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Ecos de la comuna

Claudia Decándido

pandora_dc@hotmail.com

 

A Puerto,”a quién le seguiré siendo fiel e infiel...”[1]

Prólogo

 

Sepultada en los trajines domésticos, sin el alivio de pertenecer a la academia (deslucida pero aún potente), maltratada por los resultados electorales, abandonada por los bríos de la juventud, no parece que pueda decir algo que tenga algún sentido, y seguro como dijo Weber, los defraudaré en varios sentidos.

 

Sólo voy a “ relatar “ una historia casi presente de la que fui parte, intensamente diría, no sólo como una manera de exorcizarme de mis propios fracasos, que a la cuenta son inevitables y hasta benditos, sino como una forma de alertar a quienes aún tienen vocación para la política. (Ya que yo ya no puedo preguntarme que será de mi dentro de diez años o que haría si estuviese en el gobierno).

 

Me gustaría que veamos en esta historia,  de que manera un hecho fortuito, azaroso, se calca sobre los determinantes estructurales, y no responde a fuerzas sociales ni hunde sus raíces en ninguna tradición local.

 

También resultaría revelador descubrir,  como ese mismo hecho es tragado, masticado y eliminado por esas mismas fuerzas y devuelto a un escenario que ya no lo reconoce, o que definitivamente lo ignora.

 

Las dos últimas décadas de la vida política de Puerto Gral. San Martín bien pueden constituirse en una teoría naciendo del desencanto, o quizás mejor apareciendo como una desconfianza anticipada, de todo aquello que parece surgir como milagro atemporal, desprendido de su propia fragua.

 

Como nos explica Julia Kristeva, para Hannah Arendt, “la organización socio histórica concreta de actividades y el espacio humano tiende a generar tanto el progreso como los atolladeros de los hombres”.

 

Puerto es un “ejemplo”, un esquema en el sentido más kantiano del término, es el acontecimiento que nos revela ese cuadrilátero inestable y a veces odioso en se mueve el poder. Entre la teoría y la práctica, entre la verdad y la realidad, se estableció un juego de tensiones que empuja al dilema mismo de la política. De nosotros haciendo política, y de la política haciéndonos a nosotros.

 

Desde esa pequeña historia, podemos sentir la fragilidad y el acecho. Podemos imaginarnos como ya sin utopías, casi sin Estado, sitiados por pequeños proyectos, somos tragados por el “mientras tanto”.

 

Arrastrando una derrota extrateórica que tiñe todo de escarlata y buscando el desapego que brinda la especulación, nos hundimos en la impotencia de una “praxis” que no se termina de definir entre el vértigo y los chantajes; no somos capaces de encontrar un pensamiento que fibrile en la tensión de la relatividad histórica y los invariantes que caracterizan el momento actual. No somos capaces, en suma, de creer que tenemos algo que ver en la construcción de otra realidad y de respirar en esa sutil atmósfera que certifica que la vida siempre es más poderosa que el pensamiento.

 

Aunque nunca antes sentí el pensamiento tan radicalmente alejado de la vida, tampoco es posible que como dijo Viene, vivamos fabulados por nuestras propias palabras o que estemos definitivamente condenados al  “a veces pienso, a veces soy” de Valery.

 

 

 

 

Políticas de la amistad y la invención de la ciudad

 

Puerto Gral. San Martín hace 20 años ya se había consolidado como una ciudad sin ciudad, sin la estructura espacial  y la identidad cultural, que las caracterizan, sitiada por la fractura, la disociación absoluta con la estructura económica dominante.

 

En su origen el pueblo es subsidiario del modelo económico. Los planos nacen y mueren al compás de los intereses del polo de acumulación, que se reserva- resistiendo los profundos procesos de transformación que vive el país entre 1945 y 1976, un espacio estratégico del frente fluvial para la expansión del capital. El  pueblo es soñado, dibujado y borrado en sucesivos embates.

 

La ciudad crece con una anarquía injustificada al nivel de la microeconomía urbana. Los barrios se salpican en el territorio, condicionando su progreso en infraestructura. La ciudad se fragmenta territorialmente, volviéndose imposible, prefigurando su futuro de  exclusión.

