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Cristian.Varela@Vaneduc.edu.ar

 Cristián Varela

 

 

La institución argentina

La república inconstituida

Distancia

 

En Alberdi, más que en ningún otro autor de la época, se trata de la institución de la sociedad argentina, de su constitución. Al igual que Sarmiento, considera que el desierto representa el principal impedimento para ese propósito, en tanto su extensión debilita el vínculo social. Este debilitamiento se produce por efecto de la distancia y del aislamiento, pues ambos retraen lo público hacia lo individual y deshacen la unidad en particularidades. Distancia y aislamiento llevan a que el gobernador de provincias devenga en mariscal, que la ley se degrade en personalismo y que la organización administrativa se relaje en formas imperfectas. Alberdi afirma que “la distancia (...) suple a la fuerza” que hace a la cohesión social En su idea la distancia física adquiere, respecto de la institución, el valor de un vector sustantivo que va en el sentido de la disolución; opera como una fuerza de las cosas que atenta contra las fuerzas sociales de la institución, actuando de manera centrífuga e impidiendo la concentración que la institución requiere; antes que la política, es la distancia la que conspira contra la unidad institucional. A la dimensión material, extensa, de la institución, Alberdi le otorga un valor anterior al de la dimensión ideológica: lo que atenta contra la unidad, contra la constitución unitaria, no son las diferencias políticas, no es el despotismo del caudillo, sino el desierto que en su extensión desliga el lazo social. “El enemigo de la unidad pura no es Juan Manuel de Rosas sino el espacio en que se deslíe el puñadito de nuestra población” (B:117)[1].

 

Existe el poder del político y existe el poder de las cosas. El primero se puede vencer por medio de la lucha –militar o política–, no así “el poder creado por el estado de las cosas, que existe invencible al favor de la distancia” (B:188). No caben dudas respecto del orden de importancia que poseen estas dos formas distintas de fuerzas, pues si las diferencias entre los intereses particulares de cada provincia impiden la unidad institucional, esas diferencias son segundas respecto de la distancia: el localismo y el caudillismo son  producto del aislamiento, antes que causa. La naturaleza del mal que preocupa a Sarmiento –el desierto–, encuentra en Alberdi una explicación material que puede resumirse en la formula: la distancia impide la institución. Pero menos fatalista, Alberdi, como se verá, imagina la solución a través de la misma institución, la cual  tendrá como tarea a darse el cambio de esa geografía.

 

Implicación

 

Entonces, para Alberdi el desierto es menos una realidad geográfica que un problema demográfico. Si la llanura importa como fenómeno espacial es por el efecto social que produce. La distancia material le interesa por la distancia social en la que deriva. Así, el desierto es ante todo desierto de población, tendrá  habitantes, pero no pueblo. Esta preocupación suya es consecuente con un problema común a la filosofía política del siglo XIX, época en la que emerge una nueva concepción del poder como producto de un desplazamiento en el eje de la soberanía: ya no se trata tanto de gobernar territorios, sino poblaciones. Tal como plantea Foucault “...aquello a que se refiere el gobierno no es el territorio sino un complejo constituido por los hombres y las cosas (...), los hombres en sus relaciones con los usos, las costumbres, los modos de hacer o de pensar, etc.” [2]. Junto con este corrimiento del objeto de gobierno se inaugura un sentido nuevo para la institución política. Dentro de esta innovación hay un aspecto a destacar que recorre lado a lado el texto de las Bases, es el de la ley no ya como instrumento de coerción sino como herramienta de progreso; no como restricción del campo de posibilidades, sino como su apertura estratégicamente orientada.

 

Es en esta filosofía donde se apoya su fórmula “gobernar es poblar”, que por otro lado viene a ser la inversión de la doctrina malthusiana sobre el control de la natalidad, doctrina con la cual Alberdi compara la suya. Si en la idea de Malthus hay que reducir la familia porque el crecimiento poblacional lleva a la crisis del sistema, en la doctrina de Alberdi la escasez de gentes impide que éste se ponga en funcionamiento. El sistema institucional requiere de una masa crítica para existir y funcionar. Por encima del punto crítico el sistema estalla (Malthus,) por debajo no funge (Alberdi). Aunque sus fórmulas respectivas se opongan, ambas se realizan mediante la ecuación entre los mismos términos de masa e institución.

