Make your own free website on Tripod.com

paruzzo_capitano@hotmail.com

Ser Nacional y Literatura: Héctor Roberto Paruzzo

 

RESUMEN

 

            La literatura, por ser lenguaje, es ficción. Sin embargo, y por eso mismo, es fiel reflejo de los problemas del alma humana y su debatirse en el mundo concreto. Uno de esos problemas es el de la identidad, tanto individual como colectiva. Y aquí entra el tan zarandeado y debatido problema del Ser Nacional.

 

            Lo nuestro es un intento de rastreo en la literatura de tres de nuestros máximos exponentes:

 

                                    Leopoldo Marechal, Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato

 

            Del primero tomaremos sus tres novelas:

 

                                    “Adán Buenosayres”, “El banquete” y “Megafón”

 

            En el ir y venir de los personajes se van planteando y se discuten todos los problemas acerca del sentido y el destino de nuestra Nación.

 

            El cuento “El Sur” del segundo ilustra la discordia del doble linaje, europeo y criollo.

 

            Mientras que en “Sobre héroes y tumbas” del tercero, la exclamación  desgarrada del intelectual Bruno “Lo nacional, ¡Dios mío!,¿ qué era lo nacional?” nos llevará al meollo de la cuestión.

 

            Finalmente postulamos que el género de la novela es una antropología, y por lo tanto, un instrumento válido para la indagación de lo nacional.

 

Héctor Roberto Paruzzo

 

 

                Nota: Este texto, ahora actualizado, fue presentado como ponencia en Primeras Jornadas de Cultura e Identidad Nacional, llevadas a cabo en el Centro Cultural “Bernardino Rivadavia” en setiembre de1986. Se pusieron fotocopias en venta y se vendieron entre el numeroso público asistente. Luego se publicó por partes en la revista “Deliberando”, a partir del Nro. 1, Mayo de 1992, Rosario. Por último, con otros textos de mi autoría, fue publicado en forma de fascículo “Ser Nacional y literatura”, por los Cuadernos de divulgación Análisis, que fueron declarado de interés por el H. Consejo Municipal de Rosario, 2001.

 

 

****************

 

“EL SER NACIONAL EN LA LITERATURA DE MARECHAL, BORGES Y SÁBATO”

 

Por Héctor Roberto Paruzzo

 

                Fundamentalmente la literatura, por ser lenguaje, es ficción. Lo es en el sentido de ser una construcción verbal, un cosmos de palabras. El mejor ejemplo de éste es el “ULISES” de James Joyce; allí el único y verdadero personaje es el lenguaje. Y como lo dice muy apropiadamente Anderson Imbert:

“La literatura es una de las formas de ficción. Fictio-onis viene de fingere, que en latín significaba, por un lado fingir, mentir, engañar, y por otro, modelar, componer, heñir” Y agrega con acertado criterio: “La literatura, toda ella, es siempre ficción. Y viéndolo bien, ¿no es ficción cuanto pensamos? La literatura no es ciertamente la única actividad humana que falsea y distorsiona la realidad. Aún la ciencia lo hace. Sólo que la ciencia lo hace a pesar de ella y en cambio la literatura falsea y distorsiona la realidad de propósito” (1).

            A lo que agrego que, sin embargo y por eso mismo precisamente, es fiel reflejo de los problemas del alma humana y su debatirse en el mundo concreto. El expresionismo alemán, con su distorsión exasperada de la realidad, ha logrado manifestar el desgarramiento del hombre contemporáneo mejor que cualquier documento histórico. Incluso, como en el caso de Kafka, la literatura se hace anticipo de los síntomas que provocarán los futuros malestares de la civilización. Eso también ocurre con Sade, Dostoyevski y otros, y de alguna manera con Artl en nuestro país.