 

Luego de este largo “proceso”, el capital ya no necesita la ciudad,  no es un  mercado de consumo ni el espacio en que se reproduce la  mano de obra. Y esa exclusión se materializa radicalmente en su dimensión  espacial y social. La fractura se hace muro y el territorio se piensa de los bordes hacia adentro. La ciudad es ese gheto residual que se debe rearmar a través de feroces resistencias, en un esfuerzo arqueológico de hacer visible lo sepultado, hallando en los trazos actuales las huellas de una escritura anterior.

 

En 1983, con la recuperación de la democracia, se produce un “incidente”, algo que el polo privado de acumulación no esperaba, esa mezcla inacabada de valores, azares y condiciones materiales,  esos pequeños reveces de la historia...

 

Un grupo peronista, desenganchado de la tradición partidaria local,  jóvenes de distintas historias, da el gran batacazo y comienza una agitada trayectoria para enfrentar “los grandes poderes” que controlaban el pueblo.

 

Reforma tributaria mediante, con un “jacobinismo naif “, bastante cargado de romanticismo, intenta transformaciones que vistas desde otra escala resultan absolutamente insignificantes, pero en ese lugar y en ese momento simbolizaban la gran tarea, la gesta heroica, David y Goliat... Ese sentimiento era el potente afrodisíaco que mantenía la mística en alto.

 

Pero, cómo fue posible esta apuesta tan fuerte, esta  producción de realidad con tan débil condicionamiento estructural.

 

 

 

 

La respuesta no es fácil, sobre todo si resonaba en sus oídos  “La única verdad es la realidad” ... interpelándolos con ese pegoteo, esa indiferenciación. Lejos de la traducción dogmática y simplificante; el ignorar la historia previa y la no aceptación de los limitantes territoriales, económicos y sociales,  potenció  la libertad de acción.

 

Unió en ese instante de absoluta vivencia de libertad, de carencia de institucionalidad, pura fuerza instituyente, alegría y energía, poniendo a prueba al igual que en una revolución la facultad del hombre de empezar de nuevo.

 

Pero sin duda, el  factor posibilitante fue la existencia de ese grupo de amigos, tres en el primer aro, pero que se integraba a otros que lo sostenían, entre quienes se practicaba libremente la parresía, estableciéndose un control cruzado. Esta forma de relacionamiento relaja las modalidades más autoritarias y unidireccionales del poder,  priorizando una lógica de la confianza, de la integridad, del respeto mutuo.

 

Se instaura entonces,  un poder de tipo colegiado, interesante, propio de los inicios plenos de teorías y de frágil relación con la materialidad de la estructura. Una política de lo deseado, que sólo es posible dentro de una  política de la amistad.

 

No eran teóricos, eran políticos, que se animaron a hacer el camino inverso de  Weber o de Veyne[2]- ser libre en la construcción del relato y prisionero, luego, de la realidad descubierta- ellos fueron  libres en la invención de la realidad, y prisioneros luego de la verdad sostenida.

 

Cuanto mayor era distancia con lo que demandaba la estructura, mayores eran los intentos de despegarse.  Congresos de Filosofía, Orquestas sinfónicas, Escuelas de Arte, Fondo Editorial, Cuadernos de la Comuna, Intelectuales, artistas, reformadores... Era la innovación condensada, pataleando en el aire, blandiendo orgullosa su pequeño triunfo ritual...

 

El pragmatismo esperaba agazapado, frotándose groseramente las manos, relamiéndose por un botín que la creatividad y la constancia habían hecho más grande. 

 

Ahora, que sólo el Estado local aseguraba la reproducción de las condiciones de producción y apropiación de las plusganancias diferenciales del polo de acumulación privado y de la socialización que hacían posible la ciudad, la realidad esperaba también a la vuelta de la esquina por su revancha.

 

Mientras en el Primer Congreso de Filosofía, Unidos contra La Ciudad Futura, reflejaba la euforia de formar parte de un gran debate nacional, en el II (ni siquiera se publicaron las actas) ya se veían los signos de la dispersión que hoy nos despedaza.

 

La primera etapa se autojustificaba(´83-87), la teoría no era el motor de la acción, la teoría era acción. No se buscaba gobernar la comuna, se intentaba construir el futuro. Luego comienza una etapa más culposa, más deudora de la realidad, comienzan las contracaras: Los Cuadernos de la Comuna, reclaman un “Portavoz” (diario local), se mezclan las clases de folclore y el teatro barrial, ... Sin embargo esta estrategia, lejos de acercar el debate a la sociedad, debilita el soporte ideológico, enfrenta internamente los sectores y preanuncia la diáspora actual.