 

La preocupación decimonónica por la masa poblacional se debe que ella es la substancia de la institución moderna. En este sentido la masa resulta ser la contrapartida de la distancia. Si ésta última es aislamiento, la masa es implicación; si la primera desliga el lazo social, la segunda lo implica de hecho. La masa es la substancia de la institución porque ésta la institución requiere, primero para existir,  luego como objeto a trabajar. De modo que si carece de ella –lo cual sería una rareza– o si la posee en número insuficiente, a la institución no le queda otro camino que desarrollarla para luego, en un segundo paso, formarla. Desarrollo en el sentido demográfico y formación en el sentido democrático. El hecho paradójico que viene a señalar Alberdi es que en el caso argentino aquélla rareza se dio: la institución se anticipó a la masa, se intentó realizarla sin ella, pues la democracia se declaró primero en el puerto y luego se predicó en el desierto. De este desfasaje deriva el problema de la Argentina, a la que califica de nación “inconstituida” porque se deshace en “territorios inexplotados, extensísimos, destituidos de población” (B:118).

 

Insuficiencia institucional

 

La anterioridad lógica de la masa respecto de la institución –que  es también la anterioridad de la cantidad respecto de la idea, así como del número respecto de la calidad– mal puede ser alterada. Esto se refleja claro en su fórmula: sin pueblo no hay gobierno; fórmula que significa que sin unidad no hay república, que sin masa no hay institución.  Invertir los términos, instituir sin población, es un sinsentido; es el sinsentido de la Argentina inconstituida como república, “inconstituida nada más que por falta de población”, hecha en las palabras antes que en las cosas, “apellidada Estado antes de tiempo”. Es por estas razones que sostiene que, ya que existen, “los gobiernos americanos como institución (...) no tienen otra misión seria, por ahora, que la de formar y desenvolver la población de los territorios a su mando” (B:197–198). El pecado original de la Argentina es haberse dado un nombre que miente una realidad, se denomina república cuando carece aun de cosa pública, de unidad de objeto de gobierno. Ese nombre anticipa una unidad que no es real y a la vez carece, el nombre, del poder que se requiere para realizar dicha unidad. La tarea que entonces Alberdi se da como publicista consiste en poner las cosas en su lugar, resolviendo por vía del instrumento institucional la inversión operada por el hecho histórico. Concibe así a la constitución como política habitacional del suelo argentino.

 

El publicista es el institucionalista del Siglo XIX, es el especialista llamado –por encargo o vocación– a organizar la cosa pública. Si su tarea es política, antes que movida por la pasión de partido debe ser producto del análisis metódico. Con este espíritu Alberdi analiza el problema de la institución, al tiempo que establece su diferencia con el apasionado Sarmiento. Al planteo de la cuestión de la cantidad –espacio y número– le sigue el problema de la calidad. En este sentido establece una ecuación directa entre densidad de la masa y calidad de la institución. La densidad insuficiente determina una calidad insuficiente. La institución suficiente es la institución cívica, la insuficiente es la que no alcanza el estatuto republicano por carecer de la complejidad que supone la división y delegación de poderes, quedando por ello en el estadio indiferenciado de la masa anárquica o en el estadio primario de la masa organizada en torno del líder. El caudillismo, como organización, resulta insuficiente en la medida en que le caben las palabras del joven La Boetie: el caudillo nunca podrá ser algo bueno si tiene el poder de ser malo cuando quiera[3]; el personalismo no es institución porque su temporalidad no excede la dimensión individual. Uno de los efectos que produce la institución es la especialización del tiempo, lo vuelve recorrible en la medida en que vincula el pasado con el presente y el futuro; la institución le permite al hombre construir el presente proyectando el pasado sobre el futuro; pero si ese tiempo es el tiempo del otro, del caudillo, tal construcción fracasa. Ahora bien, si la relación entre la institución y el tiempo resulta conocida (“la institución vence al tiempo”), su relación con el espacio no lo es tanto. Esta relación es la que Alberdi expresa cuando remite el personalismo, en tanto degradación de la ley, a un efecto del espacio: “la inmensa distancia ofrece medios de impunidad” (Estudios...: 90)[4]. Esta misma idea sobre el efecto antinstitucional que produce el espacio se encuentra presente en la novela de Conrad, Viaje al corazón de las tinieblas[5].

