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Eduardo Wilde, flaneur boliviano

 Guillermo Korn

gakorn@mail.retina.ar

 

El cronista de la 'Nación', boliviano de oficio y estudiante de nacimiento, cronista por accesorio, y profesor de afición, comerciante a veces, farzante siempre  y cómico á natura...".

Eduardo Wilde, 1864.

 

 

No. No es por una cuestión de acomodamientos al actual escenario político latinoamericano que incluyo en el título de este trabajo el origen de nacimiento de Eduardo Wilde. Más bien me interesaba marcar una característica, la de callejero, paseante, vagabundo: flaneur  y el choque de esta condición con un gentilicio contrastante: boliviano. Me incomoda, reconozco, usar la primera de estas palabras: flaneur pero me permito –sólo por un rato- una pequeña expropiación de su uso.

La inconclusa novela Aguas abajo, nos sitúa en el pueblo de Tupiza, en la provincia del Chorolque o de Chichas, pueblo que tenía "dos calles, una de las cuales se llamaba 'la calle izquierda', por contrapunto por la otra llamada 'la calle derecha'". En él "sus habitantes trabajaban mansamente, se divertían en las fiestas, rezaban a sus santos, enterraban a sus muertos y dejaban correr la vida según como venía". La pluma adulta del narrador Wilde se inscribe en el mundo infantil de Boris, como nombra a Wilde niño. Las tierras de la plata potosina no era de los territorios más elegidos por los exiliados del rosismo, aun cuando se sumen allí Mitre, Benjamín Villafañe, Paunero, Pedro Echagüe o Félix Frías.

Son felices los recuerdos que Wilde guarda de su terruño natal: En un viaje por China, cuando asiste a una clase de medicina donde se habla de la coca, Eduardo interviene explicando las propiedades de ese vegetal y lo hace, dice: "en mi calidad de indio boliviano i creo que por primera vez se tocaron los extremos, China y Tupiza, en un aula del otro lado del retazo del mundo en cuyas soledades pernocta la inolvidable aldea de mi nacimiento".

Don Diego Wilde, su padre, cuya biografía se sitúa entre el legajo militar y el espíritu de aventuras, llegó "a Tupiza, donde se estableció como comerciante, abrió una tienda, que prosperó rápidamente y la familia alcanzó una situación modesta, pero eficiente -describe en Aguas abajo- en esto fue atacado por la fiebre de las minas, liquidó su tienda, adquirió un mineral y se puso a trabajar con él con cierto éxito al principio”. El nacimiento del pequeño Eduardo Faustino en aquel paraje fue suficiente argumento para echar mano de él y transformarlo en un despectivo insulto en los días en que la reforma educativa roquista lo contó como un protagonista central: ¡Meteco! gritaban las histéricas voces ilustradas del catolicismo. ¡Meteco! le arrojaban a modo de injuria los simpatizantes de Mitre. Meteco: esa era -recordemos- la denominación aplicada al extranjero que recibía derecho de residencia en la antigua Grecia. En la ciudad se hallaba sujeto al pago de su tributo y a grandes limitaciones de su capacidad jurídica. Estaban en general excluidos del matrimonio legitimo con ciudadanos, y se les prohibía la posesión de inmuebles en la polis y el ejercicio del comercio en el agora. Sintetizo: un habitante de segunda, un no ciudadano. El que se arroga derechos que el natural de un sitio no le concede o pretende cercenarle. Por ejemplo, los de un ministro, nacido en Bolivia, que le pone límites a la presencia religiosa en cuestiones pertinentes al Estado.