            Uno de los problemas, diríamos que básico, del alma humana es el de la identidad, tanto individual como colectiva. Y aquí bastará con citar las famosas palabras: “no sólo de pan vive el hombre”, Efectivamente, aparte de la seguridad material, el hombre necesita de un sentido para vivir, por lo tanto le es indispensable saber quién es y dónde está ubicado. De allí la religión, la filosofía, la sociología, la antropología, etc. Pero escapa a nuestro enfoque un vistazo a estas áreas del indagar humano. Nos limitaremos a la literatura. Dentro de esta, mencionaremos de paso que la romántica, en especial la alemana, es la que se ocupó de bucear en las características nacionales de cada pueblo a través del folklore. Digo de paso, porque quiero ir directamente a mi tema y tomar de la literatura argentina contemporánea solamente a tres de sus autores para hacer el rastreo –no es otro mi objetivo- del tan zarandeado y debatido problema del ser nacional. Ellos son Leopoldo Marechal, Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato. Demás está ponderar a estos máximos exponentes de nuestras letras. Si disculparme por dejar de lado a otros autores tan significativos como estos, el caso de un Mallea, por ejemplo. Pero eso requeriría un estudio de más vastas proporciones y escapa a los límites prefijados para este trabajo. Pienso, por otra parte, que en los tres escritores elegidos están contenidos la totalidad de los planteos sobre dicha cuestión; más aún, me atrevería a afirmar que todo el pensamiento argentino desde Sarmiento a Martínez Estrada está debatido vivencialmente por los personajes del “ADÁN BUENOSAYRES”  o de “SOBRE HÉROES Y TUMBAS” (donde se cuestiona a Hernández Arregui). Por lo tanto, en estas dos grandes novelas, de Marechal y de Sábato respectivamente, como en el cuento “EL SUR” de Borges, así como en la tercera y última del primer autor citado, “MEGAFON O LA GUERRA”, encontraremos, implícita o explícitamente, a Mallea con sus dos argentinas, visible e invisible, y a ese original ensayista que fue Scalabrini Ortíz con su “Hombre que está solo y espera”. 

            A este último, bajo la forma del “nunca suficientemente alabado petiso Bernini”, lo tendremos en vivo y en directo como uno de los protagonistas del “Adán”. En esa novela, y ya estamos instalados de lleno en nuestro asunto, Marechal evoca la aventura martinfierrista en la que él participó (Adán no es más que su propio trasunto). La acción transcurre en aquella década  del veinte, inolvidable y ya mítica, de las famosas y floridas reyertas de Florida y Boedo en las que nuestra literatura creció en contenido y forma; por eso, con otros nombres, vemos en la novela aparecer en roles protagónicos, aparte del citado Scalabrini, a Borges (Luis Pereda), Xul Solar (el astrólogo Schultze) Francisco Luis Bernardez (Franky Admusen) y Jacobo Fijmann (el singularísimo Samuel Tesler), entre otros.

            No puedo, dado lo enorme que es, tratar todo el libro, del que diré que, publicado en 1948, quedó olvidado en los estantes de la Editorial Sudamericana hasta 1965, año en que se produjo el llamado boom de “El Banquete de Severo Arcángelo” (la segunda novela de Marechal); boom que rescató no sólo a la primera sino también al propio autor, quien había sufrido un boicot de casi 10 años a partir de la caída del peronismo, en 1955, por su condición partidaria. En dicho libro se trata de la crisis espiritual del poeta Adán Buenosayres (que es como decir el primer hombre de Buenos Aires), que es la del mismo escritor que, después de vivirla, retornaría al seno del catolicismo. En otros trabajos míos he aclarado que ni el peronismo de Marechal fue fanático ni su catolicismo cerrado (2). Lo que aquí nos interesa son las aventuras más bien mundanas del personaje y, sobre todo, la del tercer libro, que narra la famosa excursión “malevi-funebri-putani-arrabalera” y que es un intento de indagación en las raíces del criollismo. Veámoslo.

            En este sainete fantasmagórico que es la expedición a los suburbios de Saavedra, todas las polémicas en que se hallaban metidos, a la vez que divididos, los intelectuales de esa generación, reviven en forma de símbolos y alegorías. Así, en medio de la noche, los héroes de este viaje (cuya finalidad es asistir a un velorio donde saben que irá un mentao taita) verán la aparición del indio, el gaucho, el cocoliche, el neocriollo, etc., y que dan ocasión para las más encontradas reacciones. Citaré un fragmento algo extenso en función de que se pueda apreciar la mecánica del relato así como su estilo.

