Make your own free website on Tripod.com

Discutir el Municipio.

 Vicente Fidel López en la Asamblea Constituyente

provincial de 1871-1873.

Alberto Lettieri

alberto_lettieri@hotmail.com

Doctor en Historia (UBA)

Profesor Titular Regular de la Universidad de Buenos Aires

(Facultades de Filosofía y Letras y de Ciencias Sociales).

 

 

    En 1871 se reunió en Buenos Aires una Asamblea Constituyente provincial, con el objetivo declarado de modernizar la constitución bonaerense y adaptarla a las bases impuestas por la Carta fundamental de nuestro país. En la práctica, esta reunión de notables excedió con mucho ese propósito, ya que se discutieron en detalle cuestiones tan amplias como la naturaleza del poder político, las características del régimen político nacional o la probidad del sistema electoral vigente para garantizar la vigencia del régimen representativo. Pese a las diferencias entre las posiciones sustentadas, los constituyentes coincidieron en identificar al Municipio como la piedra de toque para la conformación de una sociedad moderna y emancipada, en consonancia con los principios liberales que regían por entonces el pensamiento político. 

Entre las contribuciones registradas se destacó la de Vicente Fidel López, reconocido intelectual porteño -cofundador del Salón Literario y miembro caracterizado de la Generación de 1837- que había caído en desgracia en la consideración pública porteña durante las décadas de 1850 y 1860 en virtud de su acercamiento a la figura de Urquiza, y que para inicios de los años 70 comenzaba a revertir esta situación. 

En este artículo estudiaré las consideraciones de López sobre el Municipio. Para ello, en primer lugar analizaré su crítica sobre el carácter inorgánico de la sociedad porteña (y argentina en general), al que juzgaba como causa de buena parte de los males que se padecían por entonces. A continuación, desarrollaré sus propuestas sobre la institución municipal, sobre la que depositaba grandes expectativas, considerándola una herramienta clave para la construcción de una sociedad moderna, libre y descentralizada. Finalmente, presentaré la conclusiones generales de mi trabajo.[1]  

 

 

1) La crítica de la sociedad inorgánica

En un punzante artículo en La Revista del Río de la Plata referido a la actualidad de la Asamblea Constituyente de la Provincia, Vicente F. López trazaba un  paralelo "sintomático" entre la arquitectura social y la arquitectura urbana de Buenos Aires: 

"Existe bien trazada la ciudad de arriba; pero esta ciudad no tiene desagues ni cloacas, ni administración higiénica para sus industrias. Lo mismo sucede con el organismo social. Tenemos la parte superior de la ciudad política, edificada en toda regla, y calcada sobre los patrones ingleses y norte-americanos; pero la parte inferior, el suelo en que se apoyan los Poderes Políticos se halla inorgánico, informe é inmundo, como el suelo en que se apoya la ciudad habitada; y de esa falta de un pueblo organizado que sirva de cimiento á un gobierno libre, resulta lo que resulta de nuestras calles, un caos de contradicciones: un  desequilibrio y un desnivel completo de corrientes morales y políticas."[2]

     Esta atención excluyente puesta en los sectores altos de la "ciudad política" y en la urbe porteña, habría tenido como correlato un "suelo" miserable e inorgánico, contradicción que constituía para López una explícita demostración de los desequilibrios políticos y morales que afectaban al cuerpo social. A su juicio, esto debía adjudicarse básicamente a dos razones: a) una interpretación inapropiada de Alexis de Tocqueville sobre la naturaleza y las características de la libertad sajona[3], que habría arrastrado en su error a sus  lectores locales, y b) el papel que las libertades públicas desempeñaron en la tradición española, y que en nuestro caso se habría heredado, profundizándose sus aspectos más censurables con el paso del tiempo.

 

a) Tocqueville y las libertades sajonas

"La gran verdad que Tocqueville reveló á la Francia -afirmaba López- no fue, como se cree, el valor político de la democracia. Él mismo no tuvo la conciencia clara de la forma política y científica que constituía la perfección de la libertad sajona. Se dejó alucinar por el grande hecho superficial de la democracia, y no tuvo bastante clara la percepción de lo que es un país orgánico y un país inorgánico."[4]

    Para López, en cambio, la experiencia histórica permitía demostrar con facilidad que la democracia constituía un producto histórico, resultante de la síntesis entre la libertad y la armonía de las partes que conformaban un pueblo orgánico:

"Toda la diferencia que hay entre un pueblo orgánico y un pueblo inorgánico, es que en el primero el individuo forma una entidad social que tiene el poder de declinarse y de conjugarse á sí propio como bien le parece, para hacer el propio discurso de su vida en medio de los discursos también declinados y conjugados de los demás individuos que viven y que hablan como él; mientras que en un pueblo inorgánico nadie declina y conjuga su ser ni su lengua, es decir, nadie mueve su interés y sus ideas, sino bajo el impulso material del poder."

