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Los cuerpos de la política

 

Dr. Diego Alberto Beltrán

diegoabeltran@yahoo.com.ar

 

Parece muy extraña la relación de la historia argentina con los cuerpos de sus líderes o dirigentes una vez fallecidos. La veneración y el odio profesados en la vida de los mismos se prolonga en sus restos, como si los mismos aún poseyesen en plus de existencia o un hálito de vida política del líder ya inexistente[1]. La repatriación de los restos de Rosas, los proyectos para realizarla, generan una fuerte polémica a lo largo de 55 años. El cuerpo embalsamado de Eva Duarte de Perón protagoniza una historia sórdida de viajes entre Buenos Aires y Europa en la que se suceden ocultamientos del cuerpo bajo nombre falso, hechos de necrofilia, brujería y agresiones y deterioro del mismo. Uno de los episodios más notables al respecto lo constituye el transporte del cuerpo del general Lavalle a lo largo de 400 kilómetros desde Jujuy hasta Bolivia, para impedir que sus enemigos lo profanaran; el calor del desierto obligó a descarnar el cadáver.

La historia de los restos de líderes o figuras relevantes nacionales es una historia de odios y profanaciones. La pregunta que debemos hacernos al respecto es: ¿qué relación guardan estos cuerpos profanados y reverenciados con el cuerpo político de la nación argentina, es decir, con la imagen de cuerpo político implícito en la idea de nación?. La profecía de José Mármol con respecto al cuerpo de Rosas: “Ni el polvo de tus huesos la América tendrá”, nos induce a contestar a la pregunta formulada y a asignarle una importancia clave en la constitución de la idea de nación. Pareciera que los muertos ilustres, sus espectros, poseen un poder, una influencia y una permanencia que no tiene el cuerpo ideológico-inmaterial (de alguna manera trans-ideológico) de la nación; es decir el cuerpo político. A este respecto, es interesante una comparación de nuestro cuerpo político nacional y con los similares inglés y francés a partir de una obra clásica sobre las ficciones jurídico-políticas de las monarquías inglesa y francesa de los siglos XV y XVI; me refiero a “Los dos cuerpos del rey” de Ernst. H. Kantorowicz[2]. Una teoría jurídico-política-teológica de la Inglaterra de Isabel I (siglo XVI), con bases construidas en siglos anteriores, establece que el rey tiene dos cuerpos[3] Uno de ellos natural y sujeto a imperfecciones, a las dolencias y a la muerte y otro perfecto e inmortal que trasciende al cuerpo mortal del rey. En el momento de la coronación, el cuerpo natural se inviste del cuerpo inmaterial, del cuerpo político de la nación que, desde este momento, le otorga inmortalidad y perfección al cuerpo natural. En el momento en que este último muere, el cuerpo inmortal-cuerpo político abandona la persona física del rey para unirse al cuerpo natural del futuro monarca[4]. Esta teoría política o ficción jurídica, permite una continuidad político-institucional que trasciende la violencia faccional y las guerras civiles como la producida en Inglaterra  entre 1642 y 1660. En dicha guerra, el parlamento puritano destituye y decapita a Carlos I en nombre del mismo Carlos I. Veamos como explica esta situación Kantorowicz:

 

Sin aquellas distinciones esclarecedoras, aunque a veces confusas, entre lo sempiterno del Rey y lo temporal del rey, entre su cuerpo político inmaterial e inmortal y su cuerpo natural material y mortal, hubiera sido casi imposible para el Parlamento recurrir a una ficción similar, y reunir en el nombre y por la autoridad de Carlos I, Rey- cuerpo político, los ejércitos que habrían de luchar contra el mismo Carlos I, rey- cuerpo natural. Por la Declaración de los Lores y los Comunes de 27 de Mayo de 1642, el Rey-cuerpo político fue retenido en y por el Parlamento, mientras que el rey-cuerpo natural fue, por así decirlo, desechado[5].

 

Aún en un momento de crisis y revolución política existe una ficción política y jurídica de continuidad que no termina ni siquiera en el momento de la decapitación de Carlos I. Es interesante subrayar que dicha ficción  (que, por otra parte, produce efectos reales de continuidad) está asociada a “desechar” el interés por el cuerpo natural del monarca. En efecto, el cuerpo biológico, al separarse del cuerpo político, pierde perfectibilidad, poder y significación: el “cuerpo del Rey” ya no es el de carne y hueso, sino el inmaterial e incorruptible. En el caso argentino, en donde no existen ficciones compartidas de continuidad, los cuerpos de los líderes políticos muertos son buscados, perseguidos, mutilados, agredidos y exiliados. Los líderes argentinos corporizan a la nación aún después de fallecidos; pareciera que, tanto para seguidores como para enemigos, es imposible separar las construcciones ideológicas del soporte biológico una vez que este termina su ciclo vital.

