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Daniel M. Pérez

roberto.

 

01 | Intro.-

 

El escenario cultural en la Argentina de posguerra, y luego en la década del ’30, se caracterizó por la aparición de distintos autores jóvenes, conglomerados en diversas publicaciones, revistas en su mayoría, impulsados por el afán de separarse de una tradición cultural argentina cristalizada en su historia.

Corren tiempos de recambio y esperanza; los avances tecnológicos acarrean consigo una modificación en las costumbres y usos sociales, las vestimentas, la relación entre hombres y mujeres, la técnica parecía prolongar la mañana del porvenir indefinidamente hacia el futuro. Nadie vaticinaba que en los años venideros la España de Franco, los campos de concentración de Polonia y el ataque atómico desatado en Nagasaki e Hiroshima, oscurecerían tales expectativas.

En medio de este clima de fervor, dos puntos geográficos de Buenos Aires (Florida y Boedo) marcaban con banderitas de distinto color, una concentración de intelectuales, artistas, escritores y pintores. Mientras que en Boedo se imprimía la conciencia y el compromiso social, en Florida, con la revista Martín Fierro, hacían de la metáfora y la forma, el contenido de sus publicaciones,  en pos de una búsqueda estética libre de la columna vertebral de la narración. Ambos grupos renegaban del pasado, criticándolo aunque sin restarle reconocimiento a su talento, en mayor o menor medida. El sentir de la época de los ’20 y los ’30 era el de la búsqueda de renovación, obedeciendo a la influencia de las vanguardias europeas que muchos noveles escritores aventureros traían en sus valijas, impregnados sus corazones de ideas que perseguían la sorpresa a cada línea.

Y si hablamos de renovación – e innovación, principalmente -  en la literatura argentina una gran cuota de responsabilidad recae sobre los hombros y la pluma de un joven Roberto Arlt, que hacia 1924 comienza a relacionarse con los escritores de Florida y Boedo, a cuyas diferencias poéticas y políticas asiste pero sin adherirse a ninguna en particular. Al igual que algunos de sus colegas en actividad periodística “Arlt escribe en contra de los cánones estilísticos dominantes en su tiempo, que prescribían los usos y las formas posibles de la lengua nacional”[i], pero ya no desde una intelectualidad europeizada sino más bien como un nuevo y único tipo de intelectual que surge de los medios masivos, los folletines y de la misma heterogeneidad característica de la cultura popular argentina. “...si para tales cánones la lengua nacional debía ser «normalizada» y «homogeneizada» frente a las manifestaciones lingüísticas de las corrientes inmigratorias, para Arlt se trataba, en la reflexión de Piglia, de trabajar con «los restos, los fragmentos, la mezcla» de lo que «es realmente una lengua nacional»”[ii].

Antes de que la caja del mundo se dividiera en dos gigantescos escorpiones regidos por la paranoia y amenazados por el aguijón del otro, las posiciones y opiniones se discutían en las mesas de café y tertulias. Los antagonismos convivían inclusive en el mismo medio y las guerrillas no sobrepasaban lo estético.

En este panorama cultural argentino, y a la vez, marginado de él, se configuró la vida y obra del autor que convoca a este trabajo: Roberto Arlt.

 

02 | Bio.-

 

De todos modos, la vida de un borracho

o un libertino, es probablemente más intensa

que la del burgués irreprochable.

Max Demian dirigiéndose a Emil Sinclair en un café.

“Demian”. Hermann Hesse

 

Sus padres eran europeos: su madre prusiana (Ekatherine Iobstraibitzer) y su padre un duro alemán (Carlos Arlt). El siglo XX los había sorprendido a ambos en la pujante Buenos Aires y era precisamente el día dos de Abril de 1900 cuando Roberto Godofredo Christophersen Arlt vio la luz del barrio de Flores en la calle La Piedad 677. Allí pasó su niñez y mamó del clima que se respiraría años después en sus escritos.