Las sociedades más avanzadas, continuaba, ofrecían tres modelos paradigmáticos de gobierno, construídos a través de la interacción eficiente de las diversas partes de sus respectivos organismos sociales:

"Entre las Naciones de la historia moderna hay tres, que son en verdad los modelos mas acabados cuya imitación pueden proponerse los pueblos que  aspiran á ser constitucionalmente libres. La Inglaterra, la Suiza y los Estados-Unidos son los tres modelos de la historia moderna á  que aludo. En los dos primeros gobierna el debate y la Palabra; en el tercero gobierna el voto y el Número con admirable regularidad."[5]

Éstos tres ejemplos, en lugar de la interpretación de Tocqueville, eran los que, a su juicio, debían ser estudiados y discutidos por las jóvenes naciones al momento de afrontar sus propias empresas emancipatorias, ya que tanto permitían respetar el "carácter y genio peculiar" de un pueblo, como definir un horizonte común: el perfeccionamiento de las libertades que acompaña al progreso permanente de las sociedades humanas.

"Cada pueblo libre, ó que quiere serlo, tiene que estudiar esa triple resolución de los problemas prácticos del gobierno constitucional, para elegir aquella de las tres formas que asegure mejor la moralidad de las costumbres democráticas, la emancipación completa del individuo como factor de vida social, la descentralización de las localidades como patrias convergentes de la familia libre; y el triunfo de la palabra independiente y de la opinión publica en el gobierno inmediato y diario de los pueblos, para que ninguna influencia puramente personal, encasillada en una de las ramas del poder público, pueda  sustituir sus intereses y opiniones privadas, á lo discutido orgánicamente por el criterio público y común, haya sido sancionado en el debate de esa palabra libre aplicada á los intereses generales del país."

 

b) Las libertades públicas: las tradiciones inglesa y española

Según López, la segunda razón de la contradicción entre la organización que habría caracterizado a los niveles más altos de la ciudad política porteña y el suelo "miserable e inorgánico" sobre el que se asentaba, era producto del recorrido divergente que habían experimentado las libertades públicas en las sociedades española e inglesa. De este modo, en tanto las libertades inglesas

"han ido subiendo desde este terreno del común, por su propio movimiento, hasta poner el dominio de esos mismos principios en las regiones superiores del gobierno político. (En tanto) En la España, como entre nosotros, el movimiento se ha realizado en un sentido completamente inverso. En vez de que los principios constitucionales que las leyes habían consagrado en el gobierno de la Comuna municipal, ascendiesen hasta las esferas del poder político, son los vicios constitucionales del poder divino y despótico de los reyes los que han descendido, desde la cúspide política hasta centralizarlo todo en la persona concreta del magistrado monárquico ó del magistrado electivo."

Para López, esta condenable tendencia a la centralización administrativa y a la difusión de la corrupción, resultaba complementaria de un proceso de concentración del poder -económico, social y político- que en nuestro país habría impedido la conformación de un pueblo orgánico y la extensión de las libertades dentro del organismo social, contraponiéndose con las declaraciones de principios expresados en las normativas codificadas sancionadas hasta entonces. De esta contradicción surgía el "síntoma verdadero de la situación patológica de nuestro país", expresado en la convivencia inestable entre

"la niñez de nuestro organismo político, y la vejez de nuestro organismo social. De aquí resulta: que si bien nuestro movimiento administrativo ha salido realmente de los compromisos de la persecusión política, personal, reconociendo principios absolutos y  consagrados que no solamente están escritos en nuestras constituciones federales, sino que se hallan positivamente encarnados ya en nuestra organización social y civil, no ha salido todavía del favoritismo oligárquico."

En los inicios de la década de 1870, este "síntoma patológico" quedaba expuesto en toda su magnitud en las "resistencias latentes" que las "castas políticas que explotan el poder" en el interior oponían a las profundas transformaciones que la Nación y la provincia de Buenos Aires se manifestaban dispuestas a impulsar. La capacidad de las castas nativas del  interior para adaptarse a los cambios políticos y sociales que se registraban en el Litoral dejaban poco lugar para el optimismo:

"casi deberíamos creer -afirmaba con amargura- que las transformaciones yankees á que aspiramos son  contrarias á nuestro propio genio; y que ya en lo bueno á que aspiramos, ya en lo malo que deseamos mantener, aquellos propósitos son el efecto de una enfermedad orgánica que ha destruído el equilibrio del cuerpo social".