 

Pero no se trata para Alberdi de la ausencia de toda institución en el desierto, sino de la factibilidad de determinada institución. Donde su concepción supera la de Sarmiento es que mientras éste barbariza el llano negándole toda institución posible, Alberdi le reconoce instituciones de hecho, que son siempre anteriores a las de derecho. Las considera insuficientes, pero no las barbariza. En rigor de verdad, Sarmiento también conoce las instituciones criollas; en más de una oportunidad plantea que lo que el desierto produce son instituciones despóticas, hispánicas, bárbaras. Pero al tiempo que las conoce, las desconoce, en el sentido de no otorgarles reconocimiento, denegando, no viendo lo que no desea ver. En el desierto que resulta la geografía argentina, fomento del localismo, el caudillismo y el individualismo, la institución imposible, ausente, es la institución unitaria. Sarmiento intenta solucionar esa falta por vía de la importación y el transplante de instituciones foráneas. Alberdi le responde que “el principio de esa insuficiencia es la aptitud insuficiente de nuestro pueblo, el mismo que hará insuficiente todas las instituciones que queráis darle” (E:  63).

 

 Gauchos

 

No escapa a Alberdi que la cultura del habitante de la llanura no se condice con las ideas que se sustentan en las nuevas instituciones de la democracia. Al igual que Sarmiento, sabe que la naturaleza del gaucho es resultado de la naturaleza que habita, porque “el suelo prohíja a los hombres, los arrastra,  se los asimila, los hace suyos” (B: 85). Quien se hace en el desierto, se hace sin límites. El ámbito se transduce en ambición. Si el gaucho es independiente es porque habita la pampa, que es sola y extensa. Esa natural independencia suya fue el factor que posibilitó la independencia de España, pero resulta un obstáculo a la hora del desarrollo de nuevas instituciones. También se trata en Alberdi del medio vuelto modo, de la naturaleza hecha carne. Aunque con espíritu más metódico, concluye en un diagnóstico similar al de Sarmiento: este suelo hizo a estos hombres y ni uno ni otros son aptos para instituir la paz y el progreso.

 

Pero mientras Sarmiento concibe a la institución como una suerte de fortín de avanzada de la civilización sobre la barbarie, Alberdi la entiende como un instrumento metódico de cambio. Esto significa que la herramienta debe adaptarse al objeto –la institución a la realidad– y no a la inversa. De manera que de las bases sobre las que la institución se asienta, la primera a considerar es el suelo, pues  todo pueblo se constituye de manera singular con arreglo a la geografía que habita: “Las especialidades provinciales derivan del suelo y clima, de las que siguen el carácter, acento, hábitos, productos de industria y comercio”. Esto significa que antes de toda constitución escrita, los pueblos poseen una constitución natural, fisonómica: “No hay pueblo, por el sólo hecho de existir que no sea susceptible de alguna constitución. Su existencia misma supone en él una constitución normal o natural, que lo hace ser y llamarse pueblo, y no horda o tribu” (B: 100, 175).  Alberdi no es antropólogo en el sentido moderno del término, porque todavía no ha llegado Malinowsky para demostrar que también la tribu posee su propia Carta, aunque no la tenga en forma escrita. Lo indígena significa para él la otredad, el más allá de la zanja de la civilización, la verdadera barbarie. Pero eso constituye un pasado que por entonces ya había sido en gran parte solucionado, primero por la conquista y colonización hispánica, luego por la conquista del desierto –que aún debía finalizar y al que todavía faltaba colonizar.

 

Por eso es que no suscribe la antinomia planteada por Sarmiento, no se trata para él de la contradicción entre la ciudad y el campo. Civilización o barbarie le resulta una consigna romántica exhumada de libros antiguos que no responde al problema argentino porque la campaña no es bárbara sino desierta. La contradicción que le preocupa es la que diferencia entre dos ciudades instituidas en tiempos (ritmos) distintos: la ciudad hispánica del interior y la ciudad cosmopolita del litoral. Esta última es la ciudad puerto, abierta a la Europa actual, la que por estar más cerca de ella resultó permeable a sus nuevas instituciones. En el puerto la distancia con las nuevas ideas es menor, la implicación es mayor y por eso la ciudad se ha renovado. Por oposición, la ciudad mediterránea es conservadora, guarda un aquilatado desarrollo institucional forjado durante siglos de presencia hispánica. Ahí, la universidad, el monasterio, la administración..., operan como sistema reproductor y conservador de tradiciones. La vieja España anida en el interior del país al abrigo de la distancia.

