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Facundo Cersósimo

e-mail: fcersosimo@hotmail.com

 

José Luis Romero

De Mitre a la Historia Social

 

Breve historia de José Luis Romero

 

Nacido en 1909, José Luis Romero emprende sus estudios secundarios en el colegio jesuita del Salvador concluyéndolos en la Escuela Normal Mariano Acosta. Los estudios universitarios los realiza en La Plata, “en cuya Facultad de Humanidades Ricardo Levene había rodeado su predominio de aristas menos duras que Coriolano Alberini en Buenos Aires. La enseñanza que recibió allí Romero no fue primordialmente la de los historiadores...la línea de estudios que Levene había orientado hacia la historia local de Buenos Aires no logró atraer su interés”.[i]  Aunque Romero reconoce que fue discípulo de Rómulo Carbia, Ricardo Levene, Carlos Heras, Emilio Ravignani, y sobre todo de Clemente Ricci, “hombre de formación muy típicamente del siglo XIX, representantes –unos más que otros- de lo que se llamó en su tiempo la ´nueva escuela histórica´..., yo fui educado por ellos pero he aprovechado otra corriente educativa, puesto que fui discípulo privado de un filósofo...[ii] Hace referencia a su hermano Francisco, con quien empezó a conversar sobre temas de la antigüedad desde los diez o doce años.[iii] Interesándose desde temprana edad por la antigüedad y la Edad Media se recibe en la Facultad de La Plata realizando su tesis sobre “La crisis de la República romana.” A lo largo de su vida siempre se definió como un historiador medievalista, aclarando que “hay en realidad dos familias de medievalistas: los que ponen el énfasis en el mundo feudal y los que lo ponen en el mundo burgués. Yo pertenezco a la línea de Henri Pirenne, y pongo el énfasis en la burguesía. Este es el tema, mi tema. El de las burguesía urbanas y las ciudades.[iv]

            En la década del ´30 emprende junto a su mujer un viaje por la Europa de pre-guerra donde toma contacto con la escuela “Annales d´histoire economique et sociale”, creada en Francia en 1929 por Marc Bloch y Lucien Febvre. Esta nueva corriente plantea el aporte de diferentes disciplinas (geografía, demografía, economía, sociología, etc.) para alcanzar una mejor comprensión del fenómeno histórico. En palabras de uno de sus fundadores: “La historia se hace con documentos escritos. Pero también puede hacerse, debe hacerse, sin documentos escritos si éstos no existen. Con todo lo que el ingenio del historiador pueda permitirle utilizar para fabricar su miel, a falta de las flores usuales. Por tanto, con palabras, con signos, con paisajes y con tejas. Con formas de campo y malas hierbas. Con eclipses de luna y cabestros. Con exámenes periciales de piedras realizados por geólogos y análisis de espada de metal, realizados por químicos. En una palabra: con todo lo que siendo del hombre, expresa al hombre, significa la presencia, la actividad, los gustos y las formas de ser del hombre[v]. Romero introduce esta Historia Social dentro de la Universidad, creando en 1955, como interventor de la Universidad de Buenos Aires bajo el gobierno de Aramburu, la cátedra de Historia Social General. Esta nueva escuela renueva los métodos historiográficos pero no cuestiona el panteón de la historiografía oficial. Así, Halperín Donghi  sostiene que la nueva corriente trata de “ilustrar y enriquecer, pero no poner en crisis a la línea tradicional....el país debe enriquecerse pero también reivindicar la tradición política-ideológica legada por su siglo XIX.”[vi] Como diría Jauretche “se trata de hacer esa historia para el delfín, que suponía que el delfín era un idiota”, no revisando y cuestionando a la Historia Oficial.