            “Del Solar no justificaba el anacrónico lamento de Bernini (acaba de desaparecer en la oscuridad el malón de indios) por la extinción de una raza que, al fin y al cabo, atañía más a la prehistoria que a la historia de los argentinos. Pero (ahí estaba la madre del borrego), aquella raíz indígena, poco antes de morir, había dejado en la pampa un retoño doliente, una prolongación de su sangre, un tipo crucial, flor de la guerra. Y al oír estas observaciones del guía, una sola imagen acudió a la mente de los aventureros y llegó a sus labios en forma de palabra: ¡el Gaucho!    

            - El gaucho –asintió Del Solar en tono fúnebre -. Nacido del amor o del odio (¡quién lo sabe!), lo vemos trabajar en los cimientos de la patria, oscuro, sí, pero con la oscuridad de los cimientos que, bajo tierra, sostienen toda la gracia exterior de la arquitectura.

            - La imagen es buena – reconoció Adán Buenosayres, a fuer de perito.

            - Un plagio evidente –calumnió Franky.

            A pesar de todo, la mayoría de los héroes demostró con su actitud piadosa que se entregaban sin reservas a la emoción de aquel recuerdo. Pero en el grupo había dos hombres cuyo corazón, endurecido tal vez en el polo glacial de la metafísica, no daba señales de ningún enternecimiento: eran Samuel Tesler y el astrólogo Schultze.

            - Peste de literatura – refunfuñó Samuel – Se ha inventado una fábula increíble alrededor de un pobre mestizo. El gaucho de la leyenda no existió jamás.

            - ¿Qué no ha existido? – gritó Pereda lleno de santa indignación -. Desde los viajeros coloniales hasta los cronistas del siglo pasado...

            Pero Schultze intervino aquí resueltamente:

            - Admito la existencia del gaucho – declaró -. Pero si fue como lo describe la poesía, si fue rebelde a todo sistema de orden, sin principios jerárquicos, matón y vagabundo, me parece bien que haya desaparecido.

            ¡Dios, y que revuelo ser armó en el campo de los criollistas no bien hubo proferido Schultze tamaña blasfemia!

            - ¡Si el gaucho ha muerto – le gritó Del Solar -, es porque lo mataron los gringos como usted!

            - La derrota de Santos Vega – sentenció Adán misteriosamente...” (3)         

            Y esta invocación produce la aparición del mítico personaje.

            Realmente es para seguir leyendo. Pero basta con este único ejemplo para ver en que tenor están encarados los temas. El leiv-motif es la búsqueda del “Espíritu de la Tierra” (influencia de la literatura romántica alemana Bernini-Escabrini Ortíz) a través de planteos antropológicos (origen del indio americano), geológicos (formación del suelo pampeano) e históricos-sociales (destino de los aborígenes, la inmigración, el desarraigo argentino); el criollista (cuestionamiento a la exaltación metafísica del orillero por parte del cenáculo liderado por Pereda-Borges.

            Se me preguntará ahora cuál es la posición del propio Marechal. Contestaré, tratando de sintetizar, que es la oponerse a toda mistificación pintoresca que nos aparte de una más genuina interpretación del hombre argentino y americano. Con gran equilibrio, sin snobismo europeísta pero sin patrioterismo ingenuo, trató de integrar la herencia cultural europea con las raíces hispanoamericanas, lo que llamó “el abrazo de Homero con Santos Vega” .