Volviendo: tras su paso por el Colegio del Uruguay, fundado en entre Ríos por Urquiza, el joven Eduardo recala en Buenos Aires. Eran los tiempos en que inicia sus estudios universitarios, tiempos en que su estómago le pedía una puesta al día en la casona generosa de los Goyena, cuando con Ignacio Pirovano pedían fiado en la fonda de la Sonámbula, tiempos en que disimulaba con tinta los agujeros de sus zapatos o cuando la limpieza de sus camisas era pagada "con el tiernísimo amor que profesaba" a la hija de la lavandera. Sus penurias y estudios de medicina fueron solventados en parte por los ingresos como profesor de matemáticas y también por sus trabajos periodísticos: de ellos nos interesa la Crónica local, espacio sin firma, que a diario ocupaba entre una y cuatro columnas de las páginas de La Nación Argentina. Este espacio fue redactado por Eduardo Wilde, entre agosto de 1863 y el 10 de mayo de 1865, cuando por primera vez firma sus crónicas para despedirse de sus lectores. Que no eran pocos. El diario pensado por Mitre como un puesto de combate, antes de darle continuidad con La Nación ya convertida en tribuna de doctrina, reconoce tener de tres a cuatro mil ejemplares. Sarmiento, en 1841, consideraba a los diarios en los pueblos modernos como un fenómeno homologable al foro romano: “la prensa -decía- ha sustituido a la tribuna i al púlpito; la escritura a la palabra”.

La Nación Argentina era dirigido por José María Gutiérrez. Otro Gutiérrez, Juan María, como el mencionado sanjuanino lo hacía en sus textos de viaje, firmaba sus cartas dirigidas a Pío José Tedín, como "el cooflaneur. Votre invariable Cooflaneur". Apenas dos antecedentes para situar al autor de Por mares y por tierras en ese estrecho vínculo que creó entre la palabra y la ciudad.

Wilde, en sus crónicas, abarcaría innumerables y disímiles temáticas: desde las escasas ofertas culturales que la pequeña aldea brindaba a comentarios sobre el estado de las calles porteñas, de noticias banales tomadas del paquete de diarios que llegaban en los barcos y reescribía en Buenos Aires a la burla a los colegas cronistas de otros diarios porteños, del anuncio sobre los horarios de los espectáculos en los teatros de la Victoria y Colón a artículos de opinión -sin firma-, con posiciones tomadas sobre variados temas urbanos. Otras guardaban la forma de artículo costumbrista y en ellos las temáticas más recurrentes eran la moda, la ciudad –sus transformaciones y sus personajes– y, también, el análisis del propio lugar de cronista, la complicidad que establece con el lector, las quejas hacia el propio espacio donde publica, o la referencia permanente al propio género que se elige como estilo de escritura. Dicho de otro modo: Wilde, y se podría hipotetizar que éste será un rasgo del periódico que crea el siglo diecinueve-, despliega su escritura no sólo sobre otros hechos que deben ser narrados, sino también sobre sí misma, construyendo de ese modo, un discurso que se desarrolla en la misma columna. Tal ejercicio de autoconciencia, plantea la escritura como un proceso de trabajo antes que como una obra terminada, cuestión que central en los movimientos de vanguardia.

Si debiera definir una constante para enhebrar la lectura de las crónicas –de los Hechos locales como le gusta calificarlos al propio Wilde– no dudaría en inclinarme por el humor. No para los hechos más formales como los que avisan de las salidas de vapores, o los de remates, de publicaciones o de negocios que se inauguran, pero sí usa el humor cuando describe a personajes anónimos de la ciudad. También para tratar las cuestiones sanitarias, insistir con burla a los dandys, narrar a los robos y las peleas callejeras, ventilar los asuntos de faldas, promocionar los entretenimientos, entusiasmar con los adelantos científicos, referir al estado del tiempo, elogiar a las mujeres de Buenos Aires, amenizar las tertulias.