            A pesar de ser un medievalista especializado en el nacimiento de la burguesía en la Europa Occidental, en el transcurso de su vida José Luis Romero realizó algunos trabajos de historia argentina. “Lo que he hecho sobre historia argentina, siempre ha sido movido más por una vocación ciudadana que por una vocación intelectual...he escrito bastante en ´Redacción´; me apasiona y yo diría que esa línea no es exactamente la de la militancia, sino la de la preocupación por las cosas de mi tiempo, en mi país y en el mundo. En esa línea está lo que he hecho sobre historia argentina. No en el campo estrictamente intelectual de mis intereses.[vii].

            Su primer trabajo sobre historia argentina fue Mitre: un historiador frente al destino nacional(1943). Según el padre actual de la historia social es “el escrito más feliz entre los dedicados a tema argentino...en donde subraya la unidad de inspiración de la obra historiográfica y la actividad política de Mitre, y proporciona de la primera una interpretación admirable de justeza y riqueza de perspectivas.”[viii] Luego, realiza su trabajo más conocido Las ideas políticas en Argentina (1946), que “fue un encargo significativo porque era joven y no tenía tradición como historiador argentinista, pero lo seleccionaron a él los del Fondo de Cultura Económica.”[ix] En este trabajo Romero “razona y continúa la interpretación del pasado nacional propuesta por los clásicos de la historiografía argentina, y sobre todo por Mitre.[x] Luego publica una compilación de artículos hechos para distintas revistas y periódicos en Argentina, imágenes y perspectivas (1955). Después de desempeñarse como decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires entre 1963 y 1965 escribe El desarrollo de las ideas en la sociedad argentina del siglo XX (1965). Allí revisa y modifica numerosos planteos hechos en Las ideas políticas en Argentina, planteos que irritan a Halperín quien declara “....es obra de encargo (le fue encomendada por el Instituto Panamericano de Geografía e Historia para su serie sobre historia de las ideas en América) y sobre todo sus últimos capítulos se resienten en parte por ello, y en parte también porque Romero aparece por una vez trabado por el deber de solidaridad con los amigos y de honrada cortesía hacia los adversarios.[xi]. En 1977 José Luis Romero fallece en Tokio a donde había concurrido a dar unas conferencias como miembro del Rectorado  de la Universidad de Naciones Unidas. Luego de su muerte se publicada Breve historia de la Argentina (1978), trabajo que había dejado inconcluso, y que también había sido un encargo de editorial Eudeba. Por último, en 1986, Félix Luna publica unas entrevistas que tuvo con Romero en 1976 bajo en título de Conversaciones con José Luis Romero. Sus trabajos expuestos en distintas revistas y periódicos fueron editados y publicados por su hijo en diferentes libros: La experiencia argentina (1980), Las ideologías de la cultura nacional (1982), El drama de la democracia argentina (1983), entre otros.

            Interesan sus trabajos referidos a la historia argentina, que tanto marcaron a la historiografía nacional y predominan hoy en día dentro de las universidades, a pesar de que, como se habrá notado, no haya sido su especialidad ni despertado su interés como historiador.      

 

Mitre: historiador y político

 

            Como bien lo dijo Halperín Donghi, Romero nunca se propuso cuestionar a la historiografía oficial a lo largo de sus obras. No obstante, en sus últimos trabajos plantea algunos problemas que suscitan tales enfoques.