            Por supuesto, en Marechal no se puede descartar su concepción mítico-religiosa-metafísica. En ese sentido remito a los interesados al libro de Graciela Coulson: “Marechal, la pasión metafísica” o a mi artículo “Lo esotérico en la obra de Marechal”. (4)

            Dentro de ese contexto, preocupó a nuestro autor el posible destino de la Argentina así como las causas de la frustración nacional:

 

            “¡La historia es también un arte de lo posible! Ante nuestra mirada tenemos el escenario (una geografía), los actores listos (un pueblo) y la noción del drama o comedia que ha de representarse allí (el suceder nacional). ¡De pronto una gran flojera, un olvido total de las consignas, un abandono del escenario, los actores y el drama! ¿Qué sucedió aquí? ¿Un aborto del suceder?” (5)

            “Megafón o la guerra”, a la que pertenece esta cita, fue la novela póstuma de Marechal, publicada en 1970, año de su muerte. En ella distingue tres tipos sucesivos de argentinos, a los que denomina hombres de acción, de traición y de reparación, correspondientes a otras tantas etapas de nuestra historia. El tercer tipo estaría encarnado por los intelectuales neoidealistas como el protagonista de la obra, el cual emprende dos batallas, una terrestre y otra celeste. El objetivo de la primera es desenmascarar a los personajes negativos: el general-presidente, el economista, el oligarca, el capitalista, el embajador norteamericano, el cardenal primado, etc. La segunda, con una raigambre mítico-ocultista, es la búsqueda de una identidad metafísica para el ser nacional argentino.

            Para terminar con Marechal haremos referencia a su esperanza última, sintetizada en su metáfora de la “patria-víbora”, y en la que encontramos el eco de la argentina visible e invisible de Mallea.

            “Usted habló recién de un “pueblo sumergido” –le dice Megafón al cronista de sus “batallas”- y yo diría que la verdad es más alegre. Cierto es que vieja peladura lo ciñe y ahoga exteriormente, pero la Víbora ya construyó debajo su otra piel. De modo tal que ahora, mientras los figurones externos consuman la muerte de una dignidad y la putrefacción de un estilo, la piel interna de la Víbora quiere salir a la superficie y mostrar al sol sus escamas brillantes. ¿Entiende? (6)

            Y ese entiende, pero en plural, puede ir dirigido a todos los argentinos.

            Pasemos entonces a Borges, quien por otra parte aparece personalmente en las dos puntas de este trabajo, y cuestionado primeramente en el “Adán” es defendido luego en su argentinidad en “Sobre héroes...”.

            “Lo mandan a estudiar griego en Oxford –se nos dice en la primera -, literatura en la Sorbona, filosofía en Zurich, ¡y regresa después a Buenos Aires para meterse hasta la verija en un criollismo de fonógrafo!”

            Y más adelante se agrega:

            “Lo malo está en que don Luís ha querido llevar a la literatura sus fervores místico-suburbanos, hasta el punto de inventar una falsa mitología, en la que los malevos porteños adquieren, no sólo proporciones heroicas, sino hasta vagos contornos metafísicos” (7)

            Desde aquellos tiempos, prácticamente año 22, se le ha venido criticando a Borges, no solamente su criollismo (*), sino también todo lo que se refiere a su obra, su vida y también su muerte en Suiza.               Repetidas hasta el cansancio, son harto conocidas esas acusaciones: extranjerizante, apátrida, oligarcón, con una literatura no comprometida y de espaldas al país, de ser el mejor escritor inglés de habla hispana, dilecto hijo de la corona británica, y otras cosas aún más fuertes. Actualmente, en el 2001, parece revertida dicha situación y Borges es ya una gloria argentina de proyección internacional. Pero he podido comprobar, cuando he dado charlas sobre él últimamente, que sigue siendo para muchos una mala palabra como cuando se me insultaba a mí por defenderlo cada vez que le hacían alguna nota en la televisión. Y no sólo en nuestro país sino que también me pasó en Montevideo donde los uruguayos estaban ofendidos porque nuestro autor había tratado a Artigas de contrabandista. ¡Esas cosas! Pero ni antes ni ahora se lo lee, o por lo menos se lo lee en serio. (*)