 

Con la primera derrota electoral(`91), la acción volvió a amenazar la teoría, y la verdad volvió a ser rehén de la realidad. Los debates quedaron inconclusos, o peor clausurados, (y ojalá por eso estemos hoy acá).

 

La invención de la ciudad sólo desplazó la frontera del conflicto, planteado nuevos desafíos para su sustentabilidad, e hizo colisionar el proceso de socialización del excedente con sus limitantes estructurales.

 

Buscando una nueva salida, se corrió el potencial transformador de la promoción del desarrollo social y cultural a la articulación espacial, pero sólo se consiguió que esta ciudad producida, que arrastra como un palimpsesto las huellas de originarios trazados, deje de preguntarse por los caminos que abre el diálogo entre los límites de lo local y los fracasos de los diseños de apropiación centralizados y ya no sienta que la gloriosa ventaja de una localización privilegiada tiene aristas de condena.

 

Pero quizás lo más contundente y definitivo fue que se fracturó el círculo de amigos en un zigzagueo político y partidario, que dispersó de tal manera que no fue posible volver a unirlos. Es así como esta ilusionada y meritoria empresa, perdió su reaseguro...y lamentablemente, las prácticas políticas más progresistas y reflexivas se fueron diluyendo.

 

 

 

 

La revancha

 

El proyecto político implementado en Puerto Gral. San Martín a partir de 1983, intentó  frenar la tendencia constante del capitalismo de eludir la responsabilidad social y garantizarse el desarraigo espacial, aunque la brecha económica entre los distintos actores se siguió ampliando geométricamente.

 

La integración  de la ciudad, la penetración de la “frontera” creando espacios de articulación y la inversión constante en el sostenimiento de políticas educativas, sociales, culturales, sanitarias y deportivas, fueron la traducción material de una ideología, que desde la primera reforma tributaria, siempre dejó en claro que la localización privilegiada que usufructuaba el polo privado de acumulación, seria traccionada por un costo con derivación social.

 

Si bien este accionar no potenció actores comunitarios, intentó posicionar a la sociedad en mejores condiciones de resistir la violencia estructural del régimen dominante.

 

La penetración ideológica del discurso neoliberal, que casi sin fisuras producía actores individualistas, fragmentando la sociedad en una lógica de ganadores y perdedores; la visión unívoca del Estado que interviene como un estorbo burocrático y el devastador “efecto TINA”; fue contrarrestada – aunque como se verá, con falencias- por un proyecto que con altibajos mostraba otro camino posible.  

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Pero este proyecto, aunque alternativo fue enrarecido por un solape ideológico con el neoliberalismo.

 

Esta contradicción interna no resuelta,  ocasionó en parte la crisis política que concluyó en la segunda derrota electoral(2001). Pese al progresismo del conjunto de las acciones, la reducida dinámica estructural y social, prueban que no se logró revertir sustancialmente el impacto del modelo, del cual, aunque no sea atenuante, también el gobierno local fue víctima.

 

La flexibilización laboral al interior del Municipio (permanentes, con acuerdos extra convenio, trabajadores contratados y transitorios, personal de gabinete, contratistas con régimen especial, locadores de servicios)  fragmentó a los sectores trabajadores y creó una lógica de subsistencia individual  que se volvió políticamente contra los gestores.

 

El estilo de “gerenciamiento” aplicado llevó implícito también, un distanciamiento progresivo de la sociedad, ya que se apartó de una conducción política centrada en el liderazgo, y fundó la eficiencia en la lógica empresarial capitalista y  no en un modelo  de participación popular.

 

El aislamiento político partidario y social,  no sólo limitaba la replicabilidad  y acumulación fuerzas progresistas, sino que se veía como una propuesta de elite soberbia, asimilándose con la lógica de  ganadores y perdedores.

 

La discontinua  ruptura con el clientelismo convencional dentro de una tradición de “intercambio de favores”, fracturó no sólo la cadena de lealtades electorales, sino sobre todo la identificación ideológica con el proyecto.