            El título de este apartado representa una de las características que más admira Romero de Bartolomé Mitre, “desde entonces coexistirán en él indisolublemente amalgamadas, como las dos caras de una moneda, las actitudes del historiador y del político. Cada etapa de su acción pública corresponderá a una etapa de su meditación histórica, y lo que postule para el futuro estará encadenado en la línea de ese desarrollo coherente que descubre en el pasado de su país. El ajuste es exacto porque está cuidadosamente establecido, y en la labor del reflexivo y en la del hombre de acción brillan la misma seriedad ante la vida, la misma responsable ecuanimidad, la misma vigorosa mesura para defender lo que hay de vivo en el pasado y para sacudir y aventar las cenizas de lo que en él es muerto. Hay una grandeza singular en su prudencia y un heroico ascetismo en su temeridad.”[xii] Este rigor histórico (que tanto le gusta detentar a la Historia Social) se admira de Mitre. Este “condenaba la influencia nefasta del traslado de las pasiones políticas contemporáneas al escenario del pasado...y había aprendido a ceñirse en el campo del conocimiento al más duro rigor.[xiii]. Estas “virtudes” no fueron muy beneficiosas para los contemporáneos que se atrevieron a cuestionar algún aspecto de sus obras, quienes sufrieron el duro peso de su pluma. Dejemos en boca de uno de los integrantes de la generación del ´37 su juicio personal sobre Mitre: “No se puede ser a un mismo tiempo presidente de una república e historiador filosófico, pues el presidente no tiene ni puede tener la libertad del filósofo. El no puede escribir más que una clase de historia, la historia para gobernar, la historia oficial...¿Qué discusión puede haber con un historiador que tiene en un mismo tintero la pluma del escritor y la pluma que hace decretos? ¿En el calor del debate no es de temer que una equivocación de pluma le haga replicar a una objeción, con un decreto de proscripción o de destitución?.[xiv] Esa “equivocación de pluma” que tanto temía y sufrió Alberdi también la padecieron Artigas, José Hernández, el “Chacho” Peñaloza, San Martín, y tantos otros que se opusieron a las políticas de la oligarquía del puerto de Buenos Aires. Algunos fueron silenciados, otros deformados, como San Martín, quién es recordado como “el padre de la patria” y no como el creador, junto a Bolívar, del proyecto de la unidad Latinoamericana.

            Puede aducirse que esta admiración por Mitre proviene de los primeros escritos de su obra histórica, pero no es así. Más de treinta años después, y luego de que surjan corrientes que cuestionan la obra de Mitre, Romero sigue firme en esta admiración del Mitre historiador: “Quizá sea la pasión, una pasión muy intelectual, lo que me llama la atención en Mitre, y una de las razones por la cual yo tengo un gran respeto por su obra. Yo veo una pasión que es vital, es intelectual, es política y es racional, diría. Yo creo que lo que él quiso hacer fue crear la estructura intelectual de la Nación. Darle a la Nación una estructura en la que entran todos sus elementos y en la que se viera que esta comunidad argentina es algo que tiene fisonomía, personalidad y estilo. Y lo hizo con verdadera pasión y además con mucho rigor.[xv]

            De esta manera Romero, y en adelante, toda la corriente historiográfica “Historia Social” mantiene los mismos héroes y los mismos villanos de la Historia Oficial, aunque lo hace apelando al entramado interdisciplinario que aporta la metodología de “los annales”.

 

De “civilización y barbarie” a “mundo urbano y rural”

           

            En su intento de acceder a la comprensión de la historia argentina, Romero se encontró con Sarmiento: “...un día leyendo a Sarmiento me dije: ´pero si aquí está la clave´. La clave de la posible aplicación de esta línea que yo persigo en el desarrollo de la ciudad occidental, que será el título del libro que escribo sobre las ciudades en general. Me sumergí en otra lectura del Facundo, que he leído muchas veces. Y compuse el esquema, primero como una hipótesis de trabajo, sobre si en toda América Latina se daba este esquema que proponía Sarmiento, y llegué a la conclusión de que sí, de que se da. Lo cual quiere decir que no es un fenómeno específicamente argentino, que es un fenómeno americano.”[xvi] Así como corrientes de la izquierda tradicional (Leonardo Paso, Luis Sommi, entre otros) tomaron el lema sarmientino y cambiaron “civilización” por “desarrollo de las fuerzas productivas” y “barbarie” por “feudalismo”, Romero lo transforma en la antítesis “mundo urbano y rural”.