Arlt, definido por sus carencias y limitaciones, fue un irreverente y autodidacta por excelencia, abandonó la escuela en el temprano tercer grado, un poco por aburrimiento y bastante por necesidad de trabajo. Probó suerte en la Escuela de Mecánica de la Armada y lo echaron a patadas por inútil. Entonces se dedicó de lleno a sumergirse en la lectura de las traducciones (baratas) de maestros como Dostoievski o Baudelaire que lo guiaron en su solitaria formación. Lector infatigable, a pesar de poseer una sola lengua, el castellano argentino (herejía para un escritor de aquellos tiempos)  consumía también folletines, catálogos, manuales (la técnica era el saber popular, del barrio y una vía hacia el poder) y literatura esotérica. Desde su marginalidad extrapoló este sitio de no – legitimación de parte de la cultura oficial e imprimió este sesgo en su literatura, creando su propio universo cultural sensible al sentir popular que Arlt comprendía, interpretaba y representaba como pocos.

Se casó a los 22 años y tuvo una hija que bautizó Mirta. Veintiséis años iban a transcurrir entre su nacimiento y el de su, quizás, mejor obra literaria: El juguete rabioso (novela debut). Por aquel momento ya trabajaba escribiendo notas para dos diarios reconocidos de la Capital Federal: Crítica y El mundo. Sus columnas diarias se titulaban Aguafuertes porteñas, y llegaron a manos de los lectores por más de 14 años. Cuenta la historia que la gente compraba el diario solo para leer las Aguafuertes, primera columna de un pasquín firmada por su escritor, que, para colmo de males, admitía públicamente que escribía por un pago. Los dos libros, que se editaron más adelante (Aguafuertes porteñas y Aguafuertes españolas), eran recopilaciones de muchos de estos artículos periodísticos subjetivos, críticos y corrosivos, verdaderos registros de la percepción del mundo contemporáneo que tuvo el autor (a la manera de un antropólogo instintivo) durante casi una década y media.

Su ficción (y no tanto) literaria toma como escenario natural a callejones, prostíbulos, bares y fondas pobladas por ladrones, rufianes, falsificadores y pistoleros. Roberto Arlt sale al encuentro de los bajos fondos de un Buenos Aires duro y difícil; como un flaneur atorrante y barriobajero, se embebe de sórdidas historias que transforma en la materia prima de sus crónicas y novelas.

Arlt, a la vez, tenía aires de inventor, a lo que se dedicaba con mucha pasión y poca suerte por no decir que la cosa lindaba con el  fracaso permanente. Patentó varios inventos como el mata sellos con fechador o la maquina prensadora de ladrillos, pero a ninguno logró comercializarlo con éxito.

A pesar de haber viajado (y vivido por cortos periodos de tiempo) por  España, África, Chile y Brasil, Roberto Arlt siempre fue un porteño de alma como lo deja bien claro en sus novelas. En ellas no abundan los personajes claros ni los   héroes, sino los marginales y los tortuosos navegadores de la noche.

Cuarenta y dos años tenía cuando un ataque cardíaco lo sorprendió volviendo de un ensayo de una de sus obras en el Teatro del Pueblo y lo sopló de esta vida. La segunda guerra mundial jaqueaba el planeta.

 

03 | La ley de la ferocidad.-

 

                Arlt, el irreverente; Arlt, el venerado; Arlt, el marginal; Arlt, el escritor de apellido difícil; Arlt, el inventor; Arlt, el iletrado. Existen tantos Robertos Arlt como los inocuos intentos de canonizarlo, de incorporar su literatura de carácter revulsivo a una tradición literaria nacional, consagrada en la dureza y el frío del bronce, del que, en repetidas oportunidades, el padre del juguete rabioso se burló sin piedad ni miramientos. Como si se pudiera encerrar y agrupar tanta ira contenida a medias, tanta verdad peligrosa, cinismo de barrio bajo y anarquismo de manual de ingeniería en una estampita más junto a los próceres de la literatura argentina, para recortar de una página de la revista Billiken.