         

2) El Municipio: una propuesta descentralizadora

Las reflexiones de López le condujeron a menudo a preguntarse si en la Argentina sólo resultaba posible actuar bajo el "influjo del poder personal". Sin embargo, su conciencia de la solidez que caracterizaba a esa forma de ejercicio del poder no le impidió deslizar una atractiva propuesta de descentralización, esbozada a partir de aquél cuerpo intermediario que consideraba como la "institución que mas ha de contribuir al progreso del país"[6] y el único remedio aprobado por la experiencia histórica occidental capaz de sanar al organismo social: el Municipio.

López coincidía con un calificado segmento del pensamiento liberal de su época al considerar al Municipio como la institución mas cercana a la naturaleza social del ser humano, el ámbito donde "todos vivimos en perfecta igualdad". Si bien imaginaba un Municipio  descentralizado, no recomendaba una disociación anárquica entre sus órganos, sino la creación de una serie de vasos comunicantes que permitieran impulsar una acción orgánica, que favoreciese asimismo una articulación apropiada de todo el tejido social. Para López, al municipio constituía el nervio de cualquier pueblo orgánico, ya que en tanto permitía integrar en sentido ascendente las libertades e intereses sociales, posibilitaba la práctica cotidiana del desarrollo progresivo de los cuerpos intermediarios indispensables para dar vida al gobierno libre.

La propuesta de López, detallada en sus intervenciones en la Asamblea Constituyente de la provincia de 1871-1873, confrontaba con el modelo de centralización sostenido con énfasis por Antonio Malaver. Esta última alternativa era considerada por López como un remedo retrógrado del Cabildo colonial, "una organización central puesta en un solo lugar del país para gobernarlo todo entero en  sus intereses locales. Esto se comprendía en la Colonia, pero no se comprende en una ciudad populosa y libre." La centralización, agregaba, no sólo respondía a un principio reaccionario sino que  también privilegiaba una concepción política de la naturaleza del municipio -la dimensión de la comuna-, que apostaba a formar "una especie de republiqueta que no está en armonía con los intereses que corresponden á cada uno de los barrios en que la ciudad se divide."

Para López, esta forma de organización centralizada de la vida política resultaba instrumental para gobernar a un pueblo inorgánico y atrasado, garantizando la reproducción indefinida de esa triste condición, y no se diferenciaba en absoluto de la matriz adoptada por el Ejecutivo nacional y sus similares provinciales, caracterizados por el personalismo y la ausencia de cuerpos intermediarios. A la postre, todos ellos respondían a una misma concepción de organización del poder en perjuicio de la sociedad:

"Precisamente los graves disturbios, las complicaciones y los desastres que ha sufrido la Municipalidad de Buenos Aires -aseveraba-, vienen de ahí; vienen de que está tan centralizada que no puede representar los intereses de las localidades que son demasiados vastas para que puedan caer en el gobierno de un solo cuerpo."

Por el contrario, aseveraba que cualquier buena administración debían ser el resultado de una adecuada organización de la sociedad, capaz de expresar las necesidades y modo de ser de un pueblo orgánico, y de elaborar los canales apropiados para debatir, transmitir y resolver sus demandas. Para ello, la descentralización constituía la herramienta maestra para impulsar la vida local, distribuyendo sus consecuencias benéficas por todo el cuerpo social.

"¿Qué es la Municipalidad de una ciudad?-se preguntaba-. ¿Es acaso un todo indivisible? No, señor; el municipio se compone de partes vivas que se llaman individuos, que se llaman intereses locales, que están desparramados por toda la localidad, que constituyen el municipio con la misma vitalidad y con los mismos derechos, tanto en el extremo como en el centro."

Para López, estos intereses y particularidades permitían dar vida a verdaderos centros de vida común, los que que deberían ser articulados en sentido ascendente -es decir, en el sentido de las libertades inglesas- en un organismo central aplicado a satisfacer el interés general a partir de la representación equitativa de sus fracciones:

"Es necesario, pues, ver cuáles son las fracciones vitales que contiene el municipio y que cada una de esas fracciones ó centros de  vida formen un centro de vida también, y de cada uno de estos centros de vida salgan los agentes electores que deben representarlos en la Municipalidad central." La"ley constituirá la Municipalidad de Buenos Aires -exige López-, de manera que cada parte de las que contiene la ciudad esté representada por un Cuerpo Municipal, para que de cada uno de esos cuerpos municipales salgan los delegados que han de constituir el Cuerpo Central, que es en donde se ha de tener en cuenta todo lo que es de interés general."[7]

Esta descentralización requería como condición indispensable una profunda transformación institucional, que permitiese reducir la extrema politización que experimentaba por entonces la Municipalidad, en favor de los intereses de los vecinos.