En todos esos temas una pátina de humorismo queda adherida, sea en la resolución del escrito, o desde un encabezamiento mordaz que presenta la nota. En los primeros meses en que Wilde se hizo cargo de la sección, las notas más vinculadas a la política municipal, con críticas por el estado de la ciudad o a su policía, las mechaba con remates irónicos, o con salidas imprevistas pero en las últimas que escribe cambia su tono por uno más cercano al rezongo, y al denuncialismo. La prosa de Wilde adulto se la asocia al humor indefectiblemente. Algunos comentaristas como Méndez Calzada lo atribuyen a su origen sajón: transcribo “Británico era, en efecto, por la progenie y por la formación espiritual, ese admirable escritor –el más admirable escritor del siglo pasado, para mi gusto– con el que hace aquí el humorismo su primera aparición. (.....).“La aparición de Eduardo Wilde en nuestras letras –agrega Méndez Calzada- tiene para mí el carácter de milagro. Él es quien prepara el terreno para que pueda florecer aquí una literatura humorística. Querámoslo o no, Wilde será, siempre, el padre del humorismo argentino, será el iniciador, el maestro, el clásico”. Tras el mote de humorista se ocultan sus  quejas, su aburrimiento y la soledad que transcribe en sus cartas íntimas mientras acumula cargos en distintas embajadas, en los últimos años de su vida.

Quizás por los designios del humor wildeano, estemos leyendo este trabajo, hoy en Rosario, en una mesa redonda sobre el ensayo pese a que eran la crónica y la ficción los géneros elegidos por Wilde  para hablar de Buenos Aires.

 

La reina del Plata

 

“Caminando, caminando, me fui hasta las orillas de la ciudad, cerca de las quintas”.

E. Wilde, Sin rumbo

 

No es sencillo imaginarse cómo era Buenos Aires hace más de cien años. Podemos tener una idea aproximada si la situamos entre la Amalia de Mármol y La gran Aldea, de Lucio. V. López, entre la ciudad rosista y la del ochenta. Puede ayudar la síntesis del historiador James Scobie: "En la gran aldea, la Plaza de Mayo y las manzanas adyacentes eran el centro de la actividad comercial, financiera, social e intelectual. Los sectores adinerados y poderosos procuraron vivir en este centro y, en general, el prestigio de una familia tenía mucho que ver con su proximidad a la plaza".

Wilde describe la ciudad a partir de sus paseos, anticipando -muchas veces- su interés en las cuestiones sanitarias que le darán un lugar destacado en 1871, cuando la epidemia de fiebre amarilla. 

El blanco de las críticas más enfáticas de las Crónicas locales están centradas en la administración de la ciudad de Buenos Aires. Insisto con alguna referencia histórica, Bartolomé Mitre, vencedor en Pavón en 1861, y presidente desde 1862, –siguiendo la resolución de la Asamblea Constituyente de 1853– se propuso federalizar la ciudad de Buenos Aires como condición para hacer efectiva la unidad del país. Luego de debates, tensiones, dimes y diretes, se acordó, en 1862, que la ciudad de Buenos Aires fuera por cinco años la sede de gobierno de las autoridades nacionales y provinciales. El tema no se resolvió definitivamente hasta 1880, mientras tanto la división del partido Liberal se dio entre los nacionalistas porteños y los autonomistas. Los primeros bajo la figura de Mitre, "tenían su órgano periodístico en La Nación Argentina" mientras que los autonomistas, dirigidos por Adolfo Alsina, se expresaban en La Tribuna, de los hermanos Varela.

La aclaración histórica permite comprender el tono polémico de Wilde como portavoz –a través del diario y de su columna– del sector mitrista. En pocos años, se sumará a las filas del autonomismo y pasará a ser una de las voces más duras contra el traductor del Dante, como por ejemplo cuando ironiza diciendo que  los proveedores del ejército en la Guerra del Paraguay le regalaron a Mitre  "una casa, una imprenta, un diario, muebles, libros, hasta la reputación de literato".