                Cierto es que la figura de Roberto Arlt aparece, a riesgo de contradecirme, como un clásico con mayúsculas de nuestra vasta producción literaria, ineludible a la hora de relevar nuestra historia (y no tanto, ya que sus textos aún gozan de una pasmosa actualidad) y mirarnos al espejo de nuestras propias costumbres, usos y miserias.

                Huelga aquí, en un arranque de soberbia, medir o cuestionar la importancia de este autor en los anaqueles de la literatura nacional. El objetivo de este trabajo es otro e intenta ser el de abordar el aspecto marginal y renegado de los personajes y la obra de Roberto Arlt, sin convertirse necesariamente en una investigación pretenciosamente abarcadora ni exhaustiva, busqué detalles que me permitieran poner en palabras y deslizar alguna opinión sobre las diversas impresiones que obtuve al disfrutar de la lectura de Los siete locos, Los lanzallamas y El juguete rabioso, principalmente.

                Roberto Arlt expresa su ferocidad a través de sus personajes, cuando Silvio Astier habla alegremente sobre un invento que ha construido “este cañón puede matar, este cañón puede destruir – Y la convicción de haber creado un peligro obediente y mortal me  enajenaba de alegría”[iii], el autor esta representando a partir de un ejemplo particular el poder que brinda la técnica frente a las carencias económicas y la condición de clase; la tecnología se transforma en la única vía posible para los desangelados personajes de Arlt de acceder al poder, al control, al dominio del otro; el mismo caso se da con Erdosaín y su proyecto de fabricar gas fosgeno; la técnica como un saber por encima de los valores y las ideologías, al servicio de un éxito redentor y faraónico.

                De esta manera, la marginalidad institucional a la que era sometida el autor, por no poseer “capital en dinero ni capital cultural”[iv] se ve redimida en la utilización del poder de los humildes.

                Aunque, ¿cómo un escritor tan revulsivo podría llegar a ser aceptado por la élite literaria argentina de aquellos años? Arlt pintaba cuadros desesperanzadores de lo que sucedía extramuros, apartado de la seguridad y el confort de los sillones de la burguesía, describía despojado de sentimentalismos ni reivindicaciones (“... la única ventaja que reporta una naturaleza sensible es demostrarnos que somos suficientemente fuertes para dominarla”[v]) las vivencias de los habitantes del submundo del hampa, mujeres prostibularias, niños nacidos con el corazón ya destrozado, empleaduchos de conventillo y pensiones oscurecidas, atestadas de personajes condenados al fracaso desde el vamos. Como dirían los cafiolos protagonistas de Las fieras: “...ah! cómo explicar esta desesperación, nos lanzamos a la calle, vamos hacia los departamentos donde nunca falta una atorranta con la cual acostarse, y desfogar babeando en un mal sueño este dolor que no se sabe de dónde viene ni para qué”[vi].

                La melancolía áspera de Roberto Arlt reside en el fracaso asegurado de sus personajes, de allí su desesperación por llevar a cabo empresas grandilocuentes, como manera de anular una situación a través de acciones violentas, como el crimen, el robo, el homicidio o el suicidio. Silvio, (como también Erdosaín y, a decir más, este es un rasgo común que atraviesa toda la obra del autor) a partir de las constantes humillaciones recibidas por sus patrones, por los vendedores, por las figuras de autoridad que va conociendo en su camino, se constituye como sujeto, es decir, como una manera de asimilación a la ley del más fuerte, pero, a su vez, sucede un proceso de enfurecimiento interno sostenido que encuentra su liberación en la concreción de algún acto canallesco; “...yo buscaba motivos para multiplicar en mi interior una finalidad oscura [...] era necesario que mi vida [...] sufriera todos los ultrajes, todas las humillaciones, todas las angustias”[vii].

