreza de cuerpos que se acomodan, se separan, se miden y arremeten. Una lucha de montoneras, sin disciplina o al menos sin disciplina militar, castrense, apolínea.

La función del cuchillo es morbosamente simple: sirve para matar, tanto a animales como a hombres de la misma manera; es un arma que no requiere histrionismo ni grandes aspavientos, solamente requiere fuerza justa con distancia justa: fuerza por distancia es la ecuación que da por resultado la victoria. El cuchillo anula la distancia hasta la imposibilidad física de dos cuerpos ocupando el mismo lugar al mismo tiempo; es la distancia que existe entre la corta hoja y el cuerpo del rival, proximidad casi íntima ya que no existe la impunidad del alejamiento (como en el caso del fusil que se podría decir, mata a distancia). El combate es cara a cara, sintiendo el aliento del contrario, tocando su cuerpo, tocando su cuerpo. Una vez que se produce ese contacto con el cuerpo del rival ya no hay más posibilidad de arrepentimiento (su función no es la marca, aunque algunos gauchos marcaban a sus rivales para deshonrarlos, sino que es la muerte); entra hasta el puño mismo, el índice y el pulgar tocan el cuerpo sintiendo el baño de sangre, momento confirmador de la victoria. Al exhibir el cuchillo se asumen los riesgos y las consecuencias; no se muestra por el hecho de mostrar, sino sabiendo lo que hay que hacer, y sabiendo que no hay vuelta atrás, casi como ese destino irremontable que Borges magistralmente narra en El Sur. El cuchillo en realidad no es un objeto inanimado sino que se revela como el portador de “ánimas históricas” que buscan el destinatario. Ese puñal que descansa en el cajón familiar nos seduce y nos llama desde la irredenta posición de una historia escondida bajo el empedrado de la Gran Aldea.

En cambio, se podría decir que la espada es un instrumento de exhibición, que demuestra la posición social y el status de quien la porta. No se cruza oblicuamente en la espalda y entre las ropas del tropero, sino que se muestra al costado del soldado.

Status, ostentación, simulacro, arte, técnica; palabras que describen todo lo que rodea al portador de la espada. Intimidad, arrojo casi salvaje, intuición autodidacta, igualitarismo; palabras que significan al gaucho y luego al compadrito.

Aspectos micropolíticos  y microsociológicos que reducen la antinomia civilización y barbarie, y escriben silenciosamente el rastro de la patria. Dice Martínez Estrada que Rosas consideró al cuchillo como un elemento de proselitismo y hasta hizo un rito de su uso. El proselitismo del cuchillo lo instrumentaría la Mazorca al tomarlo como instrumento simbólico y ejemplificador para degollar al enemigo del mismo modo que se degollaba una res (en algunos casos reconocidos mazorqueros eran también matarifes como Santa Coloma), horror narrado con horror y desprecio por el libro metáfora y panfleto ilustrado garabateado por Echeverría. El Matadero es la Argentina dominada por el cuchillo y el poncho. Es Eduardo vencido por la Mazorca. Del intento de violación narrado por Echeverría saltamos a la descripción del deguello en un no menos horrorizado Mármol, “...se sienten pronto asir por los cabellos, y que el filo del cuchillo busca la garganta de cada uno, al influjo de una voz aguda e imperante, que blasfemaba, insultaba  y ordenaba allí; los infelices se revuelcan, forcejean, gritan, llevan sus manos, hechas pedazos ya, a su garganta para defenderla (...) todo en vano, el cuchillo mutila las manos, los dedos caen, el cuello es abierto a grandes tajos, y en los borbollones de sangre se le escapa el alma de las víctimas a pedir a Dios la justicia debida a su martirio.” [5] Luego será Muraña o Moreira muertos por el orden y la ciudad, pero ya no como oponentes de riesgo, sino solamente como marginales y delincuentes. Ya la Vuelta de Martín Fierro había “bajado línea” sobre el lugar que le otorgaría la historiografía dominante al resabio de la América Bárbara.

La historiografía tradicional argentina guarda ese lugar histórico para el cuchillo: el deshonor de matar por impulsos animales. El cuchillo es el cuchillo del matarife, de la Mazorca y luego de un triste, devaluado y marginal compadrito, cuyo valor solamente aparece en las misceláneas periodísticas policiales. Es el instrumento en la orilla, en los márgenes de la ciudad, de esa ciudad que lo expulsó bajo el grito sarmientino de civilización o barbarie.

Los argentinos sobrevivimos de díada en díada, algunas más célebres o masivas que otras, pero todas prefigurando el tajo que recorre siempre el cuerpo de la patria. Quizá la historia del siglo XXI sea la necesaria historia del bisturí que restañe los tejidos de lo que fue una nación para el desierto argentino; o quizá no. Quizá quede el espacio para la cuchilla de desguace que termine desmembrando el cuerpo nacional armado sobre los restos pampeanos y los rastros bárbaros del siglo XIX.

 

 

 

Lic. Gastón M. Minardi

Negocios@enapro.com.ar

 



[1] Radiografía de la Pampa; E. M. Estrada; pág. 36. Editorial Losada.

[2] Amalia, José Marnol, pág. 10.

[3] El Puñal, Jorge Luis Borges.

[4] Radiografía de la Pampa, Martínez Estrada Ezequiel; pág.48

[5] Amalia, José Mármol; pág. 9