 

Además, la tracción de la sociedad crecientemente victimizada, desató una compleja espiral ascendente de múltiples demandas, más expectativas, constitución de nuevos actores, que planteando nuevos problemas - ahora  desde una trama más difusa vinculada a la cultura y la identidad - jaquearon los destinos de esta endeble gobernabilidad.

 

Podríamos repetir con  Camus, que “las diez mil cruces que jalonan el camino de Capua a Roma demuestran que los amos calculan con usura el precio de su propia sangre”.

 

A pesar del duro golpe al beneficio incontrolado del capital que se infringe a partir de 1983, el poderío económico del polo privado de acumulación radicado en la localidad, sigue gozando de las ventajas comparativas de su localización privilegiada,  controlando con la propiedad de las tierras, la apropiación constante de las plusganancias diferenciales. 

 

Las condiciones materiales se hicieron fuertes, achicaron los márgenes de negociación, y comenzó un nuevo periodo que fue el festín de los “pequeños tiranos”, de los aduladores, de los mercenarios. Ya que como nos dijera Maquiavelo “Sólo por necesidad los hombres renuncian a las comodidades de la vida”, se hizo patente el incómodo pensamiento de Eleanor Roosevelt  “Son sofocados por la adulación, y si no tienen un rigor moral suficientemente fuerte o no tienen suficiente fe en su compromiso, se pierden en la lucha. No los matan, pero les hacen sentir el beso de la muerte.”

 

Aparece la figura del traidor sin ninguna opción de convertirse en héroe, se multiplican las conspiraciones reales e imaginarias, el pragmatismo se entroniza...y no sólo la distancia que se genera entre las expectativas de significación del territorio y las condiciones reales en las que pueden ser ocupados, expresa la tensión, a veces irresoluble entre los sueños y los intereses privados.

 

Revisando los acontecimientos, en el que el problema de Puerto parece ser su verdad amenazada por su historia, tal vez nuestro mayor mérito haya sido no haber tenido la astucia de la anticipación, la prudencia para detectar los males cuando nacían, el haber sido devorados por prácticas autoconspirativas que no nos permitieron perpetuarnos en el poder...Quizás así, en la alternancia le sea más difícil al agua encontrar su nivel...

 

Eludiendo acechanzas ... “recreer” del pasado

 

Si luego de un siglo de historia y 20 años de democracia el 99% del frente fluvial está ocupado por la industria dominante y el proceso de victimización de la sociedad sólo es temporariamente mitigado, tal vez sea oportuno hacer el esfuerzo por revisar las prácticas, su distancia con lo que pensamos, y repensar el futuro a la luz de las acechanzas que vivimos.

 

Ni descreer, ni volver a creer en el pasado, sino más bien encontrar en esa trama de historias deshilachadas el confuso relato de algunas vidas que nos permitan eludir las acechanzas de los demonios con los que hay que luchar estando en el poder, que posibilite un camino de creación, de creer de una manera distinta, incorporando prácticas que no le teman a la innovación, pero que se jaqueen permanentemente, que se interroguen desde la tradición crítica y desde un tipo de  problematización que reinstale otra relación entre verdad y realidad.

 

Una nueva política, que no se disuelva en maniobras administrativas, que se mantenga siempre alerta, no para encontrar formas más sutiles de enquistarse irresponsablemente en el aparato del estado, sino para descubrir, aunque sea tarde, las diferentes formas en que nos vamos desencontrando, en que nos vamos perdiendo...para entender qué nos pasó, y sobre todo, que no puede cargársele todo a los hombres, a sus miserias, a sus traiciones, a su falta de intuición...

 

 

Quizás, si se logra superar el sitio circunscrito de experiencia aislada, se pueda pensar despojados de atávicos misticismos nuevas alianzas, nuevas alternativas. No ya como un perímetro cerrado, sino como el contorno de otras opciones desde donde suturar   fracturas,  modificar la correlación de fuerzas,  articular e integrar nuevos proyectos que dinamicen auténticamente la sociedad y no aten a la comunidad a la dádiva del gobierno de turno.

 

 

Acaso, dejando de vivir el espacio político como una disputa por el poder, como el ámbito donde sólo es dable la confrontación, la conspiración y la traición, se jalone el camino hacia una nueva cultura, que le permita ejercer a los actores más desfavorecidos su compleja politicidad, desde una ética no abstinente.