Volviendo a la ciudad, y a los escritos juveniles de Wilde, es permanente la insistencia en criticar la suciedad de Buenos Aires. No hay prácticamente día en que falte alguna crítica a la Municipalidad. Puede incluso leerse -en una misma columna- cuatro o cinco crónicas comentando el mal estado de la ciudad y quejándose del gobierno comunal, todas bajo un tono de protesta o de humor. Por ejemplo, bajo el título "Municipalidad", hay un diálogo entre dos ciudadanos, uno  de ellos supone que la Municipalidad está compuesta por extranjeros, por eso no se entienden los pedidos en castellano. El reclamo es por las aguas servidas que "despiden un olor a cuero de diablo quemado, están negras y espesas como aceite, con el calor esto vá á ser orijen de alguna epidemia que vá a dar con todos los del barrio del alto en los infiernos". Deciden finalmente quejarse en francés uno y en inglés el otro, reproduciendo el pedido en idiomas.

Con la  llegada de los colonos inmigrantes que se radicaron en las zonas agrícolas de Entre Ríos y Santa Fe, vienen otros que se radican en Buenos Aires provocando cambios en el ámbito urbano. A ellos refieren las crónicas que insisten con el mal gusto que implican los letreros de los negocios, en un caso por lo mal escrito que estaban y la deformación de la lengua nacional y en otro, por la mala impresión que los carteles ocasionaban para los extranjeros "ilustrados", ya que los carteles no informaban verdaderamente sobre las actividades que en esos locales se desarrollaban. Ejemplifico, "en la calle Belgrano, entre San José y Santiago del Estero, hay una carnicería q' tiene en el frontis con letras muy gordas 'Carnicería del Congreso'; como sabemos que los congresales nada tienen que ver con lo que allí se vende y el letrero es chocante, pedimos á quien corresponde que lo mande borrar, y de paso indicaremos que sería bueno tomar alguna medida para evitar el que, como ahora sucedes se llene la ciudad de letreros de una horrible ortografía y peor sentido, que dan muy mala idea de la ciudad a los estrangeros". (Letrero que debe borrarse,  26-7-1864).

El tema de los letreros no es una novedad, mantienen una tradición en la literatura satírica y de costumbres, de hecho el propio Wilde lo reconoce cuando en Otro letrero alude a sus antecesores: "el ilustre Fray Gerundio y el no menos insigne curioso parlante". Allí alude a un cartel puesto en otra carnicería de la calle Victoria -hoy Hipólito Yrigoyen– cuyo cartel la promocionaba como Carnicería de la Victoria de Garibaldi. "¡Carnicería de Garibaldi! Garibaldi haciendo carnicerías y después de una victoria! Por honor a los italianos pedimos se borre tal cosa. Un estrangero que lea esto y que no sepa que la calle en la que se halla es la de Victoria, seguramente tomará al héroe italiano como un hombre sanguinario. Que se borre!" (28-7-64)