            Estos supuestos lo llevan a tildar de “caudillismo” a todos los personajes que asumieron la representación de los intereses de los pueblos del interior y que no se sometieron al modelo de nación que impulsaba Buenos Aires. Este caudillismo representaba una “democracia inorgánica” frente a la política civilizada de la ciudad porteña. “La ciudad era un baluarte europeo en medio de la barbarie; y solo en ella se desarrollaba un estilo de vida civilizado, capaz de encuadrar la actividad política.[xvii] De esta manera los enfrentamientos que comienzan a producirse luego de la Revolución de Mayo entre Buenos Aires y el interior se producirían, en parte,  por el “tipo de libertad” al que estaba acostumbrado el criollo y el no sometimiento a las leyes, “El criollo estaba acostumbrado a gozar de una inmensa libertad individual; la que aseguraba el desierto, aún cuando fuera a costa de su total exclusión de la vida pública, manejada desde las ciudades. Con el triunfo del movimiento revolucionario, el criollaje quiso trasladar a la vida política este sentimiento de libertad indómita para el que parecía coacción la mera sujeción a la ley.[xviii] Más adelante agrega: “Los caudillos, que fueron banderas de legítimas reivindicaciones populares, se tornaron bien pronto usufructuarios ilegítimos del poder y defendieron sus privilegios con bárbara energía.”[xix]

            Así, nuestra historia resulta un devenir entre gobiernos “esclarecidos” portadores de políticas liberales y gobiernos autoritarios representantes de la barbarie, encarnados en la figura del caudillo, “En la era colonial se estudia el proceso de elaboración de dos principios políticos destinados a tener larga vida: el principio autoritario y el principio liberal...[xx]  Entre los primeros figurarían Artigas, Rosas, el “Chacho” Peñaloza, pasando por Yrigoyen hasta llegar a Perón. Mientras que los portadores de las políticas liberales serían Rivadavia, la generación del 37´, Mitre, Sarmiento, entre otros.

            Desde esta óptica, los gobiernos de Rivadavia y Mitre representan intentos de reunificación nacional. El paso de Rivadavia como ministro de Martín Rodríguez “dio en breve plazo frutos tan maduros que muy pronto volvió a acariciarse la ilusión de que el país todo estaba en condiciones de volver a unificarse bajo las consignas del pensamiento liberal.”[xxi] En cambio, Mitre conseguiría esa unificación mediante una guerra contra el Paraguay del “tirano” Francisco Solano López: “También contribuyó eficazmente a asentar el principio de la unidad nacional la guerra del Paraguay, desencadenada en 1865. Un esfuerzo ciclópeo realizó entonces todo el país para afrontar el conflicto, y al cabo de cinco años había surgido, sobre las cenizas del sacrificio común, una idea más viva de la comunidad argentina.[xxii] Esta guerra aniquiló al pueblo Paraguayo. En 1865 contaba con 1.300.000 habitantes y “al cabo de cinco años” solamente con 350.000, la mayoría mujeres y niños menores de diez años. Lo único que unificó “la guerra de la Triple Infamia” fueron los intereses de la oligarquía del puerto de Buenos Aires, la oligarquía de Montevideo y el Imperio del Brasil. Las políticas expansionistas del “dictador” López era la excusa para poder atacar al Paraguay y suprimir el único intento de capitalismo autónomo que se estaba desarrollando en América Latina y hacía de este país uno de los más desarrollados del continente. Como bien lo dijo Mitre, el objetivo era “...derrocar a esa abominable dictadura de López y abrir al comercio esa espléndida y rica región.[xxiii]  Esta guerra, lejos de hacer surgir “una idea más viva de la comunidad argentina”, ahondó más las divisiones existentes. En el interior del país se produjeron numerosos levantamientos, entre ellos los de Felipe Varela y López Jordán, además de festejarse los triunfos de las batallas paraguayas en varias provincias del Noroeste. José Hernández, Alberdi, Guido Spano, Olegario Andrade, denunciaron esta masacre contra el pueblo paraguayo. Alberdi fue uno de los primeros en hacer una correcta lectura de esta guerra, saltando las fronteras de las patrias chicas y remarcando el carácter de guerra civil latinoamericana que tenía la contienda: “Las guerras exteriores de la Argentina no son más que expedientes suscitados a propósito, ya por la una, ya por la otra de sus dos facciones, para encontrar la solución interior que cada una (de las partes del país) desea. Son guerras civiles en el fondo, bajo las formas de guerras internacionales, como la presente (contra el Paraguay).”[xxiv]

