Make your own free website on Tripod.com

Literatura y compromiso en la década del 50:

Martínez Estrada, denuncialista[1]

Por Nora Avaro  

noraavaro@hotmail.com

UNR

Una “unidad de problemas” vincula los intereses históricos, políticos y literarios de la obra de Ezequiel Martínez Estrada con los de la generación denuncialista nucleada alrededor de la revista Contorno. Más precisamente: el propósito claro de plantear una serie de cuestiones sobre la realidad nacional y de comprender y dirigir el movimiento interpretativo como un interrogatorio exhaustivo y totalizador. Los jóvenes contestatarios del 50 encuentran en Martínez Estrada un rasgo que resultará central para definir su propia identidad colectiva: la pretensión problemática que lleva a pensar nacionalidad y situación histórica como un dilema de múltiples aristas —“la identidad a través de lo contradictorio”, como escribió con exactitud David Viñas[2]— y, en esta dirección, le otorgan al autor una renovada vigencia.

En 1937, cuando Martínez Estrada recibe el Premio Nacional de Literatura por Radiografía de la Pampa (1933), Bernardo Canal Feijóo escribe en la revista Sur una nota en la que declara el envejecimiento prematuro de esta obra. Para Canal Feijóo Radiografía de la pampa es un texto de circunstancia cuyos pocos méritos se pierden en la medida en que esas circunstancias desaparecen: “Hoy tengo la sensación de que la obra ha quedado clavada en por aquellos días, y que el tiempo ha venido marchando desde entonces sin ella y hoy se nos anuncia con voces fundamentalmente distintas.”[3] Para Adolfo Prieto, que relee el ensayo de Martínez Estrada en una nueva edición de 1994, “Radiografía de la pampa no encontraría una recepción sensiblemente sostenida hasta bien entrada la década del cuarenta, y sólo se constituiría en lectura inevitable, en referente, en objeto de vivaz escrutinio a lo largo de la década siguiente”[4].

Recién durante la década del 50, entonces, y debido en gran parte al accionar de la nueva generación, la obra de Martínez Estrada aparece como un verdadero estimulante de la polémica y la denuncia, pero también como un buen modelo para el ejercicio de una crítica literaria rigurosa. La publicación de Muerte y transfiguración del Martín Fierro (1948) supone, para los intelectuales de izquierda, un giro decisivo e inaugural, tanto frente a los apelmazados academicismos como frente a la lectura contingente, fragmentaria y retórica propia de, por ejemplo, los ensayos de Jorge Luis Borges.

Adolfo Prieto, en su libro Borges y la nueva generación, opta sin dudar —y contra el impresionismo superfluo del autor de Otras inquisiciones— por los imprescindibles estudios literarios de Estrada; y elige su figura como un verdadero canon para los propósitos críticos que pretenden los lectores denuncialistas. Así describe Prieto el ensayo sobre Guillermo Enrique Hudson: “Martínez Estrada se juega entero en el intento de asir el sentido de la obra de Hudson, deslinda la estética y la filosofía del autor; ubica la obra en su centro de irradiación vital; le asigna un valor”[5]. Comparado con el pequeño artículo que Borges le dedica a Hudson (“Sobre The purple Land”) cargado de “observaciones marginales” y fútiles, el trabajo de Estrada propone una descripción integral que permite establecer el sentido y el valor de la obra de Hudson en su contexto determinado, todos éstos, objetivos y funciones irrenunciables para el crítico literario comprometido.