Con la transcripción de registros orales, básicamente del habla de los italianos, Wilde anticipa modos en que la literatura argentina tomó la lengua de los inmigrantes: el  personaje del napolitano en Juan Moreira (aparecido entre fines de 1879 y comienzos de 1880 como folletín en La patria argentina) y numerosos textos de Fray Mocho,  quienes en general son reconocidos también como basamento del sainete. Los inmigrantes son material de primera mano para la escritura de los hechos locales, y no sólo por su media lengua. También por sus oficios. El organillero, por ejemplo, al que califica como "tipo acabado de holgazán", rutinario tanto en sus melodías como en sus movimientos corporales sobre la manivela. Se hace eco de los conciudadanos, porteños ellos, que terminan apedreando al bachicha porque éste no acepta cambiar su música por el pedido de un rioplatense cielito. Pero la invasión criticada no es sólo sobre las costumbres que llegan desde el exterior sino también las locales. En una de las crónicas toma diversos aspectos de la moda, con temas que serían retomados en su etapa madura, se titula Adornos de barro cocido (28-3-1865). La moda pasa por sumar objetos innecesarios en las viviendas: "Es una desgracia inmensa, que casi todos los que tienen dinero, carezcan de buen sentido, de gusto y que sobre todo nos hallemos en un estado tan primitivo que los hombres crean que el lujo no consiste en tener cosas buenas, sino en tener muchas cosas". En seguida a la protesta se agrega la "invasión" de adornos de barro cocido. Esta mirada crítica a la nueva burguesía que se viene imponiendo en Buenos Aires en los años del mitrismo, la complementa y acentúa –años después– desde un mirada más aristocrática cuando en "Vida Moderna" denuncie la invasión de adornos y objetos de arte con los cuales le toca convivir y que le hacen decir a Baldomero Tapioca –uno de sus seudónimos-: "no podía dar un paso sin romperme la crisma contra algún objeto de arte. La sala parecía un bazar, la antesala ídem, el escritorio ¡no se diga!, el dormitorio o los veinte dormitorios, la despensa, los pasadizos y hasta la cocina estaban repletos de cuánto Dios crió". Su aguda mirada juvenil lo lleva a criticar –con anticipado humor– las costumbres de una elite a la que finalmente pertenecería.

¿Actualizamos?

Wilde camina, escucha los tonos de la ciudad, pasea y mira. Su mirada sobre Buenos Aires no es nostálgica. Tampoco podríamos considerarla conservadora. Wilde, como otros hombres de su generación, participó en la construcción de la ciudad moderna. No narra desde afuera la vida urbana, sino desde la experiencia de sus transformaciones. Muy diferente es la actitud de algunos flaneur contemporáneos. Digo, Sebreli y algunos otros.

En una entrevista que sirvió al lanzamiento de la reedición del clásico de Juan José Sebreli: Buenos Aires, vida cotidiana y alienación donde se incluye un texto que lo actualiza: Buenos Aires, ciudad en crisis, el autor utiliza palabras de referencia obligada hoy en cualquier estudio que se precie: hibridación, mezcla, heterogeneidad. Eso para hablar del barrio de Constitución, barrio que describe como "absolutamente destruido, tugurizado, lumpenizado". Sebreli se lamenta también por la desaparición repentina de los bares que empieza a frecuentar, en Saint Germain en cambio los cafés están intactos. Después de enumerar el volumen de su biblioteca comenta el traslado del centro porteño de la clásica esquina de Corrientes y Callao a Santa Fe y Callao y se vuelve a lamentar:  "Corrientes ya no es lo que era, Florida no es lo que era" -dice. ¿Qué ciudad se mantiene igual a si misma, Sebreli? Respuesta: una ciudad estática, muerta.

La otra visión, complementaria con esta, es la que ofrecen los promocionados cortometrajes de Rafael Filipelli, Buenos Aires I, II y III, realizados hace una década,  y que se están exhibiendo en estos días, en el Centro Cultural Rojas de Buenos Aires. En el primero de los videos, una veintena de apellidos de intelectuales aparecen como respaldo a los guiones de Beatriz Sarlo, Adrián Gorelik y Graciela Silvestri y las imágenes de Fillipelli. De allí en más, una sucesión de buenas fotografías y una toma reiterada de un recorrido en el subte A, aparecen intercaladas a las imágenes del propio director de la película que se filma a sí mismo canturreando unos tangos, o a su grupo familiar. Las únicas personas que aparecen en los tres cortos son los pertenecientes a un calificado grupo intelectual, un par de invitados y algunos pocos orientales, los metecos de ocasión que sirven para ejemplificar algunos conceptos similares a los empleados por Sebreli y también en boga: digamos "hibridación", digamos "frontera". Es llamativo la ausencia de gente en las calles, no hay habitantes,  vecinos,  ciudadanos, o transeúntes. Toda una apuesta estética, una concepción urbana y, cómo no, una definición política. Similar a lo que afirma el autor de Martínez Estrada, una rebelión inútil, el autodefinido último flaneur, cuando sentencia que "La calle empieza a quedar desierta".