 

Por su parte el campo no es la barbarie, no es la ausencia radical de institución –lo no institucional– porque su habitante ya no es aquel indio excluido de la civilización, sino el gaucho que en su aislamiento guarda bajo el modo de la costumbre la institución hispánica. Aunque en forma reducida, desvirtuada, isolada,  el gaucho  supone una institución que resulta consonante con la ciudad mediterránea. Viene a ser una molécula de la institución hispánica que orbita aislada, yerra, en la inmensidad de la llanura. El gaucho es esa institución aunque degradada por efecto del aislamiento, transformada en virtud de la necesaria adaptación al medio, naturalizada, hecha suya por ese suelo. Por eso, en lo que conserva de su origen, el gaucho es el aliado natural del caudillo devenido gobernador o del gobernador devenido caudillo.

 

La constitución natural

 

Se observa con facilidad que en materia jurídica Alberdi sustenta una posición realista antes que nominalista: sabe que las palabras no alteran las cosas, que la ley no modifica la realidad. Sin embargo, no vacila en recurrir a los argumentos del derecho divino en abono de su doctrina materialista: “Dios da a cada pueblo su constitución o manera de ser, tal como se la da a cada hombre”.  Pero el dios al que se refiere está lejos de ser trascendente, considera que aludirlo como supremo legislador de la nación, fórmula a menudo empleada por las constituciones, debe entenderse “no en sentido místico, sino en su profundo sentido político” (B: 95). Alberdi hace de dios naturaleza y de la naturaleza sobredeterminación del lazo social, ya que es ella la que provee las bases sobre las que se organiza un pueblo. Así, plantea que entre las disposiciones que un pueblo recibe están ante todo el suelo, el clima, la raza... Estos atributos pertenecen al orden de las cosas materiales y de ellos se deriva luego, como consecuencia, el espíritu de ese pueblo; por ejemplo, en el caso de la Constitución de Montevideo, afirma que “el buen espíritu de progreso, reside más que en la constitución, en el modo de ser de las cosas y de su población, en la disposición geográfica de su suelo” (B: 39).

 

La constitución física de un país supone un orden determinado, una ley que resulta anterior a la ley escrita. La constitución escrita debe decir la constitución natural, no contradecirla, “ha de ser expresión de la constitución real, natural y posible”  (B: 101). Las palabras mal pueden ordenar a las cosas imponiéndoles un orden que no les pertenece, no es la ley escrita la que determina la organización de un pueblo, sino a la inversa. El problema de las constituciones anteriores a la que se inaugura con las Bases es que intentaron organizar realidades siguiendo ideas y no hechos. “América se dio la república por ley de gobierno, cuando ésta es en realidad una verdad práctica del suelo” (B: 55).

 

Así como la distancia física impide el desarrollo de la institución cívica, la implicación física, geográfica, del hombre con su medio, determina el desarrollo de cierta institución y no de otra. La determinada por la geografía argentina resulta insuficiente, problema que no se resuelve imponiendo nuevas instituciones, pues a poco o mucho andar resultarán absorbidas por ese suelo, se volverán criollas, terminarán como el título de juez de paz o la jineta de comisario bajo el poncho del gaucho malo. Alberdi sabe que la institución no reside en las fórmulas sino en las prácticas, y que el fracaso comienza cuando se la echar a andar sobre los hombros de subjetividades instituidas en orden a otros regímenes. El problema de lo que denomina insuficiencia institucional se resuelve utilizando la institución como instrumento para transformar las condiciones materiales que determinan esa insuficiencia. Aunque esas condiciones no se reducen a la materialidad física.

 

Historia

 

Sobre la determinación material que dicta la naturaleza, Alberdi agrega en un continuum sin solución, como factor también a considerar, el peso de lo ya instituido. A las providencias divinas (naturales) que recibe un pueblo, agrega, además del suelo, el clima, etc., “los pobladores en número y condición, las instituciones anteriores y los hechos de la historia”. Los hechos constituyen un decantado de la historia que se resumen y sedimentan sobre la geografía. Negar su realidad posee el mismo estatuto que negar la realidad de la naturaleza. Lo acontecido como historia tiene el peso de una ley que reside en “la sanción de los siglos” (B: 95-97).

 

Sobre la materialidad del suelo se asienta entonces la materialidad de la historia. Este agregado de lo hecho por el tiempo humano a lo hecho por el tiempo celeste, se sustenta en Alberdi mediante argumentos historicistas, que por otro lado son de uso frecuente en la época. Por ejemplo, en el mismo  Rivadavia que aunque luego se encargará de contradecirse, critica en su discurso de asunción en 1826 la ilusión del legislador que “pretende que su talento y voluntad pueden mudar la naturaleza de las cosas”[6]. En la vereda política opuesta, también Zuviría, presidente del Congreso Constituyente de Santa Fe, considera que “las instituciones no son sino las fórmulas de las costumbres públicas”, por lo tanto, la ciencia del legislador no está en conocer los principios jurídicos sino en combinarlos con la naturaleza y con las peculiaridades del país donde se han de aplicar. En su opinión, que es la del bando federal, la elaboración de una constitución no se realiza en la mente del legislador sino que debe buscarse en los hábitos, costumbres y opiniones del pueblo[7].