            Frente a esta negación de la argentinidad de Borges sale al cruce Sábato en su “Sobre héroes y tumbas”: “Qué podría ser sino argentino –responde Bruno a Martín- Es un típico producto nacional. Hasta su europeismo es nacional. Un europeo no es europeísta: es europeo, sencillamente... Hay algo muy argentino es sus mejores cosas: cierta nostalgia, cierta tristeza metafísica... En realidad se dicen muchas tonterías sobre lo que debe ser la literatura argentina. Lo importante es que sea profunda. Y si no es profunda es inútil que ponga gauchos o compadritos es escena. El escritor más representativo de la Inglaterra isabelina fue Shakespeare. Sin embargo muchas de sus obras ni siquiera se desarrollan en Inglaterra... Y lo que más me causa gracia es que Méndez repudie la influencia europea en nuestros escritores. ¿Basándose en qué? Esto es lo más divertido; en una doctrina filosófica elabora por el judío Marx, el alemán Engels y el griego Heráclito. Si fuésemos consecuentes con esos críticos habría que escribir en querandí sobre la caza del avestruz. Todo lo demás sería adventicio y antinacional. Nuestra cultura proviene de allá. ¿Cómo podemos evitarlo? Y por qué evitarlo... Los verdaderos ateos son los indiferentes, los cínicos. Y lo que podríamos llamar el ateísmo de la patria son los cosmopolitas, esos individuos que viven aquí como podrían vivir en París o Londres. Viven en un país como en un hotel. Pero seamos justos: Borges no es de esos, pienso que a él le duele el país de alguna manera, aunque claro está, no tiene la sensibilidad o la generosidad para que le duela el país que puede dolerle a un peón de campo o a un obrero de frigorífico.” (8)

            Y es que seamos sinceros, Borges es el más típico y genuino representante de un país cosmopolita, nutrido por varios torrentes inmigratorios, que todavía están amalgamándose:

            “Seis millones de argentinos –exclama el intelectual Bruno, trasunto del propio Sábato -, españoles, italianos, vascos, alemanes, húngaros, rusos, polacos, yugoslavos, checos, sirios, libaneses, lituanos, griegos, ucranianos. ¡Oh Babilonia!, la ciudad gallega más grande del mundo, la ciudad italiana más grande del mundo, etc. Más pizzerías que en Nápoles y Roma juntos. “¡Lo nacional! ¡Dios mío! ¿Qué era lo nacional?”. (9)

            Lo absurdo es que quienes criticamos a Borges somos nosotros, los descendientes, productos de todas esas inmigraciones y fruto de todas las contradicciones. Más aún, esos críticos no se llaman Ñancul ni Pincén, sino que tienen resonantes nombres itálicos, españoles, franceses, e, incluso, británicos. Y olvidan que Borges desciende de los héroes y legisladores que forjaron la patria; que además lleva en sus venas sangre de indios, por eso pudo decir:

                        “Ahí está Buenos Aires. El tiempo que a los hombres

                        trae el amor o el oro, a mí apenas me deja

                        esta rosa apagada, esta vana madeja

                        de calles que repiten los pretéritos nombres

                        de mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez...

                        Nombres en que retumban ya secretas las dianas,

                        las repúblicas, los caballos y las mañanas

                        las felices victorias, las muertes militares...

            Y este poema se lo repite a Martín la protagonista de “Sobre héroes...”, Alejandra Vidal Olmos, que es un símbolo atormentado del alma argentina.

            En mi caso, si tuviese que demostrar la argentinidad de Borges, tomaría sus tres primeros libros de poemas: “Fervor de Buenos Aires”, 1923, “Luna de enfrente”, 1925, y “Cuaderno de San Martín”, (*) 1929, pero me remitiré solamente a la introducción de su cuento “El sur”:

            “El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal de la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires lanceado por los indios de Catriel; en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre romántica) eligió el de ese antepasado romántico o de muerte romántica. Un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas músicas, el hábito de estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y la soledad, fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso...”. (11)

            Demás está decir que todo este pasaje es autobiográfico. “Sólo son falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”, como lo diría en otro cuento, “Emma Zuns”. Efectivamente, Borges era bibliotecario por aquella época, su abuelo fue en realidad Francisco Borges que murió en 1874 durante el levantamiento de Mitre contra Sarmiento-Avellaneda, y cuyo final “romántico” describe memorablemente Eduardo Gutiérrez en sus “Croquis y siluetas militares”.