Esa frase se encadena con otro texto escrito por Beatriz Sarlo, para un catálogo de fotos de Alejandro Lipszyc sobre el barrio de Constitución.  Leo, de ese catálogo, su comienzo:  "Tuve, como toda persona acostumbrada a una dieta que combinaba Woodstock y el Colón, un reflejo instantáneo de extranjería. Pero no eran ellos los que escuchaban esa música, los extranjeros. La extranjera era yo, -reconoce Sarlo- que de pronto me había metido en un campo sonoro de un quiosco de discos, y había saltado como si me hubiera quemado con una plancha. En el andén, nadie escuchaba otra cosa que la música del quiosco. Sólo yo sentí que algo inhabitual se expandía, carnavalesco, agresivo, estableciendo un imperio musical extranjero, que seguramente tenía sus héroes y sus princesas, cuyos nombres no me eran familiares en absoluto."

Existen en este texto marcas de clase muy notorias. Pero vayamos a lo que unifica a las tres miradas actuales que mencioné. La extranjería a la que hace alusión Sarlo transparenta la propia exterioridad para juzgarse como observadora de aquello que no comprende. En todos ellos, el diagrama usado para mirar la ciudad es similar al formato fotográfico: esto es, se congela y estetiza. Se muestran edificios yertos, sin nadie que los habite. Una estética de lo vacío. Una fábrica moribunda, la morbidez del Riachuelo, la estación Retiro sin gente, eso en los videos de Fillipelli, los cafés cerrados y la calle desierta de Sebreli, y estridencias, imágenes borrosas y distancias infinitas entre quien analiza y los transeúntes de Constitución.

Son imágenes de lo mismo: se sella un momento histórico determinado, el del crecimiento de la ciudad pensada por el intendente Alvear al que puede sumársele algún toque vanguardista. Congelamiento así de una ciudad idealizada y de un pasado que se considera irrecuperable. La ciudad se vuelve teórica, deviene un deber ser o un espacio vacío.

La pobreza los vuelve extranjeros. La ciudad no está desierta sino habitada por otros demasiado diferentes. Hace un par de días atrás, pudimos leer en Clarín una nota sobre la conveniencia o no de dar un limosna cuando se nos solicita. La nota era una sumatoria de opiniones de trabajadores y dirigentes de fundaciones y asociaciones civiles que aconsejaban al lector. Podría haberse titulado: ¿Dar o no dar?, esa es la cuestión. Una situación similar, pero sin onegés, presentaba Wilde, hace 140 años, en su crónica titulada "Los Mendigos". Bajo una ambigua pregunta englobaba dos problemas: la incomodidad que tiene el solicitado. Wilde dirá el público (definición que relaciona la idea de espectacularidad con la presencia de la pobreza en las calles) y el segundo problema, que los mendigos deban mostrar su miseria públicamente, para lo cual propone esconderlos en un asilo. Pero a tal propuesta conservadora, la acompaña un gesto disruptivo que invierte el asunto, cuando dice: "No he nacido para moralista o moralizador, quiero mirar la faz ridícula de las escenas que pasan entre los mendigos y los demás miserables del género humano". Concluye discurseando ante quienes buscan un mendrugo y se coloca entonces en el mismo plano que el mendicante, reconociéndose en su propia condición de miserable, sólo que -asume-  vestido de otro modo. 