"Así es que el único que puede quitarle esa personalidad política á la Municipalidad es reducirla á municipios. Este es el sistema moderno de organizar á la Municipalidad á fin de que en cada barrio y en cada lugar haya una  especie de republiqueta limitada á los intereses de barrios, como los intereses de circunscriptos para elevarse á una potencia, resulta que tienen un verdero interés de los asuntos que corresponden á ese Municipio, sin que las  opiniones políticas los dividan."

Los beneficios que extraía de esta articulación orgánica de la Municipalidad a partir de la experiencia histórica eran enormes, sobre todo en lo referido a la difusión de costumbres democráticas, la calidad y el abaratamiento de los servicios (alumbrado, educación, transporte, etc.), el goce de las libertades modernas, etc. Por esta razón, aún cuando López aceptaba que la satisfacción de los intereses generales debería quedar, en última instancia, a cargo del cuerpo central, recomendaba optar, siempre que fuese posible, por la designación de comisiones barriales, escogidas por los propios vecinos, en detrimento de las nombradas por la Municipalidad, ya que de ese modo se fortalecerían los controles y se garantizaría una mejor calidad de los servicios. Si "se tratara de un barrio -ejemplificaba-, entonces yo tengo un municipal que es agente de mis intereses en el mismo barrio,  ese municipal sabe qué clase de intereses represento y (además) que tengo derecho de exigirle cuenta sobre todos los servicios, porque para eso es que se le ha nombrado municipal: para que atienda á los intereses propios del barrio."

López cerraba la exposición de su modelo pautando estrictamente los requisitos que debían satisfacer los municipales, ya que juzgaba que se trataba de un cargo de mayor responsabilidad que cualquier otro. De este modo, si bien proponía la fijación de una edad mínima alta, ya que "22 años (según lo dispuesto en el proyecto que se debatía en la Asamblea Constituyente) puede ser apto para desempeñar cualquier cargo público, hasta el de Ministro de Estado, (pero) no es á propósito para ser Municipal, porque un Municipal requiere otras condiciones de vida más modesta, más apropiada, para que tenga un conocimiento exacto de los intereses materiales, cuyo Gobierno ha de estar á su cargo", subrayaba que la cuestión de fondo radicaba en la condición civil, la moralidad y la experiencia de los representantes: "¿Quién representa mas directamente los  intereses de los barrios? -se preguntaba- Son los padres de familia. Si no queremos decir que son elegibles los padres de familia, porque en efecto la designación podría tener inconvenientes, es necesario que pongamos tales condiciones, que en el fondo venga á decir la misma cosa, á fin de que sólo puedan llenar esa misión aquellos hombres que, por su edad y por la posición que tengan en la sociedad, sean capaces de desempeñar los deberes que les impone ese puesto."

 Esta afirmación resultaba de considerar a los padres de familia como los mas aptos para afrontar exitosamente dos nuevas y decisivas responsabilidades que se agregaban a las ya expuestas, y que a su juicio deberían ligarse estrechamente con la acción municipal: la religiosa y la enseñanza primaria. En cuanto a la primera, señalaba que:

"El movimiento religioso debiera ser por esto en todo país libre un fenómeno social enteramente ageno al movimiento político. Sus procederes y su fomento pertenecen de derecho pleno á la acción doméstica del padre de familia: á la acción municipal en donde todos esos padres son soberanos en el orden de cosas que allí les compete; y si así fuera, mancomunada la religión con el espíritu moral y civilizador del pueblo, y mancomunado el pueblo, por su propio y espontáneo movimiento, con la moral y con el espíritu evangélico de la religión crisitiana, la competencia moral y evangelizante del sacerdocio, y sobre todo de los párrocos, unida así al movimiento popular de las inteligencias y de las conciencias, haría de la religión y del país una misma cosa; y darían por resultado de la obra de un mismo progreso, de una misma regeneración."  