Si en la Inglaterra victoriana el cuerpo político imperecedero sostiene la inevitable mortalidad del monarca, en la Argentina de los siglos XIX y XX, los cuerpos biológicos de los líderes políticos sostienen en forma precaria al cuerpo político de la nación: es más, este último sólo adquiere existencia en el cuerpo de carne y hueso que conserva un hálito de vida política aún después de la muerte. Si el parlamento inglés exime al cuerpo vivo de Carlos I de toda legitimidad y responsabilidad políticas, los restos de los gobernantes argentinos no son eximidos ni de la legitimidad ni de la responsabilidad políticas. Los cuerpos sin vida de los ex – gobernantes emprenden extraños viajes de exilio, retorno y, en algunos casos, un itinerario errático y de espera entre ambos viajes. Uno de los casos más paradigmáticos es el de Eva Perón. Su cuerpo es embalsamado después de soportar un cáncer de útero, con todas las dolencias que trae esta enfermedad. Luego de ser exhibido durante trece días en los que la gente se despide de ella, comienza la batalla por retener el cuerpo y su largo itinerario hasta que finalmente descanse en el cementerio de la Recoleta. La CGT es la primera institución que logra custodiar el cuerpo de Eva, hasta que se construyera un monumento donde debía ser depositada. En dicha institución, se instaló un laboratorio con piletas que contenían soluciones especiales, destinadas a tratar el cuerpo en la fase final del proceso de momificación, a cargo del embalsamador de Eva, el doctor Pedro Ara. El cuerpo permanece en la CGT hasta la caída de Perón en 1955. Luego, la Razón de Estado cambia de signo ideológico: si se proyectaba construir un monumento para albergar el cuerpo de Eva, ahora se trata de ocultar ese cuerpo de la mirada y la adoración del pueblo peronista. Veamos lo que dice una de las biógrafas de Eva:

 

Los militares de la Revolución Libertadora temían que todo sitio designado para albergar esos  restos se convirtiera en un lugar de culto. Isaac Rojas expresó ese temor con una fórmula de una asombrosa precisión: había que ‘excluir el cadáver de la vida política’ ”[6].

 

Es interesante observar la variedad de significado potencial de la frase subrayada:

 

1-     Excluir el cuerpo de Eva de la vida política.

2-     Excluir la vida política que es un cadáver, es decir, excluir a la ciudadanía de la vida política ya inexistente.

 

En ambos casos, pareciera que la vida política de 1955 está inextricablemente ligada al cuerpo de Eva. Si cuando esta última muere Perón pierde su principal sostén personal y político, con la caída de Perón, el cuerpo de Eva pasa a representar el cuerpo del pueblo peronista; no de otra manera puede interpretarse la frase del almirante Rojas: “excluir el cadáver de la vida política”. El cadáver aún es un elemento simbólico importante de la “vida política”, por eso la necesidad de excluirlo. El cuerpo embalsamado de Eva, en un sentido político, aún está vivo. La máxima “¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey! unida a la de que “el rey como Rey nunca muere”[7], son los emblemas de continuidad política real del siglo XVI inglés y francés. La primera de ellas es la abreviatura de una ceremonia ritual fúnebre en la cual se anunciaba la muerte de un rey determinado y se anunciaba la designación de un sucesor. Entre el anuncio de la muerte y el anuncio de la designación el oficiante de ceremonial dejaba un espacio temporal para que los concurrentes pudieran rezar un padre nuestro. De todas formas, con o sin abreviatura, indican el traslado de la majestad real, del “cuerpo místico” (de sustancia política) de un rey de carne y hueso a otro de las mismas características. Pareciera que, a diferencia de la ficción jurídica creada por la teología política inglesa, el cadáver embalsamado de Eva aún posee la majestad política. El cuerpo político de la nación (o del pueblo peronista que se identifica así mismo como la nación) no ha podido separarse del cuerpo de carne y hueso: es más, se ha perpetuado este último a los efectos de dar vida y continuidad al cuerpo político. Por otra parte, esta continuidad es aceptada por todo el arco ideológico que empieza por los simpatizantes peronistas y termina con los militares golpistas y el antiperonismo en general: “excluir el cadáver de la vida política”. La lucha entre los distintos sectores de este arco ideológico transforman al cuerpo embalsamado de Eva en un cuerpo itinerante por diversos despachos y destacamentos del ejército, por departamentos del personal jerárquico del ejército, por el cruce del Atlántico en barco, por la embajada argentina en Bruselas, por un cementerio italiano, por la mansión en el exilio de Perón en Puerta de Hierro, por la quinta de Olivos luego de la muerte de Perón y hasta el golpe de 1976, hasta descansar en el cementerio de la Recoleta en una bóveda familiar cuatro metros bajo tierra.