 

 

Por alocado que parezca, retomar aunque no ya desde el mismo punto, una  práctica donde no se piense que sólo es viable  lograr una gobernabilidad funcional al sistema sino que se construya un accionar que refunde la ciudadanía, como en 1983 fue posible en Puerto San Martín  refundar el estado local.

 

Debemos aceptar hoy el desafío de desarrollar nuevas estrategias que impacten positivamente en las viejas estructuras burocrático clientelares, que perturben ideológicamente el proceso por el cual las victimas se sienten culpables  y sobretodo que produzcan nuevos actores que demuestren en esta instancia, que el sistema actual puede ser insaciable pero no es invulnerable.

 

Como brillantemente le hace decir Julia Kristeva a Hannah Arendt, reencontrarnos con “ la facultad de desencadenar, de manera incesante, procesos nuevos , imprevisibles  e irreversibles. Ante los automatismos inexorables de la vida cotidiana, el perdón y la promesa aportan, una especie de juicio,  que sería en definitiva como una apuesta a la posibilidad de recomenzar”. Recrear el espacio político fundado en el “yo puedo”, desprendido de la voluntad, y recuperar la acción política como nacimiento que de abrigo a la ajenidad... 

 

Pero para que esto sea , no es posible dejar sólo al príncipe, títere patético de sus propios demonios. Debemos rodearlo de amigos que le digan la verdad (ya no quedan ni dignas cortesanas ni arriesgados bufones), que creen un tamiz para los pequeños tiranos, que le devuelva el destello grandioso a la figura de los traidores.

 

Tampoco puede lograrse sin alternancia en el poder, porque esa estabilidad, esa permanencia no pueden generar nada bueno. Uno se hace muy sensible a buscar atajos, la carrera política debería ser como el Juego de la Oca,(retrocede dos casilleros, o vuelva a empezar)... No buscar la casa que nos resulta más cómoda y allí esperar.

 

Encontrar en los dilemas del pasado la forma en que los hombres no elegían ser periodistas o  presidentes, críticos o escritores, simplemente se hundían en el sentido de la acción y la fustigaban en un diálogo permanente con la  teoría.

 

Nada, absolutamente nada nos permite afirmar que cosas aún peores no pueden pasar, sabemos que siempre habrá peligro, que quizás nuestra vida se vaya escurriendo en el tamiz de esa decepción.

 

 

Pero, si hemos visto nacer las utopías como hijas bastardas de la impotencia de la realidad y sobretodo hemos visto nacer las revoluciones como hijas rabiosas de la impotencia de la teoría, debemos al menos intentar buscar un camino que nos permita volver a sentir el placer de la acción consagrada a la verdad. Como nos plantea Hannah Arendt, explorar ese nuevo espacio político que nos permita soportar la irreversibilidad del tiempo y la imprevisibilidad de las acciones humanas.

 

 

Quizás este vagabundeo errático y anacrónico por las verdades siempre inasibles, con  ese alo irremplazable de las voluntades férreas y apasionadas, sea el rastro que el  pensamiento argentino, dejó en la historia de Puerto...

 

 

Y permítanme terminar diciendo, que a pesar de los mandatos doctrinarios  la única verdad es la capaz de esculpir otra  realidad, y que aunque nos ronde una sospecha que se transforma en desconfianza,  debemos estar dispuestos a pagar el  costo de volver a profesar una ideología sin mordiente, no ya usando el pensamiento para darle a la práctica política un valor de verdad, sino para estar siempre sabiendo que aunque existe una diferencia entre lo que decimos y lo que hacemos el dilema moral no va a impedirnos (como a los jugadores)  volver a temblar y a sentir que sobre todo valió la pena.

 

Oponer a la potente metáfora de la vida de Rene Chard “ la obsesión por la cosecha y la indeferencia por la historia son los dos extremos de mi arco”, una no menos poderosa configuración del pensamiento, que eclosione en el cruce del espíritu crítico y la preocupación por el mundo.

 

Volver y luchar, para que suenen de nuevo los ecos de la comuna.

 

 

 



[1] Expresión de H. Arendt , refiriéndose a Heidegger

[2] Ver Abraham, Tomás, Paul Viene, el amigo de Foucault, en El último Foucault, Sudamericana, Bs. As. pág 167.