             Romero no analiza en profundidad esta etapa de guerra civil que vivió el país bajo las presidencias de Mitre y Sarmiento. Así, cuando se refiere a Peñaloza sostiene que “encabezó la última insurrección de las provincias mediterráneas, pero las fuerzas nacionales lo derrotaron a fines de 1863.”[xxv] Detrás de “derrotaron” hay que leerse que se le cortó la cabeza y se la exhibió en la plaza de Olta, La Rioja, siguiendo al pié de la letra los consejos de Sarmiento: “No trate de economizar sangre de gauchos, es lo único que tienen de humano. Este es un abono que es preciso hacer útil al país.[xxvi]

            Pero así como escribe historia guiado por un compromiso ciudadano, así también incursiona en la política, de manera que, al igual que Mitre, historia y política, como ocurre siempre, aparecen en su vida estrechamente vinculadas.

                                               

“Un hombre que cree en la democracia socialista”[xxvii]

           

Desde temprana edad milita en el Partido Socialista de Alfredo Palacios, Alicia Moreau de Justo y Américo Ghioldi, apartándose, luego de la división de 1956, de este último y ubicándose en la “izquierda” del Partido. Este compromiso por el partido de Juan B. Justo y por la “democracia socialista” lo lleva a decir que Palacios “se opuso, es bien sabido, a todas las dictaduras, a todos los atropellos contra el derecho y pensó que su misión era la de fiscal de la República.[xxviii] Se pueden entender las palabras por el contexto en el que las dijo, pero hay que aclararle al lector desprevenido el apoyo que prestó Palacios, junto con su partido, a los golpes de Estado de 1930 y 1955 (bajo la “Revolución Libertadora” es designado embajador en el Uruguay). Siendo, además, el Partido Socialista miembro de la Junta Consultiva Nacional,  presidida por Isaac Rojas, quien instaura los fusilamientos en el país después de 100 años en que no se aplicó pena de muerte por razones políticas.

            Refiriéndose a los problemas sociales que se empiezan a observar luego de la crisis de 1929 Romero sostiene que “tales inquietudes (las sociales) no eran por cierto nuevas en el Partido Socialista, que combatía desde fines del siglo XIX a las clases privilegiadas y que desarrolló desde 1930 no solo una enérgica defensa de la libertad política sino también una activa lucha en defensa de los principios de la justicia social, tal como podían plantearse a la luz de la realidad argentina. Por eso pudo decir Américo Ghioldi en el congreso partidario de Junio de 1948: ´Finalmente quiero hacer la afirmación de que nosotros somos la izquierda del país.´”[xxix] 

            Como recuerda su hijo, Romero “fue siempre un opositor, un antiperonista.”[xxx], postura que no sería criticable si no se volcara en sus trabajos históricos, alejándose del tan buscado “rigor científico”. Subiéndose a la corriente de los que sostienen que el golpe de 1943 era pro-nazi, y que la corriente fascista había invadido el Río de la Plata, sostiene que en el seno del grupo FORJA “predominaron grupo filofascistas que seguían a Raúl Scalabrini Ortiz.”[xxxi] Así, agrega que dentro de FORJA aparecía un sector que “empezaba a preferir solucionens antiliberales vinvuladas de alguna manera con las ideologías nazifascistas que por entonces alcanzaban su apogeo en algunos países de Europa...., Estos se manifestaron dispuestos a secundar cualquier aventura política de tipo autoritario.”[xxxii] Sin negar la existencia de sectores fascistas dentro del ejército hay que distinguir claramente entre grupos nacionalistas, pro-nazis, pro-germanos, antibritánicos que existían dentro del mismo y evitar caer en el simplismo de decir “es todo lo mismo”. Esto lo lleva a calificar a la revolución de 1943 como “desembozadamente pronazi[xxxiii] y que condujo al “advenimiento final del fascismo con el gobierno de Perón.”[xxxiv].