Su posición sobre la educación guardaba estricta fidelidad con las posiciones expuestas hasta aqui:

"Yo no veo por qué se han de atribuir las Cámaras Legislativas el derecho de imponer reglas, de imponer sistemas determinados, ó de fijar límites ó atribuciones á la educación primaria que nace de los municipios ó parroquias. Si las parroquias no son religiosas, pueden querer que sea consagrado el principio de la mas completa libertad en materia de religión, es decir cuando la educación nace de la iniciativa particular de los municipios. Que se diga que la educación costeada con las rentas del tesoro pueda ser  reglamentada, se comprende y es justo, pero que se diga que la educación municipal y religiosa ha de estar regida por una ley, parece que es contra todos los principios de los pueblos libres, porque así como debemos esperar  que los bienes propios sean gobernados por sus dueños, que son los vecinos, debemos aspirar  también á que la educación de sus hijos, que es el principal interés de la reunión que se llama vecindario, esté regida por la única ley soberana que aquél pueblo tiene, que es la voluntad de reunión de los individuos en su municipio."

 

Conclusión: la Ley Municipal y las expectativas de una sociedad orgánica

     Las posiciones de López sobre la cuestión municipal recibieron un amplio consenso dentro de la Asamblea Constituyente Provincial. Un rápido repaso permite constatar la creación de consejos de barrio electivos para cada una de las catorce parroquia, la organización de un Consejo Central compuesto por delegados parroquiales que tendría a su cargo los asuntos generales del municipio, la fijación del requisito de una edad mínima para los municipales de 30 años; la previsión de ciertas instancias de control, como por ejemplo las comisiones de propietarios que debían fiscalizar las obras públicas a realizar por el municipio ó la posibilidad de destitución de los miembros de los cuerpos municipales por mala conducta o despilfarro a solicitud de los vecinos; la asignación de la administración de las escuelas comunes a consejos electivos de vecinos; etc., iniciativas que se correspondían fielmente con  sus postulados. Asímismo, aún cuando sus consideraciones sobre la cuestión religiosa ó bien sobre la injerencia oficial en el diseño de los programas educativos no consiguieron prosperar, otros aspectos de importancia, como por ejemplo la previsión de nuevas subdivisiones parroquiales, a medida que así lo aconsejara el desarrollo material y poblacional de la ciudad, fueron incluídas en el texto definitivo.

 Sin embargo, la alternativa descentralizadora encontró graves dificultades para desarrollarse en un contexto de profundo cambio social y económico. En efecto, la aceleración de la expansión económico-social, con su caudal siempre creciente de inmigración cosmopolita masiva y su sujeción a los flujos potencialmente inestables de la economía internacional, fue acompañada de un giro drástico que privilegió una organización más centralizada, capaz de acelerar la adopción de políticas efectivas de control social. En vistas del sesgo definido que adoptaba  este proceso, las intervenciones posteriores de López a los largo de las décadas de 1870 y 1880 apuntaron fundamentalmente a proponer correctivos y límites ante el avance acentuado del proceso de centralización administrativa sobre una sociedad cada vez más inorgánica y escindida, a consecuencia de los cambios que supuso el proceso de modernización y renovación demográfica.

 



[1] Para un estudio detallado sobre el pensamiento de López, véase: LETTIERI, Alberto: Vicente Fidel López. La construcción histórico-política de un liberalismo conservador, Buenos Aires, Biblos, 1995.

[2] LÓPEZ, Vicente F.: "Fisonomía del mes", en: La Revista del Ríio de la Plata, Buenos Aires, 1871.

[3] TOCQUEVILLE,  Alexis de: La democracia en América, Alianza, Madrid, 1982, 2 vols.

[4] LÓPEZ, Vicente F.: "Lenguística y política orgánica", en: La Revista del Ríio de la Plata, Buenos Aires, 1871.

[5] LÓPEZ, Vicente F.: "De la  naturaleza del poder político", en: La Revista del Ríio de la Plata, Buenos Aires, 1871.

[6] En: ASAMBLEA CONSTITUYENTE PROVINCIAL: Debates de la Convención Constituyente Provincial, 1870-1873, 30 de abril de 1873.

[7] id. La descentralización postulada por López proponía anticiparse en lo posible al progreso material y social de la Provincia, a fin de favorecer un funcionamiento mas apropiado del organismo social: "Si tenemos la fortuna de que el país prospere, ¿qué van á tardar Flores, Barracas y Belgrano para estar á la altura de la ciudad de Buenos Aires y constituir una nueva ciudad? ¿No estamos viendo los tranways, que son un servicio municipal, uniendo estos extremos? ¿Por qué no tomamos por base la Municipalidad de Buenos Aires para dividirla en cuatro, seis ú ocho distritos que respondan á estudios topográficos y á las condiciones particulares de cada barrio?". id, 23 de abril de 1873