 “Martínez Estrada —y antes Roberto Arlt— son interpretados por la nueva generación como autores problemáticos y de denuncia”[6]. Según lo reconoce aquí David Viñas, también los vincula a Martínez Estrada el afán denuncialista; y aunque se dedicarán a señalar, con un énfasis aún mayor que el que ponen en reconocer semejanzas, las diferencias que los separan, los jóvenes del 50 encuentran en el autor de Radiografía de la pampa una ideología de la impugnación (“escribir es impugnar” afirma Oscar Masotta en su reseña de la revista Las ciento y una[7]) que funciona, en parte, como el cimiento sobre el que se edifica la rigurosa moral de la responsabilidad que los caracteriza. Es cierto que no dejan de objetar la buena conciencia de Martínez Estrada, y lo hacen diferenciando radicalmente las intenciones sin efecto alguno (loables, en todo caso, en este autor) de los actos y sus consecuencias políticas; pero aún así, la pasión reflexiva que arrebata a Martínez Estrada y que despliega la “tensión de lucha de su pensamiento”[8] no pudo más que provocar una fuerte atracción en jóvenes intelectuales dispuestos a llevar adelante, en todas sus contradicciones, un balance generalizado de la cultura argentina. En este sentido, Martínez Estrada encarna una actitud crítica frente a la historia nacional que se diferencia y supera tanto al liberalismo, como al revisionismo y al europeísmo. Su peculiar posición aúna “una elemental descripción valorativa, y localizadora y una correlativa polémica enderezada a una cabal y definitiva integración. Era un intento para que el pasado se integrase con el presente” —escribe David Viñas. A tono con su generación, a Viñas le interesa en este punto separar la obra de Martínez Estrada de las facciones históricas en pugna, recuperarla en su singularidad, subrayar su doble accionar (la interpretación de la realidad y su postulación) y establecer una variante del ensayo nacional que sostenga su poder revelador en la denuncia.

A diferencia de los escritores de la izquierda dogmática —para la nueva generación: el Partido Comunista y el Socialista, y Boedo y sus sucesores—, que simplificaron las múltiples tensiones del campo social en fuerzas débilmente reactivas y llegaron a confundir sus puntos de vista con los de la burguesía (fueron respetuosos de la inteligencia burguesa en el 20, antiperonistas netos desde el 45, “seudorrealistas” siempre), las posiciones de Martínez Estrada tomaron a su cargo una tarea de interpretación primera y básica, la de “esclarecer la situación”, desideologizar el “orden natural” burgués y construir un verdadero comienzo. Martínez Estrada es el que advierte, incluso con cierto rigor positivo en el manejo de los datos, el estado de dependencia real del país. Su error no está en la formulación del diagnóstico, integral y potente, sino en la falta de proyección —en la cancelación del futuro en nombre de un pasado inerte— y en la mitificación de los problemas que lo llevaron a transformarse, en definitiva, en una “verdadero creador de mitos para su clase”[9]. Ambos equívocos dan forma al irracionalismo esencialista de Martínez Estrada y al tono decepcionado, profético y, en parte, apocalíptico de su denuncia que, para los intelectuales intervencionistas de la década del 50, resultan un escollo insuperable a la hora de aceptar su obra sin ambages.

La nueva generación señala una y otra vez esa carencia central y demasiado riesgosa en este tipo de pensamiento, donde la eficacia para plantear los conflictos nacionales se ve ensombrecida por la imposibilidad atávica de encontrar soluciones. En consecuencia, el fatalismo geográfico y abismal propio de la obra de Martínez Estrada resulta desatinado, sin salidas, ahistórico, destruye toda “posibilidad operativa” e inutiliza tanto su estupenda sagacidad como su espíritu de rebelión.

H. A. Murena leyó el ahistoricismo y el misticismo de Martínez Estrada, a diferencia de la nueva generación, como un emergente primordial de la idiosincrasia americana. Martínez Estrada fue aquel que se enfrentó a la desposesión —a la falta de historia y de cultura—, tomó conciencia y la hizo objeto de su obra. Esta actitud inaugural —Murena lo nombra “el primer hombre del espíritu”— transforma a Martínez Estrada en un maestro, en un padre, y al propio Murena en primer discípulo, pero también en parricida. Porque, llevada a sus propios límites, la extrema lucidez del maestro revierte en profecía y en pureza inconducentes, y desdeña, según Murena, “los problemas de estos seres apestados que somos nosotros, [y así, Martínez Estrada] asciende, se aleja de los hombres”[10]. Para Ismael Viñas, en cambio, la imagen de Martínez Estrada no es tanto la del profeta incontaminado que anuncia una verdad incontrastable para luego elevarse celestialmente, sino la expresión más clara del desengaño de una clase media que no pudo “desplazar” a la burguesía, y cuyo movimiento frustrado redundó en una mitología del desasosiego, paralizada en la enumeración de engañosas esencias telúricas. Martínez Estrada representa a esa clase que, como “no sabe o no puede ganar la batalla contra una situación que le disgusta, [encuentra que] esa batalla está perdida de antemano y para siempre”[11].