            Este antiperonismo se mantiene como una constante en sus trabajos, siendo revisado tibiamente en sus últimas obras. No obstante, Romero modifica otros planteos hechos anteriormente.

           

 

“Solidaridad y honrada cortesía hacia los adversarios”[xxxv]

(replanteos de José Luis Romero)

 

            Luego de ejercer como decano de la Facultad de Filosofía y Letras y de emprender viajes por Europa y Latinoamérica, escribe en 1965 un nuevo libro sobre Argentina:  “El desarrollo de las ideas en la sociedad argentina del siglo XX”. Aquí y en las conversaciones con Félix Luna revisa y modifica diversos planteos anteriores. En el libro mencionado trata con más profundidad sobre temas historiográficos. Allí advierte que “la versión oficial de la historia nacional - pues tal papel asumió en la vida argentina la obra de Mitre y López – establecía que la nación había nacido como obra de las clases ilustradas y liberales, que habían impuesto legítimamente a una población de escaso desarrollo un sistema de formas institucionales propias de las naciones civilizadas de la época.[xxxvi]

            En conversaciones con Félix Luna, en 1976, remarca las limitaciones de la historia mitrista, “...El defecto de la concepción de Mitre es la ignorancia del interior. Desde ese punto de vista, tiene que haber otro Mitre un día...Bueno...¡tiene que haber muchos Mitres más! ...Tiene que haber uno, y éste no podrá ser solamente un hombre de archivo, porque se sabe mucho y otras cosas hay que no se saben y se va a tardar mucho tiempo en juntar un material equivalente con respecto a la historia del interior: y sin embargo es urgente escribir una historia del país en la que Buenos Aires y el interior jueguen de una manera armónica y que el destino del país sea la suma de las dos cosas. Yo creo que es urgente...[xxxvii] Lejos había quedado el Romero que escribió la exaltación de Mitre más de treinta años atrás.

            Volviendo al “Desarrollo de las ideas...”, se hace mención de la importancia que tuvo el trabajo de Adolfo Saldías, donde “...la figura misma de Rosas comenzó a contemplarse de otro modo, desprendida del vituperio con que la había ensombrecido la tradición unitaria.[xxxviii], como también la obra de Ernesto Quesada que “guiado por la influencia de los sociólogos y los historiadores de tendencia sociológica...había llegado a la conclusión de que Rosas había sido tan sólo un hijo de su época y ésta a su vez el fruto de inevitables encadenamientos que suponían largos procesos.[xxxix] Por último, trata las distintas visiones sobre la Revolución de Mayo, mencionando la obra de José León Suárez “Carácter de la Revolución Americana. Nuevo punto de vista sobre la independencia Hispanoamericana”, remarcando que ésta “tuvo mucho eco – en relación, por cierto, con los planteos políticos antiimperialistas – y dejó abierta una vía de estudio y de interpretación del fenómeno de la Independencia hispanoamericana, incomprensible, a su juicio, fuera del cuadro de las ideas y las luchas que se producían en España misma.[xl] La obra de Suárez fue una de las primeras que liga los acontecimientos de Mayo con la revolución liberal que se había desatado en España, produciéndose la primera como consecuencia de la segunda, no siendo una revolución separatista de España sino antiabsolutista.