La temática del paseo por la cuadrícula porteña inspirará también dos de los mejores cuentos de su etapa adulta. Sin rumbo y Alma callejera, publicados en 1882 y 1883. Con ellos se sintetiza los paseos iniciados como cronista, allá por mitad de los sesenta y continuados -en los ochenta- como médico y ministro de justicia y educación del gobierno roquista. El primero se titula como pocos años después Eduardo Cambaceres nombrará su novela naturalista, y muchos años más tarde, dará nombre a la sección que escribía Simja Sneh en Di Presse. En Sin Rumbo, decía, hay un planteo que desde el título se propone como un paseo indeterminado, deambulante  por la ciudad, en particular por las orillas, cerca de las quintas. "El sol derramaba a torrentes su luz abundante sobre las calles haciendo salidas en las veredas donde faltaban casas; la sombra semejaba una dentadura con portillos, los terrones se secaban pacíficamente aprovechando la falta de empedrado. Había esa soledad perezosa que convida a meditar." Un almacén con alimentos apiñados esperan a algún comprador ausente, los perros flacos que salen al paso, las costureras que esperan el fin del día, son algunos de los elementos que componen el paisaje. "Por los alrededores -narra- se ven hombres y mujeres que habitaron antes el centro y que la ciudad en su eterno flujo y reflujo, ha arrojado a las orillas, como hace el mar con los restos de los buques" -concluye. Por fin el equilibrio que le brindaba la búsqueda de una "naturaleza siempre bella" se descompone ante el pedido que hace un vagabundo de unos céntimos, que retraen sus pensamientos a un mundo más concreto y material. Son dos vagabundos enfrentados, el narrador de visita por los contornos de una ciudad que busca una naturaleza casi virginal y el otro -narra Wilde- que "pensaba en algún guiso con arroz o en otro poema fantástico por el estilo". Cuando era un joven cronista estos temas aparecían bajo la figura del orillero, "resultante de dos fuerzas, -dice- una que representa al compadrito y otra al gauchito completa y profundamente tal".

Con Alma callejera, surgen los primeros cuentos fantásticos en Argentina, y es donde el protagonista da rienda suelta a su alma, abandonando su cuerpo para hacer una recorrida por la ciudad. "Busca un barrio, una casa: husmea las hendiduras de las puertas, se levanta, se asoma al ojo de la llave, huye como soplada por el viento, trepa por los barrotes de las ventanas, desaparece y se esparce…" El alma del protagonista finalmente encuentra un cuerpo femenino que recorrer, donde difundirse y es absorbida por la damisela, quedando así separada de su antiguo dueño. Desde entonces "yo, sin alma -concluye- me levantaré cada mañana para pasear mis ojos muertos sobre las indiferencias de la vida y gestionar mi pan por puro instinto".

El pasaje entre Sin Rumbo y Alma Callejera es el de quien no quiere arriesgarse a encontrar un mundo concreto y material: carnal y monetario. El de quien necesita desmaterializarse, descorporizarse para acceder a otros cuerpos de un modo entre platónico y romántico.

Buenos Aires es una constante en sus escritos. Ella es caminada, recorrida, y también mencionada en innumerables pasajes de sus relatos de viaje por los más exóticos países. Wilde no necesita hacer del pasado un mundo idealizado, es uno de los creadores de la ciudad y de su tiempo. Si de pensamiento argentino hablamos, menciono a varios autores que trabajaron sobre su obra: Aníbal Ponce, iniciador de la saga, Florencio Escardó, médico, humorista, el escritor santafesino Gastón Gori. Pensadores argentinos inscriptos en las tradiciones que no suman porotos para los cánones académicos. Otro fue el más conocido de sus lectores, y el más canonizado también. Borges, de él estoy hablando, decía que “conviene consagrar un paraje de la capital a cada escritor. Es un monumento espontáneo que todo ciudadano de Buenos Aires puede erigir. Yo a Eduardo Wilde –sigue Borges- lo veo clarito por las calles de Monserrat (cuyo médico parroquial  fue [en] el setenta y uno) caminoteando por la calle Buen Orden, [calle de putas me permito agregar] parándose a mirar la puesta de sol en la esquina de México, soltándole un cumplido a una chica: en cualquier esquina, en cualquier parroquia, con o sin verdad de pasión”.

Guillermo Korn