A pocos años de la publicación de su libro Martínez Estrada, una rebelión inútil (1960), Juan José Sebreli escribe en el prólogo a la segunda edición de 1966: “No es azar que haya elegido como tema de mi primer libro la figura de Martínez Estrada. El estupor con que asistíamos a las violentas transformaciones del país en momentos en que comenzábamos a pensar, nos planteaba problemas que eran en cierto modo los que Martínez Estrada se había planteado a su manera. Una generación de argentinos a la que pertenezco ha estado influenciada en sus comienzos por la obra de este autor incitante, suscitador de los temas claves de la realidad argentina contemporánea que tanto nos preocupaba”[12]. El estupor frente a una realidad confusa y en cierto sentido hermética y las dificultades para plantear el tenor y el alcance de los avances históricos en la Argentina de los 50 encuentran un recurso a medias en la gran figura de Martínez Estrada. Aquel que se atrevió a pensar desde el principio y sin clemencia se constituye en herramienta de reflexión para quienes se proponen volver a pensar todo de nuevo. Pero una herramienta utilizable sólo en parte, y también sólo como un punto de partida que es necesario manejar con cuidado y luego abandonar para no perder ni la postura crítica, ni la capacidad operativa, ni el “sentido historicista” —según la expresión de David Viñas—. Martínez Estrada comprende una etapa lúcida en el necesario camino de la interpretación, pero sólo una. Es, entonces, un modelo parcial “a revisar”, pero también un “tema de meditación” en sí mismo, y, además, un “dato”, un representante acabado del fin de una época, “la generación del 25”.

El propio Sebreli, en su libro ya citado, entiende que los números dedicados a Martínez Estrada por las revistas Contorno y Ciudad en 1954 y 1955 respectivamente advierten sobre el interés coyuntural en analizar y discutir la repetición histórica de movimientos y de crisis (en el peronismo, el yrigoyenismo y el rosismo; o en el 55, la crisis del 30) alrededor de los sugerentes ensayos de Martínez Estrada, que junto a la obra narrativa de Arlt se constituyen en un par de figuras claves de lo que Sebreli denomina “pesimismo irracionalista”[13]. Porque frente al pintoresquismo jocoso y colorido de los martinfierristas (movimiento que servirá siempre como holgado antecesor y contrincante en la definición por la negativa de las características de la nueva generación), la obra de Martínez Estrada —y la de Arlt— aparece como el último esplendor en negro de las luminarias del radicalismo de Alvear. Martínez Estrada es aquel que “se dio cuenta” y transformó esa conciencia en pensamiento, denuncia y pesadumbre. Esta “toma de posición” es evaluada por Sebreli tanto en su aspecto ideológico como en el expresamente formal (ambos siempre indisolublemente unidos en las críticas de los denuncialistas). Radiografía de la Pampa constituye un giro radical en la actitud de Martínez Estrada para con su contorno, pero también lo es —y no en menor medida— su paso de la poesía a la prosa, “de la armonía al caos”, según lo anota Sebreli. Porque la sola elección de la prosa define ya una nueva perspectiva política y social, con Radiografía de la pampa puede afirmarse que Martínez Estrada “se abraza estrechamente con su época” (Sartre). Como se ve, Sebreli hace jugar distintos niveles en un único pero esencial pasaje con el fin de unir época y obra, y resolver esta última en “testimonio”: de la poesía a la prosa, de la armonía rubendariana al caos de la realidad y, como culminación histórica, del alvearismo a la crisis del 30. También va en este sentido la pregunta con que Adelaida Gigli finaliza su ensayo “Martínez Estrada: oro y piedra para siempre”, donde retóricamente se interroga sobre la decisión del autor de abandonar la poesía. Escribe Gigli: “En síntesis: un proyecto obstinado, un esfuerzo constante, una indecisión aniquiladora. Poemas sin futuro. Y también poeta sin futuro o con su futuro tan escrutado, que prefirió la prosa. ¿Por algo después de 1930?” [14].