            Otro actor que empieza a aparecer en la obra de Romero, y que anteriormente no había sido tomado en cuenta, es el Imperialismo, en Argentina y América Latina. Refiriéndose al primer gobierno de Yrigoyen sostiene que “era época de avance del imperialismo, y el radicalismo pretendía defender los principios de la soberanía nacional, tanto en relación con sus propios intereses como en relación con los de países latinoamericanos, amenazados más de cerca que la Argentina especialmente por los avances de Estados Unidos.”[xli] También bajo el mandato de Yrigoyen se produjo “...una enérgica reacción contra la política imperialista de los Estados Unidos, que por entonces se había manifestado bajo la forma de una activa intervención en los asuntos latinoamericanos. El gobierno radical de Yrigoyen había defendido sus ideas sobre la soberanía nacional en términos muy categóricos y las había traducido en actitudes muy enérgicas[xlii]. Esta política del gobierno “se veía respaldada por importantes sectores, especialmente de las minorías intelectuales, y el Ateneo Hispanoamericano fue la tribuna que se ofreció a sus opiniones[xliii], donde “...Manuel Ugarte defendía su pensamiento en libros de resuelta militancia...[xliv] Romero reconoce la importancia que tuvo éste último, luchador totalmente olvidado en Argentina, y que en América Latina tuvo destacadas participaciones en las luchas antiimperialistas. Fue tan grande el silenciamiento que cayó sobre Ugarte que lo llevó a declarar: “en otros países se fusila, es más digno.”

            Siguiendo esta misma línea, modifica las posturas respecto al grupo FORJA, resaltando la importancia que tuvo en la denuncia de los intereses británicos en la economía argentina, y el papel que tuvieron las obras de Scalabrini Ortiz “Política británica en el Río de la Plata” e “Historia de los ferrocarriles argentinos”, transcribiendo importantes párrafos de éste último.

            Otro tema importante es la diferenciación que realiza entre el intervencionismo de Estado de Pinedo y el de Perón, que muchos historiadores pasan de largo englobando las dos políticas como si fueran las mismas: “...las fuentes de donde procedía esa tendencia [el intervencionismo estatal] no eran las mismas que habían nutrido la política de Hueyo y Pinedo durante el gobierno de Agustín P. Justo”. Para describir la política económica de Perón transcribe, en su gran parte, el discurso que pronuncia en La Plata, siendo ministro de Guerra al inaugurarse la cátedra de Defensa Nacional. Este discurso  es un esbozo de la futura doctrina económica que aplicaría luego el peronismo.

            Por más que Halperín Donghi objete que “El desarrollo de las ideas...” fue hecho “...por el deber de solidaridad con los amigos y de honrada cortesía hacia los adversarios[xlv] hay que destacar la capacidad intelectual de Romero, quien no tuvo inconvenientes de revisar algunos planteos y modificarlos.

           

            Como dijo Romero hace más de veinticinco años, es urgente una nueva historia del país, donde la Universidad sea un ámbito de debate y la productora de respuestas a problemas y cuestionamientos que la gran mayoría de los argentinos empezó a realizar luego del 19 y 20 de Diciembre y que todavía siguen sin respuestas.

 

 

 

Septiembre de 2003

 

 

 

 

Notas



[i] Tulio Halperín Donghi, Las ideologías de la cultura nacional y otros ensayos. Buenos Aires, 1982. Pág. 188.

 

[ii] José Luis Romero, Conversaciones con José Luis Romero, de Félix Luna. Buenos Aires, 1986. Pág. 17.

[iii] Ob. Cit., Pág. 17.

[iv] Ob. Cit., Pág. 58.

[v] Lucien Febvre, Combates por la Historia. Barcelona, 1970. Pág. 232.

[vi] Tulio Halperín Donghi, Ensayos de Historiografía. Buenos Aires, 1996. Pág. 93.

[vii] José Luis Romero, Conversaciones con José Luis Romero, de Félix Luna. Buenos Aires, 1986. Pág. 27.

[viii] Tulio Halperín Donghi, Las ideologías de la cultura nacional y otros ensayos. Buenos Aires, 1982. Pág. 218.

[ix] Luis Alberto Romero, Radar (suplemento Página 12, 23/2/1997), en Cuadernos para la otra historia.N°2, Norberto Galasso.