            Por otra parte, fundamentalmente, en este cuento está esa dicotomía del alma argentina que se puede traducir como “culto al libro y culto al coraje” o “civilización o barbarie”. Sarmiento es el mejor exponente de ésta, basta leer atentamente su “Facundo”.  

 

            Volviendo ahora a Sábato y su “Sobre héroes y tumbas”, diremos que son muchas las páginas de esta novela dedicadas a la reflexión sobre lo argentino. En realidad, toda la obra es un pantallazo de nuestra realidad nacional desde la Invasiones Inglesas hasta la caída de Perón en 1955. A quienes quieran centralizarse exclusivamente en esta temática, les recomiendo el libro “La cultura en la encrucijada nacional” donde nuestro autor reunió lo que andaba disperso en sus distintas obras. Yo citaré ahora dos fragmentos de la novela que ilustran fehacientemente el problema de nuestra identidad:

            “Sí, la nostalgia del viejo D´Arcángelo –comentaba Bruno como para sí mismo-... Pero es que aquí todo era nostálgico, porque pocos países debía de haber en el mundo es que ese resentimiento fuese tan reiterado: en los primeros españoles, porque añoraban su patria lejana; luego, en los indios, porque añoraban su libertad perdida, su propio sentido de la existencia; más tarde en los gauchos desplazados por la civilización gringa, exilados de su propia tierra, rememorando la edad de oro de su salvaje independencia; en los viejos patriarcas criollos, como don Pancho, porque sentían que aquel hermoso tiempo de la generosidad y de la cortesía se había convertido en el tiempo de la mezquindad y la mentira; y en los inmigrantes, en fin, porque extrañaban su viejo terruño, sus costumbres milenarias, sus leyendas, sus navidades junto al fuego.” (12)

            ¿Pero cómo experimenta todo eso quien viene a ser el resultado póstumo de esos entremezclamiento? Veamos los sentimientos de Martín, que en la novela viene a ser el prototipo del argentino nuevo:

            “Pero él Martín, ¿cuándo había tenido madre? Y además esta patria parecía tan inhóspita, tan áspera y sin amparo. Porque (como también decía Bruno, pero ahora él no lo recordaba sino que más bien lo sentía físicamente, como si estuviera a la intemperie en medio de un furioso temporal) nuestra desgracia era que no habíamos terminado de levantar una nación cuando el mundo que le había dado origen comenzó a crujir y luego a derrumbarse, de manera que acá no teníamos ni siquiera ese simulacro de la eternidad que en Europa son las piedras milenarias o en Méjico o en Cuzco. Porque acá (decía) no somos ni Europa ni América, sino una región fracturada, un inestable, trágico, turbio lugar de fractura y desgarramiento. De modo que aquí todo resultaba más transitorio y frágil, no había nada sólido a que aferrarse, el hombre parecía más mortal y su condición más efímera...”. (13)

            Lo  de Martín es nuestra situación y pienso que debemos asumirla integralmente con todas sus contradicciones, sin apelar a falsos criticismos. Creo que ése es el primer paso para encontrar nuestra identidad, como el enfermo –valga el ejemplo- sólo puede tener la posibilidad de curarse cuando acepta que lo está y colabora queriendo curarse.

            Por último, tal cual queda demostrado en las obras de Marechal, Borges y Sábato, me queda postular que la novela, en cuanto género encarado seriamente, es una antropología. No es esto algo absolutamente original mío, está implícito en el pensamiento de Sábato y especialmente en este párrafo de “El escritor y sus fantasmas”, donde expresa, refiriéndose a la crisis ya señalada:

            “¿Qué somos? ¿Adónde vamos? ¿Cuál es nuestra verdad nacional? Somos algo nuevo, que se gesta realmente aquí, algo realmente original, en este caos de sangres y culturas... la literatura, esa híbrida expresión del espíritu humano que se encuentra entre el arte y el pensamiento puro, entre la fantasía y la realidad, puede dejar un profundo testimonio de esta trance, y quizá sea la única creación que pueda hacerlo...”. (14)

            Y es que la literatura, y específicamente la novela, ese monstruo híbrido puede reflejar a este monstruo híbrido que es el hombre, esa cruza entre el ángel y la bestia, ese desgarramiento entre el espíritu y la materia.