 

A la institución la determinan los hechos físicos e históricos, por lo tanto para cambiarla se requiere modificar las condiciones que las producen, lo cual requiere de lucidez y método. Al mismo tiempo, el instrumento para el cambio es también la institución. Dicho en otros términos, es la institución la que se cambia, cambiando las condiciones que la determinan. Como se vio, la determinante física en el caso de la institución argentina –la Argentina como institución– se modifica por medio de la población del desierto, apelando para ello, mediante instrumentos legales aptos, a “todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo argentino”. Pues si el suelo hace a la institución, también la institución puede hacer el suelo, por ejemplo modificándolo mediante la agricultura, a la que Hegel bien considera una institución primaria. A la vez, así se modifica también la organización social, pues con la agricultura surge como unidad productiva la familia (extensa), la otra institución primaria según Hegel.

 

Por su parte, la determinación histórica se corrige mediante la corrección del sujeto que la hace. No se trata entonces de darle al sujeto social nuevas instituciones, sino de instituirlo, instruirlo. Pero, como se verá, no mediante la instrucción escolar impulsada por Sarmiento, sino con la educación práctica en el sentido que le dará Alberdi. Esta diferencia constituye el eje de una polémica entre ambos autores, donde a la vez se exponen de manera clara dos concepciones distintas de la institución.

 

Instruir o Educar

 

Cuando Sarmiento critica el carácter insuficiente de las instituciones provinciales y reclama un mejor diseño de las organizaciones legislativas, Alberdi le responde que las formas artificiales no pueden alterar los hechos reales, porque como se vio, las carencias institucionales son producto de las carencias sociales, tanto demográficas como democráticas. No tiene sentido mejorar las formas producidas si no se modifican las fuerzas que las producen. La democracia,  por más perfecta que en sí sea, no deja de ser una imperfección cuando se considera la distancia simbólica que mantiene con la realidad donde se la quiere aplicar. Altura –como denomina Alberdi a esta distancia– que sólo puede salvarse “elevando nuestros pueblos a la forma de gobierno que nos ha impuesto la necesidad; en darles la aptitud que les falta para ser republicanos” (B: 57). Esto se logra mediante la educación, pero no sembrando aulas en el desierto, pues “no hay escuelas primarias para enseñar a los pueblos a ser libres”. Ya se sabe el destino que corren las instituciones de la ciudad cuando se las apropia la campaña.

 

La única solución sensata –sostiene–  consiste en mejorar la calidad de la población mediante la educación, sólo posible, claro, luego de desarrollar la cantidad de la población. Ahora bien, no se trata simplemente de establecer la educación gratuita, que ya “en la Argentina es institución de siglos”, le contesta a Sarmiento; esto, que no constituye una novedad, tampoco es una solución. Aunque aquella instrucción estaba al servicio de reproducir lo ya dado, educando al pueblo “en el pupilaje y la obediencia ciega de virreyes investidos de facultades omnímodas...” (E: 61, 68), el obstáculo principal es que se trata de una instrucción académica, hecha de palabras, basada en la escritura, que si no es mala en sí misma, resulta inadecuada como herramienta para el objeto que ahora preocupa. Más aún, el esfuerzo puesto en redoblar la instrucción pública, hasta pude ir  en el sentido de duplicar el mal, pues con ella se corre el riesgo de pasar de una cultura iletrada a una ilustración inculta: “el hombre del pueblo aprendió a leer para verse ingerido como instrumento de la política”. No es que Alberdi vaya en contra de esa enseñanza, pero considera iluso suponer que con ella se arregla el problema: “no debe negarse, pero es impotente para transformar las cosas”.

 

A la manera del fármaco que al no curar envicia, la ilustración que no modifica la realidad crea otra realidad ficticia; la instrucción inadecuada no sólo no cambia lo que hay que cambiar, sino que agranda el mal cuando no crea uno nuevo. Al referirse a la educación superior, agrega que “nuestros institutos y universidades son fabricas de charlatanes con presunción titulada” y en este sentido ubica a Sarmiento en línea con Rivadavia, quien “prefería las ciencias morales y filosóficas a las ciencias practicas y de aplicación” (B., 59, 60). Alberdi preveía los problemas de organización que derivan de la inflación de la incultura y la creación de ficciones: el desierto argentino se pobló pero de espejismos. 