[x] Tulio Halperín Donghi, Las ideologías de la cultura nacional y otros ensayos. Buenos Aires, 1982. Pág. 217.

 

[xi] Ob. Cit., Pág. 228.

[xii] José Luis Romero, Mitre: un historiador frente al destino nacional. Buenos Aires, 1943. Pág. 4.

[xiii] Ob. Cit., Pág. 13.

[xiv] Juan Bautista Alberdi, Grandes y pequeños hombres del Plata. Buenos Aires, 1912. Pág. 34.

[xv] José Luis Romero, Conversaciones con José Luis Romero, de Félix Luna. Buenos Aires, 1986. Pág. 23.

[xvi] Ob. Cit., Pág. 40.

[xvii] José Luis Romero, Cambio Social, corrientes de opinión y formas de mentalidad, 1852-1930; en Las ideologías de la cultura nacional y otros ensayos. Buenos Aires, 1982. Pág. 127.

[xviii] José Luis Romero, Las ideas políticas en Argentina. Buenos Aires, 2000 (18° Ed.). Pág. 105.

[xix] Ob. Cit., Pág. 118.

[xx] Ob. Cit., Pág. 10.

[xxi] Ob. Cit., Pág. 96.

[xxii] Ob. Cit., Pág. 160.

[xxiii] Bartolomé Mitre, diario La Nación (24/03/1865), en Cuadernos para la otra historia. N°12, Norberto Galasso.

[xxiv] Juan Bautista Alberdi, Historia de la guerra del Paraguay. Buenos Aires,  1962. Pág. 156.

[xxv] José Luis Romero, Breve historia de la Argentina. Buenos Aires, 2002 (7° Ed.). Pág. 99.

[xxvi] Domingo Faustino Sarmiento, Archivo del general Mitre, Tomo IX, Carta del 20/09/1861; en Las masas y las lanzas, Jorge Abelardo Ramos. Buenos Aires, 1985. Pág.192.

[xxvii] José Luis Romero, Conversaciones con José Luis Romero, de Félix Luna. Buenos Aires, 1986. Pág. 27.

[xxviii] José Luis Romero, Conferencia en la Fundación A. Palacios (20/04/1975), en El caso argentino y otros ensayos. Buenos Aires, 1987. Pág. 326.

[xxix] José Luis Romero, Las ideas políticas en Argentina. Buenos Aires, 2000 (18° Ed.). Pág. 261.

[xxx] Luis Alberto Romero, diario Clarin (20/02/1997).

[xxxi] José Luis Romero, Las ideas políticas en Argentina. Buenos Aires, 2000 (18° Ed.). Pág. 244.

[xxxii] José Luis Romero, Breve historia de la Argentina. Buenos Aires, 2002 (7° Ed.). Pág. 148.

[xxxiii] José Luis Romero, Las ideas políticas en Argentina. Buenos Aires, 2000 (18° Ed.). Pág. 244.

[xxxiv] Idem.

[xxxv] Tulio Halperín Donghi, Las ideologías de la cultura nacional y otros ensayos. Buenos Aires, 1982. Pág. 228.

[xxxvi] José Luis Romero, El desarrollo de las ideas en la sociedad argentina del siglo XX. Buenos Aires, 1965. Pág. 26.

[xxxvii] José Luis Romero, Conversaciones con José Luis Romero, de Félix Luna. Buenos Aires, 1986. Pág. 24.

 

[xxxviii] Ob. Cit., Pág. 27.

[xxxix] Ob. Cit., Pág. 63.

[xl] Ob. Cit., Pág. 66.

[xli] Ob. Cit., Pág. 94.

[xlii] Ob. Cit., Pág. 99.

[xliii] Ob. Cit., Pág. 100.

[xliv] Idem.

[xlv] Tulio Halperín Donghi, Las ideologías de la cultura nacional y otros ensayos. Buenos Aires, 1982. Pág. 228.