            Por otra parte, la novela absorbe en sí a todos los otros géneros y se nutre, por lo tanto, de la historia, el ensayo, la ciencia, la lingüística, las artes, la religión y la historia de las religiones, la filosofía, etc. Y lo da en forma vivencial e inmediata.

            Además recrea (caso Marechal en el “Adán” y Sábato “Sobre héroes”) el lenguaje coloquial de un lugar y una época, más el de los diversos sectores de una determinada sociedad.

            Como la antropología se nutre de informantes, que es el hombre de la calle o de la villa, del palacio o de la choza, lo que es decir el hombre concreto, y lo reproduce en sus páginas con el verdadero palpitar de la sangre.

            Me remitiré, sin embargo, a la autoridad de un gran pensador ruso, alguien que pesó profundamente en el pensamiento europeo, a pesar de que no se le nombra habitualmente, me refiero a Nicolás Berdiaev, a quien Sábato tiene presente en su “Hombres y engranajes”. Este filósofo, que influyó también en Camus, afirmó refiriéndose al autor de “El hombre del subsuelo”: “Dostoyevski es, ante todo, un gran Antropólogo”.

            Y todos sabemos que el autor de “Crimen y castigo” es uno de los más grandes novelistas del siglo XIX y base de toda la novelística contemporánea.

            Continua diciendo Berdiaev:

            “Dostoyevski es un investigador de la naturaleza humana, que descubre una nueva ciencia del hombre y aplica un método de investigación desconocido hasta entonces. la ciencia artística o, si se prefiere, el arte científico de Dostoyevski estudia los infinitos repliegues y la extensión ilimitada de la naturaleza humana” (15)

            Después de esto, ¿es insólito que postule a la novela como una antropología? Al contrario, y por todo lo visto, podemos afirmar que es un instrumento válido en la indagación de este tan complejo y delicado, tan problemático y tan problematizado tema que es el Ser nacional. Y que sea ella la que nos plantee el problema en forma global y no parcialmente como suele ocurrir con las teorías, que hablan, no del hombre, sino de una abstracción, esa que justamente rechazaba Unamuno cuando decía que quería al hombre y no a una idea del hombre.

            Por eso, creo que mi propuesta es, por lo menos, para ser tenida en cuenta. (*)

                      

 

 

                (*) Ver los artículos de H.R.P. sobre estos temas en particular  en la Segunda Parte.

                1) E. Anderson Imbert: “Teoría y técnica del cuento”, Marymar, 1979, Bs. As.  

                2) H. R. Paruzzo: “Marechal, el poeta depuesto”, revistas “Brújula” Nº 6, Ros. Nov. 84 y “De la A a la Z” Nº 18, dic. 2000, Ros. “Lo esotérico en la obra de Marechal”, revista “Cristiano Rosacruz” Nº 11,  Ros. 1986, que recoge un artículo mío anterior “Marechal, católico o esotérico” aparecido en “Cascabel de plata”, Nº 1, Ros. 1969.

                3) “Adán Buenosayres”, Edit. Sudamericana, Bs. As. 1979, 4ª edición (pág. 215)

                4) Ver nota 2.

                5) “Megafón”, Edit. Sudamericana, 1ª edición. 1970 (pág. 155)

                6)                                                                            ( “       16)

                7) “Adán”, (pág. 154 y 665)

                8) “Sobre héroes”, Fabril, tercera edición, 1964 (pág. 182-3)

                9)                                                                                               (pág. 155)

                10)                                                                                             (pág. 112)       

                11) Obras completas, Emecé, 1974, 8ª edic.        (pág. 525)

                12) “Sobre héroes”                                                         (pág. 189)       

                13)                                                                                                    (pág. 235)

                14) Aguilar, 3ª edic. Bs. As. 1967                                (pág.   38)

                15) “El espíritu de Dostoyevski”, Lohlé, Bs. As. 1ª edic. 1978  (pág. 34)