 

Por eso es que establece una distinción clara entre educación e instrucción. La primera pertenece al orden de las cosas y se da de manera espontánea, la segunda corresponde al orden de las palabras y supone una fabricación. Es fácil imaginar a cual de las alternativas de enseñanza apuesta el publicista realista, materialista. Pero sería malintencionado, cuando no un sinsentido, colocar al escritor tucumano en posición contraria a las letras, pues lo que hace no es enunciar un juicio de valor sobre ellas, no condena la ilustración, sino que –nuevamente– establece un orden de prioridades. La instrucción letrada no puede anticiparse a la educación práctica, pues hacerlo trae aparejado la generación de sabiduría inútil. El desarrollo espiritual es producto del desarrollo material, la cantidad antecede a la calidad, la cosa a la idea. En rigor de verdad no se trata de entidades distintas, materia y espíritu, sino de momentos distintos de una misma realidad. Contra lo que nos previene es contra la inversión de la secuencia temporal.

 

Quien enseña transmite lo que es, por eso la instrucción no debe quedar en manos de religiosos si lo que se quiere es formar ciudadanos prácticos e industriosos. Para eso Alberdi propone una fórmula que en un solo gesto pueda solucionar el crecimiento tanto cuantitativo como cualitativo de la población. Consiste en la inmigración de colonos con costumbres de progreso ya desarrolladas. Al igual que Sarmiento, su propuesta pasa por la importación de instituciones y su implantación en el desierto, pero con una concepción más amplia y a la vez profunda de la institución, más sutil se diría, pues entiende  que antes que en la ley escrita, la institución está en las cosas, en las prácticas, en los hábitos y costumbres. Así como el gaucho implica una determinada institución donde se reconoce la herencia histórica (España) y la distancia geográfica (la llanura), el inmigrante anglosajón implica las suyas: industria y parlamento. La apuesta de Alberdi apunta a que del encuentro natural entre ambas resulte el cambio de la gente sin requerir el cambio de la raza, y así lograr mejora del gobierno mediante la mejora de los gobernados, lo cual significa la transformación de la institución mediante la transformación de sus actores (B: 57, 77).

 

Finalmente, el programa alberdiano, para realizarse requiere relevar los obstáculos y sinsentidos inscriptos en la normativa institucional previa. Pues el encuentro natural entre la subjetividad instituida a la manera pastoril y la subjetividad instituida a la manera industrial podrá darse si es que la ley escrita y obligada por el Estado no lo impide. De aquí la necesidad, entre otras reformas, de  decretar la libertad de culto, ya que la institución religiosa del inmigrante “es el agente que los hace ser lo que son”, si se los priva de ella, se quita un pivote a su manera de ser, se les resta convicción para enfrentar el desierto.

 

La importancia del respeto a la institución religiosa de cada cual reside en que ante la realidad del desierto, “el hombre tiene necesidad de apoyarse en dios”.  La prohibición de cultos, como la inhibición de matrimonios con extranjeros y los impedimentos para que estos se establezcan y comercien, son formas de exclusión instituidas por el derecho colonial –“el exclusivismo era su esencia en todo lo que estatuía”. Estas formas atentan contra el mejoramiento de la población, que se dará por vía del libre intercambio del nativo con el extranjero que trae en sí sus instituciones de progreso y libertad (B: 103, 104). La institución en su dimensión legal debe concebirse como instrumento de apertura para cambiar las condiciones que determinan a la institución como organización social.

 

 



[1] Alberdi, J. B.,  Bases,  Ed. Jackson, Buenos Aires,1946, pág. 117.

[2] Foucault, M., La gubernamentalidad, en espacios de Poder, ed. La piqueta, Madrid 1981, pág. 15 y ss.

[3] Boetie, E. , El discurso de la servidumbre voluntaria. El texto original es del 1580.

[4] Alberdi, J. B., Estudios sobre la Constitución Argentina de 1853, Ed. Jackson, Bs. As, 1945, pág. 90.

[5] En Apocalypse now, el film de Coppola, que reproduce la estructura de la novela de Conrad se observa claramente el efecto desinstitucionalizador de la distancia en el personaje del coronel devenido en semidiós.

[6] Citado por Alberdi, B: 96.

[7] Citado por Alfredo Palacios en el prólogo a la edición de las Bases, op. cit. 1.