La historia del cuerpo de Eva Perón, así como la historia de los cuerpos de otros protagonistas del poder político (Rosas, Perón, Lavalle, etc) es el intento desesperado por dotar de un cuerpo político estable a la sociedad argentina, cuerpo que se situé en una dimensión (jurídica, inmaterial e incluso transideológica) intemporal que atempere los vaivenes del azar histórico. Pero dichos intentos siempre resultan fallidos, veamos que dice al respecto Tomas Eloy Martínez en relación a Eva Perón:

 

...parece que en la Argentina hubiera como una especie de instinto fatal de destrucción, de devoración de las propias entrañas. Una veneración de la muerte. La muerte no significa el pasado. Es el pasado congelado, no significa la resurrección de la memoria, representa solo la veneración del cuerpo del muerto. La veneración de ese residuo es una especie de ancla. Y por eso los argentinos somos incapaces de construirnos un futuro, puesto que estamos anclados en un cuerpo. La memoria es leve, no pesa. Pero el cuerpo sí. La Argentina es un cuerpo de mujer que está embalsamado[8].

 

En realidad, la Argentina es el recuerdo de lo que ese cuerpo sintió y dijo, recuerdo que no puede escindirse del cuerpo material porque no puede ser re-presentado o reformulado en el presente. La recurrencia a la muerte es, en todo caso, sintomática y excede incluso al cuerpo de Eva Perón siendo, de todas formas, la evidencia más paradigmática. Incluso en el mismo reportaje citado, T.E.Martínez menciona las elecciones a gobernador por la provincia de Tucumán en 1991. Cuando Palito Ortega perdía por cinco puntos contra Domingo Bussi, Carlos Menem viaja a Tucumán con los restos de Juan Bautista Alberdi para ofrendarlos a la provincia: es luego de este suceso que la balanza entre los dos contendientes electorales cambia a favor de Ortega. El itinerario de estos restos, son la última manifestación de un proceso de exhumaciones comenzado por Menem cuando decide expatriar los restos de Juan Manuel de Rosas que estaban en Southampton desde 1877. Por otra parte, la veneración de los restos de líderes políticos como Eva Perón no es intrínsecamente negativa. Según J.L. Barreiro Rivas, el culto al apóstol Santiago constituyó un fenómeno de “espacialización” política y cultural que conformó las bases de la Europa occidental moderna[9]. Durante los siglos medievales, en ausencia de un poder central, la peregrinación por el camino de Santiago conformó un espacio político y cultural independiente del “espacio estatal” propiamente dicho[10]. Sin embargo, en el caso argentino los cuerpos venerados son además odiados y quienes se trasladan no son los peregrinos sino los propios cuerpos que suscitan estos sentimientos disímiles. Por lo tanto, mientras el cuerpo inmaterial del rey en la Inglaterra victoriana sirve para constituir una ficción de estabilidad y las peregrinaciones seculares por el camino de Santiago constituyeron un espacio político europeo en los siglos medievales, el comportamiento político argentino con los restos de los líderes políticos o figuras de la historia política, parece evidenciar un síntoma de falta, de imposibilidad de construcción de una idea de nación que otorgue una perspectiva distinta y otra dinámica al sistema político argentino.      

 

 



[1] Utilizo el concepto de líder en una forma general haciendo referencia a presidentes, líderes carismáticos como Perón o Eva Perón, gobernadores al  estilo de Rosas, generales de las guerras de independencia al estilo de Lavalle, etc. 

[2] Ernst H. Kantorowicz. Los dos cuerpos del rey. Alianza Universidad. Madrid. 1985.

[3] Beatirz Sarlo realiza una comparación similar entre la ficción de los dos cuerpos del rey y “los dos cuerpos de Eva”centrada en la construcción de sus dos figuras corporales durante su vida pública en La pasión y la excepción. Edit. Siglo XXI. Bs.As. 2003. 

[4] Ernst.H. Kantorowicz. Op.cit. Páginas 24 y 25.

[5] Ernst. H. Kantorowicz. Op.cit. Páginas 31 y 32.

[6] Alicia Dujovne Ortiz. Eva Perón. La biografía. Edit Aguilar. Pág. 293. Subrayado nuestro. 

[7] Ernst.. H. Kantorowicz. Los dos cuerpos del rey. Alianza Universidad. 1985. Página 386.

[8] Tomas Eloy Martínez. Revista Noticias. 16/7/95.

[9] José Luis Barreiro Rivas. La Función Política de los Caminos de Peregrinación en la Europa Medieval. Estudio del Camino de Santiago. Tecnos. Madrid. 1997.

[10] José Luis Barreiro Rivas. Op.cit. Página 70.