Para Sebreli, el evidente auge de Martínez Estrada en la década del 50 depende, en gran parte, de los esfuerzos de Murena por convertirlo en un pensador inmovilizado en la idiosincrasia; y es claro que para los denuncialistas tanto sus lecturas —siempre unidas a su afán discipular— como “el pecado original” de Murena constituirán los efectos ideológicos no deseados del pensamiento de Martínez Estrada (a los que se agregan, el “demonio americano de Solero”, el “demonismo vegetal” de Kush, el “desarraigo argentino” de Maffud o la “personalidad argentina” de Patricio Canto). Es como si Murena y sus seguidores enfatizaran el costado francamente desdeñable de la obra de Estrada y, al mismo tiempo, oscurecieran sus aspectos positivos e iluminadores, aquellos que la nueva generación decide rescatar en su revisión crítica. Pero es justamente Sebreli de los más duros examinadores con el autor, ya que señala en su obra —y también en la de Eduardo Mallea— la peligrosa cristalización de una línea mitologizante y telúrica en la Argentina (en la que figuran nombres como los de Ortega y Gasset, Waldo Frank, Keyserling, Ricardo Rojas, el primer Borges, Scalabrini Ortiz, Victoria Ocampo y Leopoldo Marechal) cuyo fatalismo geográfico obtura la libertad humana y, por ende, el movimiento crucial de la historia.

En dos artículos dedicados al autor, “Reflexión sobre Martínez Estrada” y “Alrededor de Sarmiento”, Ismael Viñas se mueve en dos estratos. Por un lado, no deja de evaluar esta obra siempre en nombre de “los jóvenes” o de “la nueva generación” y de interrogarse sobre qué hay allí de aprovechable, tanto en términos conceptuales como estilísticos, para los intelectuales que consideran de vital importancia estudiar el problema de la identidad nacional —averiguar “lo que somos nosotros”— con el fin de interpretar la situación histórica contemporánea. La situación nacional y la búsqueda de la identidad se enmarcan en Martínez Estrada en un contexto mayor que es el de la relación entre Europa y América. Del mismo modo, en muchos de sus escritos, la franja denuncialista, y en especial Ismael Viñas, volverán una y otra vez a discutir el europeísmo o la centralidad de la cultura europea para pensar las condiciones de un país periférico como la Argentina[15]. Por otro lado, el pensamiento de Martínez Estrada, y también el cariz de su prosa (en términos de Ismael Viñas: “oscura”, “profética”, “parcial”, “ininteligible”, “intuitiva”), es revisado en tanto síntoma y suma de una realidad signada por la ruptura del orden nacional y por “la pérdida de fe”. Esta doble prerrogativa de la obra de Martínez Estrada —la posibilidad de servir como objeto de análisis y, también, como referente— le permite a Ismael Viñas activar una idea central en la deontología crítica de los jóvenes denuncialistas, aquella que entiende a la literatura como “testimonio”, como un documento privilegiado para “efectuar una valoración de lo que aquí se ha hecho, y de ver a través de lo hecho”[16].