                Cuando Silvio, sin pensarlo demasiado, intenta quemar la librería donde trabaja (y el trabajo aquí es caracterizado como una reducción y envilecimiento de la condición humana) realiza una acción completamente reñida con las normas sociales de convivencia y la ley de los hombres; solo así puede sentirse libre de sus ataduras humillantes, de baldear los pisos, de hacer los mandados, de limpiar baños, solo así se convierte en un hombre. Es esta certeza la generadora del conflicto, ya que “... yo nunca sería como ellos... nunca viviría en una casa hermosa y tendría una novia de la aristocracia. Todo el corazón se me empequeñeció de envidia y congoja”[viii]; es así como ni Silvio, ni Erdosaín ni Arlt nunca serán uno de ellos, un habitante  normal, ciudadano y padre de familia aburguesado, integrado en las instituciones sociales y democráticas como el gobierno, la iglesia, la escuela, el ejercito; de todas formas “¿qué tiene que ver la sociedad con la libertad?”[ix].

 

04 | Eructando las anchoas del vermut.-

                              

Sentía deseos de asegurarle que yo

era como todo el mundo. Pero esto en el

fondo no tenía gran utilidad y renuncié por pereza.

Pensamientos de Mersault días

antes de ser ejecutado.

“El extranjero”. Albert Camus.

 

Si los torturados, cínicos y depositarios de toda clase de contradicciones personajes de Arlt, acorralados por un entorno de una crudeza extrema que los exaspera y los define, se subjetivizan a través del crimen y la canallería; la muerte resignada (como último grito, sinónimo de belleza y prestigio) es el summun de sus tristes vidas: “es inútil, tengo que matarme”[x], o “...Ester Primavera, la única criatura que he ofendido atrozmente [...] arranqué de cuajo en ella toda esperanza de la bondad terrestre [...] y esta infamia dilata en mi carne una tristeza deliciosa. Ahora sé que podré morir”[xi], e inclusive “Ver como soy a través de un crimen [...] yo soy la nada para todos. Y sin embargo, si mañana [...] asesino a Barsut, me convierto en el todo [...] nadie verá en mí un desdichado sino el hombre antisocial [...] debía matarme [...] debe ser cruel. Y podría matarla...”[xii].

Así como Arlt retrató sin tapujos los retorcidos personajes que surgieron (y no tanto) de su frondosa y “poco refinada” imaginación, también se encargó de criticar encarnizadamente a la pequeña burguesía enmarcada en y distintiva del sistema capitalista, de la cual renegó tanto en sus textos como en sus declaraciones públicas.

Este aspecto del autor, que lo separa de la sociedad indefectiblemente ya que se emparenta con ciertos postulados anarquistas,  (ya en la tradición del consabido deporte de Arlt de sublevarse contra toda autoridad / institución) aparece en un temprano cuento intitulado Pequeños propietarios, donde describe de la siguiente forma a dos vecinos burgueses enfrentados por una disputa: “sentían el placer de ser avaros, y, a la inversa de la gente de otra condición, en vez de ocultar el defecto lo exhibían como una virtud, regordeándose en su tacañería”[xiii]. En este relato aborda un tema que luego retomaría en la aguafuerte Filosofía del hombre que necesita ladrillos. Allí describe los “pequeños hurtos” de ladrillos y material de construcción que realizan los propietarios cuando algún vecino está en obras. Y sobre este suceso dice: “Viene aquí a establecerse casi la verdad de este postulado de Proudhon de que la propiedad es un robo. Al menos en determinados casos. O en el caso de todos los propietarios”[xiv]. Arlt no acepta este tipo de conductas delictivas, socialmente bien vistas o que, en última instancia, “son solo 10 ladrillos”, por el hecho de que, en la particularidad de estos actos, encontramos la metáfora de la hipocresía que corroe a la moral pequeño burguesa.

Sino, como botón de muestra y para ir concluyendo, cito un pequeño párrafo de 5 líneas, que para el autor son suficientes para describir el futuro de una pareja recién casada y, de paso, echar por tierra los principios básicos del matrimonio, la familia, el ejercito, la iglesia, el gobierno y la escuela.