Ezequiel Martínez Estrada es para los jóvenes del 50, tal como hemos visto, un representante más de la “generación del 25”. Aunque sin vinculaciones con el martinfierrismo, ni gregarias ni poéticas, la figura del autor de Radiografía de la Pampa se recorta también en ese momento crucial, especialmente rico en posibilidades, en que, según Ismael Viñas, “se terminó por elegir mal”. Respetando esta dirección controversial, común a todos los intentos analíticos de los denuncialistas y que tiende a fijar responsabilidades históricas, Ismael Viñas pasa revista a la obra de Martínez Estrada pero se preocupa en diferenciarla de la de la mayoría de sus coetáneos. Martínez Estrada, al contrario de los martinfierristas, persistió en los problemas nacionales, se interrogó de modo decisivo y no se conformó con ninguna respuesta. Su vehemencia denuncialista lo distingue de sus congéneres y, aunque muchos de sus planteos resulten insuficientes e incluso errados, la nueva generación decide rescatar el carácter “opositor” y turbulento de su obra. Pero, además, Ismael Viñas se detiene con singular interés en describir “el método expositivo” de Martínez Estrada, y entiende que sus ideas son inseparables de las estructuras retóricas de su reflexión. Así, el tenor de sus profecías, o el carácter “literario” de sus frases, dependen en todo de una firme actitud argumentativa que busca dar cuenta de las grandes totalidades del pensamiento y de la historia aún a riesgo de resultar oscura y, además, propicia para interpretaciones oportunistas. Martínez Estrada oculta su “trabajo de análisis” para subrayar sus “sentencias” generales y relega los detalles para afianzar la realidad de los “hechos en bloque”[17]. Y esta postura no puede explicarse sino fusionando en un todo único el estilo reflexivo y las ideas. Y aun cuando el cariz paradójico de sus escritos pueda ser utilizado por los mismos que Martínez Estrada pretende denunciar en su obra. La paradoja funciona para Ismael Viñas en una distinción entre lo que llama “el estilo” y “el discurso” (y también “el estilo” y “el pensamiento”, o “la literatura” y “el discurso”) homologable al clásico par forma/contenido. En Martínez Estrada suele haber preponderancia de la forma, del estilo, por sobre el contenido, las ideas; una ventaja “literaria” que atenta contra el rigor de sus análisis pero que subraya una “actitud” singular del autor: su pasión en la denuncia. En este sentido, Sebreli considera que es justamente el “estilo” de Martínez Estrada el que atrajo a los jóvenes críticos. Aunque no duda en calificar su escritos como “de derecha” sin medias tintas, encuentra que su pensamiento resultaba “más sutil, ingenioso y subjetivo que el de la derecha tradicional, resultaba mucho más atractivo que el del estrecho esquematismo de las izquierdas esclerotizadas”[18].

Por su parte, en “Los ojos de Martínez Estrada” —un análisis del relato “La inundación”—, David Viñas describe, en este sentido, el funcionamiento de un aparato formal al servicio de la ideología del autor. El punto de vista adoptado por Martínez Estrada en la narración, una mirada panorámica y altiva que señala la “pureza” del escritor y que no alcanza a singularizar ni los personajes ni los detalles de su historia sino que los reduce a su índole genérica, diseña una perspectiva distante, incontaminada, de un narrador que describe sin dramatismos, como un predicador impasible y desde el púlpito, y sólo dentro de los límites impersonales de la masificación. Es claro que, para Viñas, como para todos sus compañeros de generación, esta decisión literaria pondrá a significar de modo directo el carácter doctrinario general de la obra de Martínez Estrada.

 



[1] Este escrito forma parte de una investigación mayor que, bajo el título Los denuncialistas. Literatura y compromiso en la década del 50, la autora lleva adelante en colaboración con Analía Capdevila.

[2] David Viñas: “La historia excluida: ubicación de Martínez Estrada” op cit.

[3] Bernardo Canal Feijóo: “Radiografías fatídicas”, Sur N° 37, octubre de 1937.

[4] Adolfo Prieto: “Radiografía de la pampa. Configuración de un clásico” en Carlos Altamirano (ed.): La Argentina en el siglo XX. Buenos Aires. Ariel /Universidad Nacional de Quilmes. 1999.

[5]Adolfo Prieto: Borges y la nueva generación. Buenos Aires. Letras universitarias. 1954.

[6] En David Viñas: “La historia excluida: ubicación de Martínez Estrada”, op. cit..

[7] En Centro  7, diciembre de 1953. Recopilado en el Capítulo IV “El compromiso crítico”.

[8] Ismael Viñas: “Reflexión sobre Martínez Estrada” en Contorno N°4, diciembre de 1954. Adolfo Prieto recrea esta imagen de Viñas y define el estilo de Martínez Estrada como “unitariamente intensivo” (en Borges y la nueva generación. op. cit).

[9] Cfr. Ismael Viñas. “Algunas reflexiones en torno a las perspectivas de nuestra literatura. Autodefensa de un supuesto parricida” (op. cit.)