“Luego, eructando las anchoas del vermut [...] con la fácil filosofía de los burgueses satisfechos de su encanallamiento, diremos que todas las mujeres son unas putas”[xv] y prosigue “La justicia nos inspirará saludable terror, admiraremos los brillantes uniformes del ejército, con ingenua curiosidad nos preguntaremos si el arzobispo cree o no en la existencia de los ángeles y cuando nos hablen de comunismo, vomitaremos esa espantosa sarta de lugares comunes que circulan para estupidizar  a la clase media y terminar de invadir los restos de cerebro que no han sido inutilizados por completo por los castradores sistemas de educación”[xvi].

Extremo, brillante, visceral. La visión de un hombre carente de cultura –oficial – que solo cursó hasta tercer grado pero que supo hacerse de un camino único y un merecido espacio dentro del sentir de la gente que lo veneraba, cuestionaba, consultaba y, sobre todo, respetaba. Por su originalidad, por su compromiso consigo mismo, Roberto Arlt fue un escritor auténtico que puso descarnada poesía a la interpretación de su tiempo y de todos los lugares que recorrió en su corta vida; sus palabras fueron como amargos besos con lengua de lija, allí no hubo concesiones ni cursilerías.

Roberto Arlt re – construyó un mundo mínimo y melancólico, regulado por la idiosincrasia del perdedor nato, de un antihéroe con el que nadie se podría encariñar nunca. Su obra nos persigue como un espejo (en el que es difícil mirarnos y no reconocernos atravesados por sensaciones de desconsuelo e incomodidad) hasta nuestros días y sorprende por su actualidad. Esa fue su vanguardia.

 

...los cuerpos políticos y democráticos

que viven y se enriquecen representando

al pueblo.

El astrólogo, sobre la democracia capitalista.

“Los lanzallamas”. Roberto Arlt.

 



 

1. RETAMOSO, R. “Los avatares de lo nacional”. Documento de Internet. Pág. 12.

 

2. RETAMOSO, R. “Los avatares de lo nacional”. Documento de Internet. Pág. 12.

 

3. ARLT, R.  El juguete rabioso. Ed. Losada; Buenos Aires, 1995. Pág. 8.

 

4. SARLO, B. “Roberto Arlt, el extremista”. Documento extraído de www.bazaramericano.com, publicado en Clarín. Pág. 6.

 

5. ARLT, R.  Cuentos completos. Ed. Espasa Calpe Argentina S.A./Seix Barral; Buenos Aires, 1997. Pág. 124.

 

6. ARLT, R.  Cuentos completos. Ed. Espasa Calpe Argentina S.A./Seix Barral; Buenos Aires, 1997. Pág. 63.

 

7. ARLT, R.  El juguete rabioso. Ed. Losada; Buenos Aires, 1995. Pág. 45. 

 

8. ARLT, R. El juguete rabioso. Ed. Losada; Buenos Aires, 1995. Pág. 43.

 

9. ARLT, R. El juguete rabioso. Ed. Losada; Buenos Aires, 1995. Pág. 47.

 

10. ARLT, R. El juguete rabioso. Ed. Losada; Buenos Aires, 1995. Pág. 67.

 

11. ARLT, R. Cuentos completos. Ed. Espasa Calpe Argentina S.A./Seix Barral; Buenos Aires, 1997. Pág. 40.

 

12. ARLT, R. Los siete locos. Ed. Losada; Buenos Aires, 2001. Págs. 69, 70 y 205.

 

13. ARLT, R. Cuentos completos. Ed. Espasa Calpe Argentina S.A./Seix Barral; Buenos Aires, 1997. Pág. 36.

 

14. ARLT, R. Selección de Aguafuertes porteñas. Cuadernillo de cátedra. Pág. 31.

 

15. ARLT, R. Cuentos completos. Ed. Espasa Calpe Argentina S.A./Seix Barral; Buenos Aires, 1997. Pág. 133.

 

16. ARLT, R. Cuentos completos. Ed. Espasa Calpe Argentina S.A./Seix Barral; Buenos Aires, 1997. Pág. 134.