[10] Cfr. “Martínez Estrada: la lección de los desposeídos” (op. cit). Es notable aquí la semejanza de esta última imagen de Murena con la descripción del punto de vista narrativo que realiza David Viñas (ver infra) en “Los ojos de Martínez Estrada”, Contorno N° 4 (op. cit.).

[11] Ismael Viñas: “Algunas reflexiones en torno a las perspectivas de nuestra literatura. Autodefensa de un supuesto parricida” (op. cit).

[12] Juan José Sebreli: Martínez Estrada: una rebelión inútil. Buenos Aires. Catálogos. 1986.

[13] Por su parte, Ismael Viñas llama a ese sentimiento común a ambos escritores “irritada lucidez” (en “Algunas reflexiones en torno a la perspectivas de nuestra literatura Autodefensa de un supuesto parricida”, op.cit.) El par Arlt / Martínez Estrada será retomado, en varios artículos de los denuncialistas, como una suerte de función expeditiva que servirá para señalar un estado de conciencia contrario y avanzado en relación al martinfierrismo. En este sentido, también pueden interpretarse los sendos números exclusivos que la revista Contorno les dedicó a estos dos escritores. Por otro lado, David Viñas reconoce que, junto a las de Jean-Paul Sartre, las lecturas fundamentales de “la nueva generación” fueron El juguete rabioso y Muerte y transfiguración del Martín Fierro. Cfr. Mónica Sifrim: “La ciudad y los libros” (reportaje a David Viñas) en Cultura y Nación, Clarín, 5 de octubre de 1995.

[14] Adelaida Gigli: “La poesía de Martínez Estrada: oro y piedra para siempre” en Contorno N°4, op. cit..

[15] Cfr. Ismael Viñas: “Algunas reflexiones en torno a las perspectivas de nuestra literatura. Autodefensa de un supuesto parricida” (op. cit.), y “Para una perspectiva de nuestra cultura” (op. cit.).

[16] Cfr. “Terrorismo y complicidad” en Contorno N° 5/6, setiembre de 1955.

[17] Adelaida Gigli plantea el fracaso, en el campo de la poesía, de ese afán exhaustivo de Martínez Estrada. De un género a otro, de la prosa al poema, Gigli señala el cambio de valores. Con Sartre, encuentra que las grandes síntesis totalizadoras del ensayo no prosperan en el lenguaje poético: “De todo se ha dicho y de todo se ha hablado sin omitir detalle alguno, practicando un verdadero método cartesiano, sin pasar a otro tema sin previo agotamiento del anterior, seccionando cada unidad mayor en tantas partes como sea posible. El mismo recurso que con el tiempo empleará en la prosa de Radiografía, en la Cabeza de Goliat y en el Martín Fierro. Las totalidades se arquitecturan sobre la base de este particular puntillismo que si resulta eficaz en el análisis discursivo, malogra toda intuición poética, porque —es obvio— que una montaña no se consigue juntando granos de arena”. En “La poesía de Martínez Estrada: oro y piedra para siempre”, op. cit. También Ismael Viñas atenderá al estilo “puntillista” de Martínez Estrada, en el que la suma de rasgos “pinta” “cuadros” de la realidad. Pero regido siempre por las formas totalizantes, Martínez Estrada no usará los detalles en términos metonímicos sino siempre en las líneas posibles de una gran y minuciosa sumatoria. Cfr. “Reflexión sobre Martínez Estrada” en Contorno N° 4, diciembre de 1954, incluido en este apartado. En este sentido puede leerse la caracterización del pensamiento de Martínez Estrada que David Viñas hace en “Leopoldo Lugones: Mecanismo, Contorno y Destino” (op. cit.). Allí el autor valora el “impresionismo” de Estrada como la técnica más adecuada para observar y descubrir el “esencial significado” del “simple paisaje de los hechos”. Pero, de inmediato, Viñas anota el riesgo y la debilidad de esa perspectiva “pictórica” que deviene “puntillismo” y que “resulta defectuosa [en] su proclividad a magnificar los resultados de detalle otorgándoles una vigencia mayor de la que merecen”.

[18] Juan José Sebreli: Martínez Estrada: una rebelión inútil (op. cit.).